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SIGNOS PARA LA NOCHE. Valentia Autores

SIGNOS PARA LA NOCHE. Valentia AutoresPortada de SIGNOS PARA LA NOCHEFinalmente en julio, ha sido publicada mi novela, SIGNOS PARA LA NOCHE. Como siempre, quiero dejar muy claro que NO ES AUTOPUBLICACIÓN. Jamás me he autopublicado y jamás me autopublicaré, es algo que no me agrada. Por lo que sea, mi trabajo gustó, me pidieron publicarla y se han ocupado de todos los gastos y gestiones. Yo lo único que he tenido que hacer, como es lógico por parte del escritor en el negocio editorial, es escribir una novela.

Y ha salido voluminosa, porque se han editado los dos libros en uno. Total: 859 páginas a un precio estupendo: 19 €, IVA incluido).

Hay que tener en cuenta que son muchas horas, muchas, de lectura.

Ahora mismo puede comprarse únicamente en papel, pero en breve tendrá su versión digital.

Si te animas a adquirirla y leerla, no dudes en ponerte en contacto conmigo y comentarme qué te ha parecido, y lo que quieras decirme.

Siempre estaré encantada de conocer a mis lectores ;D

SIGNOS PARA LA NOCHE. Valentia Autores. Colección Sueños de Opio

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El mejor amigo del Banco

yolandap

Comentario de Díaz de Tuesta

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Yo era muy joven cuando se produjo en España el gran cambio de una dictadura de cuarenta años a la democracia actual, si es que situaciones como la del juez Garzón no son el síntoma claro de que, realmente, cambiar, cambiar, no ha cambiado nada gran cosa (tema que, por su importancia, merece un comentario por sí mismo).

Lo recuerdo como una época efervescente, en la que todo el mundo estaba feliz, sediento de libertad. Entonces y desde entonces, me creí realmente aquello de que desde ese momento el país lo dirigía el pueblo, los millones de ciudadanos que vivían en él, todos, del más poderoso al más humilde, en igualdad de condiciones. Que, dejando atrás los oscuros tiempos del Golpe de Estado que acabó con la legítima República, de la guerra y sus largas consecuencias, entrábamos en una nueva fase, ascendiendo un nuevo peldaño en la evolución social. Más sabios, más solidarios, mejores.

En ese entorno (aún doloridos por los duros tiempos de la dictadura, temerosos de que se repitiese la situación), entendí, como tantos, que se hicieran normas para proteger hasta el extremo a los políticos que iban a “representar” al pueblo. Algo que nos vendieron muy bien, fácil, tras todo lo ocurrido, y que, cómo no, se ha pervertido hasta el absurdo de planteárselo todo como el político tuviera derecho a alguna clase de respeto superior al del ciudadano.

O sea, si un político de puestazo (porque, obviamente, la justicia no es ciega ni entre ellos, vete a meterte con uno de los de arriba y verás) y yo discutimos, yo me tengo que callar, porque es una personalidad que me representa y yo no soy nadie.  Él tiene que tener un sueldo de impresión y una jubilación vergonzosa, y yo conformarme con vivir del viento (este testimonio es espeluznante), porque me representa y tiene que estar bien pertrechado para varias vidas, no vaya a ser. Es impune, la corrupción nos ahoga y no pasa nada, se cubren unos a otros, incluso de bandos distintos, en un “hoy por ti, mañana por mí”. Si le pego, quizá hasta tenga un agravante, por pegarle a mi representante (y rima).Y si ambos estamos en peligro, él, como mi representante, tiene antes derecho a una escolta que yo, que sólo soy la ciudadana ignota que no pinta para nada más que para pagarle el sueldo con mis impuestos…

No sé por qué nadie se plantea que es absurdo que el representante (servidor de) tenga mayores privilegios y consideraciones que el representado (aquel que, se supone, es el importante, el que da sentido a todo).

Pero, viendo cómo se organiza el mundo, lo sorprendente es sorprenderse.

Bien forrado de privilegios, el político del momento se hizo “profesional” (a qué hemos llegado, sí, una profesión, dejémonos de tonterías de querer mejorar el mundo y de ideales), se agrupó en partidos, al estilo tradicional, que no dejan de ser grandes empresas políticas que tuvieron muy claro desde el principio que ellos hacen política para ganar poder y dinero en una carrera en la que todo vale, por lo que no tienen principios ni patria ni ley, y que la publicidad es la madre de todos los logros.

Controlar millones de mentes supone grandes gastos. Y para pagar esa publicidad, para comprar ese “estar ahí”, consiguiendo sus buenos sueldos y poder, para hacerse ricos en un tiempo meteórico, empezaron a hipotecarse. Total, a ellos, a cada uno en concreto, con su paso fugaz por la vida política, poco les importa el asunto a la larga, como quede el país o como quede nadie. Los intereses, los pagan con sangre de los ciudadanos: sus derechos, su futuro, su estabilidad…

Fue un primer paso, sigiloso, en el que, en ese sueño utópico de la nueva democracia, el pueblo empezaba a quedar en un segundo plano a efectos prácticos. Según nacía el sistema, estaba condenado, porque arrastraba todos los viejos vicios y los antiguos intereses.

Es inútil negarlo: siempre, siempre, los más ambiciosos de entre los seres humanos se han aprovechado de que, la mayoría, sólo queremos vivir en paz.

