Flora duerme en el bosque

Flora duerme en el bosqueEl verano en que cumplí trece años, mi madre y yo vivíamos en un pueblo muy pequeño, en el que nunca parecía pasar nada. Quizá por eso suscitó tanto interés la noticia de que el hombre que había alquilado la vieja casona era detective. ¡Un auténtico detective, como los de las películas! ¿Estaría investigando algo? ¿Un crimen del que aún no teníamos noticia? La llegada de Ricardo Barea atrajo la atención de todos, incluso la mía, que por aquella época me había enamorado por primera vez, y hubiera debido estar más pendiente del chico de mis sueños, Alberto, el hijo del alcalde.

Pero, si de verdad Barea era detective, cosa de la que pronto empezó a dudarse seriamente, no daba la talla ni de lejos. Los detectives siempre estaban rodeados de un aura de misterio, de glamour, como afirmaba mi amiga Flora. Usaban sombrero y gabardina, y siempre tenían cerca una chica, vieja como de más de veinte años, cierto, pero tremendamente guapa, y de largas piernas, y todo eso.

Ricardo Barea no llevaba sombrero, ni gabardina, y había llegado solo. No parecía estar investigando nada, porque salía poco de la casa, situada ya en las afueras, y únicamente iba al centro del pueblo cuando tenía que hacer alguna compra. Yo solía cruzarme con él en el bosque, y en cierta ocasión le vi en las ruinas de la ermita, hablando con mi madre. Era un hombre extraño o, mejor dicho, había algo extraño en su mirada.

El golpe de gracia para su popularidad lo dio la noticia de que en nuestro país los detectives no tenían realmente permiso para investigar crímenes. No se les dejaba buscar al asesino, ni estudiar las pruebas, como en las películas.

– Son pobres diablos, gentuza. Sólo se dedican a temas de Aseguradoras – explicó don Evaristo, el alcalde, en el bar. Nos miró de reojo a Flora y a mí, que merendábamos en nuestra mesa del fondo, y añadió, con tono más bajo: – Y, bueno… asuntos personales, ya me entienden…

– Asuntos de cuernos – me susurró Flora, y ambas reímos – Ni caso, Blanca. Digan lo que digan, Barea es el más interesante de los adultos del pueblo. Incluso podría decirse que sigue siendo guapo. La maestra está loca por él – abrió la boca para añadir algo, pero volvió a cerrarla. No fue necesario, supe lo que estaba pensando.

También mi madre estaba loca por él. Y yo quería odiarle.

¡Tenía tantas cosas en mi cabeza aquella medianoche de finales de agosto, cuando me escapé sigilosamente de casa, porque Flora me había citado en el bosque…! Nunca quedábamos tan tarde, y menos fuera del pueblo, pero insistió tanto que accedí. Flora llevaba algún tiempo actuando de un modo misterioso, desapareciendo durante horas o manteniéndose extrañamente taciturna. Yo sospechaba que también se había enamorado de alguien, incluso pasó por mi mente el nombre de Barea. Esperaba que, esa noche, decidiese revelarme su secreto.

Pero, al llegar al sitio, me topé con su cadáver.

Lo primero que vi fue la luz, claro. Su resplandor amarillento me fue guiando en la distancia. Pensaba que era la linterna de Flora… pero cuando llegué al río la descubrí allí, tumbada en la hierba, cerca de la orilla. Al principio, creí que se había quedado dormida, algo que no me hubiera sorprendido, a semejantes horas; sólo tras un segundo vistazo descubrí que tenía la cabeza apoyada sobre una piedra, como si se hubiese desnucado por una mala caída. Su vestido blanco parecía refulgir con la luz de la linterna que alguien sostenía a baja altura. Dirigí la mía hacia allí, instintivamente, y reconocí al señor Barea. Estaba acuclillado junto al cuerpo, estudiándolo con atención, pero alzó de inmediato la cabeza.

– No mires, Blanca – me ordenó. Se puso en pie – ¿Se puede saber qué haces aquí a estas horas? – no contesté, no tenía voz, ni conseguía centrar la mente en nada. Debió darse cuenta de cómo me sentía, porque se apiadó de mí – Tranquila. He llamado a la policía, no tardarán en llegar. Tendrás que esperar aquí conmigo – asentí, y bajé la pequeña cuesta, tratando de no mirar más a Flora. Sus ojos de cristal me daban miedo – Ten cuidado, no pises ahí – señaló el suelo, en el barro tierno cercano al río, con el haz de la linterna – Hay una huella – miré hacia allí, y no pude evitar un sobresalto – ¿Ocurre algo?

– No… – susurré, los ojos fijos en la huella, bien marcada, del pie derecho de unas deportivas. Conocía aquel dibujo, y aquella talla de zapato. Flora y yo las habíamos encontrado muchas veces por el bosque.

Eran las deportivas de Alberto.

– ¿La has reconocido? Sí, claro que sí. Y yo también – el señor Barea agitó la cabeza – Lo siento mucho, niña. Sé que estás… interesada en él. Te he visto, sé cómo le miras… ¿Por eso estás aquí? – esperó un segundo. Como no dije nada, continuó: – Supongo que sí. No creo que tu madre sepa que has salido a estas horas. Te has escapado, habías quedado con él…

– ¡No! – me ruboricé – ¡Yo… nunca hubiera hecho eso! ¡Había quedado con Flora! ¡Me dijo que quería mostrarme algo!

– Con Flora. Vale – chasqueó los dientes – Entonces, puedo hacerme una idea de lo ocurrido.

– ¿Qué? ¿Qué ha pasado?

– Flora y tu amigo mantenían una relación… – abrí desmesuradamente los ojos y agité la cabeza, incapaz de creerlo – Lo sé con toda certeza, créeme, les vi la otra noche… – se interrumpió, buscando una forma mejor de decirlo – pasando el rato. Pensé en llamar a la policía, porque Alberto tiene veinte años, pero Flora era una menor. No lo hice. Ahora lo lamento.

– No es posible… No es cierto, se ha confundido.

Me miró con pena.

– Puedo equivocarme, claro. Pero, el escenario de un crimen siempre habla por sí mismo y, si sabemos escuchar, podemos reconstruir lo sucedido aquí, esta noche. Resulta bastante lógico suponer que Flora quedó contigo, pero también con Alberto, para organizar una escena y dejarte claro cómo estaban las cosas – dio un par de pasos a un lado, moviendo la linterna, dirigiendo la luz a distintos puntos, a medida que hablaba – Se encontraron aquí, y, en algún momento, empezaron a discutir. Hay rastros de un forcejeo. Quizá él quería dejarlo y Flora le amenazó, y te puedo asegurar que podía ponerle las cosas muy difíciles, de decidir denunciarlo. Él cogió una piedra, esa… No está tan firmemente incrustada en el suelo como las otras. Creo que la cogió, golpeó, y luego la volvió a dejar, colocando encima la cabeza del cadáver, intentando de forma poco hábil simular un accidente.

– Pudo serlo…

– No. Al margen de lo demás, mira las manos de Flora – las enfocó con la linterna – Las uñas tienen restos de piel y sangre, y hay algunos cabellos en la derecha… Pruebas que indican una lucha y que me temo que señalarán directamente a Alberto – empecé a llorar, no pude evitarlo. El señor Barea me cogió por un brazo y me condujo hasta un gran tronco caído, donde me senté. Él se acomodó a mi lado, me dio su pañuelo, y dejó que me desahogase. Creo que hubo un momento en que acercó una mano para acariciarme el pelo y consolarme, pero se contuvo – Blanca, hay algo que me intriga – preguntó, al cabo de un rato, cuando estuve más calmada – Has llegado y me has visto aquí, con el cuerpo, pero no has tenido miedo de mí. En ningún momento has pensado que yo pudiera ser el asesino. ¿Puedo preguntar por qué?

Consideré si debía responder a eso.

– Porque sé que es usted mi padre – reconocí, finalmente. El señor Barea parpadeó.

– ¿Cómo lo has descubierto? ¿Te lo ha dicho tu madre?

– No. Ella jamás le menciona. Yo… les he visto, hablando. Y lo supe, la primera vez que me miró. Lo vi en sus ojos, brillaban, estaban llenos de emoción – él no dijo nada, pero sus ojos volvían a brillar – ¿Por qué nos abandonó?

– ¿No has oído los rumores? No soy tan buen detective… Tardé mucho en encontraros – añadió, con sarcasmo dirigido a sí mismo, y luego bufó – El asunto es más complicado de lo que parece, y creo que debe ser tu madre la que te lo explique.

Asentí. Demasiadas noticias, demasiadas sorpresas. Y, esa noche, mi pequeño mundo de adolescente ya se había tambaleado hasta los cimientos.

Apoyé la cabeza en su hombro y guardamos silencio, velando el sueño de Flora.

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© Yolanda Díaz de Tuesta


TERCERA ÉPOCA

Año: 2009

Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported

(II PREMIO Xx CERTAMEN DE USUARIOS BUBOK. tema: Detectives)

Madre nos dijo una vez que, en el Mundo Oscuro, sueño y realidad son una misma cosa, igual que lo son sueño y pesadilla. Creo que pensaba que no la escuchábamos y no sé si lo hacían mis hermanos. Yo sí. Siempre la escuché, siempre medité sobre las cosas que decía, aunque carecieran de sentido. Madre era sabia, casi tanto como Dios.

Por eso, lo soñé y lo conté. Carlos y Madre lo aceptaron y, juntos, personifican la ley en el Mundo Oscuro. Si lo conseguimos, si logramos matar a Dios, alcanzaremos la luz. Seremos libres, prometió Madre.

Debe ser importante, ser libre…

Pero tengo miedo. En mi sueño, las cosas no eran exactamente así, Madre no miraba fijamente el techo, como fascinada por la luz mortecina de la única lámpara. Hace ya dos días que no se mueve, envuelta en un nido de sábanas húmedas y revueltas. Está muy pálida, y ha empezado a emitir un olor extraño…

– Da igual – decide Carlos, impaciente. Es el mayor, y casi tan alto como Dios. Si no escupiera sangre, sería la única ley, con poder incluso sobre Madre. Pero tose y siempre, hasta ahora, ha pensado que no puede oponerse a Dios. Por eso considera importante mi sueño y no quiere esperar a otro, porque le ha dado las fuerzas y la motivación que no esperaba llegar a conseguir nunca. Victoria o derrota, ha dicho, da igual lo que venga, será bienvenido. Y será inmenso, colosal, se extenderá por cada pared, rebotando en cada rincón, en cada ángulo, cambiando definitivamente el Mundo Oscuro y sus criaturas. Madre. Él, yo. Elena y Rosa, sentadas en el suelo, aferrando sus muñecas rotas. Yo jugué con esas muñecas… Bueno, con casi todas. Una de ellas, fue un regalo de Dios a Elena cuando llegó el momento, por dejarse bendecir sin gritar demasiado. Elena no es lista – Tenemos que hacerlo, y está a punto de llegar.

– ¡No es el sueño, no es así como lo soñé! – insisto – Debo volver a…

Carlos se aparta, tumba una silla, y la rompe con un golpe del pie, desafiante. Intento evitar sus ojos. Ya hace tiempo que me mira como me mira Dios. No soy tonta, aunque lo simule. Eres guapa. Hazte la tonta, decía Madre. Babea, tose, vomita… Si babeas, Dios no te tocará. Y yo lo hacía, y me arrastraba como una bestia por las sombras del Mundo Oscuro cada vez que se abría la Puerta Alta, y nos inundaba la luz del Mundo Brillante. La naturaleza de Dios es aterradora, y la primera vez que se detuvo en mí aquella mirada, supe que era mejor huir. Por eso no me encontró. Por eso encontró a Elena, y la bendijo, y es ella la que ahora está hinchada y deforme, podrida por dentro, esperando otro pecador…

Crujidos metálicos. Miramos hacia la escalera.

Allá arriba, la Puerta Alta se abre, nos inunda la luz… ¡Es tan intensa! No puedo mirar directamente, nadie puede. Nos agitamos en los restos desgarrados de nuestra penumbra, como gusanos perturbados por fuerzas descomunales. Parpadeo, retrocedo, me encojo, pero no dejo que el miedo me domine, no quiero perderme nada. Si Dios va a morir, quiero verlo. Quiero disfrutarlo y patearlo, arañarlo, morderlo… Suele decirnos que él nos concibió y que, por eso, hubiéramos podido ser perfectos, hubiéramos debido serlo, pero pecamos. Pecamos siempre, incluso antes de nacer. El nos atrapó en el Mundo Oscuro y nos castigó, por nuestro bien.

La silueta negra de Dios parece desbordar el quicio de la puerta. Sólo cuando la cierra y empieza a descender por la escalera, surgen las texturas, los colores, los detalles. Los ojos encogidos en pliegues, la boca forzada por la eterna mueca de desagrado, la gran nariz aguileña… Anchos hombros, robustos, aunque ya se curven por el peso de los años; manos grandes, capaces de hacer mucho daño…

Aterrador.

Lo soñé, soñé que se podía matar a Dios. Que los dioses sangraban y sufrían, que sus cuerpos podían pudrirse en la oscuridad, como nos pudrimos nosotros.

Soñé que pecadores y dioses no se diferencian tanto, que todo es una pura cuestión de fuerza.

Es verdad que, en mi sueño, mil detalles eran sutilmente distintos, pero Dios bajaba así, exactamente así… ¿O estoy recordando cualquier otro momento, una de sus muchas visitas? No sé qué es sueño, no sé qué es realidad, pero no importa, ya lo dijo Madre.

Todo es lo mismo, en el Mundo Oscuro.

Carlos contiene la respiración. A su espalda, sujeta con más rabia una de las patas de la silla rota. La va a utilizar como arma.

En el sueño… en la realidad…

La madera rasgará la piel del Dios, aplastará los divinos huesos. Golpes, golpes y densos regueros de sangre perdiéndose en la negrura. Y, entonces…

Pero, no. El plan soñado vuelve a quebrarse, rasgado por un grito.

Elena está de pie, tensa, la boca abierta desaforadamente, los ojos dilatados en una expresión de absoluto espanto. Algo oscuro y viscoso se desliza por sus piernas, mancha la suciedad del suelo, lo llena todo con un olor dulzón y denso. A su lado, Rosa la mira aturdida, con una muñeca sin cabeza entre las manos.

