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Los campos lejanos…
Por Diaz de Tuesta - Editoriales, Generales, Literatura, Opiniones y Comentarios - 8/Mar/2010
No suelo hacerlo, así, al desnudo, sin vestirme de historias y personajes, pero hoy siento el irrefrenable impulso de compartir con todos vosotros un sentimiento. Es algo que seguramente habréis experimentado también en el pasado, y más de una vez si sois escritores.
Me estoy refiriendo, claro, a la decepción.
Siempre hay un muro, un muro muy alto, entre todo hombre o mujer y sus sueños. No todos lo perciben, porque no todos tienen sueños, o no son conscientes de ellos, o han tenido la fortuna de verlos cumplidos por pura gracia de la suerte, quizá incluso sin buscarlo. Al otro lado del muro alto y áspero, hay verdes campos que brillan al sol mientras se mecen suavemente con el viento, plagados de flores que hablan de una eterna primavera. El cielo es azul, sin mácula, los pájaros cantan, jugando entre las ramas de los árboles, y todo, sencillamente, es perfecto. “Se siente” perfecto.
Son campos lejanos, campos que no pueden tocarse, y sólo pueden ser contemplados a través de alguna que otra rendija, de vez en cuando.
Por lo general, los que somos escritores pero no hemos nacido en un entorno editorial, o no tenemos amistades, o somos torpes para vendernos adecuadamente, conocemos muy pronto ese muro, su superficie áspera, rugosa, su presencia abrumadora… Es alto, el muro, y se adivina grueso, e ilimitado. Lo más cruel es que, al estar ahí, frente a ti, siempre y desde siempre, te acabas acostumbrando a él, y a ratos, así es nuestra naturaleza, hasta lo subestimas. Es algo que pasa sobre todo cuando eres joven y te sobran las fuerzas, cuando lo crees todo posible. En esos momentos, los dedos vuelan sobre el teclado, y la ilusión te da tanta energía que parece que no hay nada que pueda detenerte.
Es difícil superar el muro, te dices. Pero no imposible… no imposible…
Entonces, sin tú buscarlo realmente (aunque supongo que lo haces en cada letra y cada palabra, al forjar cada historia, golpes con los que tratas de abrirte paso a través de ese odioso muro), te encuentras con la oportunidad en las manos. Alguien llega y te dice algo, alguien ofrece algo, alguien sugiere algo, y tú, fábrica de sueños e ilusiones (los escritores también somos humanos, al fin y al cabo) te sonríes, con inmenso alivio. ¡El muro nada puede contra esa fuerza que te da la esperanza, esa energía que te inunda! ¿Puede ser posible? ¡Sí, lo es, mira, está ahí! ¡Alguien ha creído en ti, en tu trabajo!
Y llegan los días dorados de vender la leche sin haber llegado al mercado, soñando con el aroma y el sabor de los grandes campos prohibidos. Vas a hundir los dedos en su esponjosa tierra negra, vas a alzar el rostro, disfrutando de su sol….
No te lo crees. ¡Pero sí, mira, la idea sigue! Te lo repiten. Continúa, carta tras carta, seleccionando, decidiendo. Esta obra sí, esta también, ¿esta la corregirías…? Está ocurriendo… No es posible. ¡Lo es! Las maravillas también se dan en el mundo real, al fin y al cabo, te recuerdas. Unos reciben Oscars, ¿por qué tú no, un poco de suerte? Algo mínimo, algo que otros ni considerarían, pero que para ti es un paso de gigante…
Y por fin, te lo crees. Te lo llegas a creer tanto que hasta lo compartes con otras personas, feliz de que dejen de mirarte con esa expresión especial, mezcla de amabilidad, compasión e ironía, esa cara que se reserva para los autopublicados sin editorial que les respalde, ni perrito que les ladre.
¡Lo has conseguido! ¡Cuesta, pero si trabajas duro, se consigue, tienes la prueba, está ocurriendo de verdad!
Entonces, llega el golpe.
“Lamento comunicarte que… editorial…. se ha venido abajo…“. Unas palabras ante las que tienes que parpadear, qué menos. Agitas la cabeza, mientras el estómago te da un vuelco y la sangre parece desaparecer repentinamente de tus venas. No es posible. No es verdad, te estás confundiendo. Pero no, no te equivocas, pone eso, te están diciendo eso. ¡Pero si te lo llegaste a creer, si era muy real! ¿Cómo puede estar ocurriendo algo así? Pasar del “pues decidido, en septiembre sale tal y en diciembre cual” al “no tienes nada, se ha venido abajo, bla bla bla” es tan duro, tan duro, que aún no sé si siento las piernas, el corazón, o me quedé en la silla y lo que sigue lo estoy, simplemente, imaginando.
Muro alto, grueso, gris… más que antes, mucho más que antes.
No soy persona de echar culpas sólo por minimizar el dolor. Si no puede ser, pues no puede ser. No hay, por tanto, culpas. Pero tampoco soy persona a la que las palabras de consuelo ayuden, y menos en estas circunstancias. Los “tu obra vale mucho, eres una gran escritora, sólo te falta llegar al gran público“, “tienes que seguir intentándolo“, “si es posible algún día retomaremos la idea y te llamaremos“, te alienta a ciertas edades, pero luego empieza a pesarte.
Sabes que no llamarán, que no ocurrirá, porque, a ti, sencillamente, no te ocurren esas cosas. Dudas de ese talento que no ha sido suficiente para conseguir el objetivo. Si tan buena escritora soy, te dices, ¿por qué no se percibe, por qué no tengo esa pequeña oportunidad, ese destello de suerte? ¿Por qué siempre tiene que quedar todo en el áspero tacto del muro, al chocar de bruces contra él? Es como si te hubiera mirado un tuerto. Flipante.
Es posible que nunca publique… Lo pienso, y no me lo creo tampoco. No puedo, no me cabe en la cabeza. Ser escritora, profesional, reconocida, es algo en lo que he empeñado todo mi tiempo libre y mucho más, dejándome la piel en cada párrafo. Y publicar es una idea que forma parte de mí desde hace tantos años, que imaginar que no ocurrirá es como sentir que he estado en este planeta de prestado, en falso, un viaje erróneo y sin sentido.
Pero, pasan los años, los dedos se ralentizan sobre el teclado, la juventud se va disipando junto con la esperanza, y yo sigo en el mismo sitio. Cada vez es más posible que suceda lo inconcebible, que esto sea todo…
En fin, seguro que mañana lo veo todo de otra manera. Seguro que con otra luz le encuentro algo reconfortante al famoso refrán que dice “El que tropieza y no cae, adelanta terreno”.
Seguiré mirando el muro. Al otro lado, me esperan los campos lejanos…
Libro Solidario para ayudar a las víctimas del terremoto de Haití
Por Diaz de Tuesta - Escritores Solidarios, Generales, Libro Virtual, Literatura, Relatos, Solidaridad - 11/Feb/2010
Se pueden decir muchas cosas acerca del ser humano y, algunas, bastante negativas. Que es avaricioso, que es implacable y egoísta, que no cuida debidamente del hermoso planeta que le legó la suerte…
Pero, lo que también resulta indudable es que, cuando se dan circunstancias extraordinarias, sabe colaborar como el primero, luchar en conjunto, y mostrarse tremendamente generoso. Cada uno de nosotros llevamos un villano dentro, quizá, pero también un héroe. Ese sentimiento de rebeldía ante las injusticias y el dolor ajeno, ese deseo intenso de ayudar en lo posible, de trabajar para mejorar las condiciones de otros, lo demuestra, una y otra vez.
Lo sucedido en Haití, cuando todavía sentíamos en los labios el sabor de las uvas de la Nochevieja, es algo que tardará en ser superado. Las víctimas, porque sintieron el miedo y la angustia directamente. Los demás, porque somos humanos. Nadie que se llame humano puede dejar de estremecerse por lo ocurrido, sentir espanto ante cifras tales como alrededor de ciento cincuenta mil muertos, muchísimos más heridos, tantos desaparecidos…
Tantas pérdidas, tanto pesar y duelo…
Han pasado unas semanas. En la vorágine de la vida diaria, muchos ya no pensamos apenas en Haití, ese pequeño país nacido del deseo de sus habitantes de ser libres, libres por principio y por derecho frente a un mundo de blancos esclavistas que les habían arrancado de su tierra y los habían tratado como ganado. Haití es un ejemplo de superación, pese a que, por cometer la osadía de querer decidir su destino, siga sometido a una profunda miseria y, con ello, a la corrupción más descarada. Son gentes luchadoras, los haitianos, pero gentes sin suerte. Hacinados, hambrientos, despreciados y, ahora, castigados por la naturaleza.
Escritores Solidarios ha actuado de forma rápida y efectiva. Recuperándose todavía de la ardua campaña navideña en la que se quiso recaudar fondos para la Fundación Pequeño Deseo (que lucha por hacer realidad las ilusiones de niños enfermos), ha sabido movilizarse y sacar a la luz un nuevo libro cuyos beneficios irán destinados ÍNTEGRAMENTE a ayudas a las víctimas.
¿Cómo puedes conseguirlo? ¿Cómo puedes colaborar, ayudar un poco, poner algo de tu parte para paliar en lo posible el dolor de ese país? Es muy sencillo.
Acude a la página de Libro Virtual, en su sección de Escritores Solidarios. Allí encontrarás distintos sistemas, todos muy cómodos. ¡Y cuesta tan poco! Por poco más de un café, puedes ayudar mucho.
No te lo pienses, bien sabes que el hambre, la angustia, la desesperación, continúan existiendo aunque no pensemos en ello. Haití te necesita. Te necesita hoy, tanto o más que el 12 de enero. ¿No te has dicho, más de una vez, que si estuviera en tu mano, mejorarías sus condiciones? ¿De verdad quieres hacer algo? Ya no hay excusas, Escritores Solidarios ha trabajado duramente para ponerlo a tu alcance. Sigue el enlace y hazlo ahora mismo.
Quién sabe. Quizá puedas hacer que, ese niño de la foto de portada, ese niño que realmente existe, sonría.
Libro Virtual: leyendo el futuro
Por Diaz de Tuesta - Editoriales, Generales, Literatura, Novelas, Opiniones y Comentarios, Relatos - 2/Nov/2009
Ya he mencionado en el pasado la existencia de Libro Virtual, una página en la que la literatura pasa directamente del autor al lector, por fin sin intermediarios.
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Mi FICHA DE AUTORA |
Para los que tenemos poco garbo a la hora de movernos en el mundo editorial, hay que reconocer que es una salida estupenda. Yo no conozco a nadie en esos ambientes, ni tengo la paciencia o la voluntad de estar llamando a puertas de gentes que no me han solicitado nada (me da bastante reparo, no persevero en ello ;DDD). Y el mercado editorial está fatal, dicen. No sólo hay que ser bueno, hay que tener una suerte increíble, para que te abran un resquicio. Y, la verdad, a mí jamás me ha tocado nada en un sorteo ;DD
Por eso, Libro Virtual es una gran alternativa. Permite que los lectores accedan a un amplio catálogo de novelas, relatos, poesías, cómics…. todo a su alcance, para su valoración y disfrute directos. Y, combinado con sistemas como el de Bubok (Servicios editoriales, autopublicación bajo demanda) que aporta la impresión en papel a un precio y calidades bastante aceptables (y sin tomaduras de pelo para el autor, como tantas otras “editoriales”), el autor tiene la gestión completa, ante una posible venta. Sólo tiene que poner el libro.
Este es el punto problemático, en el que hay que luchar, claro, contra los prejuicios de los que piensan que “si estás ahí , y no en una editorial clásica, es porque eres malo”. Una presunción que está por completo fuera de lugar, pero va a llevar su tiempo el cambiar criterios, cambiar el chip.
Tardaremos mucho en entender plenamente que, a lo largo de los años pasados, muchos buenos escritores se quedaron fuera del circuito porque “no encajaban en los criterios editoriales del momento”. Y que a otros se les publicó por puro amiguismo, siendo muy malos. Y que otros quedaron en la sombra, haciendo el trabajo, pero firmando “los grandes” en su lugar (los llamados “negros”, cuyas obras tienen la calidad del escritor superventas que simulaban ser, o más, y sin embargo, ahí están, cercenados por el puro interés del negocio de otros).