En esta época moderna, el sistema social varió. Los que ganaban más a través del desangrado social lento y disimulado (ya no cuela como antes el “aguántate, naciste pobre, trabaja hasta reventar en este valle de lágrimas, que luego irás al cielo”, hay que buscar alternativas), tomaron el control y se les unieron los que siempre habían tenido el control y vieron las ventajas de aprovechar el momento.

Engañándonos con un supuesto poder y atándonos con una supuesta prosperidad, poco a poco nos convirtieron a todos en otro tipo de esclavo: esclavo del consumo acelerado, centrado únicamente en nacer, crecer, reproducirse, envenenarse con una hipoteca, comprar casa, comprar coche, ir de vacaciones todos a la vez, cambiar de coche, comprar nuevo capricho, y otro, y otro, y pide un microcrédito para poder irte otra vez de vacaciones o comprar el material de colegio de los críos… y morirse, intentando dejar las menos deudas posibles.

Ahora, el intento de controlar a los demás no pasa por actuar como el antiguo noble o el terrateniente, o “gentes de buena familia”, con sus viejas justificaciones, ahora la idea es el control mediante las finanzas.

El fondo del entramado económico mundial, enreadado una y otra vez sobre sí mismo (lobbies, holdings, corporaciones…), termina en el mismo punto: lo ideal es ser banquero y mantener a toda la humanidad endeudada.

La publicidad ha tenido mucha importancia en el sistema. Se ha visto durante años “lógico” que el Banco te atraque. Tú vas y pides dinero y, entonces, empiezas a sufrir pagando unos intereses a gusto de la casa, con sistemas que te marean y varían y nunca puedes estar seguro de qué van, para lo cual avalas con tu alma y el alma de cuantos quieran pedir. La cuestión es… ¿a qué vas? Ah, a lo que te ponen en el otro platillo de la balanza. Que si no vas, no tienes piso, no tienes coche, no tienes la vida que te enseñan en los anuncios de televisión. Pero, es que esa vida es una utopía, es falsa, como es falso que las grandes empresas existan para felicidad y alegría de sus empleados.

Desde el momento en que no se ponen topes al ansia de crecimiento del aparato económico de los que realmente importan, el resto de la humanidad está condenado. Porque, riqueza, hay 10, y si entre cuatro se quedan con 8, los demás, todos los demás, tenemos que sobrevivir con 2.

Hace ya tiempo había que haber empezado a decir que, lo mismo que fumar es perjudicial para la salud, lo es el tratar con los Bancos. Un gobierno responsable debería haber tomado medidas legales que cortasen por lo sano sus comportamientos poco éticos y las actividades antisociales de todo negocio, por mucho “es una empresa” que se quiera esgrimir como argumento. A mí me gustaría pensar que en algún remoto futuro (antes de que toda vida en este bonito planeta desaparezca por cualquiera de los problemas que se van a suscitar por el comportamiento desaforado de esos de siempre), se pueda llegar de verdad a una Democracia Real, que ponga a cada cual en su sitio y que legisle en la línea de considerar un delincuente de la peor especie a cualquiera, cualquiera, que considere que un Derecho Privado Patrimonial está por encima de un Derecho Fundamental. Que un negocio está por encima de una persona. Que alguien puede esclavizar y martirizar a otro, sorbiéndole la vida para lucrarse, aprovechándose de un mal reparto de la riqueza.

Este sistema económico que arrastramos porque el que tuvo retuvo y no sólo quiere seguir reteniendo sino que quiere tener más, pero aparentando que somos prósperos todos, es tan engañoso como el asunto de la pirámide. Llega un momento en el que quiebra. Y ha quebrado, desembocando en esta grave crisis.

Dejando al margen el hecho de la manipulación mediática que conduce a despistar del auténtico origen de la crisis (poco se habla ya de la actuación de los bancos y de lo que se han reído los banqueros, que viven a todo lujo con el dinero de los ciudadanos), o del hecho de que no se ha arreglado nada hasta el momento, no se solucionaron las causas, sólo se ha hecho una componenda insuflando dinero público para salir del paso (los que hablen de que cobramos intereses y, por tanto, no hay problema, por favor, véanse el vídeo EL GOLPE DE ESTADO DE LOS BANCOS, así algo nuevo aprenden), ocasionando que, simplemente, sigamos de mala manera hasta una segunda e inevitable crisis (de nuevo remito al vídeo), todo esto ha servido para poder ver, en el agitar social, las orejas del lobo.

Hemos podido comprobar para quién trabajan los gobiernos del mundo. Para quién, los grandes partidos.

Sorpresa. No era para el ciudadano.

El político es el mejor amigo del Banco.

A esto hemos llegado, aunque muchos nos hemos empezado a dar cuenta de pronto y hace nada, gracias a Internet, que nos permite saber, organizarnos y tomar medidas.

Gracias a Internet. Repito

Por eso, la defensa de Internet es una lucha tan importante y por eso quienes dicen que hay cosas más importantes que echar abajo la Ley Sinde o proteger la Red de los intentos intervencionistas que se están organizando a nivel mundial, se equivocan de medio a medio.

Esto no va de la película de uno o del libro del otro. No va de la canción de “moda a la fuerza” por decisión de la discográfica o del cantante millonario que teme no ser tan millonario. No, todo esto es secundario, se debaten, sí, son un problema, sí, pero el asunto va mucho más allá.