– ¿Elena? – dice Dios, y parece repentinamente nervioso, como si el grito le hubiese arrebatado todo su poder. El caos siempre se extiende rápido por el Mundo Oscuro. Uno a uno gritamos todos. Dios retrocede, va a irse, pero tropieza en un escalón y cae, deslizándose hacia abajo por la escalera.

El desenlace es el mismo del sueño, aunque sucede de un modo distinto.

Carlos reacciona, aprovecha la oportunidad, corre hacia él; lo cierto es que no sé si es Carlos. Lo dudo. Al otro lado de esos ojos terribles no puede haber nada realmente vivo.

Matar un Dios es una tarea peligrosa y sucia. También grita, pero ya no asusta igual. Por primera vez, mis entrañas no se estremecen con el poder de su voz.

Golpes, golpes, y densos regueros de…

Cuando, finalmente, Carlos se detiene, es porque está agotado. Jadea, cubierto de sangre y sudor. Yo me acerco a los restos de lo que fue un Dios y los pateo con saña. Otra vez. Otra. ¡Qué satisfacción! Una deliciosa sensación de victoria me embriaga. Quiero seguir golpeándole, pero Carlos me sujeta por los brazos, arrebatándomelo todo. Me mira, y vuelve el miedo.

– No. Olvídalo. Ahora, sólo quedamos nosotros – dice. Parece una promesa. Tiemblo, mientras pienso que debo soñar cuanto antes con la muerte de otro Dios.

Carlos vuelve abajo, murmurando entre dientes. Dudo sobre qué hacer, y opto por dirigirme hacia el Mundo Brillante. Espero de verdad que exista algo allá. O que no exista nada, y que esa nada nos mate.

Subo poco a poco, y empujo la Puerta Alta. Se resiste, pesa, pero insisto con fuerza, hasta girarla. Entonces, el resplandor me deslumbra, el miedo me aturde y me tengo que obligar a cruzar. Así descubro que la Puerta Alta es una especie de armario por el otro lado, y da a una sala grande, con baldas y una mesa. Tablas y objetos de madera. Herramientas de metal. Virutas. Huele bien.

En un lado de la habitación hay otra puerta, que se abre justo en ese momento. Un hombre asoma la cabeza. Me mira, sobresaltado, y me sorprendo al pensar que tiene los ojos de Madre. Sus pupilas, llenas de alarma, van varias veces de mí a la Puerta Alta, que vista desde aquí es un Umbral Negro. Finalmente, reacciona, da media vuelta y se marcha corriendo. Le sigo, intrigada, hasta una habitación amplia, limpia, llena de muebles relucientes. Una distorsión luminosa y bella del Mundo Oscuro.

Hay una mujer. Al verme, se lleva la mano al pecho y grita. Es… extraño, el sentimiento que experimento, mirándola. Aunque está cubierta de arrugas, su rostro tiene también un evidente parecido con el de Madre. Más allá, el hombre al que he perseguido, habla solo, sujetándose algo en una oreja.

– Sí, por favor, manden una patrulla. Es el taller de mi padre, al parecer hay una puerta oculta tras un armario. Vi algo, quizá un sótano, del que yo no tenía ni idea, ni mi madre. ¡Y está saliendo gente!

Mi atención deriva hacia la imagen que hay en una mesita. En ella, aparecen cuatro personas y reconozco a Madre en una niña de sonrisa alegre, con el pelo largo y negro. A su lado, puede verse al hombre que ahora habla solo, también mucho más joven; y tras ellos, abrazados, están Dios y la mujer que grita.

Carlos entra en la habitación, con Madre en brazos, delgada, fría, muerta. Y el horror del Mundo Oscuro inunda por completo ese hermoso lugar, como un río de aguas pestilentes.

Cuántos gritos…

– ¡No puede ser, mamá! ¡Mi hermana se marchó, se escapó de casa! ¡Tú recibiste sus cartas, no tiene sentido…!

– ¡Dios mío! ¡Luisa, mi niña! ¡Estaba aquí, estaba aquí todo el tiempo!

Las voces se entrelazan una y otra vez, diciendo cosas que no entiendo, ni me interesan. Me siento aturdida, con tanta luz, tantos ruidos. Y también aquí sueño y realidad se confunden.

Tiempo. Entran varios hombres. Todos visten igual. Hablan, y algunos descienden al Mundo Oscuro. Eso les cambia. Ya no son los mismos tras cruzar el Umbral Negro. Cuando regresan, sólo uno vomita en un rincón, pero todos parecen espantados.

Veo a Elena, arrodillada, dolorida por lo que quiere salir, eso que crece y la hincha. Veo a Rosa, caminando sin rumbo; arrastra por el suelo la muñeca decapitada, que deja un rastro de sangre en la resplandeciente madera. “¿Qué va a ser de nosotros?”, me pregunto, en un único rapto de lucidez. No sabemos qué hacer con la victoria sobre Dios, ni cómo sobrevivir en este mundo extraño de luces intensas en el que somos todavía más vulnerables.

Carlos tiene el rostro manchado de sangre, los ojos de lujuria. En la boca, lleva marcada esa expresión seca y decidida que ha heredado de Dios. Pero yo ya no le temo, ya no tengo por qué hacerlo. Percibo su frustración. ¿Cómo no me di cuenta antes?

Es él quien ahora me teme a mí.

Ahora sabe que mato Dioses con mis sueños.

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Nacidos en un Mundo Oscuro

Nacidos en un Mundo OscuroMadre nos dijo una vez que, en el Mundo Oscuro, sueño y realidad son una misma cosa, igual que lo son sueño y pesadilla. Creo que pensaba que no la escuchábamos y no sé si lo hacían mis hermanos. Yo sí. Siempre la escuché, siempre medité sobre las cosas que decía, aunque carecieran de sentido. Madre era sabia, casi tanto como Dios.

Por eso, lo soñé y lo conté. Carlos y Madre lo aceptaron y, juntos, personifican la ley en el Mundo Oscuro. Si lo conseguimos, si logramos matar a Dios, alcanzaremos la luz. Seremos libres, prometió Madre.

Debe ser importante, ser libre…

Pero tengo miedo. En mi sueño, las cosas no eran exactamente así, Madre no miraba fijamente el techo, como fascinada por la luz mortecina de la única lámpara. Hace ya dos días que no se mueve, envuelta en un nido de sábanas húmedas y revueltas. Está muy pálida, y ha empezado a emitir un olor extraño…

– Da igual – decide Carlos, impaciente. Es el mayor, y casi tan alto como Dios. Si no escupiera sangre, sería la única ley, con poder incluso sobre Madre. Pero tose y siempre, hasta ahora, ha pensado que no puede oponerse a Dios. Por eso considera importante mi sueño y no quiere esperar a otro, porque le ha dado las fuerzas y la motivación que no esperaba llegar a conseguir nunca. Victoria o derrota, ha dicho, da igual lo que venga, será bienvenido. Y será inmenso, colosal, se extenderá por cada pared, rebotando en cada rincón, en cada ángulo, cambiando definitivamente el Mundo Oscuro y sus criaturas. Madre. Él, yo. Elena y Rosa, sentadas en el suelo, aferrando sus muñecas rotas. Yo jugué con esas muñecas… Bueno, con casi todas. Una de ellas, fue un regalo de Dios a Elena cuando llegó el momento, por dejarse bendecir sin gritar demasiado. Elena no es lista – Tenemos que hacerlo, y está a punto de llegar.

– ¡No es el sueño, no es así como lo soñé! – insisto – Debo volver a…

Carlos se aparta, tumba una silla, y la rompe con un golpe del pie, desafiante. Intento evitar sus ojos. Ya hace tiempo que me mira como me mira Dios. No soy tonta, aunque lo simule. Eres guapa. Hazte la tonta, decía Madre. Babea, tose, vomita… Si babeas, Dios no te tocará. Y yo lo hacía, y me arrastraba como una bestia por las sombras del Mundo Oscuro cada vez que se abría la Puerta Alta, y nos inundaba la luz del Mundo Brillante. La naturaleza de Dios es aterradora, y la primera vez que se detuvo en mí aquella mirada, supe que era mejor huir. Por eso no me encontró. Por eso encontró a Elena, y la bendijo, y es ella la que ahora está hinchada y deforme, podrida por dentro, esperando otro pecador…

Crujidos metálicos. Miramos hacia la escalera.

Allá arriba, la Puerta Alta se abre, nos inunda la luz… ¡Es tan intensa! No puedo mirar directamente, nadie puede. Nos agitamos en los restos desgarrados de nuestra penumbra, como gusanos perturbados por fuerzas descomunales. Parpadeo, retrocedo, me encojo, pero no dejo que el miedo me domine, no quiero perderme nada. Si Dios va a morir, quiero verlo. Quiero disfrutarlo y patearlo, arañarlo, morderlo… Suele decirnos que él nos concibió y que, por eso, hubiéramos podido ser perfectos, hubiéramos debido serlo, pero pecamos. Pecamos siempre, incluso antes de nacer. El nos atrapó en el Mundo Oscuro y nos castigó, por nuestro bien.

La silueta negra de Dios parece desbordar el quicio de la puerta. Sólo cuando la cierra y empieza a descender por la escalera, surgen las texturas, los colores, los detalles. Los ojos encogidos en pliegues, la boca forzada por la eterna mueca de desagrado, la gran nariz aguileña… Anchos hombros, robustos, aunque ya se curven por el peso de los años; manos grandes, capaces de hacer mucho daño…

Aterrador.

Lo soñé, soñé que se podía matar a Dios. Que los dioses sangraban y sufrían, que sus cuerpos podían pudrirse en la oscuridad, como nos pudrimos nosotros.

Soñé que pecadores y dioses no se diferencian tanto, que todo es una pura cuestión de fuerza.

Es verdad que, en mi sueño, mil detalles eran sutilmente distintos, pero Dios bajaba así, exactamente así… ¿O estoy recordando cualquier otro momento, una de sus muchas visitas? No sé qué es sueño, no sé qué es realidad, pero no importa, ya lo dijo Madre.

Todo es lo mismo, en el Mundo Oscuro.

Carlos contiene la respiración. A su espalda, sujeta con más rabia una de las patas de la silla rota. La va a utilizar como arma.

En el sueño… en la realidad…

La madera rasgará la piel del Dios, aplastará los divinos huesos. Golpes, golpes y densos regueros de sangre perdiéndose en la negrura. Y, entonces…

Pero, no. El plan soñado vuelve a quebrarse, rasgado por un grito.

Elena está de pie, tensa, la boca abierta desaforadamente, los ojos dilatados en una expresión de absoluto espanto. Algo oscuro y viscoso se desliza por sus piernas, mancha la suciedad del suelo, lo llena todo con un olor dulzón y denso. A su lado, Rosa la mira aturdida, con una muñeca sin cabeza entre las manos.

– ¿Elena? – dice Dios, y parece repentinamente nervioso, como si el grito le hubiese arrebatado todo su poder. El caos siempre se extiende rápido por el Mundo Oscuro. Uno a uno gritamos todos. Dios retrocede, va a irse, pero tropieza en un escalón y cae, deslizándose hacia abajo por la escalera.

El desenlace es el mismo del sueño, aunque sucede de un modo distinto.

Carlos reacciona, aprovecha la oportunidad, corre hacia él; lo cierto es que no sé si es Carlos. Lo dudo. Al otro lado de esos ojos terribles no puede haber nada realmente vivo.

Matar un Dios es una tarea peligrosa y sucia. También grita, pero ya no asusta igual. Por primera vez, mis entrañas no se estremecen con el poder de su voz.

Golpes, golpes, y densos regueros de…

Cuando, finalmente, Carlos se detiene, es porque está agotado. Jadea, cubierto de sangre y sudor. Yo me acerco a los restos de lo que fue un Dios y los pateo con saña. Otra vez. Otra. ¡Qué satisfacción! Una deliciosa sensación de victoria me embriaga. Quiero seguir golpeándole, pero Carlos me sujeta por los brazos, arrebatándomelo todo. Me mira, y vuelve el miedo.

– No. Olvídalo. Ahora, sólo quedamos nosotros – dice. Parece una promesa. Tiemblo, mientras pienso que debo soñar cuanto antes con la muerte de otro Dios.

Carlos vuelve abajo, murmurando entre dientes. Dudo sobre qué hacer, y opto por dirigirme hacia el Mundo Brillante. Espero de verdad que exista algo allá. O que no exista nada, y que esa nada nos mate.

Subo poco a poco, y empujo la Puerta Alta. Se resiste, pesa, pero insisto con fuerza, hasta girarla. Entonces, el resplandor me deslumbra, el miedo me aturde y me tengo que obligar a cruzar. Así descubro que la Puerta Alta es una especie de armario por el otro lado, y da a una sala grande, con baldas y una mesa. Tablas y objetos de madera. Herramientas de metal. Virutas. Huele bien.

En un lado de la habitación hay otra puerta, que se abre justo en ese momento. Un hombre asoma la cabeza. Me mira, sobresaltado, y me sorprendo al pensar que tiene los ojos de Madre. Sus pupilas, llenas de alarma, van varias veces de mí a la Puerta Alta, que vista desde aquí es un Umbral Negro. Finalmente, reacciona, da media vuelta y se marcha corriendo. Le sigo, intrigada, hasta una habitación amplia, limpia, llena de muebles relucientes. Una distorsión luminosa y bella del Mundo Oscuro.

Hay una mujer. Al verme, se lleva la mano al pecho y grita. Es… extraño, el sentimiento que experimento, mirándola. Aunque está cubierta de arrugas, su rostro tiene también un evidente parecido con el de Madre. Más allá, el hombre al que he perseguido, habla solo, sujetándose algo en una oreja.

– Sí, por favor, manden una patrulla. Es el taller de mi padre, al parecer hay una puerta oculta tras un armario. Vi algo, quizá un sótano, del que yo no tenía ni idea, ni mi madre. ¡Y está saliendo gente!

Mi atención deriva hacia la imagen que hay en una mesita. En ella, aparecen cuatro personas y reconozco a Madre en una niña de sonrisa alegre, con el pelo largo y negro. A su lado, puede verse al hombre que ahora habla solo, también mucho más joven; y tras ellos, abrazados, están Dios y la mujer que grita.

Carlos entra en la habitación, con Madre en brazos, delgada, fría, muerta. Y el horror del Mundo Oscuro inunda por completo ese hermoso lugar, como un río de aguas pestilentes.

