| Yo soy Lázaro, Lázaro de Betania, hermano de María y Marta, y recuerdo que aquel día desperté súbitamente de una profunda oscuridad. Me encontré sentado en una piedra, junto al viejo pozo, a pocos metros de mi casa, con una ramita larga y esbelta en la mano. En el cielo brillaba un sol penetrante, despiadado, separando con brusquedad intensos blancos y negros densos, aplastándolo todo con un peso invisible; el polvo dibujaba remolinos en el viento y había un mensaje escrito a mis pies, sobre la tierra muerta.
“Se acerca…” Parpadeé y me detuve, la ramita temblando entre mis dedos. Incluso ahora, sigo sin recordar haber escrito esas palabras. Me sentía absolutamente desconcertado. En ocasiones, mi mente naufragaba por completo en esa bruma viscosa que se enredaba en mis pensamientos, la que me traje del sepulcro hace años, cuando Jesús de Nazaret me recuperó de la muerte, pero nunca antes había escrito nada estando en ese extraño trance. Dejé caer la rama, y miré a mi alrededor, buscando respuestas. ¿Qué se acercaba? ¿O quién? ¿Y para qué? No había allí nada importante, tan solo un muerto viviente y mucha pobreza. Contemplé mi humilde casa, el desvencijado corral donde rumiaban parsimoniosamente dos cabras flacas, el sendero que conducía a la salida del pueblo de Betania, deslizándose torpemente entre peñascos y árboles. Recuerdo que pensé que yo era como ese camino, en mí también se entremezclaban confusamente lo vivo y lo muerto. La única diferencia era que él sí conducía a alguna parte. Yo únicamente era “vacío”. Lo llamaba así porque no sabía qué otro nombre darle. Era algo difícil de describir con palabras, algo que no se explicaba, que sólo podía sentirse. En aquel tiempo siempre tenía la impresión de que me rodeaba un círculo de nada absoluta, un espacio que sólo parecía existir para recordarme que no estaba donde debería estar, que ya no pertenecía a este mundo lógico calcinado por el sol. Más allá, siempre un poco más allá, quedaba el tumulto de lo normal y cotidiano, el eterno estrépito de la vida. Inalcanzable. En eso pensaba, cuando vi que venía alguien por el camino, surgiendo tras la pronunciada curva que formaban los peñascos, un individuo moreno, de complexión ligera, la barba y el cabello largos, ondulando con el viento. Se sujetaba el costado con una mano, el lugar exacto donde la sangre manchaba de rojo intenso aquella túnica tan blanca. De entre sus dedos caían densas gotas, que siseaban de forma aterradora al tocar el camino y desaparecían en el polvo, como absorbidas con ansia. Tras él, siguiéndole como un manto de ondulantes grises, avanzaban gruesas nubes de tormenta, ocupándolo todo, y el viento arreciaba, pegando fuertes bandazos. La tempestad se tragaba la luz, las formas, el mundo… Y aquel hombre se dirigía directamente hacia mí. Era Jesús de Nazaret, mi amigo, mi hermano. Aquel que un día, hace años, pronunció mi nombre para traerme de vuelta; jamás, en lo que me quede de esta vida prestada, podré olvidar aquel potente “¡Lázaro, levántate y anda!” que me despertó de pronto, arrancándome de la tumba. Ahora, tras su ejecución en Jerusalén, era él quien regresaba del otro lado… Sentí miedo. Contemplé las nubes, vapores enfermos que consumían el azul del cielo y retrocedí hacia mi casa, dando tumbos. Estaba ya dentro cuando Jesús alcanzó el pozo. Nos observamos mutuamente, a través del resquicio que dejé en la puerta. No sé qué vio él, yo contemplé un hombre que era muy distinto al que conocí en vida. Estaba muy delgado, mortecino, los ojos consumidos, como si hubieran visto demasiado en demasiado poco tiempo. Las uñas de la mano con la que se sujetaba el costado estaban rotas; las imaginé destrozadas contra la tapa de un sepulcro. – Lázaro… – susurró. Reconocí su voz, pero parecía llegar de muy lejos, de muy hondo. De una fosa profunda, oscura, fría, que esperara ansiosa su retorno – Lázaro… – ¡Vete! – mi orden sonó a súplica. Supongo que lo era – ¡Déjame, Jesús! ¡Ten piedad de mí! – Lázaro… – volvió a gemir, tendiéndome la mano libre – Mi Padre me dijo que tú me ayudarías. Tú abriste el sendero entre la vida y la muerte. Conoces su tacto, su sabor, y puedes librarme de la oscuridad, purificarme… – ¿Purificarte? ¿Pero qué puedo hacer yo? ¡Sólo conozco el vacío! ¡Un espacio helado que me mantiene eternamente al margen! ¿Te ocurre igual? – él asintió, aturdido – ¡Hemos cruzado una línea que no se puede cruzar, hemos vuelto por un camino sin retroceso, haciendo trampas! ¡Y ahora el mundo está lejos! ¡Lo que hacemos es contemplar la vida, intentando rozarla con las puntas de los dedos, pero sin vivirla realmente! ¡Ya no podemos alcanzarla! Algo brilló en sus ojos. – No es cierto. ¡Me dijo que viniera, que te buscara! – miró a lo alto, hacia el vórtice oscuro que estaba gestando su tormenta – ¡Padre, Padre! ¿Por qué me has abandonado? – todo tembló. El aire onduló a su alrededor de una forma casi perezosa, y luego se expandió repentinamente, con