El aire apestaba a sangre, descomposición y miedo, un tufo apropiado para aquel espantoso paisaje de hombres crucificados, de siluetas rotas y consumidas. Colgados en sus maderos, parecían estandartes espectrales desdibujados fantasmagóricamente por la bruma. Ese día había mucha niebla, densa, oscura como leche sucia, desgarrándose entre las cruces. Longino, de pie en el alto del Gólgota, se preguntó si no serían las almas de los muertos, confusas y asustadas, buscando desesperadamente regresar a sus cuerpos. No tenían hacia dónde ir. Y sólo quedaban despojos, detrás… – ¡Longino! – le llamó Didio, uno de sus compañeros, sobresaltándole. Longino cambió de mano la lanza en la que se apoyaba y se volvió a mirarle. Las articulaciones protestaron; se sentía rígido, enfermo. Quiso creer que se debía a la falta de descanso y a esa bruma desapacible. Los soldados, sentados en el suelo sobre sus capas, pasaban el rato bebiendo cerveza y apostándose a los dados las pocas pertenencias de aquel judío loco que aseguraba ser el Hijo de Dios. Didio alzó su jarra, como en un brindis – Ven, hombre, ¿qué haces ahí de pie, entre ladrones y locos? ¿En serio no quieres jugar? Mira que la túnica está todavía en bastante buen estado. – No, gracias – contestó, lacónico. No estaba como para juegos, ni quería nada de Jesús, el más pretencioso de los pretenciosos judíos, siempre soñando con ser el pueblo elegido de un absurdo dios sin rostro. Este, no se conformaba ni con eso, aseguraba ser el Hijo de Dios, o el propio Dios, Longino no había acabado de entender el asunto. Echó un vistazo hacia la madre de Jesús, que esperaba allí cerca con otros parientes y amigos. A diferencia del resto, desde que llegaron, María no se había movido, ni había llorado. Miraba fijamente la cruz en la que moría su hijo, con ojos secos y dignos. Debía estar tan loca como Jesús, pero, a su pesar, Longino sintió que la admiraba. Decían que se la había colado a su marido, que ya iba preñada de otro al casarse con un viejo impotente, y que se inventó la ridícula historia de una concepción virginal. Puerca judía. Tan traidora como todas… “No pienses en ello”. Se giró hacia la cruz que había estado a su espalda y alzó los ojos para mirar al judío crucificado que tanto revuelo había conseguido organizar, sólo para terminar ridículamente allí clavado tras ser traicionado por sus amigos y sin una lágrima de su propia madre. Jesús tenía la cabeza inclinada a un lado, la sangre caía en temblorosas cintas escarlatas por toda su frente, desde la corona de espinas que le había fabricado Didio, para burlarse de su pretensión de ser el Rey de los Judíos. El rostro mostraba unos cuantos golpes, aquí y allá. Por lo demás, no tenía un aspecto muy magullado; sólo en los costados se veían los extremos de las largas heridas del látigo que cubrían por completo su espalda. Imbécil. Antes de crucificarlo, le había fustigado personalmente hasta dolerle el brazo, aunque supo todo el tiempo que no estaba azotándole a él, sino a Judith, esa puta traidora y rastrera que le estaba volviendo loco, que le había desquiciado hasta el punto de… No, no podía pensar en ello. No quería. Longino se pasó la mano por la cara. Le dolía la cabeza y el pecho. Y también los dientes, de tanto apretarlos. “Judith…” Por ella, odiaba a muerte a los judíos y su jodida tierra prometida. No por los zelotes, no, ni por el polvo áspero que flotaba continuamente a su alrededor, ahogándole al respirar, mezclándose en su comida hasta conseguir que todo tuviera el sabor de la piedra calcinada, cegándole cuando se le metía en los ojos… Ni siquiera por el calor insoportable, ni por la miseria continua o el aburrimiento eterno. No. Por ella, que se había burlado de él atreviéndose a preferir a otro, a su mejor amigo, a su hermano. ¡Maldita Judea, malditos judíos! Los odiaba a todos, a todos por igual: rebeldes, ladrones, asesinos… Incluso a un simple tarado con ínfulas de