Claro que hay libros malos. Sin duda. Están por todos lados, también los hay en las librerías, a treinta euros. La diferencia estriba en que, en el pasado, no había más posibilidades al alcance del lector, el editor estaba siempre en medio, las distribuidoras, los grandes negocios de los intermediarios que no han dudado en intentar manipular los hechos a su voluntad para sacar mayor ventaja en cada momento. Hoy en día, Internet permite un acceso masivo a obras de todos los autores. Ahora el propio lector va a tener la oportunidad de decidir libremente si esa lectura es o no de su agrado, porque le llegará todo. Y sin tener que pagar precios abusivos. Que, por cierto, aunque incluso algunas Ministras lo olviden, leer es cultura, venga de donde venga el texto que se lee.
Así, ahora, cada lector podrá tener acceso al contenido y decidir si quiere o no leerlo y cómo, y hasta qué punto quiere gastar en ello (lo quiere en pantalla, en papel, lo quiere en pdf, lo quiere en sistemas más usados en ereaders…).
Pero, a la vez, colaborando de verdad, directamente, con el autor. No limitándose a recibir. Las excusas que justifican vulnerar los derechos de autor se desvanecen, sí, porque ahí están los autores, no los que hacen negocio a su costa, sino ellos, los creadores. Ha de entenderse que tiene que haber una contraprestación, que todos queremos cobrar algo por nuestro trabajo, por el esfuerzo vertido, y todos queremos vivir de nuestro trabajo. Si un libro gusta… ¿qué menos que decirlo en un comentario, o recomendarlo a alguien, o comprarlo en papel y regalarlo, o ver qué tipo de publicidad lo respalda?
Libro Virtual permite que el lector, por distintos medios, ayude al escritor de su preferencia. A través de publicidad, donaciones, o descarga de libros virtuales, los autores consiguen algún beneficio, pequeño, pero lo consiguen.
Yo, por mi parte, te animo a que visites Libro Virtual. Te invito a que leas las obras que allí tengo publicadas. Y te ruego que, si ves publicidad en tu paso por la página, te intereses un poco por ella. Estarás devolviendo algo a cambio de las obras que puedes leer, mías o de cualquier otro compañero.
Gracias por tu apoyo y tu comprensión. ;D
Lázaro en la oscuridad
Por Diaz de Tuesta - Concursos Literarios, Concursos Relatos, Literatura, Mis Relatos, Mis relatos - Fantasía, Mis relatos - Terror, Relatos - 26/Oct/2009
| Yo soy Lázaro, Lázaro de Betania, hermano de María y Marta, y recuerdo que aquel día desperté súbitamente de una profunda oscuridad. Me encontré sentado en una piedra, junto al viejo pozo, a pocos metros de mi casa, con una ramita larga y esbelta en la mano. En el cielo brillaba un sol penetrante, despiadado, separando con brusquedad intensos blancos y negros densos, aplastándolo todo con un peso invisible; el polvo dibujaba remolinos en el viento y había un mensaje escrito a mis pies, sobre la tierra muerta.
“Se acerca…” Parpadeé y me detuve, la ramita temblando entre mis dedos. Incluso ahora, sigo sin recordar haber escrito esas palabras. Me sentía absolutamente desconcertado. En ocasiones, mi mente naufragaba por completo en esa bruma viscosa que se enredaba en mis pensamientos, la que me traje del sepulcro hace años, cuando Jesús de Nazaret me recuperó de la muerte, pero nunca antes había escrito nada estando en ese extraño trance. Dejé caer la rama, y miré a mi alrededor, buscando respuestas. ¿Qué se acercaba? ¿O quién? ¿Y para qué? No había allí nada importante, tan solo un muerto viviente y mucha pobreza. Contemplé mi humilde casa, el desvencijado corral donde rumiaban parsimoniosamente dos cabras flacas, el sendero que conducía a la salida del pueblo de Betania, deslizándose torpemente entre peñascos y árboles. Recuerdo que pensé que yo era como ese camino, en mí también se entremezclaban confusamente lo vivo y lo muerto. La única diferencia era que él sí conducía a alguna parte. Yo únicamente era “vacío”. Lo llamaba así porque no sabía qué otro nombre darle. Era algo difícil de describir con palabras, algo que no se explicaba, que sólo podía sentirse. En aquel tiempo siempre tenía la impresión de que me rodeaba un círculo de nada absoluta, un espacio que sólo parecía existir para recordarme que no estaba donde debería estar, que ya no pertenecía a este mundo lógico calcinado por el sol. Más allá, siempre un poco más allá, quedaba el tumulto de lo normal y cotidiano, el eterno estrépito de la vida. Inalcanzable. En eso pensaba, cuando vi que venía alguien por el camino, surgiendo tras la pronunciada curva que formaban los peñascos, un individuo moreno, de complexión ligera, la barba y el cabello largos, ondulando con el viento. Se sujetaba el costado con una mano, el lugar exacto donde la sangre manchaba de rojo intenso aquella túnica tan blanca. De entre sus dedos caían densas gotas, que siseaban de forma aterradora al tocar el camino y desaparecían en el polvo, como absorbidas con ansia. Tras él, siguiéndole como un manto de ondulantes grises, avanzaban gruesas nubes de tormenta, ocupándolo todo, y el viento arreciaba, pegando fuertes bandazos. La tempestad se tragaba la luz, las formas, el mundo… Y aquel hombre se dirigía directamente hacia mí. Era Jesús de Nazaret, mi amigo, mi hermano. Aquel que un día, hace años, pronunció mi nombre para traerme de vuelta; jamás, en lo que me quede de esta vida prestada, podré olvidar aquel potente “¡Lázaro, levántate y anda!” que me despertó de pronto, arrancándome de la tumba. Ahora, tras su ejecución en Jerusalén, era él quien regresaba del otro lado… Sentí miedo. Contemplé las nubes, vapores enfermos que consumían el azul del cielo y retrocedí hacia mi casa, dando tumbos. Estaba ya dentro cuando Jesús alcanzó el pozo. Nos observamos mutuamente, a través del resquicio que dejé en la puerta. No sé qué vio él, yo contemplé un hombre que era muy distinto al que conocí en vida. Estaba muy delgado, mortecino, los ojos consumidos, como si hubieran visto demasiado en demasiado poco tiempo. Las uñas de la mano con la que se sujetaba el costado estaban rotas; las imaginé destrozadas contra la tapa de un sepulcro. – Lázaro… – susurró. Reconocí su voz, pero parecía llegar de muy lejos, de muy hondo. De una fosa profunda, oscura, fría, que esperara ansiosa su retorno – Lázaro… – ¡Vete! – mi orden sonó a súplica. Supongo que lo era – ¡Déjame, Jesús! ¡Ten piedad de mí! – Lázaro… – volvió a gemir, tendiéndome la mano libre – Mi Padre me dijo que tú me ayudarías. Tú abriste el sendero entre la vida y la muerte. Conoces su tacto, su sabor, y puedes librarme de la oscuridad, purificarme… – ¿Purificarte? ¿Pero qué puedo hacer yo? ¡Sólo conozco el vacío! ¡Un espacio helado que me mantiene eternamente al margen! ¿Te ocurre igual? – él asintió, aturdido – ¡Hemos cruzado una línea que no se puede cruzar, hemos vuelto por un camino sin retroceso, haciendo trampas! ¡Y ahora el mundo está lejos! ¡Lo que hacemos es contemplar la vida, intentando rozarla con las puntas de los dedos, pero sin vivirla realmente! ¡Ya no podemos alcanzarla! Algo brilló en sus ojos. – No es cierto. ¡Me dijo que viniera, que te buscara! – miró a lo alto, hacia el vórtice oscuro que estaba gestando su tormenta – ¡Padre, Padre! ¿Por qué me has abandonado? – todo tembló. El aire onduló a su alrededor de una forma casi perezosa, y luego se expandió repentinamente, con fuerza infinita, en todas direcciones. El corral quedó destrozado en un instante, las cabras balaron mientras huían buscando refugio. La energía alcanzó la puerta, sacudiéndola violentamente. Grité, y luché como pude por mantenerme en pie, mientras la tempestad se extendía de horizonte a horizonte. La noche cayó de pronto sobre el pueblo de Betania, en pleno mediodía. Una noche oscura y sin esperanza, que presagiaba como único amanecer el Apocalipsis. ¿Qué podía hacer yo? Creía, de verdad, que nada. Al fin y al cabo, sentía que no estaba aquí, ni estaba allá, odiaba mi situación y no conocía más respuestas que mis propias dudas. Purificarle… ¿Sería cierto que Dios le había dicho que me buscara…? Jesús seguía junto al pozo, muy erguido, el cabello arremolinándose locamente alrededor de su cabeza como una extraña aureola. Luchando contra el vendaval, y contra mis miedos, me acerqué a él y le abracé. Había tocado a otros desde mi regreso, había abrazado a mis hermanas y a sus esposos, a mis sobrinos, había acariciado animales… pero ninguno de esos roces me pareció real. Ese contacto, sí. Noté la fuerte corriente, el río de emociones estableciéndose entre nosotros. Curándole, curándome… Todo encajó de pronto, todo adquirió un sentido. Casi me eché a llorar de puro alivio al comprender que Dios me había devuelto la vida para que, más tarde, pudiera ayudar en ese terrible trance a su Hijo. La oscuridad de la tumba dejaba ciego, el frío aturdía… Jesús no hubiera podido superarlo, al menos en mucho tiempo, sin mi ayuda. Nadie podía hacerlo totalmente por sí mismo. Te quedabas lejos, al margen, en la línea, sin acabar de cruzar hacia ningún lado. Hasta ese momento, hasta ver a otro en la situación, yo no había podido entender realmente la única verdad: que la vida “siempre” es un regalo, la vida “siempre” es un Don del Señor. No importa si se nace de forma natural, o si se surge de la tumba por su divino poder. – Ha quedado atrás… – susurré – El frío, la oscuridad, olvídalos, ya no pueden alcanzarte… Vuelves a estar vivo, estás vivo, Jesús… Aumenté la fuerza de mi abrazo; absorbí su frío y su oscuridad, como el camino había absorbido su sangre. Juntos borramos dudas, miedos, desesperación. Nuestras almas muertas se fundieron, se completaron, renacieron. El dolor fue menguando hasta desaparecer, como desapareció la tormenta. La luz del sol nos iluminó. Jesús se apartó, me miró a los ojos y me sonrió; el mismo Jesús de otros tiempos, aunque ya era más que un hombre, era Dios. Y, sin embargo, nunca le había sentido más humano. En algún momento, me besó en la mejilla y se marchó. Sé, porque me lo han dicho, que muchos le han visto y algunos han hablado con él. Milagros, prodigios, portentos, maravillas… Siempre se usan esas palabras en lo referente a su ascensión en cuerpo y alma a los cielos. Un cuerpo y un alma que no conservan rastro alguno de la oscuridad de la muerte. Y yo también volvía a sentirme vivo. Realmente vivo. Estaba atardeciendo cuando me senté en la piedra junto al pozo. En el cielo, de un azul sin mácula, brillaba un sol penetrante, despiadado, separando con brusquedad intensos blancos y negros densos, aplastándolo todo con un peso invisible; el polvo dibujaba remolinos en el viento y un mensaje se había borrado a mis pies, sobre la tierra muerta. TERCERA ÉPOCA
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De sombras y quimeras…
Por Diaz de Tuesta - Concursos Literarios, Concursos Relatos, Literatura, Mis Relatos, Mis relatos - Ciencia Ficción, Mis relatos - Fantasía, Relatos - 16/Oct/2009
| “¡Maldita sea!”