Cuántos gritos…

– ¡No puede ser, mamá! ¡Mi hermana se marchó, se escapó de casa! ¡Tú recibiste sus cartas, no tiene sentido…!

– ¡Dios mío! ¡Luisa, mi niña! ¡Estaba aquí, estaba aquí todo el tiempo!

Las voces se entrelazan una y otra vez, diciendo cosas que no entiendo, ni me interesan. Me siento aturdida, con tanta luz, tantos ruidos. Y también aquí sueño y realidad se confunden.

Tiempo. Entran varios hombres. Todos visten igual. Hablan, y algunos descienden al Mundo Oscuro. Eso les cambia. Ya no son los mismos tras cruzar el Umbral Negro. Cuando regresan, sólo uno vomita en un rincón, pero todos parecen espantados.

Veo a Elena, arrodillada, dolorida por lo que quiere salir, eso que crece y la hincha. Veo a Rosa, caminando sin rumbo; arrastra por el suelo la muñeca decapitada, que deja un rastro de sangre en la resplandeciente madera. “¿Qué va a ser de nosotros?”, me pregunto, en un único rapto de lucidez. No sabemos qué hacer con la victoria sobre Dios, ni cómo sobrevivir en este mundo extraño de luces intensas en el que somos todavía más vulnerables.

Carlos tiene el rostro manchado de sangre, los ojos de lujuria. En la boca, lleva marcada esa expresión seca y decidida que ha heredado de Dios. Pero yo ya no le temo, ya no tengo por qué hacerlo. Percibo su frustración. ¿Cómo no me di cuenta antes?

Es él quien ahora me teme a mí.

Ahora sabe que mato Dioses con mis sueños.

© Yolanda Díaz de Tuesta


CUARTA ÉPOCA

Año: 2011

Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported

(II PREMIO XL CERTAMEN DE USUARIOS BUBOK. tema: Epinicios / Victoria – Derrota)

Madre nos dijo una vez que, en el Mundo Oscuro, sueño y realidad son una misma cosa, igual que lo son sueño y pesadilla. Creo que pensaba que no la escuchábamos y no sé si lo hacían mis hermanos. Yo sí. Siempre la escuché, siempre medité sobre las cosas que decía, aunque carecieran de sentido. Madre era sabia, casi tanto como Dios.

Por eso, lo soñé y lo conté. Carlos y Madre lo aceptaron y, juntos, personifican la ley en el Mundo Oscuro. Si lo conseguimos, si logramos matar a Dios, alcanzaremos la luz. Seremos libres, prometió Madre.

Debe ser importante, ser libre…

Pero tengo miedo. En mi sueño, las cosas no eran exactamente así, Madre no miraba fijamente el techo, como fascinada por la luz mortecina de la única lámpara. Hace ya dos días que no se mueve, envuelta en un nido de sábanas húmedas y revueltas. Está muy pálida, y ha empezado a emitir un olor extraño…

– Da igual – decide Carlos, impaciente. Es el mayor, y casi tan alto como Dios. Si no escupiera sangre, sería la única ley, con poder incluso sobre Madre. Pero tose y siempre, hasta ahora, ha pensado que no puede oponerse a Dios. Por eso considera importante mi sueño y no quiere esperar a otro, porque le ha dado las fuerzas y la motivación que no esperaba llegar a conseguir nunca. Victoria o derrota, ha dicho, da igual lo que venga, será bienvenido. Y será inmenso, colosal, se extenderá por cada pared, rebotando en cada rincón, en cada ángulo, cambiando definitivamente el Mundo Oscuro y sus criaturas. Madre. Él, yo. Elena y Rosa, sentadas en el suelo, aferrando sus muñecas rotas. Yo jugué con esas muñecas… Bueno, con casi todas. Una de ellas, fue un regalo de Dios a Elena cuando llegó el momento, por dejarse bendecir sin gritar demasiado. Elena no es lista – Tenemos que hacerlo, y está a punto de llegar.

– ¡No es el sueño, no es así como lo soñé! – insisto – Debo volver a…

Carlos se aparta, tumba una silla, y la rompe con un golpe del pie, desafiante. Intento evitar sus ojos. Ya hace tiempo que me mira como me mira Dios. No soy tonta, aunque lo simule. Eres guapa. Hazte la tonta, decía Madre. Babea, tose, vomita… Si babeas, Dios no te tocará. Y yo lo hacía, y me arrastraba como una bestia por las sombras del Mundo Oscuro cada vez que se abría la Puerta Alta, y nos inundaba la luz del Mundo Brillante. La naturaleza de Dios es aterradora, y la primera vez que se detuvo en mí aquella mirada, supe que era mejor huir. Por eso no me encontró. Por eso encontró a Elena, y la bendijo, y es ella la que ahora está hinchada y deforme, podrida por dentro, esperando otro pecador…

Crujidos metálicos. Miramos hacia la escalera.

Allá arriba, la Puerta Alta se abre, nos inunda la luz… ¡Es tan intensa! No puedo mirar directamente, nadie puede. Nos agitamos en los restos desgarrados de nuestra penumbra, como gusanos perturbados por fuerzas descomunales. Parpadeo, retrocedo, me encojo, pero no dejo que el miedo me domine, no quiero perderme nada. Si Dios va a morir, quiero verlo. Quiero disfrutarlo y patearlo, arañarlo, morderlo… Suele decirnos que él nos concibió y que, por eso, hubiéramos podido ser perfectos, hubiéramos debido serlo, pero pecamos. Pecamos siempre, incluso antes de nacer. El nos atrapó en el Mundo Oscuro y nos castigó, por nuestro bien.

La silueta negra de Dios parece desbordar el quicio de la puerta. Sólo cuando la cierra y empieza a descender por la escalera, surgen las texturas, los colores, los detalles. Los ojos encogidos en pliegues, la boca forzada por la eterna mueca de desagrado, la gran nariz aguileña… Anchos hombros, robustos, aunque ya se curven por el peso de los años; manos grandes, capaces de hacer mucho daño…

Aterrador.

Lo soñé, soñé que se podía matar a Dios. Que los dioses sangraban y sufrían, que sus cuerpos podían pudrirse en la oscuridad, como nos pudrimos nosotros.

Soñé que pecadores y dioses no se diferencian tanto, que todo es una pura cuestión de fuerza.

Es verdad que, en mi sueño, mil detalles eran sutilmente distintos, pero Dios bajaba así, exactamente así… ¿O estoy recordando cualquier otro momento, una de sus muchas visitas? No sé qué es sueño, no sé qué es realidad, pero no importa, ya lo dijo Madre.

Todo es lo mismo, en el Mundo Oscuro.

Carlos contiene la respiración. A su espalda, sujeta con más rabia una de las patas de la silla rota. La va a utilizar como arma.

En el sueño… en la realidad…

La madera rasgará la piel del Dios, aplastará los divinos huesos. Golpes, golpes y densos regueros de sangre perdiéndose en la negrura. Y, entonces…

Pero, no. El plan soñado vuelve a quebrarse, rasgado por un grito.

Elena está de pie, tensa, la boca abierta desaforadamente, los ojos dilatados en una expresión de absoluto espanto. Algo oscuro y viscoso se desliza por sus piernas, mancha la suciedad del suelo, lo llena todo con un olor dulzón y denso. A su lado, Rosa la mira aturdida, con una muñeca sin cabeza entre las manos.

– ¿Elena? – dice Dios, y parece repentinamente nervioso, como si el grito le hubiese arrebatado todo su poder. El caos siempre se extiende rápido por el Mundo Oscuro. Uno a uno gritamos todos. Dios retrocede, va a irse, pero tropieza en un escalón y cae, deslizándose hacia abajo por la escalera.

El desenlace es el mismo del sueño, aunque sucede de un modo distinto.

Carlos reacciona, aprovecha la oportunidad, corre hacia él; lo cierto es que no sé si es Carlos. Lo dudo. Al otro lado de esos ojos terribles no puede haber nada realmente vivo.

Matar un Dios es una tarea peligrosa y sucia. También grita, pero ya no asusta igual. Por primera vez, mis entrañas no se estremecen con el poder de su voz.

Golpes, golpes, y densos regueros de…

Cuando, finalmente, Carlos se detiene, es porque está agotado. Jadea, cubierto de sangre y sudor. Yo me acerco a los restos de lo que fue un Dios y los pateo con saña. Otra vez. Otra. ¡Qué satisfacción! Una deliciosa sensación de victoria me embriaga. Quiero seguir golpeándole, pero Carlos me sujeta por los brazos, arrebatándomelo todo. Me mira, y vuelve el miedo.

– No. Olvídalo. Ahora, sólo quedamos nosotros – dice. Parece una promesa. Tiemblo, mientras pienso que debo soñar cuanto antes con la muerte de otro Dios.

Carlos vuelve abajo, murmurando entre dientes. Dudo sobre qué hacer, y opto por dirigirme hacia el Mundo Brillante. Espero de verdad que exista algo allá. O que no exista nada, y que esa nada nos mate.

Subo poco a poco, y empujo la Puerta Alta. Se resiste, pesa, pero insisto con fuerza, hasta girarla. Entonces, el resplandor me deslumbra, el miedo me aturde y me tengo que obligar a cruzar. Así descubro que la Puerta Alta es una especie de armario por el otro lado, y da a una sala grande, con baldas y una mesa. Tablas y objetos de madera. Herramientas de metal. Virutas. Huele bien.

En un lado de la habitación hay otra puerta, que se abre justo en ese momento. Un hombre asoma la cabeza. Me mira, sobresaltado, y me sorprendo al pensar que tiene los ojos de Madre. Sus pupilas, llenas de alarma, van varias veces de mí a la Puerta Alta, que vista desde aquí es un Umbral Negro. Finalmente, reacciona, da media vuelta y se marcha corriendo. Le sigo, intrigada, hasta una habitación amplia, limpia, llena de muebles relucientes. Una distorsión luminosa y bella del Mundo Oscuro.

Hay una mujer. Al verme, se lleva la mano al pecho y grita. Es… extraño, el sentimiento que experimento, mirándola. Aunque está cubierta de arrugas, su rostro tiene también un evidente parecido con el de Madre. Más allá, el hombre al que he perseguido, habla solo, sujetándose algo en una oreja.

– Sí, por favor, manden una patrulla. Es el taller de mi padre, al parecer hay una puerta oculta tras un armario. Vi algo, quizá un sótano, del que yo no tenía ni idea, ni mi madre. ¡Y está saliendo gente!

Mi atención deriva hacia la imagen que hay en una mesita. En ella, aparecen cuatro personas y reconozco a Madre en una niña de sonrisa alegre, con el pelo largo y negro. A su lado, puede verse al hombre que ahora habla solo, también mucho más joven; y tras ellos, abrazados, están Dios y la mujer que grita.

Carlos entra en la habitación, con Madre en brazos, delgada, fría, muerta. Y el horror del Mundo Oscuro inunda por completo ese hermoso lugar, como un río de aguas pestilentes.

Cuántos gritos…

– ¡No puede ser, mamá! ¡Mi hermana se marchó, se escapó de casa! ¡Tú recibiste sus cartas, no tiene sentido…!

– ¡Dios mío! ¡Luisa, mi niña! ¡Estaba aquí, estaba aquí todo el tiempo!

Las voces se entrelazan una y otra vez, diciendo cosas que no entiendo, ni me interesan. Me siento aturdida, con tanta luz, tantos ruidos. Y también aquí sueño y realidad se confunden.

Tiempo. Entran varios hombres. Todos visten igual. Hablan, y algunos descienden al Mundo Oscuro. Eso les cambia. Ya no son los mismos tras cruzar el Umbral Negro. Cuando regresan, sólo uno vomita en un rincón, pero todos parecen espantados.

Veo a Elena, arrodillada, dolorida por lo que quiere salir, eso que crece y la hincha. Veo a Rosa, caminando sin rumbo; arrastra por el suelo la muñeca decapitada, que deja un rastro de sangre en la resplandeciente madera. “¿Qué va a ser de nosotros?”, me pregunto, en un único rapto de lucidez. No sabemos qué hacer con la victoria sobre Dios, ni cómo sobrevivir en este mundo extraño de luces intensas en el que somos todavía más vulnerables.

Carlos tiene el rostro manchado de sangre, los ojos de lujuria. En la boca, lleva marcada esa expresión seca y decidida que ha heredado de Dios. Pero yo ya no le temo, ya no tengo por qué hacerlo. Percibo su frustración. ¿Cómo no me di cuenta antes?

Es él quien ahora me teme a mí.

Ahora sabe que mato Dioses con mis sueños.

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Los campos lejanos…

No suelo hacerlo, así, al desnudo, sin vestirme de historias y personajes, pero hoy siento el irrefrenable impulso de compartir con todos vosotros un sentimiento. Es algo que seguramente habréis experimentado también en el pasado, y más de una vez si sois escritores.

Díaz de Tuesta

Comentario de Díaz de Tuesta

Me estoy refiriendo, claro, a la decepción.

Siempre hay un muro, un muro muy alto, entre todo hombre o mujer y sus sueños. No todos lo perciben, porque no todos tienen sueños, o no son conscientes de ellos, o han tenido la fortuna de verlos cumplidos por pura gracia de la suerte, quizá incluso sin buscarlo. Al otro lado del muro alto y áspero, hay verdes campos que brillan al sol mientras se mecen suavemente con el viento, plagados de flores que hablan de una eterna primavera. El cielo es azul, sin mácula, los pájaros cantan, jugando entre las ramas de los árboles, y todo, sencillamente, es perfecto. “Se siente” perfecto.

Son campos lejanos, campos que no pueden tocarse, y sólo pueden ser contemplados a través de alguna que otra rendija, de vez en cuando.

Por lo general, los que somos escritores pero no hemos nacido en un entorno editorial, o no tenemos amistades, o somos torpes para vendernos adecuadamente, conocemos muy pronto ese muro, su superficie áspera, rugosa, su presencia abrumadora… Es alto, el muro, y se adivina grueso, e ilimitado. Lo más cruel es que, al estar ahí, frente a ti, siempre y desde siempre, te acabas acostumbrando a él, y a ratos, así es nuestra naturaleza, hasta lo subestimas. Es algo que pasa sobre todo cuando eres joven y te sobran las fuerzas, cuando lo crees todo posible. En esos momentos, los dedos vuelan sobre el teclado, y la ilusión te da tanta energía que parece que no hay nada que pueda detenerte.