superioridad, como ese. Jesús pretendía ser de linaje divino; pues bien, él había estado más que dispuesto a demostrarle hasta qué punto puede llegar a sangrar un falso dios antes de morir. Qué hombre extraño, en todo caso. Había gritado de dolor cada vez que el látigo le golpeaba, como hacían todos los humanos, pero no suplicó, como no suplicaban los dioses. Cuando cayó al suelo, a sus pies, convertido en una masa de carne estremecida, el maldito se limitó a mirarle como ahora, fijamente, con esos ojos incómodos que parecían verlo todo; todo y más allá. Longino sintió que su enfado se duplicaba, se triplicaba, bullendo en su interior como un volcán. Se llevó una mano al pecho, notando la presión subiendo y subiendo… – De verdad que lo siento, Longino – susurró de pronto Jesús, con esfuerzo. Tenía los labios resecos por la sed y magullados por los golpes – Sigues sufriendo, percibo ese dolor intenso que te carcome, y yo no puedo ayudarte. Longino parpadeó. De haber tenido el látigo en la mano, lo hubiera restallado con gusto contra ese rostro. Maldito Jesús. ¿Por qué no se moría de una jodida vez? Le había azotado, le estaba matando, no quería su amabilidad, no quería nada de él. “Estoy lleno de ira, de dolor, de espanto…”. No, no debía admitirlo, ni siquiera pensar en ello o se vendría abajo. Pero no pudo evitar mirar a lo lejos, hacia un punto cercano a la zona de rocas con forma de calavera que habían ganado el nombre de Gólgota para aquella altura. Marco, su amigo Marco, clavado en su cruz. No se había atrevido a mirarle directamente desde el día anterior, cuando le crucificaron, y no parecía haber habido ningún cambio, si es que seguía vivo. El único romano ejecutado de esa forma tan humillante, una muerte pensada para esclavos o para enemigos especialmente odiados. Pero, claro, Marco había sido acusado de traición, de aliarse con aquellos rebeldes y tratar de asesinar al propio Pilatos. De no ser por el revuelo que había suscitado el asunto de Jesús, hubiera sido el protagonista absoluto de un escándalo con el que muchos estarían entretenidos semanas. Pero ni eso había tenido. Moriría así, arrinconado y en silencio, y nadie le recordaría. “Veneno”, decían las palabras que habían llegado a los oídos adecuados, deslizándose como serpientes… Pobre Marco. Realmente pensó que iba a entregar un encargo medicinal, cuando en realidad llevaba una redoma con veneno. Intentó defenderse, explicar que él no sabía nada de aquello ni de semejantes acusaciones, que no entendía qué había pasado ni cómo, pero tuvo mala suerte. Pilatos estaba tan enojado por el asunto de Jesús, sobre el que se decía que había tenido un sueño y había intentado inútilmente salvarlo, que había decidido con severidad y rapidez. Marco fue torturado y arrastrado al Gólgota y Longino había estado a su lado mientras le crucificaban. Había apretado los labios con fuerza, obligándose a escuchar el sonido de los golpes del martillo y los gritos desgarrados que lo estremecieron todo durante largos minutos; se forzó a contemplar la imagen de Marco cuando alzaron la cruz, aquella figura ensangrentada, patética, torturada, que colgaba de los maderos como un jirón de tela rota. Luego, se había ido, jurándose que no le importaba, que se trataba de un precio que estaba dispuesto a pagar. Y había tenido a Jesús para liberar toda aquella frustración. Al fin y al cabo, los mortales siempre sufrían por los asuntos de los dioses. Estaba bien que, en justa contrapartida, aquella patética imitación de un dios sufriera por los asuntos de los mortales, algo sobre lo que no tenía ningún control. En la distancia de ese nuevo día, Marco movió la cabeza. Longino se estremeció. Así que, aún seguía vivo. – Pobre, pobre Longino… – susurró Jesús. Longino se volvió a mirarle. Los ojos del judío eran amables y firmes. Lo sabía. Sabía lo que había hecho. Claro que lo sabía… – Creo que está muerto – dijo entonces Didio, acercándose. Longino