Quimérica, o lo que quedaba de ella, hizo un esfuerzo y abrió los ojos al oír voces y risas. Dos hombres arrastraban violentamente a un tercero hacia las sombras del callejón en el que se encontraba. Le costó captar algún detalle en aquellas siluetas tan negras: la noche era muy oscura, tormentosa, una densa cortina de lluvia lo desdibujaba todo, y la única iluminación venía del ventanuco de la parte trasera de un restaurante chino. En otros tiempos, cuando poseía una visión capaz de detectar un alfiler a un kilómetro, nada de eso hubiera supuesto un problema. Las sombras. La oscuridad… El mundo carente de color, hundiéndose en aquella marisma de grises… Se estaba muriendo. ¡Por fin! ¡Qué inmenso alivio! El momento se acercaba, podía sentirlo en los huesos con más fuerza que la humedad de la tormenta. Le quedaban algunos minutos, una hora, quizá… Los dos hombres arrojaron a su víctima contra un montón de basura que se pudría lentamente en un rincón. Uno lanzó una carcajada, insultándole, el otro la emprendió a patadas con él, echándole en cara que había comprado la droga a otro camello, o eso entendió. Golpes, golpes, golpes. Caos, dolor y furia, envueltos en aquellas sombras. “Debería hacer algo”, pensó Quimérica. Claro que resultaba más fácil decirlo que hacerlo. Se sentía tan débil… El poder se había ido, llevándose aquella sensación gloriosa que siempre lo acompañaba, tan cercana a la borrachera, tan embriagadora. La echaba de menos… No, no debía flaquear, su decisión estaba tomada. Toda larga vida derivaba en un océano de remordimiento, como un río que fuera cargándose de culpas, y la suya había sido formidablemente extensa… Mucho tiempo, muchos errores, demasiadas imágenes, voces y momentos. A veces sentía que la cabeza le iba a estallar. Necesitaba dormir, descansar, no ser nada, no sentir… Y, sin embargo, allí estaban aquellos individuos, obligándola a tomar más decisiones. Sus dedos se hundieron en el lodo siguiendo el impacto de una nueva patada, y otra, y otra… y algo cálido se extendió por su cuerpo, renovando parcialmente sus fuerzas. Qué sorpresa. Todavía quedaba en su interior un resquicio de ira, un conato de rebeldía ante la maldad del mundo. Todavía vivía en ella esa pequeña y patética criatura, la que estaba convencida de que podían cambiarse las cosas. Y todavía era capaz de una última quimera… Era algo sorprendente, la mente humana. Pensamientos, sueños, delirios, ilusiones… Si creías en ellas, si sabías cómo transgredir los límites y vestirlas de realidad, tenían una fuerza ilimitada. No sería la primera vez que había matado a un hombre, haciéndole creer que ardía en llamas. Esa última noche, en esa última quimera, sería más creativa. Verse disueltos entre hemorragias por el virus Ébola sería un castigo adecuado a tanto salvajismo. Estaba a punto de tejer la intrincada red de aquella ilusión, cuando una figura vertiginosa cayó sobre los dos individuos, derribándolos. Fuera lo que fuese, volvió a alzarse de inmediato. Los matones se levantaron, atónitos, mirando hacia lo alto. Uno gritó, señalando algo. El otro sacó una pistola. La figura regresó, descendiendo para patearle la mano, desarmándolo, mientras se estiraba para dar un puñetazo al otro. Un nuevo volatín, un directo al estómago que posiblemente pulverizó varias vísceras, y una presa en la cabeza del que aún quedaba en pie, rompiéndole el cuello con un sonido seco… Todo sucedió más rápido de lo que podía contarse. No era raro, tratándose de Bohemio. Quimérica le estudió con una punzada de miedo, no porque temiese por su vida, sino porque temía por su muerte. En algunas épocas, habían sido amigos, en otras, amantes, y también adversarios. Siempre habían formado una curiosa pareja: ella, Quimérica, caminando entre los mundos, mezclando lo real y lo ilusorio, moldeándolos temporalmente a su antojo, y Bohemio, alegre vividor del caos, siempre con una sonrisa fácil y una absoluta falta de escrúpulos y arrepentimientos. Había habido momentos en los que estuvieron tremendamente cerca el uno del otro y, sin embargo, siempre habían querido distintas cosas… Ni siquiera se habían reunido en los últimos siglos para nutrirse mutuamente, para renovarse, ese pequeño gran mal, esa exigencia que imponía su naturaleza. Bohemio caminó por el callejón, observando inexpresivo los cadáveres. Su imagen era la de un hombre alto y atractivo, vestido con un abrigo largo, negro, y botas de aspecto recio. – Lárgate – le dijo al tipo que seguía en el montón de basura. Él obedeció, sin mirar atrás, medio arrastrándose, abrazándose el cuerpo dolorido como si temiera dividirse en pedazos. Entonces, Bohemio giró hacia ella. Le vio inclinar la cabeza; supo exactamente en qué momento la reconoció. – ¿Quimérica? – preguntó. Su voz, juvenil pese al largo, larguísimo tiempo, que llevaba pronunciando palabras, sonó sorprendida – ¿Quimérica, eres tú? – siguió sin contestar. Bohemio avanzó en su dirección, levantando un chapoteo húmedo del barro. Se acuclilló a su lado – Preciosa, vaya mierda de aspecto tienes. – Déjame en paz… – consiguió decir. Intentó incorporarse, alejarse, pero simplemente cayó de lado. Se agitó con violencia, cuando Bohemio la sujetó y volvió a sentarla – ¡No me toques! – ¿Quieres evitarlo? Pues ya conoces las normas: tendrás que ser capaz de hacerlo – replicó él, colocándola bien. Chasqueó los dientes – Te lo digo en serio, Quimérica, estás hecha una pena. ¿Cuánto percibes, de realidad? Buena pregunta. Una, que indicaba lo mucho que la conocía. Quimérica suspiró. Más allá de aquel callejón, nada. El mundo ya no existía, para ella. Todo era negrura, y sombras, y caos infinito. Estaba a punto de disiparse. – No te importa… – Oh, claro que me importa. ¿Qué te ha pasado? ¿No te has nutrido, ninguno de los nuestros te ha ayudado a renovarte? – bufó, ante su empecinado silencio – Tiene gracia, Quimérica, tú, que siempre has sido más sociable que yo, cada vez estás más sola… – le acarició la mejilla, con suavidad – Pero estoy aquí, y estoy rebosante de poder. Memoria me nutrió la semana pasada. Por cierto, hablamos de ti. Nos preguntábamos si ya estarías muerta. Memoria. Vaya pieza. Quimérica jugaba con la fuerza de las ilusiones, pero Memoria reconstruía la realidad a su gusto, guiándose a veces por el puro capricho, llenándolo todo de incertidumbre. Quizá por eso se atraían, y de una forma especial. Al menos, eso ocurría en el pasado… No consiguió recordar la última vez que se acostó con ella. – Prácticamente – susurró – Con suerte, si no me sueltas de una maldita vez, me moriré en tus brazos. – Hay que joderse. Idiota – Bohemio maldijo, sacó una jeringuilla del bolsillo del abrigo, y empezó a extraerse sangre de la muñeca, una dosis generosa. Tenía un intenso color azul y añadió al callejón una luminosidad fría, inquietante. Luego, se volvió hacia ella, que trató de alejarse, arrastrándose penosamente. ¡No, no! ¡No podía hacerle eso! ¡No podía quitarle ese descanso que tanto ansiaba…¡ “Tejer, tejer…” Un sueño denso, muy denso, envolvente, compartido… – Ven aquí, loca. Si crees que voy a dejar que te suicides, andas muy equivocada. ¿Qué no quieres renovarte? Yo lo haré por ti – le levantó la manga del brazo derecho, y la obligó a extenderlo – No voy a dejar que te disuelvas en tus sombras. Te quedarás aquí, en la realidad, conmigo. – ¡Déjame, no quiero! – Ya lo sé – Bohemio sonrió, apretando el émbolo. La sangre pura, la sangre azul que sólo tenían unos pocos elegidos, entró en sus venas con la fuerza de una locomotora, renovándola por siglos. Quimérica se arqueó hacia atrás, ahogando un gemido, sintiendo que todo se rompía en su interior, muy dentro, que todo dejaba de ser, para volver a reconstruirse. Las sombras empezaron a alejarse. La oscuridad se atenuó. El frío, la humedad de la tormenta, disminuyeron… Él la miró, como buscando algo que no consiguió encontrar. – Necesitas descansar – dijo entonces – ¿Quieres que te lleve a algún lado? – No, gracias. Ya has hecho suficiente. Piérdete. Bohemio contuvo una réplica. Se alzó en el aire, y desapareció. Quimérica aun esperó unos momentos antes de romper el sutil tejido de irrealidad que había extendido por el callejón. Incluso ella había sido víctima de su influjo durante los últimos minutos. Al desaparecer la ilusión, al ver rodando por el barro la jeringuilla con su fulgor azul, perdió las supuestas fuerzas renovadas, perdió la aguda visión, regresaron el frío y las sombras… Bohemio se había ido, creyendo su última quimera, que la había nutrido, que le había dado su sangre. Ahora, sólo quedaba esperar. Como mucho, una hora… TERCERA ÉPOCAAño: 2009 Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported (IV PREMIO XVIII CERTAMEN DE USUARIOS BUBOK. tema: Superhéroes) |
“MATA AL PRESIDENTE”, de Pedro Avilés, ya en las librerías
Por Diaz de Tuesta - Literatura, Novelas, Opiniones y Comentarios - 4/Oct/2009
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La novela interactiva “Mata al presidente“, del escritor y periodista Pedro Avilés, ya está al alcance de los lectores. Tras meses de arduo trabajo, la obra ha visto la luz y si ya de por sí es complicado escribir una novela, crear algo tan peculiar como es “Mata al presidente” ha debido requerir de muchísimo más esfuerzo.
Y es que, a diferencia de lo que ocurre en la literatura habitual, en “Mata al presidente“, el lector ya no es algo pasivo que recibe la historia: es parte de la historia, y ayuda a construir y definir el desenlace. Es “de verdad” el protagonista, tomando las decisiones, y asumiendo las consecuencias.
Pero, nada como leer las palabras del propio autor, en su nota de presentación, para entender realmente de qué se trata:
Estimados amigos, ya está disponible por fin para su lectura pública mi novela interactiva “Mata al presidente“. Se puede adquirir tanto desde la librería online de Bubok como acudiéndo a solicitarla a alguna de las siguientes librerías físicas en todo el territorio nacional.
“Mata al presidente” es una novela escrita según las técnicas de la denominada ”hiperficción constructiva“, que convierten sus 251 páginas en un divertimento casi infinito.
¿Serías capaz de asesinar al presidente del Gobierno? Esto es lo que propone “Mata al presidente“, una novela interactiva en la que sólo tú, como lector, decidirá el final.
Rodolfo Barea es un periodista español que trabaja para la CIA y que, tras años como “durmiente”, recibe instrucciones de la organización para participar en una operación de gran calado que revertirá el resultado de las últimas elecciones generales celebradas en España.
Su sorpresa inicial se verá incrementada cuando su contacto le cuente el cometido que se le ha asignado: matar al presidente del Gobierno antes de que retire las tropas de Kirguizistán.
“Mata al presidente” es una novela repleta de suspense en la que sólo tú decidirás qué pasos debe seguir el agente secreto para lograr su objetivo. Tan sólo de ti dependerá que Barea alcance el éxito… o que caiga en el más estrepitoso de los fracasos.
Espero que os guste.
Pedro Avilés
Mata al presidente
Anímate, consigue tu ejemplar y mata al presidente…. si puedes ;DDD
Hieródula
Por Diaz de Tuesta - Concursos Literarios, Concursos Relatos, Literatura, Mis Relatos, Mis relatos - Fantasía, Relatos - 8/Sep/2009
| La estatua de oro de la diosa mostraba un semblante serio.En sus hermosos y fríos rasgos casi podía detectarse una acusación; los labios, que hubieran debido resultar apasionados, formaban una línea inflexible, y los ojos de metal muerto provocaban una impresión de eterno reproche.