Es difícil superar el muro, te dices. Pero no imposible… no imposible…

Entonces, sin tú buscarlo realmente (aunque supongo que lo haces en cada letra y cada palabra, al forjar cada historia, golpes con los que tratas de abrirte paso a través de ese odioso muro), te encuentras con la oportunidad en las manos. Alguien llega y te dice algo, alguien ofrece algo, alguien sugiere algo, y tú, fábrica de sueños e ilusiones (los escritores también somos humanos, al fin y al cabo) te sonríes, con inmenso alivio. ¡El muro nada puede contra esa fuerza que te da la esperanza, esa energía que te inunda! ¿Puede ser posible? ¡Sí, lo es, mira, está ahí! ¡Alguien ha creído en ti, en tu trabajo!

Y llegan los días dorados de vender la leche sin haber llegado al mercado, soñando con el aroma y el sabor de los grandes campos prohibidos. Vas a hundir los dedos en su esponjosa tierra negra, vas a alzar el rostro, disfrutando de su sol….

No te lo crees. ¡Pero sí, mira, la idea sigue! Te lo repiten. Continúa, carta tras carta, seleccionando, decidiendo. Esta obra sí, esta también, ¿esta la corregirías…? Está ocurriendo… No es posible. ¡Lo es! Las maravillas también se dan en el mundo real, al fin y al cabo, te recuerdas. Unos reciben Oscars, ¿por qué tú no, un poco de suerte? Algo mínimo, algo que otros ni considerarían, pero que para ti es un paso de gigante…

Y por fin, te lo crees. Te lo llegas a creer tanto que hasta lo compartes con otras personas, feliz de que dejen de mirarte con esa expresión especial, mezcla de amabilidad, compasión e ironía, esa cara que se reserva para los autopublicados sin editorial que les respalde, ni perrito que les ladre.

¡Lo has conseguido! ¡Cuesta, pero si trabajas duro, se consigue, tienes la prueba, está ocurriendo de verdad!

Entonces, llega el golpe.

Lamento comunicarte que… editorial…. se ha venido abajo…“. Unas palabras ante las que tienes que parpadear, qué menos. Agitas la cabeza, mientras el estómago te da un vuelco y la sangre parece desaparecer repentinamente de tus venas. No es posible. No es verdad, te estás confundiendo. Pero no, no te equivocas, pone eso, te están diciendo eso. ¡Pero si te lo llegaste a creer, si era muy real! ¿Cómo puede estar ocurriendo algo así? Pasar del “pues decidido, en septiembre sale tal y en diciembre cual” al “no tienes nada, se ha venido abajo, bla bla bla” es tan duro, tan duro, que aún no sé si siento las piernas, el corazón, o me quedé en la silla y lo que sigue lo estoy, simplemente, imaginando.

Muro alto, grueso, gris… más que antes, mucho más que antes.

No soy persona de echar culpas sólo por minimizar el dolor. Si no puede ser, pues no puede ser. No hay, por tanto, culpas. Pero tampoco soy persona a la que las palabras de consuelo ayuden, y menos en estas circunstancias. Los “tu obra vale mucho, eres una gran escritora, sólo te falta llegar al gran público“, “tienes que seguir intentándolo“, “si es posible algún día retomaremos la idea y te llamaremos“, te alienta a ciertas edades, pero luego empieza a pesarte.

Sabes que no llamarán, que no ocurrirá, porque, a ti, sencillamente, no te ocurren esas cosas. Dudas de ese talento que no ha sido suficiente para conseguir el objetivo. Si tan buena escritora soy, te dices, ¿por qué no se percibe, por qué no tengo esa pequeña oportunidad, ese destello de suerte? ¿Por qué siempre tiene que quedar todo en el áspero tacto del muro, al chocar de bruces contra él? Es como si te hubiera mirado un tuerto. Flipante.

Es posible que nunca publique… Lo pienso, y no me lo creo tampoco. No puedo, no me cabe en la cabeza. Ser escritora, profesional, reconocida, es algo en lo que he empeñado todo mi tiempo libre y mucho más, dejándome la piel en cada párrafo. Y publicar es una idea que forma parte de mí desde hace tantos años, que imaginar que no ocurrirá es como sentir que he estado en este planeta de prestado, en falso, un viaje erróneo y sin sentido.

Pero, pasan los años, los dedos se ralentizan sobre el teclado, la juventud se va disipando junto con la esperanza, y yo sigo en el mismo sitio. Cada vez es más posible que suceda lo inconcebible, que esto sea todo…

En fin, seguro que mañana lo veo todo de otra manera. Seguro que con otra luz le encuentro algo reconfortante al famoso refrán que dice “El que tropieza y no cae, adelanta terreno”.

Seguiré mirando el muro. Al otro lado, me esperan los campos lejanos…

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Libro Solidario para ayudar a las víctimas del terremoto de Haití

Díaz de Tuesta

Comentario de Díaz de Tuesta

Relatos Solidarios para HaitíSe pueden decir muchas cosas acerca del ser humano y, algunas, bastante negativas. Que es avaricioso, que es implacable y egoísta, que no cuida debidamente del hermoso planeta que le legó la suerte…

Pero, lo que también resulta indudable es que, cuando se dan circunstancias extraordinarias, sabe colaborar como el primero, luchar en conjunto, y mostrarse tremendamente generoso. Cada uno de nosotros llevamos un villano dentro, quizá, pero también un héroe. Ese sentimiento de rebeldía ante las injusticias y el dolor ajeno, ese deseo intenso de ayudar en lo posible,  de trabajar para mejorar las condiciones de otros, lo demuestra, una y otra vez.

Lo sucedido en Haití, cuando todavía sentíamos en los labios el sabor de las uvas de la Nochevieja, es algo que tardará en ser superado. Las víctimas, porque sintieron el miedo y la angustia directamente. Los demás, porque somos humanos. Nadie que se llame humano puede dejar de estremecerse por lo ocurrido, sentir espanto ante cifras tales como alrededor de ciento cincuenta mil muertos, muchísimos más heridos, tantos desaparecidos…

Tantas pérdidas, tanto pesar y duelo…

Han pasado unas semanas. En la vorágine de la vida diaria, muchos ya no pensamos apenas en Haití, ese pequeño país nacido del deseo de sus habitantes de ser libres, libres por principio y por derecho frente a un mundo de blancos esclavistas que les habían arrancado de su tierra y los habían tratado como ganado.  Haití es un ejemplo de superación, pese a que, por cometer la osadía de querer decidir su destino, siga sometido a una profunda miseria y, con ello, a la corrupción más descarada. Son gentes luchadoras, los haitianos, pero gentes sin suerte. Hacinados, hambrientos, despreciados y, ahora, castigados por la naturaleza.

Escritores Solidarios ha actuado de forma rápida y efectiva. Recuperándose todavía de la ardua campaña navideña en la que se quiso recaudar fondos para la Fundación Pequeño Deseo (que lucha por hacer realidad las ilusiones de niños enfermos), ha sabido movilizarse y sacar a la luz un nuevo libro cuyos beneficios irán destinados ÍNTEGRAMENTE a ayudas a las víctimas.

¿Cómo puedes conseguirlo? ¿Cómo puedes colaborar, ayudar un poco, poner algo de tu parte para paliar en lo posible el dolor de ese país? Es muy sencillo.

Acude a la página de Libro Virtual, en su sección de Escritores Solidarios. Allí encontrarás distintos sistemas, todos muy cómodos. ¡Y cuesta tan poco! Por poco más de un café, puedes ayudar mucho.

No te lo pienses, bien sabes que el hambre, la angustia, la desesperación, continúan existiendo aunque no pensemos en ello. Haití te necesita. Te necesita hoy, tanto o más que el 12 de enero. ¿No te has dicho, más de una vez, que si estuviera en tu mano, mejorarías sus condiciones? ¿De verdad quieres hacer algo? Ya no hay excusas, Escritores Solidarios ha trabajado duramente para ponerlo a tu alcance. Sigue el enlace y hazlo ahora mismo.

Quién sabe. Quizá puedas hacer que, ese niño de la foto de portada, ese niño que realmente existe, sonría.

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Libro Virtual: leyendo el futuro

Libro VirtualYa he mencionado en el pasado la existencia de Libro Virtual, una página en la que la literatura pasa directamente del autor al lector, por fin sin intermediarios.

Mi FICHA DE AUTORA
en Libro Virtual.
No dejes de visitarla. Y, si realmente te gusta como escribo, te invito a leer allí mis obras. Recuerda que, sólo por ello, y gracias a ello, obtengo algún beneficio económico.

Díaz de Tuesta

Comentario de Díaz de Tuesta

Para los que tenemos poco garbo a la hora de movernos en el mundo editorial,  hay que reconocer que es una salida estupenda. Yo no conozco a nadie en esos ambientes, ni tengo la paciencia o la voluntad de estar llamando a puertas de gentes que no me han solicitado nada (me da bastante reparo, no persevero en ello ;DDD). Y el mercado editorial está fatal, dicen. No sólo hay que ser bueno, hay que tener una suerte increíble, para que te abran un resquicio. Y, la verdad, a mí jamás me ha tocado nada en un sorteo ;DD

Por eso, Libro Virtual es una gran alternativa. Permite que los lectores accedan a un amplio catálogo de novelas, relatos, poesías, cómics…. todo a su alcance, para su valoración y disfrute directos. Y, combinado con sistemas como el de Bubok (Servicios editoriales, autopublicación bajo demanda) que aporta la impresión en papel a un precio y calidades bastante aceptables (y sin tomaduras de pelo para el autor, como tantas otras “editoriales”), el autor tiene la gestión completa, ante una posible venta. Sólo tiene que poner el libro.

Este es el punto problemático, en el que hay que luchar, claro, contra los prejuicios de los que piensan que “si estás ahí , y no en una editorial clásica, es porque eres malo”. Una presunción que está por completo fuera de lugar, pero va a llevar su tiempo el cambiar criterios, cambiar el chip. Ofertas Libro VirtualTardaremos mucho en entender plenamente que, a lo largo de los años pasados, muchos buenos escritores se quedaron fuera del circuito porque “no encajaban en los criterios editoriales del momento”. Y que a otros se les publicó por puro amiguismo, siendo muy malos. Y que otros quedaron en la sombra, haciendo el trabajo, pero firmando “los grandes” en su lugar (los llamados “negros”, cuyas obras tienen la calidad del escritor superventas que simulaban ser, o más, y sin embargo, ahí están, cercenados por el puro interés del negocio de otros).

Claro que hay libros malos. Sin duda. Están por todos lados, también los hay en las librerías, a treinta euros. La diferencia estriba en que, en el pasado, no había más posibilidades al alcance del lector, el editor estaba siempre en medio, las distribuidoras, los grandes negocios de los intermediarios que no han dudado en intentar manipular los hechos a su voluntad para sacar mayor ventaja en cada momento. Hoy en día, Internet permite un acceso masivo a obras de todos los autores. Ahora el propio lector  va a tener la oportunidad de decidir libremente si esa lectura es o no de su agrado, porque le llegará todo. Y sin tener que pagar precios abusivos. Que, por cierto, aunque incluso algunas Ministras lo olviden, leer es cultura, venga de donde venga el texto que se lee.

Así, ahora, cada lector podrá tener acceso al contenido y decidir si quiere o no leerlo y cómo, y hasta qué punto quiere gastar en ello (lo quiere en pantalla, en papel, lo quiere en pdf, lo quiere en sistemas más usados en ereaders…).

Pero, a la vez, colaborando de verdad, directamente, con el autor. No limitándose a recibir. Las excusas que justifican vulnerar los derechos de autor se desvanecen, sí, porque ahí están los autores, no los que hacen negocio a su costa, sino ellos, los creadores. Ha de entenderse que tiene que haber una contraprestación, que todos queremos cobrar algo por nuestro trabajo, por el esfuerzo vertido, y todos queremos vivir de nuestro trabajo. Si un libro gusta… ¿qué menos que decirlo en un comentario, o recomendarlo a alguien, o comprarlo en papel y regalarlo, o ver qué tipo de publicidad lo respalda?

Libro Virtual permite que el lector, por distintos medios, ayude al escritor de su preferencia. A través de publicidad, donaciones, o descarga de libros virtuales, los autores consiguen algún beneficio, pequeño, pero lo consiguen.

Yo, por mi parte, te animo a que visites Libro Virtual. Te invito a que leas las obras que allí tengo publicadas. Y te ruego que, si ves publicidad en tu paso por la página, te intereses un poco por ella. Estarás devolviendo algo a cambio de las obras que puedes leer, mías o de cualquier otro compañero.

Gracias por tu apoyo y tu comprensión. ;D

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Lázaro en la oscuridad

Lázaro en la OscuridadYo soy Lázaro, Lázaro de Betania, hermano de María y Marta, y recuerdo que aquel día desperté súbitamente de una profunda oscuridad. Me encontré sentado en una piedra, junto al viejo pozo, a pocos metros de mi casa, con una ramita larga y esbelta en la mano. En el cielo brillaba un sol penetrante, despiadado, separando con brusquedad intensos blancos y negros densos, aplastándolo todo con un peso invisible; el polvo dibujaba remolinos en el viento y había un mensaje escrito a mis pies, sobre la tierra muerta.

“Se acerca…”

Parpadeé y me detuve, la ramita temblando entre mis dedos. Incluso ahora, sigo sin recordar haber escrito esas palabras. Me sentía absolutamente desconcertado. En ocasiones, mi mente naufragaba por completo en esa bruma viscosa que se enredaba en mis pensamientos, la que me traje del sepulcro hace años, cuando Jesús de Nazaret me recuperó de la muerte, pero nunca antes había escrito nada estando en ese extraño trance.

Dejé caer la rama, y miré a mi alrededor, buscando respuestas. ¿Qué se acercaba? ¿O quién? ¿Y para qué? No había allí nada importante, tan solo un muerto viviente y mucha pobreza. Contemplé mi humilde casa, el desvencijado corral donde rumiaban parsimoniosamente dos cabras flacas, el sendero que conducía a la salida del pueblo de Betania, deslizándose torpemente entre peñascos y árboles. Recuerdo que pensé que yo era como ese camino, en mí también se entremezclaban confusamente lo vivo y lo muerto. La única diferencia era que él sí conducía a alguna parte.

Yo únicamente era “vacío”.

