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No, nadie podía negar que Francis era un joven carismático, algo deseable en cualquiera, pero imprescindible en alguien que estaba destinado a sentarse en un trono. Eso, unido a la elegancia y la astucia políticas heredadas de su madre, y a la afabilidad y el sentido común de su padre, el bueno de Archibaldo, daba como resultado una mezcla única, de la que no podían quejarse. Francis llegaría a ser un buen gobernante. El pueblo ya le adoraba, pese a sus temores, y los que estaban más cerca, como Lantric, le querían. Al menos, casi todos.
PÉTALOS DE UNA FLOR MAYOR
Díaz deTuesta