A nivel político, a nivel económico, a nivel social, Internet ha llegado para cambiarlo todo: es la que nos está permitiendo darnos cuenta a velocidad prodigiosa de que estamos atrapados en  una Democracia que no lo es (orgánica, la llaman) con pocos partidos políticos principales (así se crea la ficción democrática pero, a la vez, cuantos menos sean, mejor para mantenerlos controlados) hipotecados hasta el infinito y más allá con los Bancos. Convertidos en un mecanismo de gobierno de los poderosos y de engaño y contención del pueblo. Un sistema en el que los ciudadanos somos poco más que un mareaje de fondo, pero no quien decide.

Nosotros somos algo a lo que se espera poder manipular con la cantidad suficiente de dinero, como siempre se espera poder comprarlo todo. La propaganda masiva, cómodamente basada en el control de los medios de comunicación, es básico a la hora de dominar esas millones de mentes, haciendo posible la gran mentira: “Vivimos en una Democracia y esto es lo que hay. Vota A o B,  con nuestras condiciones de listas cerradas, sistema de votación, etc, o no votes, porque sería un voto inútil”. El sistema de listas cerradas, el sistema de escrutinio, todo está pensado para proteger el status quo de la situación.

No se quiere cambios ni sorpresas: los dos grandes partidos son los más hipotecados, los que más deben y se deben a otros. Los que realmente mandan.

No se dice, claro, pero se ve en los destalles: el establecimiento de sistemas claramente contrarios a ley y moral, como es el Canon, para beneficiar a una empresa privada en concreto, o el rechazo del cambio en la Ley Hipotecaria, que hubiera supuesto que el banco no se queda con todo, menos con el alma de un pobre individuo que no consiguió reunir lo suficiente como para terminar de pagar lo que ya llevaba largo tiempo pagando.

Te quedas sin piso, pero con las deudas. Y con las explicaciones del Presidente que te dice que, es que tiene que defender al Banco, no a ti. Porque bla, bla, bla, tu prosperidad depende del banco. Pues acabáramos. Estamos listos entonces.

¿De quién es la culpa? Pues, sinceramente, de todos un poco. De los banqueros, que carecen de escrúpulos y sólo saben sumar y sumar sus beneficios, sin importarles la gente. De los políticos, sus mejores amigos, como lo son los perros de los hombres. Son a los que les dejan jugar con los huesos de los ciudadanos sacrificados en el proceso, engordando con ellos a cambio de proteger la mansión, y les rascan tras las orejas, si se portan bien.

Buen trabajo, sin necesidad de dar explicaciones si no se trabaja, buen sueldo, desmesurado frente a los que establecen para los demás, excelentes jubilaciones inmerecidas, como si los demás fuéramos ciegos y no nos percatáramos de ese hecho vergonzoso…

Pero también es culpa nuestra, de los ciudadanos. No se puede vivir en la autocomplacencia, en la alegría de Babia, pensando únicamente en conseguir un trabajo, para poder pedir una hipoteca, para poder comprar un piso, para comprarse un coche, para pedir un segundo préstamo, para irse de vacaciones… etc, etc, etc. Se ha asumido (porque los bancos lo han propiciado, ciertamente) que era algo normal vivir endeudado una y otra vez. Obviamente, si no se hace, no se puede llegar a tener cosas… por esa vía. Pero si en vez de seguir el camino impuesto por unos que retienen la riqueza y la usan para robar lentamente a toda una sociedad, se exige una mayor justicia social, a imponer por los políticos, auténticos políticos que respondan ante el pueblo, no ante los otros, quizá también podríamos tener algo.

O no. Quizá descubramos que no han cambiado tantas cosas desde aquella vez en que los que podían se ocuparon de retomar el control masacrando cuanto fuera necesario. En todo caso, mejor vivir una realidad dura que una ilusión que se va resquebrajando. Para ello, claro, hay que luchar.

El problema es la decepción: nos han traicionado tantas veces que ya dudas de todos y sospechas que la solidaridad no es la virtud más generalizada entre el ser humano. Pero, al menos, sí que es verdad que se está extendiendo y tenemos que aprender y educarnos entre unos y otros.

Para eso, es fundamental Internet. Con la red, con sistemas como Twitter, la sociedad está despertando, la información fluye de forma continua y se saben realmente las cosas, no como quieren presentar otros los hechos, no. Como son en realidad.

Que, fuera de ahí, la manipulación de información es innegable. Si no, vean esta noticia en el periódico de un bando y, asombroso, en el del otro.

Como ciudadanos, debemos tener mayor memoria. Ahora la tenemos. Es Internet. Ella nos ayudará a recordar lo que reveló y significó Wikileaks, lo que han hecho los grandes partidos en nuestra contra (rechazo cambios Ley Hipotecaria, Canon o la Ley Sinde, con la absoluta burla que implica todo ello al sistema judicial, por ejemplo) y gracias a ella sabemos (que no gracias a los medios de comunicación intervenidos por las grandes editoriales) que, en la lejana Islandia, se ha plantado cara a los Bancos y se ha enviado a la cárcel a banqueros, como se merecían.

No se les ha dado más dinero, no. No se les ha dejado en sus puestos, no. No se les ha apoyado, en su crisis. ¿Estamos locos? QUE HAN ROBADO EL DINERO DE LOS CIUDADANOS. Y el país no sólo va a salir adelante sino que va a salir reforzado. Sin ladrones y sin deudas de otros. (*)

(*) Por lo que parece, no es así, la situación en Islandia no es tan bucólica como se comentaba. Tampoco es que sorprenda mucho, lo asombroso hubiese sido que realmente pudieran quitarse a banqueros y políticos de encima, escapando a las iras de los acreedores internacionales. Pero, en todo caso, sirva esto como ejemplo de la importancia que tiene la red para la transmisión de la verdad.