Al menos, así lo percibía Sae, hija de Luen, hieródula en el pequeño templo, y la mejor de todas sus prostitutas sagradas, en opinión de los fieles que acudían asiduamente al lugar. Había sido entregada al servicio de la diosa a la edad de doce años, cuando su cuerpo abandonó las líneas tiernas de la infancia para curvarse suavemente en las de una joven mujer. Su conversión en hieródula no fue algo premeditado. Luen, campesino ignorante, viudo resignado, y hombre de poca suerte, siempre manifestó el temor y la reverencia debidos a la diosa, pero la razón principal que le llevó a sumir a su hija en aquella esclavitud perpetua, fueron las deudas. El pequeño campo que labraba se mostró poco agradecido con las miles de horas de trabajo que enterró en él, y sólo ofreció a cambio hambre y miseria. Luen no tuvo opciones. La dejó en la entrada del templo, apartando los ojos con vergüenza… Pobre Luen, qué poco conocía a su hija. Claro que, era lógico que temiese por ella, y se sintiera culpable. Más allá del brillo de los rituales y las parafernalias del templo, y de las palabras una y otra vez repetidas hasta perder todo sentido, las prostitutas sagradas no dejaban de ser eso, prostitutas. Gozaban de una vida cómoda, pero el servicio sagrado no lo soportaba bien todo el mundo. Los fieles acudían a recibir el amor de la diosa a través de sus esclavas, y ellas no tenían capacidad de elección posible. Había que atenderlos a todos, darles aquel remedo de amor a todos, altos, bajos, viejos, jóvenes, guapos, feos, gordos, delgados… Sin embargo, Sae guardaba un secreto: a ella le gustaba el papel que le había deparado el destino. Le gustaba de verdad. Se sentía una mujer afortunada, y, de alguna manera, una triunfadora. Habían intentado utilizarla, siempre, todos: su padre para alejar su miseria, la diosa para usar su cuerpo como medio para llegar a los fieles, el templo, para enriquecerse con los pagos por sus servicios, los creyentes, para liberar su lujuria… ¿No resultaba tremendamente satisfactorio, y sutilmente irónico, que, en realidad, ella fuera la que los manipulase a todos? La diosa no la utilizaba para dar amor, era ella la que utilizaba a la diosa, y todo lo que suponía, para liberar sus inagotables apetitos, y su pasión. Y la diosa lo sabía. Cada caricia entregada por Sae en su nombre, era una mentira. Cada beso, un engaño. No había comunicación entre los fieles y su divinidad, Sae no se consideraba un vínculo, sino un fin en sí mismo. Nada llegaba a la diosa, nada surgía de la diosa; todo empezaba y terminaba en el anhelante tacto de Sae, en los deliciosos escalofríos de su piel, en el lánguido crepitar de su carne, en el largo y glorioso ascenso que la llevaba una y otra vez a las siempre codiciadas alturas de lo voluptuoso, al erótico mundo de los sentidos, de los deleites carnales. Todas las bocas podían dar placer, si sabías buscarlo, todas las manos eran capaces de arrastrarte en el lento, armónico fluir del deseo, si sabías dejarte llevar. Por eso, no le importaba que, muchas veces, los fieles fueran hombres viejos, o poco agraciados, en su mayoría campesinos de dedos callosos y carnes marchitas, quebradas por el trabajo duro y la pobreza. Además, no podía quejarse. Ocasionalmente, disfrutaba de algún premio inesperado, soldados o aventureros que estaban de paso por la zona, hombres de armas acostumbrados a buscarse la vida rondando la muerte. Entre sus brazos, enérgicos, entendidos, incansables, Sae ardía como una tea, como las brasas de los incensarios sagrados, perdiéndose jubilosa en aquella marea eterna, eternamente buscada… Pero, el día en que llegó Meren, el mundo perfecto en el que vivía Sae, dio un brusco vuelco. Al contemplar la figura elegante, gallarda y atractiva, de aquel extranjero, el corazón se aceleró en su pecho como nunca antes le había ocurrido. Sintió que los dedos se le crispaban por el puro afán de tocar esa piel, esa, exactamente esa, y ninguna otra. Sintió la boca reseca, agrietada, sedienta, ansiosa de recibir los besos de esos labios. Su cuerpo se tensó, totalmente alerta, esperando recibirle, mezclarse con él en esa inacabable danza atávica en la que ambos llegaría a ser puro gozo, carne que palpita. Meren era un hombre hermoso, alto, bien proporcionado, con aire digno y noble. Y Sae iba a tenerlo… Avanzó hacia él, contoneando las caderas con suavidad, muy segura de sí misma, de su belleza, de la ciencia meticulosamente aprendida entre los susurros de sus sábanas. Sólo se oyó el tintineo de sus largos zarcillos, de los mil abalorios y cadenillas que adornaban su cabello, tobillos, brazos, y la túnica dorada de hieródula. Los rasgos de su rostro permanecieron inmóviles observando a Meren, fijamente, manteniendo su mirada; nada dejó entrever cuánto deseaba arrancarle la capa, y la armadura de cuero blando, cómo suspiraba por apartar el último rastro de ropa y aferrarse con uñas y dientes a su piel, probar su sabor, contaminarle con aquella abrumadora necesidad… – ¿Deseas recibir el amor de la diosa, creyente? – preguntó, siguiendo el ritual. Los ojos de Meren se deslizaron un segundo hacia la estatua de la diosa, luego volvieron a ella… Agitó la cabeza. – No, creo que no – dijo, sorprendiéndola – No temas. No seré yo quien se aproveche de tu triste situación muchacha, ni quien te tome, cuando me consta que no puedes rechazarme. Debe ser terrible tener que prostituirte de esta manera, perder… la dignidad, perder el respeto que todo el mundo debe poder sentir por sí mismo, sin ni siquiera quedarte con el oro ganado a costa de tu humillación – Sae se quedó tan desconcertada, que no supo qué replicar. Él le entregó una bolsa, bien nutrida – Toma. Este oro, que sea para ti, y sólo para ti. Escóndelo – alzó una mano, y le acarició la mejilla. El roce provocó una sensación devastadora, una descarga absolutamente deliciosa de dolor y calor que recorrió con furia su cuerpo. Sae se estremeció. Él no pareció darse cuenta, sumido en su propia lucha – Y no creas, no resulta fácil, renunciar a disfrutar de tus encantos. Eres una joven muy hermosa. Quizá, en otras circunstancias… Pero soy un hombre de honor, y debo tratarte con el respeto que te mereces. Respeto… El hambre de sensaciones que tensaba dolorosamente su cuerpo, que hacía arder por completo su alma, la inducía a revelarle la verdad, y de inmediato. Quería decirle que no tenían por qué negarse la satisfacción que ambos deseaban, porque ella, ella en concreto, no era una víctima. Muy por el contrario, se consideraba un ser tremendamente dichoso, situado por la vida en el lugar donde más libre podía sentirse. De haber seguido en la casa de Luen, hubiese terminado casada con cualquier campesino, un hombre áspero, rudo, y sólo inspirado por su propio placer. Un único hombre, al que hubiera pertenecido, al que se hubiera visto sujeta, limitada a sus momentos y sus caprichos, sin posibilidad de desatar sus apetitos en otras pieles… Pero, no, no… Sae titubeó, sintiéndose atrapada en una absurda broma del destino. Si no le sacaba de su error, aquel extranjero se iría, dejándola con su espejismo de virtud, su deferencia, y sus brazos vacíos; pero, si le decía la verdad, perdería aquel inesperado respeto, aquella emoción peculiar que nunca nadie le había regalado, y que se sentía inclinada a conservar. Incluso, quizá, llegara al desprecio. No podría soportarlo… Era capaz de irse, de todos modos, y ella se quedaría sin la satisfacción carnal, y sin su respeto. Contuvo el intenso deseo que pugnaba por estallar en su interior, y le dejó marchar, apretando disimuladamente los puños. No podía librarse de la incómoda idea de que, ya, nada sería como antes, nunca. A partir de ese momento, buscaría el aroma de Meren en otros aromas, el sabor de esa piel que ni siquiera había probado, en otros cuerpos, el frenesí devastador que había desatado aquel roce en su mejilla… Y le dio la impresión de que, la estatua de la diosa, sonreía. TERCERA ÉPOCAAño: 2009 Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported (II PREMIO VII CERTAMEN DE USUARIOS BUBOK. tema: lascivia) |
El Destino de Ensenada
Por Diaz de Tuesta - Literatura, Mis Relatos, Mis relatos - Realismo, Relatos - 31/Aug/2009
| El anciano se detuvo junto a la orilla, allí donde las lentas olas casi llegaban a mojar las punteras de sus botas, y contempló el mar, el inmenso mar que había sido una parte tan importante de su vida. Inspiró profundamente la brisa cargada de salitre, el viento húmedo del atardecer que jugaba incansable con su ralo cabello, dando vida a sus mejillas, llenando de luz sus ojos…Parpadeó…
No, no era la playa, no estaba en Cádiz, no era el tiempo luminoso de su juventud. El sol también brillaba con fuerza, pero, en esta época, y en este lugar, el aire era seco, olía a paja y tierra mustia, a mundo áspero, poco dado a misterios o a concesiones. Zenón de Somodevilla y Bengoechea, el viejo y olvidado Marqués de la Ensenada, se detuvo en el borde del camino por el que estaba paseando y miró titubeante a su alrededor. Le cercaban por todas partes las tierras de Medina del Campo, paisajes bellos también, a su manera, pero muy distintos de los que había convocado en su memoria. Además, éstos eran paisajes que hablaban de su fin, no de su inicio; de su caída, no de su apogeo. Quizá por eso, pese a sus innegables valores, no conseguía amarlos realmente. El viejo Zenón se sentía clavado en el sitio, como una de esas mariposas que se enmarcaban y se colgaban de la pared. Estaba atrapado, exiliado por orden real. No podía salir de allí. Aquel lugar había sido su cárcel durante los últimos quince años, su… Creyó oír una risa, a lo lejos, y se volvió parcialmente. ¿Agustín? Sí, sí, era él… pero no. El bilbaíno Agustín Pablo de Ordeñana, el joven alegre, buen amigo, siempre dispuesto a aprender algo nuevo, y a apoyarle cuando era necesario, llevaba muchos años muerto. Qué demonios, no llegó ni a cumplir los sesenta, una edad que a Zenón le había parecido enorme durante la mayor parte de su vida, y tremendamente deseable, en los últimos tiempos. Agustín, Agustín… Quizá reía, pero allá donde él no podía escucharle. ¿O acaso estaba ya en alguna línea entre los mundos? Debía ser eso, porque aquel paisaje agostado ya no conseguía retenerle… ¡Oh, sí! El joven Zenón de Somodevilla y Bengoechea se quitó el sombrero y agitó la cabeza, el abundante pelo oscuro que recogía en una coleta, aspirando con fuerza. La brisa olía a humedad, a vida marina, a salitre, ese olor amado que formaba parte de su misma esencia, pese a haber nacido en un lugar donde no podía percibirlo. Apartó con el pie unas algas, que llegaban enredadas en la espuma de una nueva ola, largas cintas verdes y vivas, consumidas por el tiempo hacía mucho…. El viejo Zenón de Somodevilla y Bengoechea se sobresaltó. Un carro bastante grande, cargado hasta los topes de heno pasaba muy cerca, por el centro del camino, llenando el mundo con mil rumores de madera vieja y metales oxidados. La mula y el campesino siguieron mirando fijamente al frente, no le concedieron ni un vistazo, no mostraron ninguna curiosidad por aquel hombre parado, inmovilizado como una mariposa disecada, tan cerca. Quizá ni le habían visto, pese a que resultaba difícil de creer, vestido como iba de oscuro bajo una luz tan brillante. Pero, a saber. Ambos, humano y bestia, compartían la misma expresión absorta, ensimismada, de seres perdidos en el trayecto entre horizonte y horizonte, ajenos a cuanto pasaba por su lado. Y, aquel anciano anónimo que apoyaba su derrota en un bastón, casi aplastado por el peso de sus elegantes ropas, era sólo un detalle más, algo sin importancia en el gran decorado del mundo. ¿Total, qué se había perdido, el campesino, al no mirarle? Nada, absolutamente nada. Todo volvía a su origen, caviló, con tristeza. Linajes sin dinero. Estrellas sin emitir auténtica luz… Olía a campo, no a salitre. El anciano suspiró, y reemprendió la marcha, apoyándose en el bastón, contemplando la tierra pulverizada que trataba de moverse entre los baches del camino, a impulsos del escaso viento que agitaba el aire. En aquel terreno asesinado por el sol, sus pasos no conseguían marcarse, no dejaban huella alguna, y eso le provocó una sensación de irrealidad, de inexistencia. ¿Seré un fantasma?, se