fuerza infinita, en todas direcciones. El corral quedó destrozado en un instante, las cabras balaron mientras huían buscando refugio. La energía alcanzó la puerta, sacudiéndola violentamente. Grité, y luché como pude por mantenerme en pie, mientras la tempestad se extendía de horizonte a horizonte. La noche cayó de pronto sobre el pueblo de Betania, en pleno mediodía. Una noche oscura y sin esperanza, que presagiaba como único amanecer el Apocalipsis. ¿Qué podía hacer yo? Creía, de verdad, que nada. Al fin y al cabo, sentía que no estaba aquí, ni estaba allá, odiaba mi situación y no conocía más respuestas que mis propias dudas. Purificarle… ¿Sería cierto que Dios le había dicho que me buscara…? Jesús seguía junto al pozo, muy erguido, el cabello arremolinándose locamente alrededor de su cabeza como una extraña aureola. Luchando contra el vendaval, y contra mis miedos, me acerqué a él y le abracé. Había tocado a otros desde mi regreso, había abrazado a mis hermanas y a sus esposos, a mis sobrinos, había acariciado animales… pero ninguno de esos roces me pareció real. Ese contacto, sí. Noté la fuerte corriente, el río de emociones estableciéndose entre nosotros. Curándole, curándome… Todo encajó de pronto, todo adquirió un sentido. Casi me eché a llorar de puro alivio al comprender que Dios me había devuelto la vida para que, más tarde, pudiera ayudar en ese terrible trance a su Hijo. La oscuridad de la tumba dejaba ciego, el frío aturdía… Jesús no hubiera podido superarlo, al menos en mucho tiempo, sin mi ayuda. Nadie podía hacerlo totalmente por sí mismo. Te quedabas lejos, al margen, en la línea, sin acabar de cruzar hacia ningún lado. Hasta ese momento, hasta ver a otro en la situación, yo no había podido entender realmente la única verdad: que la vida “siempre” es un regalo, la vida “siempre” es un Don del Señor. No importa si se nace de forma natural, o si se surge de la tumba por su divino poder. – Ha quedado atrás… – susurré – El frío, la oscuridad, olvídalos, ya no pueden alcanzarte… Vuelves a estar vivo, estás vivo, Jesús… Aumenté la fuerza de mi abrazo; absorbí su frío y su oscuridad, como el camino había absorbido su sangre. Juntos borramos dudas, miedos, desesperación. Nuestras almas muertas se fundieron, se completaron, renacieron. El dolor fue menguando hasta desaparecer, como desapareció la tormenta. La luz del sol nos iluminó. Jesús se apartó, me miró a los ojos y me sonrió; el mismo Jesús de otros tiempos, aunque ya era más que un hombre, era Dios. Y, sin embargo, nunca le había sentido más humano. En algún momento, me besó en la mejilla y se marchó. Sé, porque me lo han dicho, que muchos le han visto y algunos han hablado con él. Milagros, prodigios, portentos, maravillas… Siempre se usan esas palabras en lo referente a su ascensión en cuerpo y alma a los cielos. Un cuerpo y un alma que no conservan rastro alguno de la oscuridad de la muerte. Y yo también volvía a sentirme vivo. Realmente vivo. Estaba atardeciendo cuando me senté en la piedra junto al pozo. En el cielo, de un azul sin mácula, brillaba un sol penetrante, despiadado, separando con brusquedad intensos blancos y negros densos, aplastándolo todo con un peso invisible; el polvo dibujaba remolinos en el viento y un mensaje se había borrado a mis pies, sobre la tierra muerta. TERCERA ÉPOCA
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Díaz de Tuesta
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Lázaro en la oscuridad
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#1 by Haplo on 27/Oct/2009
La verdad que me ha gustado, no es el tipo de lectura que me suela atraer pero me ha gustado mucho.
Coincido con Loth, seguro que si te pones nos sacas un relato mas largo y como tu sabes terminarlos ;D. Te animo a ello que seguro nos encantara leerlo.
#2 by Diaz de Tuesta on 26/Oct/2009
Jaja gracias chicos ;DD Y sí, estamos de acuerdo, es buena base, pero le falta… ese detalle final, que esté a la altura. Si tenía un sin vivir en mí cuando lo subí… Nada, nada, hay que aprovecharlo en el futuro. Trabajaré en ello ;DDD
#3 by Erundil on 26/Oct/2009
#4 by Erundil on 26/Oct/2009
Aunque no es un tema que me atraiga, he de decir que el relato engancha, te va metiendo en él y termina por gustarte. Enhorabuena Holly, sigues teniendo magia a la hora de escribir que “hechiza” a los lectores
#5 by Diegus on 26/Oct/2009
Muy bueno. Pulido como un espejo. En cuanto a tus dudas, bien, seguro que las haces carne de papel proximamente.
Sigue, a mi me encanta…
#6 by Lothiem on 26/Oct/2009
Está muy bien el relato, aunque coincido contigo en que conociendote podrías haber alargado la historia y haberle dado un toque menos políticamente correcto. De eso eres capaz, y es algo que emana de todos tus relatos con una viveza increíble. Tu creatividad es siempre desbordante, y sin embargo en este relato le falta algo, ese final…
De todas maneras habría sido peligroso, habrías jugado con fuego! jaja
Enhorabuena