Eso es lo que realmente temen los poderosos, a eso se deben las estrategias para controlar la red, secundadas por empresarios  de distintos negocios afectados básicamente por la libertad de copia, como los relacionados con derechos de autor y por los gobiernos. El Banco chasquea los dedos, azuza a su perro, y el partido político corre a cumplir sus deseos. O eso, o le arrastra a la bancarrota. Dignos representantes de la democracia orgánica que no representa sino que utiliza y engaña, se están movilizando para intentar controlar la red. Y lo conseguirán, si no actuamos de inmediato, despertando del falso sueño de comodidad en el que nos sumieron los Bancos durante tanto tiempo.

Y es que, una vez te parece “aceptable” que se censure la red, una vez que encuentras admisible anular Derechos Fundamentales de la Humanidad, las causas y las excusas dan lo mismo: en el futuro, una minoría decidirá qué ve, escucha y aprende la mayoría. Y ya no sabremos la verdad.

Evidentemente, un cambio que conduzca a arrebatar el poder a los poderosos es difícil, pero no imposible. Situaciones como la de Islandia dan esperanza, incluso a pesar de que ya sabemos que no tiene el alcance que se le suponía. No podemos olvidar que tenemos una ventaja: puesto que han querido jugar con las reglas del juego que les justifican moralmente, los poderosos están atados al designio de las urnas. A menos que den pucherazo, claro, algo que quizá se puedan plantear en algún momento pero que ya no es tan fácil.

Controlar, dominar, engañar, ya no les es tan fácil.

Gracias a Internet.

Defiende tus derechos. La cosa ya no va de advertir, pedir, amenazar. No tienen ningún sentido plantear una negociación con ningún tema. Hay que echarles, para conseguir una Democracia Real.

NO LES VOTES. Ni PP, ni PSOE, ni CIU.

Pero vota, vota a otros, que no votar les beneficia. La cuestión no va de justificar o no con tu voto algo, porque el sistema se justifica a sí mismo, y se alegra de que te quedes fuera. Una abstención alta será algo que comenten con expresión contrita dos días, pero fuera de cámara se frotarán las manos, para repartirse el pastel, que es lo que les importa, y a la semana estarán gobernando como si hubiese votado todo el mundo.

Yo te animo a que busques conscientemente una Democracia Real.

Vota cualquier otra alternativa que te prometa de verdad defender “tus” derechos y que no haya demostrado mentir, como pasa con estos, y hazla viable.

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En la gran marea

gran-marea

Amanece. El sol está tiñendo de oro las aguas del mar y me ilumina, aquí en lo alto, azotada por el viento húmedo. Tengo los pies firmemente afianzados sobre un metal que siento frío y fugaz. Sé que esos hombres tan extraños me miran, divididos entre la esperanza y el horror, pero yo sólo tengo ojos para el mar. ¡Parece tan colosal, tan inmenso! Hogar de dioses y espíritus, según dicen, y aquí está, esperándome. Siempre ha estado aquí. Y yo tenía que llegar.

Antes, no lo sabía. Si caminé hasta la costa durante semanas, fue porque me habían contado que, en las tierras que quedaban al otro lado del mar, se comía tres veces al día. ¡Tres! Ni mi madre ni yo podíamos creerlo. “¡Exageraciones!”, nos dijimos. Quizá dos, más probablemente una… Pero, aún así, decidimos que merecía la pena intentar el largo y penoso viaje. Ambas pertenecíamos al grupo de los que conocen la angustia de ver caer la noche sobre un día en el que no has tenido absolutamente nada que comer. Para nosotras, saber que habría algo seguro, al menos una vez, ya nos parecía suficiente milagro.

Ni la tierra, ni el mar, ni los hombres, podían suponer un obstáculo en mi camino.

– Llegaré, madre – soñé en voz alta, intentando no ver que ella no lo creía – Llegaré, y arrancaré un futuro de ese paisaje extraño.

Dejé atrás una hija que no dejaba de llorar y una madre que ya no podía hacerlo. A veces, en el largo camino, temblando de angustia y de frío, creándome de la nada una y otra vez en cada paso, me pregunté si era una mujer valiente. La verdad, no lo creo. Me atemorizan los dioses que viven en la espesura, los espíritus que nunca descansan y todo lo que no soy capaz de ver en la oscuridad. Pero tuve que ver morir a mi esposo por la guerra  y a mi hijo menor por el hambre, y mis ojos se quemaron con esas imágenes. Hay cosas que ya jamás podrán asustarme.

Alcancé el mar con llagas en los pies sólo para descubrir que, en la ciudad costera, se hacinaban otros muchos como yo, deseando exactamente lo que yo quería. Recuerdo haber pensado que había olas en el mar y había olas en tierra, formadas por una inmensidad de seres que se mecía continuamente de un lado a otro, sin rumbo ni esperanza, sin principio ni fin, arrastrados por una insoportable marea de desilusión. Éramos náufragos en el océano del mundo, cargados con un eterno lastre de hambre y miedo. Y todos nos sentíamos asfixiados, empujados por la desesperanza de la nada que nos perseguía muy de cerca, comprimidos contra aquella frontera líquida que nos separaba del mundo soñado.