preguntó. Daba igual avanzar, o la dirección que tomase. Daba igual que fuera hacia delante o hacia atrás, daba igual si estaba, o si no estaba, el camino no acusaba su paso. Qué triste… Qué distintos de sus pasos en la arena húmeda, bien marcados, firmes, fuertes. Quizá los borrara el mar, pero los recordaría la tierra… Sacó un pañuelo, y se limpió el sudor del rostro, mientras escuchaba el sonido jadeante de lo que no quería reconocer como su propia respiración. Esa tarde hacía calor, mucho calor, calor de tierra dentro, de tierra sedienta, de tierra que lloraría por un poco de humedad, de serle posible derramar una sola lágrima. Pero, bueno, lo prefería con mucho al frío mortal que era año tras año su alternativa, el helador manto de nieve que llegaría con el invierno, y que paralizaría el mundo durante unos meses en los que sólo él seguiría envejeciendo, mientras tiritaba junto a una chimenea cuyo calor nunca resultaba suficiente. El viejo Zenón apretó los labios, afirmó la mandíbula. No quería vivir otro invierno, no en aquel lugar, aquella cárcel inmensa de hielo y fuego que le había dado el rey… Y no lo viviría, si se empeñaba en seguir en aquel sendero calcinado, en ese momento. Al demonio, no pensaba rendirse, nunca se había rendido y no iba a empezar a esas alturas, cuando ya no tenía nada que perder. Necesitaba descansar, y refrescarse, tomarse un respiro. Estaba calibrando si le merecería la pena seguir hasta el pueblo, o parar de camino, cuando sus ojos se fijaron en una pequeña arboleda que cortaba con verde intenso el oro envejecido de un trigal, y recordó que esos árboles, anchos, bajos, frondosos, escondían una repentina quebrada del terreno por la que discurría un pequeño regato que saltaba alegremente entre las piedras. Él no era hombre de cambios, bien lo había demostrado durante toda su vida conservadora. Reformas, sí, mejoras, claro, dispuesto siempre a afrontar los arreglos necesarios en una España que sangraba por las heridas de demasiadas guerras. Arreglos, como podían serlo los arreglos imprescindibles en un barco, pero no cambios que pudieran transformarlo en una nave distinta. Le gustaban la rutina metódica, la seguridad que daban los usos y las tradiciones, lo conocido… Eso era lo suyo. Pero, ese día, cambió la ruta habitual de su paseo, y se dirigió a la parte trasera de la arboleda, porque necesitaba hacerlo, necesitaba el sentir el frescor de la sombra, y escuchar el rumor del agua. Le costó un tiempo infinito bajar la cuesta del pequeño risco, él, que había sido un niño ágil, inquieto, una criatura alegre y risueña que había brincado por terrenos muy semejantes a ese, y se había subido a árboles mucho más altos. Allí, al pie de la hondonada, junto al arroyo, el viejo Zenón se sentó, contemplando el agua. Debía contemplar agua… ¿Por qué? Qué extraño… El mar. El mar de Cádiz. El joven Zenón, el muchacho alto, galante y atractivo que arrastraba como una estela los suspiros de las jóvenes, giró sobre sí mismo en la orilla, mirando a su alrededor, algo desconcertado. Esa mañana, había tenido la sensación de que debía acudir a una cita, allí, en aquel lugar, en la playa… Tenía que ir, tenía que acudir a la llamada, al encuentro… Un reencuentro, sí. Era importante, tan básico y vital como una de esas miles de citas que había escrito cuidadosamente en la apretada agenda que había regido su vida en otros tiempos. Qué curioso, había llegado a pensar que no podría vivir sin aquella agenda, que aquel ritmo de su existencia duraría por siempre, y, sin embargo, lo había olvidado con enorme rapidez. Hacía ya mucho que sus días estaban llenos de horas vacías, sin sustancia y sin mayor sentido. Allí, en la cárcel de fuego y hielo de Medina del Campo, en el presidio sin barrotes, sin techos ni límites visibles, el paso del tiempo no era algo que tuviera demasiada importancia. Me hago viejo, pensó, con desaliento, los ojos fijos en el arroyuelo cantarín. Sí, claro que se hacía viejo. Ochenta años le rondaban, muchos, para cualquiera, más, para alguien tan cargado de recuerdos. Su mente derivaba, siguiendo ya caminos que los jóvenes no podían ver, sólo los niños, y únicamente de otra manera. Una mente que ahora, como él de pequeño, pegaba saltos entre las peñas de su memoria, trepaba alturas, bajaba por simas, y tomaba giros y atajos que le hubieran parecido imposibles hacía poco tiempo… Eso le desconcertaba a veces, pero también lo agradecía, porque le permitía revivir momentos que había creído perdidos… Le permitía volver a ser el muchacho que caminaba por aquella playa, plantando sus huellas firmes en la arena húmeda. El joven guapo, de sonrisa fácil y ojos francos que trabajaba de escribiente en una compañía consignataria de buques de Cádiz. Entonces, qué tiempos, se preguntaba cómo saldría adelante en un mundo tan hostil, teniendo como tenía tan poco en sus bolsillos. Sus padres, Francisco de Somodevilla y Francisca Bengoechea, eran de familia de rancio linaje, algo que era, también, toda su fortuna, y siempre estaban envueltos en graves problemas económicos. Nobles de porte, pero no de bolsa… ¿Quieres que te lea la mano, buen señor Zenón?, le había dicho ella. ¿Ella? Sí, claro, ella… Recordó haberla visto llegar, caminando descalza, lentamente, por la orilla, dirigiéndose hacia él con aquel paso a la vez elegante y provocativo, lánguido y determinado. Llevaba un pañuelo atado en la cintura, realzando la forma cimbreante de su talle, y había recogido a un costado la falda, un amasijo de telas de brillantes colores, permitiendo que el mar y su mirada rozaran la hermosa piel de sus piernas. Una cadenita de plata lanzaba destellos con el sol en uno de sus esbeltos tobillos. Era morena, de rasgos finos y tez aceitunada, pelo brillante y rizado, intensamente negro, cayendo de forma descuidada sobre los hombros, tan largo que alcanzaba sobradamente su cintura. Sus grandes ojos eran tan oscuros como la noche. Y, sin embargo, era todo luz. En su memoria de anciano, el joven Zenón la vio llegar, brillando por derecho propio bajo el sol de un verano perdido, la sonrisa iluminando su rostro, el alma refulgente mostrándose a través de los ojos negros… – ¿Quieres que te lea la mano, buen señor Zenón? – le dijo entonces, con el habla suave y hermosa de las gentes del sur. Zenón sonrió, una respuesta ante su luz, no sólo ante su belleza. En aquellos momentos, él era demasiado joven, y sus problemas, demasiado sencillos, aunque todavía no lo supiera. No creía, por tanto, en las cosas del destino, más allá del hecho de intuir que un hombre se forjaba siempre el suyo, con esfuerzo y tesón, y bien alimentado de ambiciones. Al menos, él estaba dispuesto a fraguarse uno, para sí mismo. – ¿Cómo sabes mi nombre? – preguntó a su vez, aunque supuso que habría indagado por ahí. Él era hombre de costumbres, y de muchas amistades, fácil de trato; no habría sido difícil enterarse, por unos y otros, de los detalles de su nombre y su condición. La joven se encogió de hombros, con un mohín encantador, ligeramente perezoso. – Todo el mundo lo sabe por aquí. Eres Zenón de Somodevilla y Bengoechea, mi señor, y naciste en el norte, tierra dentro, lejos del mar – miró hacia las olas. En el horizonte, se acumulaban las nubes de una futura tormenta. Zenon tuvo una sensación extraña. Así debían ser los presagios… – Pero el mar llama y reclama, y tú puedes oír su voz. Zenón consideró aquellas palabras. No podía negarlo. Siempre, desde la primera vez que contempló el mar, supo que su futuro estaba marcado por sus pesadas olas. Pero era por la Marina, concretamente, quitándole la mayor parte del toque romántico a las palabras de la chica. Que le gustara el mar o no, en realidad era secundario: lo importante era que suponía una oportunidad. En un país como España, una península rodeada de aguas, con grandes posesiones en las colonias, allende el océano, quien controlara el mar, tendría el mayor poder. Pero, no parecía algo que fuera apropiado mencionar, en ese momento. – Puede que sí – se limitó a decir, sin comprometerse a nada – ¿Y tú? ¿Cómo te llamas, muchacha? Ella volvió el rostro hacia Zenón. La brisa agitó las largas guedejas de su pelo. El sol se estaba incendiando en un bellísimo crepúsculo de tonos rojizos, convirtiendo el mundo en otra cosa, envolviéndolo en una luz casi irreal. – Soy Destino – susurró. Destino, sí, cierto. El anciano Marqués de la Ensenada sufrió un sobresalto junto al arroyuelo. ¡Claro que sí! ¡Se llamaba Destino! ¿Cómo podía haberlo olvidado? Pero, quizá no lo hizo, no lo olvidó, quizá siempre había estado ahí, archivado en alguna parte profunda de su mente, con tantos otros nombres, tantas otras voces, tantas miradas… Destino. Su Destino. El Zenón joven, sano, ambicioso, soñador, y dueño de una vida aún por construir, decidió tomarlo como una presentación en toda regla. Se quitó el sombrero y se lo llevó al corazón, dedicándole una gallarda reverencia. Ella rió divertida, entre dientes – ¿Qué me dices? ¿Te leo las líneas de la mano? Nunca miento, aunque te advierto que no siempre cuento toda la verdad. No siempre es bueno… – La verdad siempre es buena, encantadora Destino. – No es cierto. Como todo, depende del daño que haga – la mirada de Destino le estudió, circunspecta – Pero eso es algo que aprenderás con el tiempo. Ven, te leeré la mano. Me enseñó a hacerlo mi abuela, a la que enseñó su abuela, que aprendió de la suya, y ella de la suya, así, hasta remontar el largo río de los tiempos. Zenón se echó a reír. – Interesante sabiduría, entonces. ¿Y qué me pedirás a cambio? – poco tenía en el bolsillo en ese momento, apenas unas monedas que debía estirar hasta la próxima paga. Dudó sobre si merecía la pena gastar un par en aquel juego inofensivo en el que tan poco creía. Ella se dio cuenta, lo reveló su expresión, y la forma divertida, algo insinuante, con la que deslizó un dedo por su barbilla. – Sólo la respuesta a una pregunta, mi señor. Pero, ésa, te la haré la próxima vez que volvamos a vernos. Zenón arqueó una ceja, intrigado. La muchacha, supuso que se trataba de una gitana de alguna barriada de Cádiz, era bonita y directa, podía haber intentado sacar una buena cantidad de dinero, aunque sólo fuera en base a su simpatía, más que a una ciencia quiromántica auténtica. ¿Y sólo quería la respuesta a una pregunta? Sorprendente. Además, ¿qué podía saber él, que fuese de interés? De ser en otro momento, sí, claro. En esas épocas de intrigas y juegos ajustados, sin normas ni reglas, sobre el tablero del mundo. Hubiera sospechado de agentes ingleses, principalmente, meditó ceñudo el Zenón anciano, sentado en la hondonada. Sí, esos ingleses malditos que pretendían hundir el país, hundiéndole a él. “No se construirán más buques en España”, había escrito aquel ladino de Benjamin Keene, el Embajador británico, hombre astuto y perseverante, y el principal responsable de su primera caída. La más breve. La más dolorosa. – ¡Te lo mereciste! – se dijo en voz alta el anciano Zenón, y golpeó con el extremo del bastón el agua del arroyo, salpicando por todas partes. Sí, jugar a espaldas del rey, siempre suponía un riesgo, pero ¿qué otra cosa podía hacer? Inglaterra y Francia, a punto de entrar en guerra, buscaban cómo arrastrar en la debacle a España, evitando que se aliase con el enemigo. Estando así las cosas, un nuevo conflicto con Inglaterra, en el Caribe, parecía inevitable, y él, lo único que deseaba, era contar con una flota que les permitiera hacer frente a los ingleses, en el futuro… Traiciones, traiciones por todas partes. Encontraron las órdenes de guerra, firmadas por él, sin conocimiento del rey… Volvió a golpear el agua, y se estremeció, al confundirse en su mente el sonido del chapoteo con el de la aldaba de su casa de Madrid, a medianoche, la hora en que se arresta a los que se quiere castigar en silencio, sin tumultos ni bullicios. Zenón no dormía, pero estaba acostado, contemplando un techo que no lograba distinguir en la oscuridad. No era hombre dado a reflexiones, ni a arrepentimientos. Ni siquiera entonces se reprochaba nada, no repasaba hechos, no se analizaba en una autocrítica inútil. Recordaba lo que le había dicho a la Marquesa de Salas, una buena amiga, años antes: “Si yo discurriese y fatigase las potencias como ustedes, no