Lo llamaba así porque no sabía qué otro nombre darle. Era algo difícil de describir con palabras, algo que no se explicaba, que sólo podía sentirse. En aquel tiempo siempre tenía la impresión de que me rodeaba un círculo de nada absoluta, un espacio que sólo parecía existir para recordarme que no estaba donde debería estar, que ya no pertenecía a este mundo lógico calcinado por el sol. Más allá, siempre un poco más allá, quedaba el tumulto de lo normal y cotidiano, el eterno estrépito de la vida. Inalcanzable.

En eso pensaba, cuando vi que venía alguien por el camino, surgiendo tras la pronunciada curva que formaban los peñascos, un individuo moreno, de complexión ligera, la barba y el cabello largos, ondulando con el viento. Se sujetaba el costado con una mano, el lugar exacto donde la sangre manchaba de rojo intenso aquella túnica tan blanca. De entre sus dedos caían densas gotas, que siseaban de forma aterradora al tocar el camino y desaparecían en el polvo, como absorbidas con ansia. Tras él, siguiéndole como un manto de ondulantes grises, avanzaban gruesas nubes de tormenta, ocupándolo todo, y el viento arreciaba, pegando fuertes bandazos. La tempestad se tragaba la luz, las formas, el mundo…

Y aquel hombre se dirigía directamente hacia mí.

Era Jesús de Nazaret, mi amigo, mi hermano. Aquel que un día, hace años, pronunció mi nombre para traerme de vuelta; jamás, en lo que me quede de esta vida prestada, podré olvidar aquel potente “¡Lázaro, levántate y anda!” que me despertó de pronto, arrancándome de la tumba. Ahora, tras su ejecución en Jerusalén, era él quien regresaba del otro lado… Sentí miedo. Contemplé las nubes, vapores enfermos que consumían el azul del cielo y retrocedí hacia mi casa, dando tumbos. Estaba ya dentro cuando Jesús alcanzó el pozo.

Nos observamos mutuamente, a través del resquicio que dejé en la puerta. No sé qué vio él, yo contemplé un hombre que era muy distinto al que conocí en vida. Estaba muy delgado, mortecino, los ojos consumidos, como si hubieran visto demasiado en demasiado poco tiempo. Las uñas de la mano con la que se sujetaba el costado estaban rotas; las imaginé destrozadas contra la tapa de un sepulcro.

– Lázaro… – susurró. Reconocí su voz, pero parecía llegar de muy lejos, de muy hondo. De una fosa profunda, oscura, fría, que esperara ansiosa su retorno – Lázaro…

– ¡Vete! – mi orden sonó a súplica. Supongo que lo era – ¡Déjame, Jesús! ¡Ten piedad de mí!

– Lázaro… – volvió a gemir, tendiéndome la mano libre – Mi Padre me dijo que tú me ayudarías. Tú abriste el sendero entre la vida y la muerte. Conoces su tacto, su sabor, y puedes librarme de la oscuridad, purificarme…

– ¿Purificarte? ¿Pero qué puedo hacer yo? ¡Sólo conozco el vacío! ¡Un espacio helado que me mantiene eternamente al margen! ¿Te ocurre igual? – él asintió, aturdido – ¡Hemos cruzado una línea que no se puede cruzar, hemos vuelto por un camino sin retroceso, haciendo trampas! ¡Y ahora el mundo está lejos! ¡Lo que hacemos es contemplar la vida, intentando rozarla con las puntas de los dedos, pero sin vivirla realmente! ¡Ya no podemos alcanzarla!

Algo brilló en sus ojos.

– No es cierto. ¡Me dijo que viniera, que te buscara! – miró a lo alto, hacia el vórtice oscuro que estaba gestando su tormenta – ¡Padre, Padre! ¿Por qué me has abandonado? – todo tembló. El aire onduló a su alrededor de una forma casi perezosa, y luego se expandió repentinamente, con fuerza infinita, en todas direcciones. El corral quedó destrozado en un instante, las cabras balaron mientras huían buscando refugio.  La energía alcanzó la puerta, sacudiéndola violentamente. Grité, y luché como pude por mantenerme en pie, mientras la tempestad se extendía de horizonte a horizonte.

La noche cayó de pronto sobre el pueblo de Betania, en pleno mediodía. Una noche oscura y sin esperanza, que presagiaba como único amanecer el Apocalipsis.

¿Qué podía hacer yo? Creía, de verdad, que nada. Al fin y al cabo, sentía que no estaba aquí, ni estaba allá, odiaba mi situación y no conocía más respuestas que mis propias dudas.

Purificarle…

¿Sería cierto que Dios le había dicho que me buscara…?

Jesús seguía junto al pozo, muy erguido, el cabello arremolinándose locamente alrededor de su cabeza como una extraña aureola. Luchando contra el vendaval, y contra mis miedos, me acerqué a él y le abracé. Había tocado a otros desde mi regreso, había abrazado a mis hermanas y a sus esposos, a mis sobrinos, había acariciado animales… pero ninguno de esos roces me pareció real. Ese contacto, sí. Noté la fuerte corriente, el río de emociones estableciéndose entre nosotros.

Curándole, curándome…

Todo encajó de pronto, todo adquirió un sentido. Casi me eché a llorar de puro alivio al comprender que Dios me había devuelto la vida para que, más tarde, pudiera ayudar en ese terrible trance a su Hijo. La oscuridad de la tumba dejaba ciego, el frío aturdía… Jesús no hubiera podido superarlo, al menos en mucho tiempo, sin mi ayuda. Nadie podía hacerlo totalmente por sí mismo. Te quedabas lejos, al margen, en la línea, sin acabar de cruzar hacia ningún lado. Hasta ese momento, hasta ver a otro en la situación, yo no había podido entender realmente la única verdad: que la vida “siempre” es un regalo, la vida “siempre” es un Don del Señor. No importa si se nace de forma natural, o si se surge de la tumba por su divino poder.

– Ha quedado atrás… – susurré – El frío, la oscuridad, olvídalos, ya no pueden alcanzarte… Vuelves a estar vivo, estás vivo, Jesús…

Aumenté la fuerza de mi abrazo; absorbí su frío y su oscuridad, como el camino había absorbido su sangre. Juntos borramos dudas, miedos, desesperación. Nuestras almas muertas se fundieron, se completaron, renacieron. El dolor fue menguando hasta desaparecer, como desapareció la tormenta. La luz del sol nos iluminó.

Jesús se apartó, me miró a los ojos y me sonrió; el mismo Jesús de otros tiempos, aunque ya era más que un hombre, era Dios.

Y, sin embargo, nunca le había sentido más humano.

En algún momento, me besó en la mejilla y se marchó. Sé, porque me lo han dicho, que muchos le han visto y algunos han hablado con él. Milagros, prodigios, portentos, maravillas… Siempre se usan esas palabras en lo referente a su ascensión en cuerpo y alma a los cielos. Un cuerpo y un alma que no conservan rastro alguno de la oscuridad de la muerte.

Y yo también volvía a sentirme vivo. Realmente vivo.

Estaba atardeciendo cuando me senté en la piedra junto al pozo. En el cielo, de un azul sin mácula, brillaba un sol penetrante, despiadado, separando con brusquedad intensos blancos y negros densos, aplastándolo todo con un peso invisible; el polvo dibujaba remolinos en el viento y un mensaje se había borrado a mis pies, sobre la tierra muerta.

© Yolanda Díaz de Tuesta


TERCERA ÉPOCA

Año: 2009

Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported

(I PREMIO XIX CERTAMEN DE USUARIOS BUBOK. tema: Relatos Bíblicos)

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De sombras y quimeras…

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“¡Maldita sea!”

Quimérica, o lo que quedaba de ella, hizo un esfuerzo y abrió los ojos al oír voces y risas. Dos hombres arrastraban violentamente a un tercero hacia las sombras del callejón en el que se encontraba. Le costó captar algún detalle en aquellas siluetas tan negras: la noche era muy oscura, tormentosa, una densa cortina de lluvia lo desdibujaba todo, y la única iluminación venía del ventanuco de la parte trasera de un restaurante chino.

En otros tiempos, cuando poseía una visión capaz de detectar un alfiler a un kilómetro, nada de eso hubiera supuesto un problema.

Las sombras. La oscuridad… El mundo carente de color, hundiéndose en aquella marisma de grises…

Se estaba muriendo. ¡Por fin! ¡Qué inmenso alivio! El momento se acercaba, podía sentirlo en los huesos con más fuerza que la humedad de la tormenta. Le quedaban algunos minutos, una hora, quizá…

Los dos hombres arrojaron a su víctima contra un montón de basura que se pudría lentamente en un rincón. Uno lanzó una carcajada, insultándole, el otro la emprendió a patadas con él, echándole en cara que había comprado la droga a otro camello, o eso entendió. Golpes, golpes, golpes. Caos, dolor y furia, envueltos en aquellas sombras.

“Debería hacer algo”, pensó Quimérica. Claro que resultaba más fácil decirlo que hacerlo. Se sentía tan débil… El poder se había ido, llevándose aquella sensación gloriosa que siempre lo acompañaba, tan cercana a la borrachera, tan embriagadora. La echaba de menos… No, no debía flaquear, su decisión estaba tomada. Toda larga vida derivaba en un océano de remordimiento, como un río que fuera cargándose de culpas, y la suya había sido formidablemente extensa… Mucho tiempo, muchos errores, demasiadas imágenes, voces y momentos. A veces sentía que la cabeza le iba a estallar. Necesitaba dormir, descansar, no ser nada, no sentir…

Y, sin embargo, allí estaban aquellos individuos, obligándola a tomar más decisiones.

Sus dedos se hundieron en el lodo siguiendo el impacto de una nueva patada, y otra, y otra… y algo cálido se extendió por su cuerpo, renovando parcialmente sus fuerzas. Qué sorpresa. Todavía quedaba en su interior un resquicio de ira, un conato de rebeldía ante la maldad del mundo. Todavía vivía en ella esa pequeña y patética criatura, la que estaba convencida de que podían cambiarse las cosas.

Y todavía era capaz de una última quimera…

Era algo sorprendente, la mente humana. Pensamientos, sueños, delirios, ilusiones… Si creías en ellas, si sabías cómo transgredir los límites y vestirlas de realidad, tenían una fuerza ilimitada. No sería la primera vez que había matado a un hombre, haciéndole creer que ardía en llamas. Esa última noche, en esa última quimera, sería más creativa. Verse disueltos entre hemorragias por el virus Ébola sería un castigo adecuado a tanto salvajismo.

Estaba a punto de tejer la intrincada red de aquella ilusión, cuando una figura vertiginosa cayó sobre los dos individuos, derribándolos. Fuera lo que fuese, volvió a alzarse de inmediato. Los matones se levantaron, atónitos, mirando hacia lo alto. Uno gritó, señalando algo. El otro sacó una pistola. La figura regresó, descendiendo para patearle la mano, desarmándolo, mientras se estiraba para dar un puñetazo al otro. Un nuevo volatín, un directo al estómago que posiblemente pulverizó varias vísceras, y una presa en la cabeza del que aún quedaba en pie, rompiéndole el cuello con un sonido seco…

Todo sucedió más rápido de lo que podía contarse. No era raro, tratándose de Bohemio.

Quimérica le estudió con una punzada de miedo, no porque temiese por su vida, sino porque temía por su muerte. En algunas épocas, habían sido amigos, en otras, amantes, y también adversarios. Siempre habían formado una curiosa pareja: ella, Quimérica, caminando entre los mundos, mezclando lo real y lo ilusorio, moldeándolos temporalmente a su antojo, y Bohemio, alegre vividor del caos, siempre con una sonrisa fácil y una absoluta falta de escrúpulos y arrepentimientos. Había habido momentos en los que estuvieron tremendamente cerca el uno del otro y, sin embargo, siempre habían querido distintas cosas… Ni siquiera se habían reunido en los últimos siglos para nutrirse mutuamente, para renovarse, ese pequeño gran mal, esa exigencia que imponía su naturaleza.

Bohemio caminó por el callejón, observando inexpresivo los cadáveres. Su imagen era la de un hombre alto y atractivo, vestido con un abrigo largo, negro, y botas de aspecto recio.

– Lárgate – le dijo al tipo que seguía en el montón de basura. Él obedeció, sin mirar atrás, medio arrastrándose, abrazándose el cuerpo dolorido como si temiera dividirse en pedazos.

Entonces, Bohemio giró hacia ella. Le vio inclinar la cabeza; supo exactamente en qué momento la reconoció.

– ¿Quimérica? – preguntó. Su voz, juvenil pese al largo, larguísimo tiempo, que llevaba pronunciando palabras, sonó sorprendida – ¿Quimérica, eres tú? – siguió sin contestar. Bohemio avanzó en su dirección, levantando un chapoteo húmedo del barro. Se acuclilló a su lado – Preciosa, vaya mierda de aspecto tienes.

– Déjame en paz… – consiguió decir.  Intentó incorporarse, alejarse, pero simplemente cayó de lado. Se agitó con violencia, cuando Bohemio la sujetó y volvió a sentarla – ¡No me toques!

– ¿Quieres evitarlo? Pues ya conoces las normas: tendrás que ser capaz de hacerlo – replicó él, colocándola bien. Chasqueó los dientes – Te lo digo en serio, Quimérica, estás hecha una pena. ¿Cuánto percibes, de realidad?

Buena pregunta. Una, que indicaba lo mucho que la conocía. Quimérica suspiró. Más allá de aquel callejón, nada. El mundo ya no existía, para ella. Todo era negrura, y sombras, y caos infinito. Estaba a punto de disiparse.

– No te importa…

– Oh, claro que me importa. ¿Qué te ha pasado? ¿No te has nutrido, ninguno de los nuestros te ha ayudado a renovarte? – bufó, ante su empecinado silencio – Tiene gracia, Quimérica, tú, que siempre has sido más sociable que yo, cada vez estás más sola… – le acarició la mejilla, con suavidad – Pero estoy aquí, y estoy rebosante de poder. Memoria me nutrió la semana pasada. Por cierto, hablamos de ti. Nos preguntábamos si ya estarías muerta.

Memoria. Vaya pieza. Quimérica jugaba con la fuerza de las ilusiones, pero Memoria reconstruía la realidad a su gusto, guiándose a veces por el puro capricho, llenándolo todo de incertidumbre. Quizá por eso se atraían, y de una forma especial. Al menos, eso ocurría en el pasado… No consiguió recordar la última vez que se acostó con ella.

– Prácticamente – susurró – Con suerte, si no me sueltas de una maldita vez, me moriré en tus brazos.

