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Archivo categoría Relatos

Oxígeno

PRIMEROS RELATOS

oxigeno

Año: 1982

Publicado en Revista Opción, 5, 1983

Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported

En el año 1982 escribí Oxígeno y, en un alarde, lo envié para una posible publicación a la revista Opción. No recuerdo cómo conseguí los datos (siempre he sido muy torpe en la cuestión de ponerme en contacto con editoriales), ni esperaba gran cosa. Para mi asombro, no sólo me publicaron este relato sino que, además, me llamaron a casa para decirme el enorme éxito que había tenido y que quería más textos.

Yo era muy joven y bastante tímida. Me dio tal impresión que pensé que no estaba todavía preparada, no me sentía a la altura de semejante reto. En realidad, era cierto, pero quizá hubiese sido todo muy distinto si me hubiese animado a afrontar la situación.

No lo hice. No les mandé más cosas ni me puse más en contacto con ellos (si llegan a leer esto, mis disculpas, fueron enormemente amables conmigo ;D). Cosas que se hacen cuando se es joven. Me hicieron falta muchos años para espabilar lo poco que he espabilado.

Eso sí, ahora escribo mucho mejor… ;DD


La bombona de oxígeno se estaba acabando.

Laura–A28 suspiró, más apenada que asustada. Aquella era la última bombona de que disponía, ya que no podía permitirse el lujo de comprar una nueva. La semana anterior su precio había subido de los 10.000 a los 1.000.000.000 de serkas, cuando ella sólo cobraba 20.000 serkas al mes en su miserable puesto de secretaria.

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Una sombra en la carretera

PRIMEROS RELATOS

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Año: 1981

Seleccionado en el III Concurso de Relatos del Ayuntamiento de Bilbao, 1982

Publicado en Revista Opción, 8, 1986

Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported

Corría el año 1981 cuando escribí este relato. Corresponde a aquellos lejanos tiempos en los que pensaba que si las localizaciones y los nombres no eran extranjeros, concretamente anglosajones, el texto no podía ser “serio”. Consecuencias de haber crecido saturada por traducciones, en un país donde pocas veces se ha respetado y potenciado la propia cultura en los ámbitos editoriales, grandes maquinarias de traducción. Todavía hoy en día, en ciertos géneros, si eres escritor y escribes en castellano, lo tienes claro.

Pero, ahí está, lo escribí y hasta me atreví a presentarlo al concurso de relatos del Ayuntamiento de Bilbao. Para mi entusiasmo, me lo seleccionaron: me dieron una plaquita y me lo publicaron.

Hoy, con el tiempo, veo lo verde que estaba, y lo tópico típica que era, pero volver a leerlo siempre resulta entrañable ;D Podría corregir su estilo, y seguro que mil detalles, pero prefiero no tocarlo: así fue y así pasó ;DD


Hacia el mediodía el calor se había vuelto completamente inaguantable. Morgan llevaba todas las ventanillas del coche abiertas, pero lo único que conseguía era una corriente de aire abrasador. Estaba totalmente empapado de sudor y se sentía adormilado, pesado, torpe.

Morgan gruñó. En ese momento lamentaba la elección de ese olvidado camino vecinal. En la carretera principal había un par de bares, al menos, que si bien no eran más que viejas tascas, servían una cerveza tan fría que quitaba la respiración. pero, claro, no podía arriesgarse a ser atrapado por los hombres de Williams antes de llegar a Las Vegas. Era mejor atravesar el desierto por un lugar alejado de la ruta habitual.

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Bala perdida

Decíbala-perdidaan que, desde que se topó con aquella bala perdida que le abrió el cráneo, estaba incapacitado para soportar las alturas. A excepción de sus médicos, o su hermano Lothar, nadie se había atrevido a decírselo a la cara, desde luego, pero podía leerlo en sus ojos, y lo susurraban en la cantina, en los despachos, en pasillos y hangares… Absurdo. Si él tenía realmente un sitio en el mundo, si había nacido para algo, era para estar allí, en aquel lugar de nadie perdido entre el cielo y la tierra, donde las distancias, posiciones y velocidades siempre estaban a punto de cambiar. Lo había contado durante la convalecencia, en su libro “El Piloto Rojo”: volar, para él, era una necesidad imperiosa, la búsqueda de una consecuencia para su vida. Como navegar para un marino, o escribir para un escritor.

Manfred acarició pensativamente el punto donde había estado aquel minúsculo trozo de metal que tantas cosas había cambiado con un golpe, un dolor abrasador y un bautismo de sangre. Le resultaba difícil encontrar una forma de describir correctamente aquella especie de salto evolutivo que había experimentado. Era como si el destrozo en el cerebro le hubiese procurado una nueva percepción, una claridad superior de pensamiento. Antes, era ciego e ignorante, como todos; ahora, “sabía”. Tenía meridianamente claro que no iba a ver el final del conflicto en el que se hallaba envuelto, la llegada de la paz tras aquella guerra devastadora que no respetaba horizontes.

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La Noche de Otro

SEGUNDA ÉPOCA

Año: Década de los 90

Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported


Enrique despertó de un sueño lleno de luz, de esos que luego le gustaba conservar.

La Noche de Otro - Díaz de Tuesta

La Noche de Otro – Díaz de Tuesta

En él, había estado paseando con sus padres, y con sus cinco hermanos y hermanas, por la vieja vereda que serpenteaba junto al Río Irt, sintiendo el aire fresco golpear con fuerza contra su cara, y el roce juguetón y cariñoso del hocico de su perro, Karu, en las rodillas. Había podido oír con claridad el murmullo milenario de la brisa agitando los cañaverales, y oler la tierra húmeda, y los jazmines que llevaban su madre y sus hermanas en el pelo, y el intenso aroma del tabaco que ardía en la vieja pipa de madera negra que fumaba su padre.

En su sueño, era la hora del crepúsculo; el cielo, rojo sangre, se reflejaba sobre las quietas aguas del inmenso río, volviéndolas de fuego, dibujando en líneas púrpura las estelas dejadas por las formas oscuras de los cocodrilos. Oyó el graznido de algunos patos, en la lejanía. Alzó la cabeza, para verlos volar, muy alto, agrupados en una punta de flecha con sabor a aventura, señalando hacia algún lugar muy lejano. Su padre, diplomático darkeno, destinado desde hacía varios años en aquel remoto punto del Bostan al Sa’Adat, el Jardín del Gozo originado por el Río Irt en El Ta’Nnari, le pasó un brazo por los hombros, y le dijo cuan orgulloso se sentía de él, y cuánto le apenaba que tuviera que irse, pero que lo hiciera, ya que no podía refrenar el impulso. Su madre, ocultando su tristeza, se limitó a sonreír, con aquella dulzura que tanto amaba.

Quería ser Caballero de Arianna. Quería empezar una vida de aventura y perfección, que aportara algo bueno al mundo.

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