tendría tiempo para servir mis empleos, porque no me alcanzaría para reñir pendencias y dar suspiros, pero empléolo en lo que conduce a desempeñarme, no permito se me hable de mi persona y tiro adelante”. Tirar adelante, sí. Eso había hecho siempre, y eso haría. En eso pensaba cuando oyó las voces, cuando, a la luz de las velas, contempló los rostros adustos de los oficiales y vio los documentos. La acusación de alta traición a la Corona, por ocultamiento de órdenes de guerra… El Zenón anciano se estremeció. – Medianoche del veinte de julio de mil setecientos cincuenta y cuatro… – susurró, tan bajo que hasta él tuvo problemas para oírse. Una fecha que no podría olvidar jamás, el inicio de su primer destierro a provincias. Al menos, en aquella ocasión, contó con el respaldo suficiente como para terminar en el Puerto de Santa María. Cádiz, siempre Cádiz, la puerta del mundo… Tantas cosas… Pero entonces, en aquel remoto atardecer en la playa en que se cruzó con Destino, Zenón no sabía nada que no pudiera conocer también el resto de la humanidad, ni, pese a todas sus ambiciones, se le ocurrió que pudiera llegar a poseer información relevante, algo de interés nacional. Los pocos secretos que conocía en esos momentos, eran cuestiones románticas sin mayor importancia, y, como él no se había enamorado todavía, ni siquiera eran suyos. De modo que asintió. – Únicamente, si no afecta a algún otro – le advirtió, por si acaso – No hablaré de otros, del mismo modo que no permito que se hable de mí. Pero, si es una información de la que soy dueño, intentaré dártela. – Lo harás – la muchacha asintió, totalmente segura de que así sería. Normal, se llamaba Destino. Zenón sonrió, preguntándose cuál sería su autentico nombre. Carmen, Conchita, Esperanza… Algo así, propio de su pueblo, hermoso pero cotidiano. ¿Quería llamarse Destino? No sería él, persona de grandes ambiciones, quien se lo negara. Hasta parecía vestirle bien el nombre, con aquella oscuridad luminosa que semejaba envolverla como un aura. Destino le tomó suavemente la mano, y estudió su palma. Sus grandes ojos negros recorrieron las líneas, con la misma facilidad que si leyera en un libro abierto… Como si fuese un libro que ya ha leído, se le ocurrió de pronto, pero no supo a qué se debía semejante idea – Naciste dos veces, caerás dos veces… – ¿Nací dos veces? – desconcertado, Zenón arqueó una ceja. Lo de caer dos veces, tenía su miga, pero aquello… Luego, de pronto, llegó la explicación – Ah, te refieres a la partida de nacimiento, una en Hervías, otra en Alesanco. Pero eso fue porque… – No importa – le interrumpió ella – Realmente no importa el principio, como no importa el fin, sólo lo que haces con el trayecto. A todos se nos hace entrega de un tiempo, señor Zenón, y tú harás grandes cosas con el tuyo. Eres uno de esos pocos afortunados que podrá elegir, escoger entre una vida anónima y segura, el gris de los hechos cotidianos que forjan la mayor parte de las existencias, o lanzarte a la búsqueda de la eternidad, esa que sólo se consigue dejando inscrito el nombre en los libros de la Historia. El joven Zenón se echó a reír, ajeno a la mirada fija del Zenon anciano. – Lo veo poco probable, preciosa Destino. Me temo que eso requiere sus buenos dineros, justo los que yo no tengo. – No los necesitas… – Destino se acercó a él, poniendo una mano delicada en la solapa de su chaqueta – La dama Fortuna es caprichosa, y hoy pondrá en tu camino a alguien que tiene las llaves de oro de tu futuro. De ti depende tomarlas con fuerza y abrir esa cerradura, o dejarlas pasar, permitir que se disipen en el gris entramado de las ocasiones perdidas – debía parecer muy, sorprendido, porque la muchacha sonrió enigmática – La Providencia guarda para ti premios y desafíos que ahora te parecen inimaginables, señor Zenón. Hablarás con tres reyes, reirás con una reina, otra te odiará, y llegarás a ostentar títulos de alta nobleza. Serás un hombre poderoso, muy poderoso… Zenón arqueó una ceja. ¿Lo sería? El arroyo emitía un rumor suave. El anciano usó el bastón para mover una piedra blanca. Lo fue. Qué curioso, no haber vuelto a pensar en Destino. La había olvidado casi enseguida, cuando su camino se cruzó con el de José Patiño, que fue quien le descubrió, quien tenía aquellas llaves de oro, y a quien le debía esa primera gran oportunidad. Zenón siempre le estaría agradecido, aunque consideraba que había cumplido sobradamente, había sabido responder a su confianza, no se cegaba con falsas humildades. Durante años y años, demostró ser trabajador, de poco dormir, muy responsable de sus deberes. Agradecido, sin duda, pero también se sentía orgulloso de sí mismo. Se había ganado con esfuerzo y tesón todo lo que había conseguido, tanto en nombramientos como en amistades… Tres reyes, había dicho Destino. Cuánta verdad. Felipe V, Fernando VI y Carlos III habían escuchado en mayor o menor medida sus consejos, aunque el último lo hiciera al final poco y aprisa, ciertamente. Una vez convertido en rey, Carlos III nunca le hizo demasiado caso, pero qué demonios, lo compensó sobradamente Fernando VI. Con él, había tenido la oportunidad de dirigir las riendas de un país elegante, sofisticado, y todavía muy poderoso, como era España, desde la ciudad de Madrid, la capital más culta de todo el continente. Oh, la Escuadra del Tajo, la flotilla de falúas reales inspirada en la música acuática de Händel, y que nada tenía que envidiar a las legendarias diversiones de Versalles. Desde aquellas naves, los monarcas y sus cortesanos navegaban y se detenían a cazar, derivando perezosamente al ritmo de aquella música por las bellas aguas del río Tajo, a su paso por el Real Sitio de Aranjuez. Todo un símbolo de cultura y refinamiento, en su época. – Mmm… mmm… – canturreó el anciano Zenón. La voz cascada apenas pudo esbozar la melodía que sonaba en su mente, aquella hermosa ejecución en clave de la reina Bárbara de Braganza. Muy bien, Majestad, soberbia, como siempre, decía su maestro, el gran Domenico Scarlatti. Y no lo decía por decir, ni por servilismo. Lo decía porque era verdad. La reina amaba la música, y la música la amaba a ella… Nexos. Vínculos entre él y la reina, la encantadora marquesa de la Torrecilla, dama de honor de Su Majestad, y buena amiga, amiga íntima de ambos. El viejo Zenón la recordó con nostalgia. Ella fue la que reforzó aquel entramado, en aquella época de cambios y giros. A él no le gustaban los cambios. Prefería la tradición, las raíces firmes, la sabiduría de las tradiciones. Pero, a veces, había que transigir, y, en todo caso, conocer. Conocer para aprender sin llegar realmente a cambiar. Conocer para tener y retener el control. Deja de divagar, se ordenó, enojado consigo mismo, al darse cuenta de que estaba otra vez dando vueltas a lo mismo. Era viejo, y su mente se perdía una y otra vez en los mismos bucles… Los tirabuzones negros de Destino… Habían sido tiempos difíciles los de aquel muchacho que encontró a Destino en una playa, y que aceptó el desafío de la vida, aferrando con ambas manos todas sus oportunidades. Felipe V tenía una política revisionista, de grandes aventuras militares en Italia. Todo el mundo sabía, claro, que eran los labios de Isabel de Farnesio, su segunda esposa, los que susurraban esas ideas en sus oídos. Quería recuperar esos territorios y conformarlos como reinos satélites de España, lo que mayor riqueza y relevancia al país… pero la única verdad era que la ambiciosa Isabel deseaba aquellas tierras para colocar a sus hijos en sus máximas posiciones de poder. Una araña, tejiendo su tela, organizando el destino de su prole…. ¡Cuánto se mentía en política, y cuanto se ambicionaba! ¡Qué tiempos! Con aquellas pretensiones, los monarcas llevaron a España a una época de crisis y hambrunas, aunque, de hambre bien sabían las gentes llanas. Una situación inadmisible, que sólo podía conducir al desastre, al caos, y a perderlo todo, por pura mala gestión. “Las monarquías bien gobernadas cuidan con preferencia a todo del Real Erario y de que todos los vasallos no sean pobres” ¿Quién había dicho eso? Ah, él mismo, en varias ocasiones. Fernando VI, fue otra cosa. Para él, su época más dorada, en la que llegó a su apogeo, contando cuarenta y cuatro años, logrando que España recuperase el esplendor perdido, ése que había agotado absurdamente en tantos años de guerras interminables. Pero, fue posible, en buena medida, por los reyes, por el respaldo de Bárbara de Braganza, y por el consenso con el rey, que pensaba como él, y que, por tanto, apostó por una política de neutralidad activa, buscando proteger las colonias, solventar agravios y evitar conflictos. No estaban las cosas como para más problemas. Eran tiempos de organizarse con los restos de anteriores gobiernos, de emprender reformas de las estructuras económicas y militares, para enfrentar mejor el futuro, y retener la situación de privilegio de la que gozaban en el escenario internacional. Y, él, había estado ahí. Destino tenía razón. Había sido alguien, había cumplido sueños. ¡Por supuesto, lo había hecho, algunos inimaginables! Recordó su emoción, al recibir el título de Marqués de la Ensenada, en mil setecientos treinta y seis, en premio a sus muchos esfuerzos en la conquista de Orán y en las campañas del reino de Nápoles. El futuro Carlos III le recomendó, y fue Felipe V quien le nombró. Reyes, reyes rodeándole, reyes encumbrándole… Ese, fue su mayor título social, pero fueron otros los que le depararon el auténtico poder. Fue Consejero de Estado durante tres reinados, los de Felipe V, Fernando VI y Carlos III, y ostentó los cargos de secretario de Hacienda, Guerra y Marina e Indias. Fue Superintendente General de Rentas, Lugarteniente General del Almirantazgo, Secretario de Estado, Notario de los reinos de España. Oh, y Caballero del Toisón de Oro y de la Orden de Malta, tan restringidos y esotéricos… Cambios. La vida estaba marcada por épocas… – Serás alguien muy importante – dijo Destino, y Zenón se vio reflejado en el negro perfecto de sus ojos – Pero cuídate de los sombreros, señor Zenón. – ¿Los sombreros? – el joven Zenón miró el tricornio que llevaba en la mano, algo desgastado pero todavía elegante. El anciano Zenón no pudo evitar una risotada, al entender, tanto tiempo después, semejante comentario. El Motín de Esquilache, claro. Un tema de raíces profundas, hambre del pueblo, disgusto, desesperación… pero que aparentemente se debía a algo tan simple como una norma sobre las formas de vestir. Daba igual, eso daba igual. Tarde o temprano, por cualquier causa, hubiera saltado la chispa, y el alboroto social que se organizó aquel Domingo de Ramos de mil setecientos sesenta y seis, exigió sacrificios. Y él, en aquella época ya no era más que lastre para un rey que no deseaba escucharle. Desterrado, en la hermosa cárcel de hielo y fuego de Medina del Campo… Zenón, el Zenón completo, niño, joven, anciano, la vio llegar, resplandeciendo en su tez morena, en sus rizos oscuros, en sus ojos negros. Ella sonrió, vieja amiga que ataba nudos, unía extremos. Se detuvo a su lado, embriagándole con el amado olor a salitre, y con el dolor suave de la nostalgia. Zenón sonrió. Se sentía más fuerte, más decidido, más capaz, que en los últimos cincuenta años. Porque, ¿qué era el tiempo, realmente? Nada, una vaga ilusión. Destino le miró con fijeza y su sonrisa se llenó de significados. – Dime, amigo mío, dime la verdad… – y, allí, expuso por fin su pregunta: – ¿Ha merecido la pena? Por la mente de Zenón de Somodevilla y Bengoechea, Marqués de la Ensenada cruzaron, como una centella, los miles de soles de los años que había vivido. Brillaron, en plata, sus muchas lunas. Vio rostros, oyó voces, recordó decisiones, momentos de alegría, de tensión… Percibió con fuerza el sabor de la victoria, y la amarga derrota que llegaba con el resonar de una aldaba en una puerta, quebrando la aparente paz de una silenciosa medianoche. Todo ello, era una vida. Todo eso, había sido su tiempo. Zenón sonrió, seguro de su respuesta. – Por completo – dijo. Y era cierto
TERCERA ÉPOCA
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Flores para los muertos
Por Diaz de Tuesta - Literatura, Mis Relatos, Mis relatos - Terror, Relatos - 25/Aug/2009
| Para Jorge, era un trabajo sencillo.