– Hay que joderse. Idiota – Bohemio maldijo, sacó una jeringuilla del bolsillo del abrigo, y empezó a extraerse sangre de la muñeca, una dosis generosa. Tenía un intenso color azul y añadió al callejón una luminosidad fría, inquietante. Luego, se volvió hacia ella, que trató de alejarse, arrastrándose penosamente. ¡No, no! ¡No podía hacerle eso! ¡No podía quitarle ese descanso que tanto ansiaba…¡ “Tejer, tejer…” Un sueño denso, muy denso, envolvente, compartido… – Ven aquí, loca. Si crees que voy a dejar que te suicides, andas muy equivocada. ¿Qué no quieres renovarte? Yo lo haré por ti – le levantó la manga del brazo derecho, y la obligó a extenderlo – No voy a dejar que te disuelvas en tus sombras. Te quedarás aquí, en la realidad, conmigo.

– ¡Déjame, no quiero!

– Ya lo sé – Bohemio sonrió, apretando el émbolo. La sangre pura, la sangre azul que sólo tenían unos pocos elegidos, entró en sus venas con la fuerza de una locomotora, renovándola por siglos. Quimérica se arqueó hacia atrás, ahogando un gemido, sintiendo que todo se rompía en su interior, muy dentro, que todo dejaba de ser, para volver a reconstruirse.

Las sombras empezaron a alejarse. La oscuridad se atenuó. El frío, la humedad de la tormenta, disminuyeron…

Él la miró, como buscando algo que no consiguió encontrar.

– Necesitas descansar – dijo entonces – ¿Quieres que te lleve a algún lado?

– No, gracias. Ya has hecho suficiente. Piérdete.

Bohemio contuvo una réplica. Se alzó en el aire, y desapareció.

Quimérica aun esperó unos momentos antes de romper el sutil tejido de irrealidad que había extendido por el callejón. Incluso ella había sido víctima de su influjo durante los últimos minutos. Al desaparecer la ilusión, al ver rodando por el barro la jeringuilla con su fulgor azul, perdió las supuestas fuerzas renovadas, perdió la aguda visión, regresaron el frío y las sombras…

Bohemio se había ido, creyendo su última quimera, que la había nutrido, que le había dado su sangre.

Ahora, sólo quedaba esperar. Como mucho, una hora…

© Yolanda Díaz de Tuesta


TERCERA ÉPOCA

Año: 2009

Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported

(IV PREMIO XVIII CERTAMEN DE USUARIOS BUBOK. tema: Superhéroes)

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“MATA AL PRESIDENTE”, de Pedro Avilés, ya en las librerías

Mata al Presidente, de Pedro AvilésLa novela interactiva “Mata al presidente“, del escritor y periodista Pedro Avilés, ya está al alcance de los lectores. Tras meses de arduo trabajo, la obra ha visto la luz y si ya de por sí es complicado escribir una novela, crear algo tan peculiar como es “Mata al presidente” ha debido requerir de muchísimo más esfuerzo.

Y es que, a diferencia de lo que ocurre en la literatura habitual, en “Mata al presidente“, el lector ya no es algo pasivo que recibe la historia: es parte de la historia, y ayuda a construir y definir el desenlace. Es “de verdad” el protagonista, tomando las decisiones, y asumiendo las consecuencias.

Pero, nada como leer las palabras del propio autor, en su nota de presentación, para entender realmente de qué se trata:

Estimados amigos, ya está disponible por fin para su lectura pública mi novela interactiva “Mata al presidente“. Se puede adquirir tanto desde la librería online de Bubok como acudiéndo a solicitarla a alguna de las siguientes librerías físicas en todo el territorio nacional.
Mata al presidente” es una novela escrita según las técnicas de la denominada ”hiperficción constructiva“, que convierten sus 251 páginas en un divertimento casi infinito.
¿Serías capaz de asesinar al presidente del Gobierno? Esto es lo que propone “Mata al presidente“, una novela interactiva en la que sólo tú, como lector, decidirá el final.
Rodolfo Barea es un periodista español que trabaja para la CIA y que, tras años como “durmiente”, recibe instrucciones de la organización para participar en una operación de gran calado que revertirá el resultado de las últimas elecciones generales celebradas en España.
Su sorpresa inicial se verá incrementada cuando su contacto le cuente el cometido que se le ha asignado: matar al presidente del Gobierno antes de que retire las tropas de Kirguizistán.
Mata al presidente” es una novela repleta de suspense en la que sólo tú decidirás qué pasos debe seguir el agente secreto para lograr su objetivo. Tan sólo de ti dependerá que Barea alcance el éxito… o que caiga en el más estrepitoso de los fracasos.
Espero que os guste.
Pedro Avilés
Mata al presidente

Anímate, consigue tu ejemplar y mata al presidente…. si puedes ;DDD

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Hieródula

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La estatua de oro de la diosa mostraba un semblante serio. En sus hermosos y fríos rasgos casi podía detectarse una acusación; los labios, que hubieran debido resultar apasionados, formaban una línea inflexible, y los ojos de metal muerto provocaban una impresión de eterno reproche.

Al menos, así lo percibía Sae, hija de Luen, hieródula en el pequeño templo, y la mejor de todas sus prostitutas sagradas, en opinión de los fieles que acudían asiduamente al lugar. Había sido entregada al servicio de la diosa a la edad de doce años, cuando su cuerpo abandonó las líneas tiernas de la infancia para curvarse suavemente en las de una joven mujer. Su conversión en hieródula no fue algo premeditado. Luen, campesino ignorante, viudo resignado, y hombre de poca suerte, siempre manifestó el temor y la reverencia debidos a la diosa, pero la razón principal que le llevó a sumir a su hija en aquella esclavitud perpetua, fueron las deudas. El pequeño campo que labraba se mostró poco agradecido con las miles de horas de trabajo que enterró en él, y sólo ofreció a cambio hambre y miseria. Luen no tuvo opciones. La dejó en la entrada del templo, apartando los ojos con vergüenza…

Pobre Luen, qué poco conocía a su hija.

Claro que, era lógico que temiese por ella, y se sintiera culpable. Más allá del brillo de los rituales y las parafernalias del templo, y de las palabras una y otra vez repetidas hasta perder todo sentido, las prostitutas sagradas no dejaban de ser eso, prostitutas. Gozaban de una vida cómoda, pero el servicio sagrado no lo soportaba bien todo el mundo. Los fieles acudían a recibir el amor de la diosa a través de sus esclavas, y ellas no tenían capacidad de elección posible. Había que atenderlos a todos, darles aquel remedo de amor a todos, altos, bajos, viejos, jóvenes, guapos, feos, gordos, delgados…

Sin embargo, Sae guardaba un secreto: a ella le gustaba el papel que le había deparado el destino. Le gustaba de verdad. Se sentía una mujer afortunada, y, de alguna manera, una triunfadora. Habían intentado utilizarla, siempre, todos: su padre para alejar su miseria, la diosa para usar su cuerpo como medio para llegar a los fieles, el templo, para enriquecerse con los pagos por sus servicios, los creyentes, para liberar su lujuria… ¿No resultaba tremendamente satisfactorio, y sutilmente irónico, que, en realidad, ella fuera la que los manipulase a todos?

La diosa no la utilizaba para dar amor, era ella la que utilizaba a la diosa, y todo lo que suponía, para liberar sus inagotables apetitos, y su pasión.

Y la diosa lo sabía.

Cada caricia entregada por Sae en su nombre, era una mentira. Cada beso, un engaño. No había comunicación entre los fieles y su divinidad, Sae no se consideraba un vínculo, sino un fin en sí mismo. Nada llegaba a la diosa, nada surgía de la diosa; todo empezaba y terminaba en el anhelante tacto de Sae, en los deliciosos escalofríos de su piel, en el lánguido crepitar de su carne, en el largo y glorioso ascenso que la llevaba una y otra vez a las siempre codiciadas alturas de lo voluptuoso, al erótico mundo de los sentidos, de los deleites carnales.

Todas las bocas podían dar placer, si sabías buscarlo, todas las manos eran capaces de arrastrarte en el lento, armónico fluir del deseo, si sabías dejarte llevar. Por eso, no le importaba que, muchas veces, los fieles fueran hombres viejos, o poco agraciados, en su mayoría campesinos de dedos callosos y carnes marchitas, quebradas por el trabajo duro y la pobreza. Además, no podía quejarse. Ocasionalmente, disfrutaba de algún premio inesperado, soldados o aventureros que estaban de paso por la zona, hombres de armas acostumbrados a buscarse la vida rondando la muerte. Entre sus brazos, enérgicos, entendidos, incansables, Sae ardía como una tea, como las brasas de los incensarios sagrados, perdiéndose jubilosa en aquella marea eterna, eternamente buscada…

Pero, el día en que llegó Meren, el mundo perfecto en el que vivía Sae, dio un brusco vuelco.

Al contemplar la figura elegante, gallarda y atractiva, de aquel extranjero, el corazón se aceleró en su pecho como nunca antes le había ocurrido. Sintió que los dedos se le crispaban por el puro afán de tocar esa piel, esa, exactamente esa, y ninguna otra. Sintió la boca reseca, agrietada, sedienta, ansiosa de recibir los besos de esos labios. Su cuerpo se tensó, totalmente alerta, esperando recibirle, mezclarse con él en esa inacabable danza atávica en la que ambos llegaría a ser puro gozo, carne que palpita.

Meren era un hombre hermoso, alto, bien proporcionado, con aire digno y noble.

Y Sae iba a tenerlo…

Avanzó hacia él, contoneando las caderas con suavidad, muy segura de sí misma, de su belleza, de la ciencia meticulosamente aprendida entre los susurros de sus sábanas. Sólo se oyó el tintineo de sus largos zarcillos, de los mil abalorios y cadenillas que adornaban su cabello, tobillos, brazos, y la túnica dorada de hieródula. Los rasgos de su rostro permanecieron inmóviles observando a Meren, fijamente, manteniendo su mirada; nada dejó entrever cuánto deseaba arrancarle la capa, y la armadura de cuero blando, cómo suspiraba por apartar el último rastro de ropa y aferrarse con uñas y dientes a su piel, probar su sabor, contaminarle con aquella abrumadora necesidad…

– ¿Deseas recibir el amor de la diosa, creyente? – preguntó, siguiendo el ritual. Los ojos de Meren  se deslizaron un segundo hacia la estatua de la diosa, luego volvieron a ella… Agitó la cabeza.

– No, creo que no – dijo, sorprendiéndola – No temas. No seré yo quien se aproveche de tu triste situación muchacha, ni quien te tome, cuando me consta que no puedes rechazarme. Debe ser terrible tener que prostituirte de esta manera, perder… la dignidad, perder el respeto que todo el mundo debe poder sentir por sí mismo, sin ni siquiera quedarte con el oro ganado a costa de tu humillación – Sae se quedó tan desconcertada, que no supo qué replicar. Él le entregó una bolsa, bien nutrida – Toma. Este oro, que sea para ti, y sólo para ti. Escóndelo – alzó una mano, y le acarició la mejilla. El roce provocó una sensación devastadora, una descarga absolutamente deliciosa de dolor y calor que recorrió con furia su cuerpo. Sae se estremeció. Él no pareció darse cuenta, sumido en su propia lucha – Y no creas, no resulta fácil, renunciar a disfrutar de tus encantos. Eres una joven muy hermosa. Quizá, en otras circunstancias… Pero soy un hombre de honor, y debo tratarte con el respeto que te mereces.

Respeto… El hambre de sensaciones que tensaba dolorosamente su cuerpo, que hacía arder por completo su alma, la inducía a revelarle la verdad, y de inmediato. Quería decirle que no tenían por qué negarse la satisfacción que ambos deseaban, porque ella, ella en concreto, no era una víctima. Muy por el contrario, se consideraba un ser tremendamente dichoso, situado por la vida en el lugar donde más libre podía sentirse. De haber seguido en la casa de Luen, hubiese terminado casada con cualquier campesino, un hombre áspero, rudo, y sólo inspirado por su propio placer. Un único hombre, al que hubiera pertenecido, al que se hubiera visto sujeta, limitada a sus momentos y sus caprichos, sin posibilidad de desatar sus apetitos en otras pieles…

Pero, no, no…

Sae titubeó, sintiéndose atrapada en una absurda broma del destino. Si no le sacaba de su error, aquel extranjero se iría, dejándola con su espejismo de virtud, su deferencia, y sus brazos vacíos; pero, si le decía la verdad, perdería aquel inesperado respeto, aquella emoción peculiar que nunca nadie le había regalado, y que se sentía inclinada a conservar. Incluso, quizá, llegara al desprecio. No podría soportarlo… Era capaz de irse, de todos modos, y ella se quedaría sin la satisfacción carnal, y sin su respeto.

Contuvo el intenso deseo que pugnaba por estallar en su interior, y le dejó marchar, apretando disimuladamente los puños. No podía librarse de la incómoda idea de que, ya, nada sería como antes, nunca. A partir de ese momento, buscaría el aroma de Meren en otros aromas, el sabor de esa piel que ni siquiera había probado, en otros cuerpos, el frenesí devastador que había desatado aquel roce en su mejilla…

Y le dio la impresión de que, la estatua de la diosa, sonreía.

© Yolanda Díaz de Tuesta


TERCERA ÉPOCA

Año: 2009

Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported

(II PREMIO VII CERTAMEN DE USUARIOS BUBOK. tema: lascivia)

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El Destino de Ensenada

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El anciano se detuvo junto a la orilla, allí donde las lentas olas casi llegaban a mojar las punteras de sus botas, y contempló el mar, el inmenso mar que había sido una parte tan importante de su vida. Inspiró profundamente la brisa cargada de salitre, el viento húmedo del atardecer que jugaba incansable con su ralo cabello, dando vida a sus mejillas, llenando de luz sus ojos…Parpadeó…

No, no era la playa, no estaba en Cádiz, no era el tiempo luminoso de su juventud. El sol también brillaba con fuerza, pero, en esta época, y en este lugar, el aire era seco, olía a paja y tierra mustia, a mundo áspero, poco dado a misterios o a concesiones.