Se hablaba de los que lo intentaban y no lo conseguían…

A mí, que nunca antes había visto el mar, me pareció hermoso y temible. Quizá porque no sabía nadar, me amedrentaba más que cualquier otro de los obstáculos que me había encontrado en el camino, pero no quería demostrarlo. Me acerqué a la orilla. Era la hora del crepúsculo y el cielo destilaba rojos intensos sobre aquella gran masa de agua. Supuse que allí, en el rumor de aquellas olas, debían habitar espíritus muy fuertes. Tuve que recordarme una y otra vez que quien ha visto la sangre de su hombre mezclada con el barro del mundo, ya no le teme a nada.

– No te atrevas, mar. No te atrevas – le dije, desafiante, apretando los puños. El último obstáculo, mi adversario definitivo. No consentiría que me detuviese. Por mi madre. Por mis hijos, los vivos y los muertos. Por el recuerdo de mi esposo y por mí misma, lo cruzaría y conquistaría, y llegaría al otro lado.

Las olas murmuraron en respuesta algo que no pude entender. Soy gente de tierra seca, de polvo, de sol despiadado. Nunca he comprendido otros lenguajes.

Supongo que se burlaba de mi arrogancia, porque pronto descubrí que para los que nada teníamos había pocas opciones y todas quedaban fuera de mi alcance. No disponía ni de la documentación ni de los medios para viajar legalmente. Hasta para vivir en el día a día tuve que olvidarme por completo de mí misma y trabajar en un burdel cercano al puerto, lo único que logré encontrar tras dar tumbos por todos lados, arrastrada en aquella marea.

Empezaba a hacerme a la idea de que nunca saldría de allí, cuando conocí a Ahmed. ¡Creía que yo era guapa! Eso casi me hizo sonreír, pensando en tantos instantes en los que se quedó  mi posible belleza; mirando hacia atrás, casi podía verla, como jirones de ropa destrozada en las zarzas de un camino. Pero agradecí aquel rayo de ilusión y le escuché mientras hablaba del barco que iba a levar anclas, de la oportunidad única. Él pensaba subir de polizón con un par de compañeros. Yo no dudé ni un segundo. Me fui con ellos.

Era de madrugada cuando nos deslizamos en el barco, cuatro sombras encogidas por el temor a ser descubiertas…

No merece la pena hablar del inicio del viaje. No teníamos casi luz, pero hubiera dado lo mismo: nadie se atrevía a mirar a los ojos a los demás, para no ver su miedo reflejado. Todo vibraba y se oía continuamente un bramido de fondo, una mezcla de ruido de motores y el eterno rumor del mar. A veces, yo ponía las manos en la gigantesca pared de metal que me separaba de aquella bestia y trataba de sentirlo más cerca. Me preguntaba si estaría furioso con nosotros por haber burlado sus límites, por habernos atrevido a cruzarlo sin permiso de mortales o inmortales.

No sé en qué momento se detuvieron los motores. Yo estaba dormida y fue Ahmed el que me despertó. Dijo que los otros dos habían ido a investigar. De pronto, oímos gritos y movimiento, seguidos de pasos, muchos pasos, invadiendo la bodega. Debían haber descubierto a nuestros compañeros y nos estaban buscando. Corrimos, separándonos entre los gigantescos montones de carga. Yo me escondí bajo unos sacos y contuve la respiración. No me encontraron pero sí a Ahmed. Oí sus gritos, y golpes. Se lo llevaron.

Al cabo de un rato, me arriesgué a salir de mi escondite. Nuestras cosas no estaban en su sitio por lo que, tras pensarlo bien, me dirigí a la escalera. No me engañaba: lo mejor, dadas las circunstancias, era entregarme. Tenía más posibilidades de sobrevivir al viaje estando con mis compañeros encerrada en algún sitio, que allí sola, a oscuras y sin víveres ni agua.

Salí al exterior, al olor a mar, al sabor salado de la brisa, en algún punto cerca de la borda. Desde allí me deslicé por un lateral, siguiendo las voces. No entendía el lenguaje de los hombres del barco, aunque sí supe que estaban furiosos. Ahmed pedía clemencia, suplicaba aterrado. ¿Qué ocurría? Cada vez más asustada, rodeé la pared de un castillete y pude ver el grupo, justo en el momento en que dos marineros arrojaban por la borda a uno de nuestros compañeros. Ahmed forcejeaba con otros tres, pero le golpearon en la cabeza con una barra de hierro y corrió la misma suerte.

No me lo podía creer. No me podía mover.

– ¡Eh! – oí entonces. Sobresaltada, miré a un lado y me topé con el rostro iracundo de otro marinero. Los demás también dieron gritos y fueron de inmediato hacia mí. Intenté huir como pude, corriendo enloquecida por aquel barco inmenso que tan hostil me parecía pero, como era de suponer, terminaron cerrándome el paso, arrinconándome contra la borda.

Entonces, para mi sorpresa, se detuvieron. Formaron un semicírculo a mi alrededor, pero no se acercaron más. Todos me miraban con expresiones perdidas entre la ira y el espanto, los ojos deslizándose entre los míos y mi vientre, ya abultado por la curva de una nueva vida.

Las voces. Las voces dando vueltas en el aire empapado de mar…

– ¡Por Dios! ¡No podemos hacerlo! ¡Eso no!