La vieja no pagaba mucho, cierto, pero saltar la tapia del cementerio suponía un esfuerzo mínimo, y el traslado de las flores, las grandes coronas, los hermosos ramos, no dejaba de ser un agradable paseo. Incluso le permitía sonreír, en el camino de vuelta, a la chica que había empezado a hacer la calle junto a la tasca de Alberto. Siempre llegaba con las sombras, como si la noche tomara forma en su piel oscura. Era morena, de grandes ojos y largas piernas, líneas cimbreantes que hubieran debido tener mejor destino que el de ser tocadas por toda clase de pieles a cambio de unas pocas monedas. No hablaba su idioma, lo supo la tercera noche, al preguntarle su nombre y recibir una risita nerviosa por respuesta, y él jamás pagaba por un servicio; era una cuestión de principios que no pensaba romper, ni siquiera por ella. No les quedaba, por tanto, más que la sonrisa, el lenguaje internacional de las expresiones luminosas. En eso, se entendían perfectamente. Jorge no podía decir cuándo aquel encuentro se había vuelto importante. Quizá lo fue desde el principio, desde el mismo instante en que se hicieron reales el uno para el otro, llenándose de color, de facetas y detalles, superponiéndose al gris decorado que formaba el mundo. Adoraba la sonrisa de aquella muchacha, era su única conexión con esa parte de las relaciones humanas que tan extraña le parecía. Amor, afecto, amistad, cariño… Muchas veces se había preguntado qué sensación provocaban realmente aquellos términos tan valorados por la mayoría de la gente, y sólo ahora empezaba a intuirlo. Antes pensaba en ellos con desdén; ahora, con auténtica codicia. ¡Le resultaban tan raros y fascinantes! Él se había criado en la calle, había tenido que luchar duramente por cada bocado, por cada noche bajo techo, por huir del frío y de la miseria. No es que en esos momentos fuera rico, ni mucho menos, pero se estaba haciendo un hueco en el mundo, la clase de huecos que se buscan por la fuerza los que nada tienen. Hubiera podido conseguir mucho más, en menos tiempo, pero no era tonto y sabía que los vivos eran muy celosos de sus pertenencias. Él prefería robarle a los muertos. Las flores. Las deliciosas, aterciopeladas, perfumadas flores de los muertos… Alguna vez, se había acercado a los ramos de rosas, en la floristería de Elvira, a sus jazmines, a sus crisantemos, a sus gladiolos solitarios. No olían igual, en absoluto. Estaban allí, a disposición de cualquiera; eran flores iluminadas fieramente por la luz del sol, destinadas a festejar cumpleaños o la existencia de una pasión, o para adornar un templo, o cualquier otra cosa que atañía únicamente a los vivos. Sólo las Elegidas, las arrastradas por la fuerza del destino a la oscuridad de las sombras, las obligadas a traspasar la línea entre mundos, eran capaces de emitir aquel perfume único que le envolvía en sus paseos nocturnos, del cementerio a la casa de la vieja. Y en la casa de la vieja. Allí, a la luz de las dos velas que apenas conseguían contener las hambrientas sombras contra las esquinas, las flores tenían un perfume más intenso todavía, de ser posible. Virulento, penetrante, denso… brutal. Tras pagarle con las monedas que sacaba sigilosamente del armario situado en el centro de la habitación, arrastrada por aquel anhelo, aquella urgencia incomprensible, la vieja hacía caso omiso de su presencia, y empezaba a arrancar los pétalos, a llevar a cabo su extraño ritual, mirando de vez en cuando hacia el armario, como vigilando que siguiera allí. Jorge la observaba en silencio, entre fascinado y repelido, intentando deducir las razones de tal proceder. ¿Sería algún conjuro? ¿Alguna clase de magia insólita? A su pesar, Jorge, Catedrático de las Calles, Doctorado en Puños, Experto en Todas las Formas del Dolor, temía a la vieja. Temía sus ojos blancos que parecían ciegos pero que lo veían todo. Temía su tacto reseco, sus uñas rotas siempre manchadas de tierra negra, y el olor dulzón que emitía. Era como si las flores la envolvieran, sofocantes, y se pudrieran lentamente sobre su piel, fermentándose en una esencia tan odiosa como sugestiva. Más de una vez se había preguntado si no estaría ya muerta, si no sería la tierra de sus uñas tierra de su propia tumba, prueba de haber escarbado con desesperación para escapar y volver al ámbito de los vivos. Pero era tan absurdo… Jorge creía firmemente en la línea, en la zona de nadie que separaba los mundos. Sólo las flores podían traspasarla. La vieja arrancaba uno a uno los pétalos de las hermosas coronas, con cuidado exquisito, tratando de no romperlos. Los iba pegando en la pared, asegurándose de no dejar nunca espacios vacíos, usando como engrudo su espesa saliva. Jamás, ningún pétalo osó soltarse tras ser añadido al grupo con aquel pegamento repugnante. Y ella, murmuraba con su voz rasposa, llena de espinas: “Flores para los Muertos. Flores para las Almas Perdidas. Flores para Aquellos de los que Nada queda…”. A la luz del día, recordarlo hasta le inspiraba algo de hilaridad. Bajo el tembloroso palpitar de las velas, resultaba total y absolutamente aterrador. Así, sin más, sin términos medios, sin palabras que pudieran suavizarlo. Aterrador por lo tétrico, por lo inexplicable, por lo absurdo que era todo. Las paredes, las cuatro paredes del pequeño cuartucho, estaban casi completas. Podía haber terminado al menos tres, de hecho, pero seguía una línea, igual que seguía un ritual, y cuidaba de continuar las hileras por los cuatro lados, con precisión milimétrica. Jorge se sentía enfermo, y se iba. Era un trabajo, se decía, y trataba de no pensar más en ello. Pasaba el día en la Oficina del Paro, la versión mortal del Purgatorio de las Almas en Pena, en la tasca de Alberto, el Cielo Ilusorio para quienes sólo quedaban los sueños distorsionados en el fondo de un vaso vacío, y en la calle, el mundo hostil del asfalto y de la espalda, donde nadie conocía a nadie, donde todos buscaban la manera de ser más fuertes que el contrario. Y, con la llegada de una nueva luna, reiniciaba su rutina. Una noche, al regresar con las flores, vio a la chica apoyada contra la pared, junto a su esquina habitual. Supo que estaba llorando por la forma suave en que vibraban sus hombros, aunque algo le dijo que lo hubiera intuido en cualquier caso. Jorge cargaba con una enorme corona en la que una cinta juraba que NUNCA TE OLVIDAREMOS. Estaba formada por decenas de pequeñas rosas blancas, que habían sido puras, inmaculadas bajo la luz del sol, pero que ahora mostraban los colores del hueso, la esencia de la muerte, el perfume intenso del otro lado. ¿Acaso no pertenecía ella también, en parte, al otro lado? Era un ser como él, sin lugar en el mundo de los vivos pero aún no aceptada entre los muertos, una criatura mixta, perdida en la estéril tierra de nadie. Vivían porque sí, y morirían porque sí, y nadie les recordaría. Sólo se tenían el uno al otro. Jorge sintió una extraña congoja. Extrajo una rosa de la corona, y se acercó a la muchacha. Piel negra, golpeada, un labio roto, un ojo morado. Durante unos segundos, ella le miró sin verle, luego, al reconocerle, sorbió las lágrimas y sonrió. Jorge hubiese querido matar con sus propias manos a quien le había hecho eso, pero no tenía sentido preguntar. Quizá, ni aunque hubiese sabido el nombre, ni aunque hubiese conocido su idioma, se lo hubiera dicho. Cada uno tenía su parcela de realidad, perfectamente delimitada, ella, con sus clientes, él, con sus flores, sólo enlazados por la sonrisa. Jorge le tendió la flor. La chica parpadeó, sorprendida. Sus ojos de ébano brillaron como cristales. Una nueva lágrima se deslizó por su mejilla, y la sonrisa se extendió, trémula, algunos milímetros más. No dijo nada. No era necesario que dijera nada. Sólo cogió la flor, casi reverente, y la olió, cerrando los ojos, sumergiéndose en el perfume, y en la sensación de sublime maravilla que le producía aquel inesperado obsequio. Jorge la dejó así, y prosiguió su camino. Si la vieja echó de menos la flor, no lo dijo. No es que tuviera mayor importancia, pero todo lo relacionado con ella resultaba tan extraño que no le hubiera sorprendido verla furiosa, exigiendo su restitución, o un nuevo viaje al cementerio, gratis. Pero, no, se limitó a temblar de gozo anticipado al ver el estupendo material logrado esa noche, y Jorge quedó convencido de que en medio de la profusión de rosas, su ausencia había pasado completamente desapercibida. Cobró, y se fue. Apenas pudo dormir esa noche, sintiéndose sumamente inquieto, y durante el día, en la Oficina del Paro, en la tasca de Alberto, en la calle, pensó en el labio roto de la chica, en sus sensibles ojos de ébano, y en aquella lágrima solitaria. Pensó tanto en todo ello, que sus principios cambiaron, y decidió que si no podía convencerla con su sonrisa, pagaría por tocar aquella piel y tratar de alcanzar, más allá, su luz oscura. Alcanzarla, y atraparla, a ser posible, y arrancarla de la esquina en la que vivía, y ser dos en la misma lucha, ahuyentando definitivamente la soledad. Les unía una sonrisa, una sonrisa auténtica y resplandeciente. Era mucho más de lo que había unido a otros. Pero, esa noche, la chica no estaba. No era la primera vez, todo dependía de un cliente, de un momento de buena fortuna, de una concatenación de circunstancias. Jorge dudó un instante, aun sabiendo que no había lugar para las dudas. Tenía que verla esa misma noche, y llegar a un acuerdo sobre su futuro. Dejó la corona que había conseguido bien oculta tras unas cajas y entró en la abarrotada tasca de Alberto, a preguntar por ella. Entonces, supo lo que había pasado. La habían encontrado al amanecer, con el cuello roto, en uno de los callejones cercanos al muelle. Mala suerte, dijeron todos, agitando tristemente las cabezas, con la resignación propia de quienes saben que la vida es algo que te puede ser robado en cualquier momento, como todo lo demás. Fue una noche de pura mala suerte. El cliente anterior, la había pegado con saña, con esa violencia de la que sólo son capaces los más cobardes, los que tienen que liberar sus frustraciones con quienes saben que no pueden defenderse, pero según la policía, para entonces aquel hombre tenía una coartada oportuna en su mundo socialmente aceptable de próspera clase media. Nadie sabía con quién se había ido, después. Y nadie sabía nada de una rosa. Jorge se sintió absolutamente desolado, como nunca, jamás, en toda su vida hasta entonces. Había perdido la sonrisa, había perdido los ojos de ébano, la brújula con la que había querido orientar el resto de su existencia. Tuvo miedo de llorar, y quizá lo hizo, porque Alberto, que no era dado a semejantes muestras de generosidad, le invitó a la primera copa, a la que siguieron dos más, y luego una tercera, tratando en vano de alcanzar ese punto en el que toda pena produce una risotada vacía. Para cuando recogió de nuevo la corona, se tambaleaba torpemente sobre los pies. La vieja estaba ya fuera de sí cuando llegó. Se había retrasado respecto a su horario habitual, cierto, pero tampoco parecía tan importante. La mente de Jorge, embotada por el alcohol, no podía entender su angustia, ni su furia. Ella le arrebató la corona, y en vez de pagarle de inmediato, como hacía siempre, empezó a arrancar pétalos con manos temblorosas, a humedecerlos con una lengua ennegrecida por los encantamientos, a pegarlas en su línea exacta con fuertes golpes llenos de desesperación. “Flores para los Muertos. Flores para las Almas Perdidas. Flores para Aquellos de los que Nada queda…”. El olor, la podredumbre, el cambio… Todo estaba teniendo lugar de forma acelerada, para intentar recuperar unos segundos vitales. Jorge sintió que se mareaba. El amargor de la bilis ascendió hasta su boca. – Págueme – pidió, conteniendo la náusea, las ganas de vomitar, de expulsar de sí el alcohol y el espanto. Pero la vieja no le hizo caso. Siguió con su sonsonete, con su pegar pétalos enloquecido, arrancándolos de la corona a puñados, sin el cuidado con el que habitualmente llevaba a cabo el proceso. Decidido