fue a negarlo, pero se detuvo. Las pupilas de Jesús parecían haberse apagado repentinamente, ya no daban la impresión de que hubiese alguien mirando desde el otro lado. Era cierto, estaba muerto. Una repentina racha de viento llegó del norte, haciendo temblar a hombres y bestias, cubriendo el cielo con oscuras nubes que presagiaban tormenta. Longino jadeó. Eso era él, se dijo. Viento. Frío, muerto. Más frío y muerto que Jesús, y con una tormenta en el alma – Este ha sido rápido, menos mal. Venga, partidle las piernas y larguémonos de aquí. – Espera – Longino cogió su lanza con ambas manos – Yo me ocupo. Quería acertarle en el corazón, atravesárselo con la larga punta de acero, romperlo por completo en pedazos, como Judith se lo había roto a él. Pero, en el último momento, Jesús se estremeció y movió los labios, susurrando algo que sonó como una llamada a su Padre. Tomado por sorpresa, Longino se sobresaltó, y la punta de la lanza se clavó en un costado. La sangre salpicó violentamente, alcanzándole de lleno en el rostro. Sangre. Durante un momento, Longino quedó completamente ciego y luego lo vio todo rojo. Soltó la lanza, sintiendo que su cabeza entraba en una espiral enloquecida y se quebraba violentamente, como abriéndose a un estadio más complejo, una percepción más aguda, que le abrumaba. La tormenta rugía en el cielo y rugía en su interior, más violenta cada segundo, más intensa, más exigente. Se llevó las manos a la cara y las apartó cubiertas de sangre, una sangre que brilló de forma extraña con la luz de aquel extraño día. La miró espantado, aterrado, convulso. “¡He traicionado a Marco! ¡He matado a Marco…!”, asumió por fin. Ya no había frialdad, ni cuentas que podían aceptarse, ni precios razonables. Había traicionado a su hermano y lo había enviado a la muerte. Sangre y culpa, eso era lo único que le quedaba, eso sería por siempre. – ¡Longino! – oyó que le llamaban. Didio, quizá. El mundo, más exactamente. Pero el mundo pesaba demasiado, era un inmenso manto de dolor y ruina que le sofocaba, rodeándole por todas partes. Longino giró sobre sí mismo, cubierto de sangre, aturdido por mil sonidos que hasta entonces no había sido capaz de oír, sintiendo que la realidad era algo más profundo, algo que nunca había visto, en verdad. Todo era un entretejido de emociones, como un océano profundo y salvaje, cada una de ellas una ola intentando imponerse: la pena de la madre de Jesús, la desesperación de María de Magdala, la preocupación de Didio… Y, más allá incluso, el dolor de un pueblo convulsionado por la necesidad de su propia reafirmación al sentirse invadido, y el del invasor que crecía desaforadamente en todas direcciones porque no podía hacer otra cosa, sino quería perecer… Sangre. Sangre y culpa para Longino… – No puedo… no puedo… – susurró, sintiendo que, realmente, no podía soportarlo. Las murallas interiores que tanto se había esforzado por mantener se derrumbaron en un instante, como arena desmenuzada por aquel viento helado. Echó a correr, cruzando el campo sembrado de muertos, sin hacer caso de los gritos de Didio, que le llamaban. No se detuvo hasta estar frente a la cruz de Marco… ¿Era realmente él? – Oh, por los dioses… – gimió Longino, cayendo de rodillas. Resultaba tan difícil creer que fuera el dorado y hermoso Marco, siempre con una sonrisa en los labios, siempre dispuesto para una chanza o beber un buen vino. Habían sido niños alegres en la lejana Capua, jóvenes llenos de esperanza cuando visitaron Roma, hombres ambiciosos cuando decidieron entrar en el ejército. En realidad, Marco no había sentido ninguna inclinación por la vida militar, pero le había seguido porque eran amigos y habían jurado seguir siempre juntos. Le recordó, en tierras griegas, más hermoso que ninguno de sus semidioses, riendo y diciendo que ellos habían sido afortunados, auténticos privilegiados por los dioses, porque siempre se habían tenido el uno al otro y