– ¡Ya conoces la ley! ¡Con ella aquí, no tenemos seguro, y si la llevamos con nosotros nos caerá una multa que no podremos afrontar, como poco! ¡Y si la llevamos de vuelta, lo perderemos todo!

– ¡Son leyes estúpidas, criminales!

– ¡Díselo al que las redactó en un despacho!

– ¡Hay que echar fuera al intruso! ¡No tenemos más remedio!

– ¡Está embarazada!

– ¡También lo está mi hija! – el que dijo eso se dirigió hacia mí, mirándome con ira e impotencia. Contemplé el rostro asustado de un viejo enfrentado a la miseria, aterrado por la misma nada de la que yo había llegado huyendo – ¿Te das cuenta de la situación en la que nos has puesto, niña? ¡No puedo perderlo todo!

Yo no entendía sus palabras, pero la desesperación que transmitían sus ojos era hermana de la que vivía en mi interior. Sentí una pena inmensa, por ellos, por mí: todos en aquel barco éramos seres atrapados.

– Oh, no, diablos – susurró el viejo – No te pongas a llorar…

Estaba tan cansada, tanto… Ya era hora de aceptar que no conseguiría cruzar hasta las tierras de la abundancia. Y que tampoco podía regresar. Si lo hacía, tendría que enterrar allí este nuevo hijo, porque a nadie iba a importarle el destino de un niño famélico más entre el oleaje humano de los oprimidos; y a mí me esperaban el burdel, el hambre, la enfermedad y una muerte solitaria en la ciudad de la Gran Marea, la que devoraba los sueños y escupía pesadillas.

El mar bramó, el inmenso mar que estaba por todos lados, en el aire, en el viento, en aquel olor maravilloso que azotaba mi pelo…

Y entonces, entendí lo que me decía, lo entendí de verdad. Me esperaba, aquel era mi destino.

Por eso, me subí a la borda. Por eso, estoy aquí…

Amanece. Siento el metal bajo los pies, el viento húmedo azota mi cuerpo; el mar me observa, el cielo calla.

– ¡No! – grita el viejo, y hasta se adelanta para tratar de impedir lo que él mismo había querido hacer momentos antes. Pero yo salto.

Salto hacia el mar, sin miedo. Ahora conozco su idioma.

No te atrevas, mar.

No te atrevas…

© Yolanda Díaz de Tuesta


CUARTA ÉPOCA

Año: 2010

Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported

(4º PREMIO XLVI CERTAMEN DE USUARIOS BUBOK. tema: Océanos y Mares)

Amanece. El sol está tiñendo de oro las aguas del mar y me ilumina, aquí en lo alto, azotada por el viento húmedo. Tengo los pies firmemente afianzados sobre un metal que siento frío y fugaz. Sé que esos hombres tan extraños me miran, divididos entre la esperanza y el horror, pero yo sólo tengo ojos para el mar. ¡Parece tan colosal, tan inmenso! Hogar de dioses y espíritus, según dicen, y aquí está, esperándome. Siempre ha estado aquí. Y yo tenía que llegar.

Antes, no lo sabía. Si caminé hasta la costa durante semanas, fue porque me habían contado que, en las tierras que quedaban al otro lado del mar, se comía tres veces al día. ¡Tres! Ni mi madre ni yo podíamos creerlo. “¡Exageraciones!”, nos dijimos. Quizá dos, más probablemente una… Pero, aún así, decidimos que merecía la pena intentar el largo y penoso viaje. Ambas pertenecíamos al grupo de los que conocen la angustia de ver caer la noche sobre un día en el que no has tenido absolutamente nada que comer. Para nosotras, saber que habría algo seguro, al menos una vez, ya nos parecía suficiente milagro.

Ni la tierra, ni el mar, ni los hombres, podían suponer un obstáculo en mi camino.

– Llegaré, madre – soñé en voz alta, intentando no ver que ella no lo creía – Llegaré, y arrancaré un futuro de ese paisaje extraño.

Dejé atrás una hija que no dejaba de llorar y una madre que ya no podía hacerlo. A veces, en el largo camino, temblando de angustia y de frío, creándome de la nada una y otra vez en cada paso, me pregunté si era una mujer valiente. La verdad, no lo creo. Me atemorizan los dioses que viven en la espesura, los espíritus que nunca descansan y todo lo que no soy capaz de ver en la oscuridad. Pero tuve que ver morir a mi esposo por la guerra y a mi hijo menor por el hambre, y mis ojos se quemaron con esas imágenes. Hay cosas que ya jamás podrán asustarme.

Alcancé el mar con llagas en los pies sólo para descubrir que, en la ciudad costera, se hacinaban otros muchos como yo, deseando exactamente lo que yo quería. Recuerdo haber pensado que había olas en el mar y había olas en tierra, formadas por una inmensidad de seres que se mecía continuamente de un lado a otro, sin rumbo ni esperanza, sin principio ni fin, arrastrados por una insoportable marea de desilusión. Éramos náufragos en el océano del mundo, cargados con un eterno lastre de hambre y miedo. Y todos nos sentíamos asfixiados, empujados por la desesperanza de la nada que nos perseguía muy de cerca, comprimidos contra aquella frontera líquida que nos separaba del mundo soñado.