a irse cuanto antes, Jorge se dirigió hacia el armario del que la vieja siempre sacaba las monedas. Estaba situado en el centro mismo de la habitación, para mantener despejadas las paredes y poder llenarlas por completo de pétalos, y él siempre lo había visto por su parte trasera. Por delante, resultaba un mueble igualmente anodino, de madera barata y diseño poco inspirado. Tenía cerradura, pero la llave no estaba echada. La vieja había seguido sin prestarle atención, pero, en cuanto abrió las puertas, en cuanto descubrió el foco de aquel olor nauseabundo, en cuanto contempló, horrorizado, el cuerpo marchito que aguardaba dentro, colgando de una percha igual que ropa destrozada, chilló enloquecida. Dejó caer el puñado de pétalos que había tenido entre las manos, que revolotearon a su alrededor como si fuera la aberrante novia de una boda, y se lanzó a por él. Aturdido por la fetidez que había surgido del armario, Jorge no fue tan rápido como ella. Sintió que le clavaba las uñas rotas y negras, que tenían un tacto terroso y áspero; las clavó con saña, desgarrando piel y carne, derramando su sangre, buscando su completa destrucción. Jorge reaccionó de forma instintiva, lanzando el puñetazo que tantas veces le había salvado en otras ocasiones. Notó cómo la carne se deshacía como algo viscoso y repelente bajo sus nudillos, cómo los huesos se astillaban igual que ramas secas, sin emitir un solo lamento. El impacto fue fulminante. Antes de tocar el suelo, cuan larga era, la vieja ya estaba muerta. Jorge la miró sobrecogido, con un estremecimiento helado recorriendo su interior, atenazando sus articulaciones, impidiéndole respirar. No era la primera vez que mataba a alguien, bien lo sabían las calles y la siempre silenciosa noche, pero sí la primera en que no había deseado realmente matar, y en la que el otro no podía defenderse. Allí, tirada, inmóvil, la vieja parecía tan débil, tan absolutamente vulnerable… Sintió un momento de vacío, de absoluta nada. Luego, los cabellos de su nuca se erizaron. Lentamente, giró sobre sí mismo, enfrentándose al cuerpo guardado en el armario. Era poco más que un esqueleto, despojos irreconocibles, aunque los restos de su ropa, un traje de un negro sin más matices que los que le daba la suciedad, hacían suponer que se trataba de un hombre. No se había movido… ¿O sí? ¿Estaba antes la cabeza inclinada hacia ese lado? ¿La mandíbula había caído de ese modo, en aquella especie de burlona carcajada, como si acabase de presenciar algo realmente divertido? No estaba seguro, y, de alguna forma, saberlo era importante. Los ojos de Jorge recorrieron la figura, buscando cuidadosamente todos los posibles cambios. Y entonces, vio la rosa. La tenía aferrada entre los descarnados dedos de su mano derecha. Mano de huesos, firme y dura, mano capaz de arrebatar vidas, de romper cuellos… Jorge contuvo la respiración, horrorizado, culpable, enloquecido, sofocado por el olor, cada vez más fuerte, más intolerable, del cadáver y las flores. Una sobrecogedora sensación de urgencia le embargó por completo. No sabía por qué, pero debía completar aquellas paredes, debía evitar… algo que, de tan horrible, no podía ni imaginar, no quería ni imaginar. Quizá fue en ese momento cuando se quebró su mente, aunque de ser así, no llegó a darse cuenta, porque ya no pensaba en nada, no pensaba en sí mismo, ya no existía. No tuvo mucho que ver tampoco con el hecho de que su cuerpo se moviera por la habitación, que se dirigiera a la corona, que empezara a arrancar pétalos convulsionado, mirando de vez en cuando al armario, con el alma en vilo. – Flores para los Muertos – dijo una voz, que le costó reconocer como la suya, y su saliva era pegamento, y su lengua empezó a ennegrecerse con las sílabas del sortilegio – Flores para las Almas Perdidas. Flores para Aquellos de los que Nada queda…
TERCERA ÉPOCA
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Un Mundo llamado Paula
Por Diaz de Tuesta - Concursos Literarios, Concursos Relatos, Literatura, Mis Relatos, Mis relatos - Realismo, Relatos - 16/Aug/2009
| Suena el despertador. Otro día de mierda en el que las horas se mueven a velocidad de crucero. Cinco minutos de más en el baño. Genial, a partir de ahora, serán diez menos.
– ¿Qué te has hecho en el pelo? – me pregunta mi madre, atónita, al verme entrar rapada en la cocina. Ya lo sé, ya lo sé, queda horroroso, feo como patear a un cojo, pero es barato. No quiero insinuar que fuese mucho a la peluquería, que no estamos para lujos, pero joder, lo que se gasta una en que si gel que si espumas… A tomar por culo, pelo pincho, que está de oferta. Claro que, no se lo voy a decir. – Tenía calor. Me mira. No me cree. – Hay café. Tengo una madre muy diplomática cuando quiere. Dejó de meterse en mi vida a los quince. Una pena. De haber sido de otro modo, quizá no tendría yo ahora veinticinco y dos críos de ocho y nueve años, pequeños clones del canalla de su padre, Dios me perdone. Bebo café. Mordisqueo rápida una tostada seca, digo que no tengo ganas de mantequilla. Se está acabando y aún tiene que durar. Para no ver sus ojos, hago como que reviso la correspondencia. Facturas, facturas, facturas… Una carta azul me hace ilusión, pero es otra factura. – ¡Niñoooooosssss! – grito, hacia el pasillo, hacia la puerta del dormitorio de mis hijos. Ellos no tienen despertador, pero tienen madre. Total, me hacen el mismo caso, para qué andar con gastos. – Es muy pronto, ¿no? – dice mi madre. – Quiero ir andando al trabajo. Estoy como una foca. – ¿Tú? – ríe. No me cree – Lárgate, anda. Yo llevaré a los niños al colegio. – Vale – veo unos cuadernos coloreados sobre la mesa. Uno de mis hijos ha dibujado una casa ardiendo, gente chillando agita los brazos por las ventanas; el otro se ha esmerado más, se ve la Tierra abriéndose por la mitad, entre grandes explosiones rojas, amarillas y… ¿verdes? Una imagen fascinante. Me pregunto si se puede votar para que ocurra de una puta vez el Fin del Mundo – ¿Qué es esto? – Ayer jugamos a dibujar lo primero que se nos ocurriese – mira el dibujo del planeta – El Apocalipsis. Tienen talento, las criaturitas, ¿eh? – Sin duda. Estoy segura de que uno de los dos es el Anticristo, aunque aún no descubrí cuál – tengo que buscarle un psicólogo al de la casa en llamas. O al otro. Mejor a ambos. Claro que antes me tengo que buscar un amante que lo pague. ¡Un amante psicólogo! ¡Genial idea que lo arregla todo! Me paso la mano por el pelo. Cualquier intento desesperado de seducción tendrá que esperar, así que los niños se quedan sin psicólogo. Que quemen casas o que destruyan planetas. Serán males menores – ¿Luego te ocupas de la compra? – Sí. Prepararé la comida y… – se dobla, con un gemido. Dejamos de simular ser muy duras y muy fuertes, sólidos bloques de granito capaces de resistirlo todo… Joder, si sólo somos piedra pómez… La abrazo. – Mamá, mamá… – Estoy bien. Tranquila, estoy bien. Bien, no, aunque no sabemos hasta qué punto está mal. Tiene cojones la cosa, puta lista de espera del Seguro, aún tiene que aguardar nueve meses para hacerse la ecografía. ¡Lo que hace el ser pobre! La pensión de mi madre es de esas que te producen auténtica risa, qué gracia, qué chiste que haya cifras así tras toda una vida de currar mi padre como un imbécil. Ja, ja, ja. La hipoteca de la casa se come prácticamente todo mi sueldo, y eso cuando no tengo gastos extras, como el dentista de los críos. El mes pasado tampoco pude pagar al Banco, y ayer me llegó una amable nota, indicando que, o me pongo yo al día de inmediato, o me ponen ellos en la puta calle. En fin… Le acerco a mi madre una pastilla. Es rosa. Menuda chuminada. Rosa chicle, para más señas. El médico dijo que le vendría bien, yo sospecho que pensaba en nuestro bolsillo. Dudo que haya pastillas rosa chicle más baratas en el mercado, y las cubre en parte el Seguro. Si no como mantequilla, podré pagarlas. – Lárgate, anda – me dice, tras tomarla, con un hilo de voz. Mueve una mano en el aire. Me sorprendo recordando un bofetón que me dio una vez – Vete, estoy bien. ¡Niñooos! – grita. Es grito de abuela, no de madre. No llega a categoría de despertador, pero como tengo prisa lo dejo estar. Cojo la mochila y salgo zumbada. Sigo zumbada. Joder, cada día hay más gente que tiene coche, qué bien les va a todos. Aunque no sé si compadecerles, total, hay atascos por todas partes, y yo corro y vuelo y sólo estoy a punto de ser atropellada un par de veces, una de ellas por el autobús que solía tomar antes de las pastillas rosas, de las facturas azules, de los dientes blancos de mis hijos… Llego a la fábrica. Vaya lío se ve desde fuera. Joder qué mogollón. ¿Qué coño sucede? Gutiérrez pasa corriendo por mi lado y casi me tira la mochila. Lleva dos años intentando meterse en mis bragas y resulta que ahora ni me ve. Será el pelo. Con este pelo parezco una cosa mala. Qué cojones, a quién le importa lo que parezco. Veo a Sara y a Lola entre el montón de gente. Están preocupadas. Alguien se ha muerto, seguro. Ojalá sea el jefe. – Hola, qué pasa – saludo. Me miran con horror. Normal. – ¿Pero qué te has hecho en el pelo? – pregunta Sara. – Estás horrorosa – dice Lola. Así me gusta, las cosas claras. Me paso una mano por mi patético cuero cabelludo esquilmado a tijeretazos. Aquí más largo, allá más corto. Pues vale. – Tenía calor. ¿Qué ocurre? – No sabemos. No podemos entrar. Algo va mal con las tarjetas magnéticas, parece. Se forma todavía más barullo. Intrigadas, vamos a mirar. En el interior de las puertas de cristal de la fábrica se divisa una línea de seguratas. Qué raro, casi parecen una muralla humana, dispuestos a defender con uñas y dientes los bienes de sus amos de… ¿nosotros? Me debo estar confundiendo… Conozco algunos rostros. Incluso salí con uno de ellos, maldita sea mi sombra, mira que no aprendo. Me devuelve la mirada, con expresión de culpa, y luego aparta los ojos. ¿Qué coño pasa? Martín y Daniel, dos de mis compañeros de planta, están en la puerta, llamando y discutiendo. Uno de ellos golpea el cristal con el puño, cada vez con más rabia. Otros le imitan. Y más, y más. Empieza el caos. – Pero qué ocurre… – Lola y Sara miran también asombradas. Las voces suben de volumen. Se va extendiendo la noticia. Nos han despedido. ¡Nos han despedido! ¡NOS HAN DESPEDIDO! ¡Nos han dejado en la puta calle, sin aviso previo, sin nota de agradecimiento, sin patada en el culo, sin cara hipócrita de lástima, sin nada! ¡Trescientos despedidos, dice alguien! ¡Trescientos, como los puñeteros griegos de las Termópilas! Pero, a nosotros, ni siquiera nos queda la gloria, la esperanza de ser recordados. A nosotros sólo nos esperan el frío, el hambre, la desesperación, la indigencia… Nos queda saber que no tenemos un sitio en este mundo, que este no es nuestro universo, que no es nuestra oportunidad ni nuestra vida, sino la de otros, esos que viven muy bien sin mirar a los lados, sin mirar atrás… – No puede ser… – susurro. Sara ha palidecido. Lola se muerde las uñas – ¿Despedidos? No puede ser… Las pastillas rosas. Las facturas azules. Los dientes blancos. La mantequilla amarilla, el autobús rojo. Las necesidades de mamá, los gastos de los niños, la hipoteca… La calle, el frío, la nada. La miseria absoluta, la desesperación. El fin… – ¡Paula! ¡Paula! – dice alguien. Estoy en el suelo. Veo rostros, pálidos, extraños. Giran a mi alrededor dando vueltas y vueltas. Todo retumba. Cuánto estruendo… Alguien me trae agua. No, no quiero agua, no necesito agua, necesito ayuda. Socorro, socorro, por favor, me estoy muriendo, se me viene todo encima, siento una presión en el pecho, no puedo respirar, me ahogo… No van a ayudarme, nadie va a ayudarme. Mi mundo se hunde en un barullo de voces y gritos y llantos de asombro, que son también mundos destruidos… Tengo tanto, tanto miedo… Grandes explosiones rojas, amarillas y… ¿verdes? Apocalipsis. No puedo seguir haciéndome la dura. Todo se acaba. Todo se acaba… Dedicado a los 300 de Nissan
TERCERA ÉPOCA
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