nunca habían sabido lo que era la soledad. Ahora, el cabello se pegaba sucio a las mejillas, como tentáculos grasientos, tenía la boca rota y uno de sus ojos estaba monstruosamente hinchado, haciendo imposible distinguir dónde se encontraban realmente los párpados. El viento arreció, en un par de rachas especialmente fuertes, antes de volver a detenerse. De pronto, hacía frío, hacía mucho frío bajo esas nubes de tormenta, y Longino se preguntó si Marco sentía realmente algo, desnudo, casi muerto… Un grupo de soldados pasó cerca. Sus risas flotaron entre las cruces, levantando ecos extraños. Luego, silencio. – ¿Qué haces aquí? – le preguntó entonces Marco. En su voz había auténtica curiosidad, un resquicio de sorpresa. Longino agitó la cabeza. Ni él mismo lo había sabido. Pero entonces, lo entendió. – No quería que murieses solo – dijo, en un sollozo. Marco consiguió reír. Tosió. Le faltaban muchos dientes. Tenía los labios cubiertos de sangre, como el rostro, como el cuerpo. ¡El hermoso y alegre Marco! Ahora, el único brillo de su mirada de cíclope era el de la acusación. “Lo sabe”, pensó Longino, una vez más, sintiendo que era él quien estaba desnudo ante el mundo, que su infamia y su culpa se leerían por siempre en su rostro, que jamás podría limpiar la sangre de sus manos. Marco moría sabiendo quién le había traicionado, quién organizó la trampa, y las razones que le habían llevado a ello. Longino sintió el corazón oprimido por un dolor salvaje, algo que no quería que existiese, que no quería sentir. Marco parpadeó con su único ojo. – Pobre Longino. Pobre iluso. Quieres sentirte mejor, pero es algo que no puedo concederte. – No quería… – apretó los puños, en un conato de rebeldía – ¡No! ¡No me siento culpable! ¡Tú te interpusiste! ¡Tú intentaste arrebatarme lo que yo más quería, sin importarte cómo me sintiera! – golpeó la tierra con ambas manos, dejando escapar toda aquella rabia – ¿Cómo pudiste, Marco? ¡Te lo conté, confié en ti, y tú estabas revolcándote con ella a mis espaldas! – Reconozco que debí decírtelo. Simplemente, no sabía cómo hacerlo. Pero no me hagas reír. Has demostrado sobradamente que nunca has sabido querer a nadie que no seas tú. ¿Cómo pudiste, tú, Longino? Me llamabas hermano, confiaba en ti. Y tú lo organizaste todo, tú me tendiste una trampa. Codiciabas a Judith. Y nunca la tendrás, ¿sabes? Porque yo no era el obstáculo: lo eres tú mismo – alzó la vista, a lo lejos – ¿Sabes? Desde esta posición, el mundo se ve distinto. Una inmensidad cubierta de niebla, entre la que intentan moverse las gentes. Van a ciegas, cada uno empeñado en su propio avance, pisando a los demás de ser necesario, tratando de no recordar lo vulnerables que son. – Oh, Marco… – sollozó Longino. No pudo seguir. Tampoco importaba. – Tu deseo no se ha cumplido, hermano – añadió entonces Marco, apenas un susurro, algo le dijo que sería el último – Miro a mi alrededor y no veo rastro de vida. Muero solo. Inclinó la cabeza, y no hubo más. Longino lloró, sin disimulo, sin poder contenerse, arañando la tierra con dedos ensangrentados. Las nubes de tormenta eran tan densas que casi parecía que se había hecho de noche. Qué apropiado, noche sobre el mundo, en el día de la muerte del luminoso Marco. No supo cuánto tiempo siguió allí, consumido por la pena y el dolor. Posiblemente Didio y los demás se dieron cuenta de que estaba llorando, pero no se acercaron, respetando su duelo. Cuando pudo contenerse lo suficiente, se puso en pie y regresó, arrastrando los pies, asumiendo la condena que sería el resto de su vida. Habían permitido que la madre de aquel judío loco se llevase su cuerpo, con la ayuda del resto de sus amigos y familiares. No encontró su lanza por ningún sitio. CUARTA ÉPOCAAño: 2011 Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported (I PREMIO XLIII CERTAMEN DE USUARIOS BUBOK. tema: Mitología) |
Díaz de Tuesta
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