Se hablaba de los que lo intentaban y no lo conseguían…

A mí, que nunca antes había visto el mar, me pareció hermoso y temible. Quizá porque no sabía nadar, me amedrentaba más que cualquier otro de los obstáculos que me había encontrado en el camino, pero no quería demostrarlo. Me acerqué a la orilla. Era la hora del crepúsculo y el cielo destilaba rojos intensos sobre aquella gran masa de agua. Supuse que allí, en el rumor de aquellas olas, debían habitar espíritus muy fuertes. Tuve que recordarme una y otra vez que quien ha visto la sangre de su hombre mezclada con el barro del mundo, ya no le teme a nada.

– No te atrevas, mar. No te atrevas – le dije, desafiante, apretando los puños. El último obstáculo, mi adversario definitivo. No consentiría que me detuviese. Por mi madre. Por mis hijos, los vivos y los muertos. Por el recuerdo de mi esposo y por mí misma, lo cruzaría y conquistaría, y llegaría al otro lado.

Las olas murmuraron en respuesta algo que no pude entender. Soy gente de tierra seca, de polvo, de sol despiadado. Nunca he comprendido otros lenguajes.

Supongo que se burlaba de mi arrogancia, porque pronto descubrí que para los que nada teníamos había pocas opciones y todas quedaban fuera de mi alcance. No disponía ni de la documentación ni de los medios para viajar legalmente. Hasta para vivir en el día a día tuve que olvidarme por completo de mí misma y trabajar en un burdel cercano al puerto, lo único que logré encontrar tras dar tumbos por todos lados, arrastrada en aquella marea.

Empezaba a hacerme a la idea de que nunca saldría de allí, cuando conocí a Ahmed. ¡Creía que yo era guapa! Eso casi me hizo sonreír, pensando en tantos instantes en los que se quedó mi posible belleza; mirando hacia atrás, casi podía verla, como jirones de ropa destrozada en las zarzas de un camino. Pero agradecí aquel rayo de ilusión y le escuché mientras hablaba del barco que iba a levar anclas, de la oportunidad única. Él pensaba subir de polizón con un par de compañeros. Yo no dudé ni un segundo. Me fui con ellos.

Era de madrugada cuando nos deslizamos en el barco, cuatro sombras encogidas por el temor a ser descubiertas…

No merece la pena hablar del inicio del viaje. No teníamos casi luz, pero hubiera dado lo mismo: nadie se atrevía a mirar a los ojos a los demás, para no ver su miedo reflejado. Todo vibraba y se oía continuamente un bramido de fondo, una mezcla de ruido de motores y el eterno rumor del mar. A veces, yo ponía las manos en la gigantesca pared de metal que me separaba de aquella bestia y trataba de sentirlo más cerca. Me preguntaba si estaría furioso con nosotros por haber burlado sus límites, por habernos atrevido a cruzarlo sin permiso de mortales o inmortales.

No sé en qué momento se detuvieron los motores. Yo estaba dormida y fue Ahmed el que me despertó. Dijo que los otros dos habían ido a investigar. De pronto, oímos gritos y movimiento, seguidos de pasos, muchos pasos, invadiendo la bodega. Debían haber descubierto a nuestros compañeros y nos estaban buscando. Corrimos, separándonos entre los gigantescos montones de carga. Yo me escondí bajo unos sacos y contuve la respiración. No me encontraron pero sí a Ahmed. Oí sus gritos, y golpes. Se lo llevaron.

Al cabo de un rato, me arriesgué a salir de mi escondite. Nuestras cosas no estaban en su sitio por lo que, tras pensarlo bien, me dirigí a la escalera. No me engañaba: lo mejor, dadas las circunstancias, era entregarme. Tenía más posibilidades de sobrevivir al viaje estando con mis compañeros encerrada en algún sitio, que allí sola, a oscuras y sin víveres ni agua.

Salí al exterior, al olor a mar, al sabor salado de la brisa, en algún punto cerca de la borda. Desde allí me deslicé por un lateral, siguiendo las voces. No entendía el lenguaje de los hombres del barco, aunque sí supe que estaban furiosos. Ahmed pedía clemencia, suplicaba aterrado. ¿Qué ocurría? Cada vez más asustada, rodeé la pared de un castillete y pude ver el grupo, justo en el momento en que dos marineros arrojaban por la borda a uno de nuestros compañeros. Ahmed forcejeaba con otros tres, pero le golpearon en la cabeza con una barra de hierro y corrió la misma suerte.

No me lo podía creer. No me podía mover.

– ¡Eh! – oí entonces. Sobresaltada, miré a un lado y me topé con el rostro iracundo de otro marinero. Los demás también dieron gritos y fueron de inmediato hacia mí. Intenté huir como pude, corriendo enloquecida por aquel barco inmenso que tan hostil me parecía pero, como era de suponer, terminaron cerrándome el paso, arrinconándome contra la borda.

Entonces, para mi sorpresa, se detuvieron. Formaron un semicírculo a mi alrededor, pero no se acercaron más. Todos me miraban con expresiones perdidas entre la ira y el espanto, los ojos deslizándose entre los míos y mi vientre, ya abultado por la curva de una nueva vida.

Las voces. Las voces dando vueltas en el aire empapado de mar…

– ¡Por Dios! ¡No podemos hacerlo! ¡Eso no!

– ¡Ya conoces la ley! ¡Con ella aquí, no tenemos seguro, y si la llevamos con nosotros nos caerá una multa que no podremos afrontar, como poco! ¡Y si la llevamos de vuelta, lo perderemos todo!

– ¡Son leyes estúpidas, criminales!

– ¡Díselo al que las redactó en un despacho!