Zenón de Somodevilla y Bengoechea, el viejo y olvidado Marqués de la Ensenada, se detuvo en el borde del camino por el que estaba paseando y miró titubeante a su alrededor. Le cercaban por todas partes las tierras de Medina del Campo, paisajes bellos también, a su manera, pero muy distintos de los que había convocado en su memoria. Además, éstos eran paisajes que hablaban de su fin, no de su inicio; de su caída, no de su apogeo. Quizá por eso, pese a sus innegables valores, no conseguía amarlos realmente. El viejo Zenón se sentía clavado en el sitio, como una de esas mariposas que se enmarcaban y se colgaban de la pared. Estaba atrapado, exiliado por orden real. No podía salir de allí.

Aquel lugar había sido su cárcel durante los últimos quince años, su…

Creyó oír una risa, a lo lejos, y se volvió parcialmente. ¿Agustín? Sí, sí, era él… pero no. El bilbaíno Agustín Pablo de Ordeñana, el joven alegre, buen amigo, siempre dispuesto a aprender algo nuevo, y a apoyarle cuando era necesario, llevaba muchos años muerto. Qué demonios, no llegó ni a cumplir los sesenta, una edad que a Zenón le había parecido enorme durante la mayor parte de su vida, y tremendamente deseable, en los últimos tiempos. Agustín, Agustín… Quizá reía, pero allá donde él no podía escucharle. ¿O acaso estaba ya en alguna línea entre los mundos?

Debía ser eso, porque aquel paisaje agostado ya no conseguía retenerle…

¡Oh, sí! El joven Zenón de Somodevilla y Bengoechea se quitó el sombrero y agitó la cabeza, el abundante pelo oscuro que recogía en una coleta, aspirando con fuerza. La brisa olía a humedad, a vida marina, a salitre, ese olor amado que formaba parte de su misma esencia, pese a haber nacido en un lugar donde no podía percibirlo. Apartó con el pie unas algas, que llegaban enredadas en la espuma de una nueva ola, largas cintas verdes y vivas, consumidas por el tiempo hacía mucho….

El viejo Zenón de Somodevilla y Bengoechea se sobresaltó. Un carro bastante grande, cargado hasta los topes de heno pasaba muy cerca, por el centro del camino, llenando el mundo con mil rumores de madera vieja y metales oxidados. La mula y el campesino siguieron mirando fijamente al frente, no le concedieron ni un vistazo, no mostraron ninguna curiosidad por aquel hombre parado, inmovilizado como una mariposa disecada, tan cerca. Quizá ni le habían visto, pese a que resultaba difícil de creer, vestido como iba de oscuro bajo una luz tan brillante.

Pero, a saber. Ambos, humano y bestia, compartían la misma expresión absorta, ensimismada, de seres perdidos en el trayecto entre horizonte y horizonte, ajenos a cuanto pasaba por su lado. Y, aquel anciano anónimo que apoyaba su derrota en un bastón, casi aplastado por el peso de sus elegantes ropas, era sólo un detalle más, algo sin importancia en el gran decorado del mundo. ¿Total, qué se había perdido, el campesino, al no mirarle? Nada, absolutamente nada. Todo volvía a su origen, caviló, con tristeza. Linajes sin dinero. Estrellas sin emitir auténtica luz…

Olía a campo, no a salitre.

El anciano suspiró, y reemprendió la marcha, apoyándose en el bastón, contemplando la tierra pulverizada que trataba de moverse entre los baches del camino, a impulsos del escaso viento que agitaba el aire. En aquel terreno asesinado por el sol, sus pasos no conseguían marcarse, no dejaban huella alguna, y eso le provocó una sensación de irrealidad, de inexistencia. ¿Seré un fantasma?, se preguntó. Daba igual avanzar, o la dirección que tomase. Daba igual que fuera hacia delante o hacia atrás, daba igual si estaba, o si no estaba, el camino no acusaba su paso. Qué triste…

Qué distintos de sus pasos en la arena húmeda, bien marcados, firmes, fuertes. Quizá los borrara el mar, pero los recordaría la tierra…

Sacó un pañuelo, y se limpió el sudor del rostro, mientras escuchaba el sonido jadeante de lo que no quería reconocer como su propia respiración. Esa tarde hacía calor, mucho calor, calor de tierra dentro, de tierra sedienta, de tierra que lloraría por un poco de humedad, de serle posible derramar una sola lágrima. Pero, bueno, lo prefería con mucho al frío mortal que era año tras año su alternativa, el helador manto de nieve que llegaría con el invierno, y que paralizaría el mundo durante unos meses en los que sólo él seguiría envejeciendo, mientras tiritaba junto a una chimenea cuyo calor nunca resultaba suficiente. El viejo Zenón apretó los labios, afirmó la mandíbula.

No quería vivir otro invierno, no en aquel lugar, aquella cárcel inmensa de hielo y fuego que le había dado el rey…

Y no lo viviría, si se empeñaba en seguir en aquel sendero calcinado, en ese momento. Al demonio, no pensaba rendirse, nunca se había rendido y no iba a empezar a esas alturas, cuando ya no tenía nada que perder. Necesitaba descansar, y refrescarse, tomarse un respiro. Estaba calibrando si le merecería la pena seguir hasta el pueblo, o parar de camino, cuando sus ojos se fijaron en una pequeña arboleda que cortaba con verde intenso el oro envejecido de un trigal, y recordó que esos árboles, anchos, bajos, frondosos, escondían una repentina quebrada del terreno por la que discurría un pequeño regato que saltaba alegremente entre las piedras.

Él no era hombre de cambios, bien lo había demostrado durante toda su vida conservadora. Reformas, sí, mejoras, claro, dispuesto siempre a afrontar los arreglos necesarios en una España que sangraba por las heridas de demasiadas guerras. Arreglos, como podían serlo los arreglos imprescindibles en un barco, pero no cambios que pudieran transformarlo en una nave distinta. Le gustaban la rutina metódica, la seguridad que daban los usos y las tradiciones, lo conocido… Eso era lo suyo.

Pero, ese día, cambió la ruta habitual de su paseo, y se dirigió a la parte trasera de la arboleda, porque necesitaba hacerlo, necesitaba el sentir el frescor de la sombra, y escuchar el rumor del agua. Le costó un tiempo infinito bajar la cuesta del pequeño risco, él, que había sido un niño ágil, inquieto, una criatura alegre y risueña que había brincado por terrenos muy semejantes a ese, y se había subido a árboles mucho más altos.

Allí, al pie de la hondonada, junto al arroyo, el viejo Zenón se sentó, contemplando el agua. Debía contemplar agua… ¿Por qué? Qué extraño…

El mar. El mar de Cádiz.

El joven Zenón, el muchacho alto, galante y atractivo que arrastraba como una estela los suspiros de las jóvenes, giró sobre sí mismo en la orilla, mirando a su alrededor, algo desconcertado.

Esa mañana, había tenido la sensación de que debía acudir a una cita, allí, en aquel lugar, en la playa… Tenía que ir, tenía que acudir a la llamada, al encuentro…

Un reencuentro, sí.

Era importante, tan básico y vital como una de esas miles de citas que había escrito cuidadosamente en la apretada agenda que había regido su vida en otros tiempos. Qué curioso, había llegado a pensar que no podría vivir sin aquella agenda, que aquel ritmo de su existencia duraría por siempre, y, sin embargo, lo había olvidado con enorme rapidez. Hacía ya mucho que sus días estaban llenos de horas vacías, sin sustancia y sin mayor sentido. Allí, en la cárcel de fuego y hielo de Medina del Campo, en el presidio sin barrotes, sin techos ni límites visibles, el paso del tiempo no era algo que tuviera demasiada importancia.

Me hago viejo, pensó, con desaliento, los ojos fijos en el arroyuelo cantarín. Sí, claro que se hacía viejo. Ochenta años le rondaban, muchos, para cualquiera, más, para alguien tan cargado de recuerdos. Su mente derivaba, siguiendo ya caminos que los jóvenes no podían ver, sólo los niños, y únicamente de otra manera. Una mente que ahora, como él de pequeño, pegaba saltos entre las peñas de su memoria, trepaba alturas, bajaba por simas, y tomaba giros y atajos que le hubieran parecido imposibles hacía poco tiempo… Eso le desconcertaba a veces, pero también lo agradecía, porque le permitía revivir momentos que había creído perdidos…

Le permitía volver a ser el muchacho que caminaba por aquella playa, plantando sus huellas firmes en la arena húmeda. El joven guapo, de sonrisa fácil y ojos francos que trabajaba de escribiente en una compañía consignataria de buques de Cádiz. Entonces, qué tiempos, se preguntaba cómo saldría adelante en un mundo tan hostil, teniendo como tenía tan poco en sus bolsillos. Sus padres, Francisco de Somodevilla y Francisca Bengoechea, eran de familia de rancio linaje, algo que era, también, toda su fortuna, y siempre estaban envueltos en graves problemas económicos. Nobles de porte, pero no de bolsa…

¿Quieres que te lea la mano, buen señor Zenón?, le había dicho ella.

¿Ella?

Sí, claro, ella… Recordó haberla visto llegar, caminando descalza, lentamente, por la orilla, dirigiéndose hacia él con aquel paso a la vez elegante y provocativo, lánguido y determinado.  Llevaba un pañuelo atado en la cintura, realzando la forma cimbreante de su talle, y había recogido a un costado la falda, un amasijo de telas de brillantes colores, permitiendo que el mar y su mirada rozaran la hermosa piel de sus piernas. Una cadenita de plata lanzaba destellos con el sol en uno de sus esbeltos tobillos. Era morena, de rasgos finos y tez aceitunada, pelo brillante y rizado, intensamente negro, cayendo de forma descuidada sobre los hombros, tan largo que alcanzaba sobradamente su cintura. Sus grandes ojos eran tan oscuros como la noche. Y, sin embargo, era todo luz.

En su memoria de anciano, el joven Zenón la vio llegar, brillando por derecho propio bajo el sol de un verano perdido, la sonrisa iluminando su rostro, el alma refulgente mostrándose a través de los ojos negros…

– ¿Quieres que te lea la mano, buen señor Zenón? – le dijo entonces, con el habla suave y hermosa de las gentes del sur. Zenón sonrió, una respuesta ante su luz, no sólo ante su belleza. En aquellos momentos, él era demasiado joven, y sus problemas, demasiado sencillos, aunque todavía no lo supiera. No creía, por tanto, en las cosas del destino, más allá del hecho de intuir que un hombre se forjaba siempre el suyo, con esfuerzo y tesón, y bien alimentado de ambiciones. Al menos, él estaba dispuesto a fraguarse uno, para sí mismo.

– ¿Cómo sabes mi nombre? – preguntó a su vez, aunque supuso que habría indagado por ahí. Él era hombre de costumbres, y de muchas amistades, fácil de trato; no habría sido difícil enterarse, por unos y otros, de los detalles de su nombre y su condición. La joven se encogió de hombros, con un mohín encantador, ligeramente perezoso.

– Todo el mundo lo sabe por aquí. Eres Zenón de Somodevilla y Bengoechea, mi señor, y naciste en el norte, tierra dentro, lejos del mar – miró hacia las olas. En el horizonte, se acumulaban las nubes de una futura tormenta. Zenon tuvo una sensación extraña. Así debían ser los presagios… – Pero el mar llama y reclama, y tú puedes oír su voz.

Zenón consideró aquellas palabras. No podía negarlo. Siempre, desde la primera vez que contempló el mar, supo que su futuro estaba marcado por sus pesadas olas. Pero era por la Marina, concretamente, quitándole la mayor parte del toque romántico a las palabras de la chica. Que le gustara el mar o no, en realidad era secundario: lo importante era que suponía una oportunidad. En un país como España, una península rodeada de aguas, con grandes posesiones en las colonias, allende el océano, quien controlara el mar, tendría el mayor poder. Pero, no parecía algo que fuera apropiado mencionar, en ese momento.

– Puede que sí – se limitó a decir, sin comprometerse a nada – ¿Y tú? ¿Cómo te llamas, muchacha?

Ella volvió el rostro hacia Zenón. La brisa agitó las largas guedejas de su pelo. El sol se estaba incendiando en un bellísimo crepúsculo de tonos rojizos, convirtiendo el mundo en otra cosa, envolviéndolo en una luz casi irreal.

– Soy Destino – susurró. Destino, sí, cierto. El anciano Marqués de la Ensenada sufrió un sobresalto junto al arroyuelo. ¡Claro que sí! ¡Se llamaba Destino! ¿Cómo podía haberlo olvidado? Pero, quizá no lo hizo, no lo olvidó, quizá siempre había estado ahí, archivado en alguna parte profunda de su mente, con tantos otros nombres, tantas otras voces, tantas miradas… Destino. Su Destino. El Zenón joven, sano, ambicioso, soñador, y dueño de una vida aún por construir, decidió tomarlo como una presentación en toda regla. Se quitó el sombrero y se lo llevó al corazón, dedicándole una gallarda reverencia. Ella rió divertida, entre dientes – ¿Qué me dices? ¿Te leo las líneas de la mano? Nunca miento, aunque te advierto que no siempre cuento toda la verdad. No siempre es bueno…

– La verdad siempre es buena, encantadora Destino.

– No es cierto. Como todo, depende del daño que haga – la mirada de Destino le estudió, circunspecta – Pero eso es algo que aprenderás con el tiempo. Ven, te leeré la mano. Me enseñó a hacerlo mi abuela, a la que enseñó su abuela, que aprendió de la suya, y ella de la suya, así, hasta remontar el largo río de los tiempos.

Zenón se echó a reír.

– Interesante sabiduría, entonces. ¿Y qué me pedirás a cambio? – poco tenía en el bolsillo en ese momento, apenas unas monedas que debía estirar hasta la próxima paga. Dudó sobre si merecía la pena gastar un par en aquel juego inofensivo en el que tan poco creía. Ella se dio cuenta, lo reveló su expresión, y la forma divertida, algo insinuante, con la que deslizó un dedo por su barbilla.

– Sólo la respuesta a una pregunta, mi señor. Pero, ésa, te la haré la próxima vez que volvamos a vernos.

Zenón arqueó una ceja, intrigado. La muchacha, supuso que se trataba de una gitana de alguna barriada de Cádiz, era bonita y directa, podía haber intentado sacar una buena cantidad de dinero, aunque sólo fuera en base a su simpatía, más que a una ciencia quiromántica auténtica. ¿Y sólo quería la respuesta a una pregunta? Sorprendente. Además, ¿qué podía saber él, que fuese de interés? De ser en otro momento, sí, claro. En esas épocas de intrigas y juegos ajustados, sin normas ni reglas, sobre el tablero del mundo. Hubiera sospechado de agentes ingleses, principalmente, meditó ceñudo el Zenón anciano, sentado en la hondonada. Sí, esos ingleses malditos que pretendían hundir el país, hundiéndole a él. “No se construirán más buques en España”, había escrito aquel ladino de Benjamin Keene, el Embajador británico, hombre astuto y perseverante, y el principal responsable de su primera caída. La más breve. La más dolorosa.