– ¡Hay que echar fuera al intruso! ¡No tenemos más remedio!

– ¡Está embarazada!

– ¡También lo está mi hija! – el que dijo eso se dirigió hacia mí, mirándome con ira e impotencia. Contemplé el rostro asustado de un viejo enfrentado a la miseria, aterrado por la misma nada de la que yo había llegado huyendo – ¿Te das cuenta de la situación en la que nos has puesto, niña? ¡No puedo perderlo todo!

Yo no entendía sus palabras, pero la desesperación que transmitían sus ojos era hermana de la que vivía en mi interior. Sentí una pena inmensa, por ellos, por mí: todos en aquel barco éramos seres atrapados.

– Oh, no, diablos – susurró el viejo – No te pongas a llorar…

Estaba tan cansada, tanto… Ya era hora de aceptar que no conseguiría cruzar hasta las tierras de la abundancia. Y que tampoco podía regresar. Si lo hacía, tendría que enterrar allí este nuevo hijo, porque a nadie iba a importarle el destino de un niño famélico más entre el oleaje humano de los oprimidos; y a mí me esperaban el burdel, el hambre, la enfermedad y una muerte solitaria en la ciudad de la Gran Marea, la que devoraba los sueños y escupía pesadillas.

El mar bramó, el inmenso mar que estaba por todos lados, en el aire, en el viento, en aquel olor maravilloso que azotaba mi pelo…

Y entonces, entendí lo que me decía, lo entendí de verdad. Me esperaba, aquel era mi destino.

Por eso, me subí a la borda. Por eso, estoy aquí…

Amanece. Siento el metal bajo los pies, el viento húmedo azota mi cuerpo; el mar me observa, el cielo calla.

– ¡No! – grita el viejo, y hasta se adelanta para tratar de impedir lo que él mismo había querido hacer momentos antes. Pero yo salto.

Salto hacia el mar, sin miedo. Ahora conozco su idioma.

No te atrevas, mar.

No te atrevas…

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Libro Solidario para ayudar a las víctimas del terremoto de Haití

Díaz de Tuesta

Comentario de Díaz de Tuesta

Relatos Solidarios para HaitíSe pueden decir muchas cosas acerca del ser humano y, algunas, bastante negativas. Que es avaricioso, que es implacable y egoísta, que no cuida debidamente del hermoso planeta que le legó la suerte…

Pero, lo que también resulta indudable es que, cuando se dan circunstancias extraordinarias, sabe colaborar como el primero, luchar en conjunto, y mostrarse tremendamente generoso. Cada uno de nosotros llevamos un villano dentro, quizá, pero también un héroe. Ese sentimiento de rebeldía ante las injusticias y el dolor ajeno, ese deseo intenso de ayudar en lo posible,  de trabajar para mejorar las condiciones de otros, lo demuestra, una y otra vez.

Lo sucedido en Haití, cuando todavía sentíamos en los labios el sabor de las uvas de la Nochevieja, es algo que tardará en ser superado. Las víctimas, porque sintieron el miedo y la angustia directamente. Los demás, porque somos humanos. Nadie que se llame humano puede dejar de estremecerse por lo ocurrido, sentir espanto ante cifras tales como alrededor de ciento cincuenta mil muertos, muchísimos más heridos, tantos desaparecidos…

Tantas pérdidas, tanto pesar y duelo…

Han pasado unas semanas. En la vorágine de la vida diaria, muchos ya no pensamos apenas en Haití, ese pequeño país nacido del deseo de sus habitantes de ser libres, libres por principio y por derecho frente a un mundo de blancos esclavistas que les habían arrancado de su tierra y los habían tratado como ganado.  Haití es un ejemplo de superación, pese a que, por cometer la osadía de querer decidir su destino, siga sometido a una profunda miseria y, con ello, a la corrupción más descarada. Son gentes luchadoras, los haitianos, pero gentes sin suerte. Hacinados, hambrientos, despreciados y, ahora, castigados por la naturaleza.

Escritores Solidarios ha actuado de forma rápida y efectiva. Recuperándose todavía de la ardua campaña navideña en la que se quiso recaudar fondos para la Fundación Pequeño Deseo (que lucha por hacer realidad las ilusiones de niños enfermos), ha sabido movilizarse y sacar a la luz un nuevo libro cuyos beneficios irán destinados ÍNTEGRAMENTE a ayudas a las víctimas.

¿Cómo puedes conseguirlo? ¿Cómo puedes colaborar, ayudar un poco, poner algo de tu parte para paliar en lo posible el dolor de ese país? Es muy sencillo.

Acude a la página de Libro Virtual, en su sección de Escritores Solidarios. Allí encontrarás distintos sistemas, todos muy cómodos. ¡Y cuesta tan poco! Por poco más de un café, puedes ayudar mucho.

No te lo pienses, bien sabes que el hambre, la angustia, la desesperación, continúan existiendo aunque no pensemos en ello. Haití te necesita. Te necesita hoy, tanto o más que el 12 de enero. ¿No te has dicho, más de una vez, que si estuviera en tu mano, mejorarías sus condiciones? ¿De verdad quieres hacer algo? Ya no hay excusas, Escritores Solidarios ha trabajado duramente para ponerlo a tu alcance. Sigue el enlace y hazlo ahora mismo.

Quién sabe. Quizá puedas hacer que, ese niño de la foto de portada, ese niño que realmente existe, sonría.

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