– ¡Te lo mereciste! – se dijo en voz alta el anciano Zenón, y golpeó con el extremo del bastón el agua del arroyo, salpicando por todas partes. Sí, jugar a espaldas del rey, siempre suponía un riesgo, pero ¿qué otra cosa podía hacer? Inglaterra y Francia, a punto de entrar en guerra, buscaban cómo arrastrar en la debacle a España, evitando que se aliase con el enemigo. Estando así las cosas, un nuevo conflicto con Inglaterra, en el Caribe, parecía inevitable, y él, lo único que deseaba, era contar con una flota que les permitiera hacer frente a los ingleses, en el futuro… Traiciones, traiciones por todas partes. Encontraron las órdenes de guerra, firmadas por él, sin conocimiento del rey…

Volvió a golpear el agua, y se estremeció, al confundirse en su mente el sonido del chapoteo con el de la aldaba de su casa de Madrid, a medianoche, la hora en que se arresta a los que se quiere castigar en silencio, sin tumultos ni bullicios. Zenón no dormía, pero estaba acostado, contemplando un techo que no lograba distinguir en la oscuridad. No era hombre dado a reflexiones, ni a arrepentimientos. Ni siquiera entonces se reprochaba nada, no repasaba hechos, no se analizaba en una autocrítica inútil. Recordaba lo que le había dicho a la Marquesa de Salas, una buena amiga, años antes: “Si yo discurriese y fatigase las potencias como ustedes, no tendría tiempo para servir mis empleos, porque no me alcanzaría para reñir pendencias y dar suspiros, pero empléolo en lo que conduce a desempeñarme, no permito se me hable de mi persona y tiro adelante”.

Tirar adelante, sí. Eso había hecho siempre, y eso haría. En eso pensaba cuando oyó las voces, cuando, a la luz de las velas, contempló los rostros adustos de los oficiales y vio los documentos.

La acusación de alta traición a la Corona, por ocultamiento de órdenes de guerra…

El Zenón anciano se estremeció.

– Medianoche del veinte de julio de mil setecientos cincuenta y cuatro… – susurró, tan bajo que hasta él tuvo problemas para oírse. Una fecha que no podría olvidar jamás, el inicio de su primer destierro a provincias. Al menos, en aquella ocasión, contó con el respaldo suficiente como para terminar en el Puerto de Santa María.

Cádiz, siempre Cádiz, la puerta del mundo…

Tantas cosas…

Pero entonces, en aquel remoto atardecer en la playa en que se cruzó con Destino, Zenón no sabía nada que no pudiera conocer también el resto de la humanidad, ni, pese a todas sus ambiciones, se le ocurrió que pudiera llegar a poseer información relevante, algo de interés nacional. Los pocos secretos que conocía en esos momentos, eran cuestiones románticas sin mayor importancia, y, como él no se había enamorado todavía, ni siquiera eran suyos. De modo que asintió.

– Únicamente, si no afecta a algún otro – le advirtió, por si acaso – No hablaré de otros, del mismo modo que no permito que se hable de mí. Pero, si es una información de la que soy dueño, intentaré dártela.

– Lo harás – la muchacha asintió, totalmente segura de que así sería. Normal, se llamaba Destino. Zenón sonrió, preguntándose cuál sería su autentico nombre. Carmen, Conchita, Esperanza… Algo así, propio de su pueblo, hermoso pero cotidiano. ¿Quería llamarse Destino? No sería él, persona de grandes ambiciones, quien se lo negara. Hasta parecía vestirle bien el nombre, con aquella oscuridad luminosa que semejaba envolverla como un aura. Destino le tomó suavemente la mano, y estudió su palma. Sus grandes ojos negros recorrieron las líneas, con la misma facilidad que si leyera en un libro abierto… Como si fuese un libro que ya ha leído, se le ocurrió de pronto, pero no supo a qué se debía semejante idea – Naciste dos veces, caerás dos veces…

– ¿Nací dos veces? – desconcertado, Zenón arqueó una ceja. Lo de caer dos veces, tenía su miga, pero aquello… Luego, de pronto, llegó la explicación – Ah, te refieres a la partida de nacimiento, una en Hervías, otra en Alesanco. Pero eso fue porque…

– No importa – le interrumpió ella – Realmente no importa el principio, como no importa el fin, sólo lo que haces con el trayecto. A todos se nos hace entrega de un tiempo, señor Zenón, y tú harás grandes cosas con el tuyo. Eres uno de esos pocos afortunados que podrá elegir, escoger entre una vida anónima y segura, el gris de los hechos cotidianos que forjan la mayor parte de las existencias, o lanzarte a la búsqueda de la eternidad, esa que sólo se consigue dejando inscrito el nombre en los libros de la Historia.

El joven Zenón se echó a reír, ajeno a la mirada fija del Zenon anciano.

– Lo veo poco probable, preciosa Destino. Me temo que eso requiere sus buenos dineros, justo los que yo no tengo.

– No los necesitas… – Destino se acercó a él, poniendo una mano delicada en la solapa de su chaqueta – La dama Fortuna es caprichosa, y hoy pondrá en tu camino a alguien que tiene las llaves de oro de tu futuro. De ti depende tomarlas con fuerza y abrir esa cerradura, o dejarlas pasar, permitir que se disipen en el gris entramado de las ocasiones perdidas – debía parecer muy, sorprendido, porque la muchacha sonrió enigmática – La Providencia guarda para ti premios y desafíos que ahora te parecen inimaginables, señor Zenón. Hablarás con tres reyes, reirás con una reina, otra te odiará, y llegarás a ostentar títulos de alta nobleza. Serás un hombre poderoso, muy poderoso…

Zenón arqueó una ceja. ¿Lo sería?

El arroyo emitía un rumor suave. El anciano usó el bastón para mover una piedra blanca.

Lo fue.

Qué curioso, no haber vuelto a pensar en Destino. La había olvidado casi enseguida, cuando su camino se cruzó con el de José Patiño, que fue quien le descubrió, quien tenía aquellas llaves de oro, y a quien le debía esa primera gran oportunidad. Zenón siempre le estaría agradecido, aunque consideraba que había cumplido sobradamente, había sabido responder a su confianza, no se cegaba con falsas humildades. Durante años y años, demostró ser trabajador, de poco dormir, muy responsable de sus deberes. Agradecido, sin duda, pero también se sentía orgulloso de sí mismo. Se había ganado con esfuerzo y tesón todo lo que había conseguido, tanto en nombramientos como en amistades…

Tres reyes, había dicho Destino. Cuánta verdad. Felipe V, Fernando VI y Carlos III habían escuchado en mayor o menor medida sus consejos, aunque el último lo hiciera al final poco y aprisa, ciertamente. Una vez convertido en rey, Carlos III nunca le hizo demasiado caso, pero qué demonios, lo compensó sobradamente Fernando VI. Con él, había tenido la oportunidad de dirigir las riendas de un país elegante, sofisticado, y todavía muy poderoso, como era España, desde la ciudad de Madrid, la capital más culta de todo el continente.

Oh, la Escuadra del Tajo, la flotilla de falúas reales inspirada en la música acuática de Händel, y que nada tenía que envidiar a las legendarias diversiones de Versalles. Desde aquellas naves, los monarcas y sus cortesanos navegaban y se detenían a cazar, derivando perezosamente al ritmo de aquella música por las bellas aguas del río Tajo, a su paso por el Real Sitio de Aranjuez. Todo un símbolo de cultura y refinamiento, en su época.

– Mmm… mmm… – canturreó el anciano Zenón. La voz cascada apenas pudo esbozar la melodía que sonaba en su mente, aquella hermosa ejecución en clave de la reina Bárbara de Braganza. Muy bien, Majestad, soberbia, como siempre, decía su maestro, el gran Domenico Scarlatti. Y no lo decía por decir, ni por servilismo. Lo decía porque era verdad.

La reina amaba la música, y la música la amaba a ella…

Nexos. Vínculos entre él y la reina, la encantadora marquesa de la Torrecilla, dama de honor de Su Majestad, y buena amiga, amiga íntima de ambos. El viejo Zenón la recordó con nostalgia. Ella fue la que reforzó aquel entramado, en aquella época de cambios y giros. A él no le gustaban los cambios. Prefería la tradición, las raíces firmes, la sabiduría de las tradiciones. Pero, a veces, había que transigir, y, en todo caso, conocer. Conocer para aprender sin llegar realmente a cambiar. Conocer para tener y retener el control. Deja de divagar, se ordenó, enojado consigo mismo, al darse cuenta de que estaba otra vez dando vueltas a lo mismo. Era viejo, y su mente se perdía una y otra vez en los mismos bucles…

Los tirabuzones negros de Destino…

Habían sido tiempos difíciles los de aquel muchacho que encontró a Destino en una playa, y que aceptó el desafío de la vida, aferrando con ambas manos todas sus oportunidades. Felipe V tenía una política revisionista, de grandes aventuras militares en Italia. Todo el mundo sabía, claro, que eran los labios de Isabel de Farnesio, su segunda esposa, los que susurraban esas ideas en sus oídos. Quería recuperar esos territorios y conformarlos como reinos satélites de España, lo que mayor riqueza y relevancia al país… pero la única verdad era que la ambiciosa Isabel deseaba aquellas tierras para colocar a sus hijos en sus máximas posiciones de poder. Una araña, tejiendo su tela, organizando el destino de su prole…. ¡Cuánto se mentía en política, y cuanto se ambicionaba! ¡Qué tiempos! Con aquellas pretensiones, los monarcas llevaron a España a una época de crisis y hambrunas, aunque, de hambre bien sabían las gentes llanas. Una situación inadmisible, que sólo podía conducir al desastre, al caos, y a perderlo todo, por pura mala gestión. “Las monarquías bien gobernadas cuidan con preferencia a todo del Real Erario y de que todos los vasallos no sean pobres” ¿Quién había dicho eso? Ah, él mismo, en varias ocasiones.

Fernando VI, fue otra cosa. Para él, su época más dorada, en la que llegó a su apogeo, contando cuarenta y cuatro años, logrando que España recuperase el esplendor perdido, ése que había agotado absurdamente en tantos años de guerras interminables. Pero, fue posible, en buena medida, por los reyes, por el respaldo de Bárbara de Braganza, y por el consenso con el rey, que pensaba como él, y que, por tanto, apostó por una política de neutralidad activa, buscando proteger las colonias, solventar agravios y evitar conflictos. No estaban las cosas como para más problemas. Eran tiempos de organizarse con los restos de anteriores gobiernos, de emprender reformas de las estructuras económicas y militares, para enfrentar mejor el futuro, y retener la situación de privilegio de la que gozaban en el escenario internacional.

Y, él, había estado ahí. Destino tenía razón. Había sido alguien, había cumplido sueños. ¡Por supuesto, lo había hecho, algunos inimaginables! Recordó su emoción, al recibir el título de Marqués de la Ensenada, en mil setecientos treinta y seis, en premio a sus muchos esfuerzos en la conquista de Orán y en las campañas del reino de Nápoles. El futuro Carlos III le recomendó, y fue Felipe V quien le nombró.

Reyes, reyes rodeándole, reyes encumbrándole…

Ese, fue su mayor título social, pero fueron otros los que le depararon el auténtico poder. Fue Consejero de Estado durante tres reinados, los de Felipe V, Fernando VI y Carlos III, y ostentó los cargos de secretario de Hacienda, Guerra y Marina e Indias. Fue Superintendente General de Rentas, Lugarteniente General del Almirantazgo, Secretario de Estado, Notario de los reinos de España.

Oh, y Caballero del Toisón de Oro y de la Orden de Malta, tan restringidos y esotéricos…

Cambios. La vida estaba marcada por épocas…

– Serás alguien muy importante – dijo Destino, y Zenón se vio reflejado en el negro perfecto de sus ojos – Pero cuídate de los sombreros, señor Zenón.

– ¿Los sombreros? – el joven Zenón miró el tricornio que llevaba en la mano, algo desgastado pero todavía elegante. El anciano Zenón no pudo evitar una risotada, al entender, tanto tiempo después, semejante comentario. El Motín de Esquilache, claro. Un tema de raíces profundas, hambre del pueblo, disgusto, desesperación… pero que aparentemente se debía a algo tan simple como una norma sobre las formas de vestir. Daba igual, eso daba igual. Tarde o temprano, por cualquier causa, hubiera saltado la chispa, y el alboroto social que se organizó aquel Domingo de Ramos de mil setecientos sesenta y seis, exigió sacrificios.

Y él, en aquella época ya no era más que lastre para un rey que no deseaba escucharle.

Desterrado, en la hermosa cárcel de hielo y fuego de Medina del Campo…

Zenón, el Zenón completo, niño, joven, anciano, la vio llegar, resplandeciendo en su tez morena, en sus rizos oscuros, en sus ojos negros. Ella sonrió, vieja amiga que ataba nudos, unía extremos. Se detuvo a su lado, embriagándole con el amado olor a salitre, y con el dolor suave de la nostalgia. Zenón sonrió. Se sentía más fuerte, más decidido, más capaz, que en los últimos cincuenta años. Porque, ¿qué era el tiempo, realmente? Nada, una vaga ilusión.

Destino le miró con fijeza y su sonrisa se llenó de significados.

– Dime, amigo mío, dime la verdad… – y, allí, expuso por fin su pregunta: – ¿Ha merecido la pena?

Por la mente de Zenón de Somodevilla y Bengoechea, Marqués de la Ensenada cruzaron, como una centella, los miles de soles de los años que había vivido. Brillaron, en plata, sus muchas lunas. Vio rostros, oyó voces, recordó decisiones, momentos de alegría, de tensión… Percibió con fuerza el sabor de la victoria, y la amarga derrota que llegaba con el resonar de una aldaba en una puerta, quebrando la aparente paz de una silenciosa medianoche. Todo ello, era una vida. Todo eso, había sido su tiempo.

Zenón sonrió, seguro de su respuesta.

– Por completo – dijo. Y era cierto

© Yolanda Díaz de Tuesta


TERCERA ÉPOCA

Año: 2009

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