Tweet # Blanco Futuro. Así dijo llamarse el miembro del FLCT (Frente Luminoso contra la Teleportación) que habían sorprendido justo cuando provocaba la avería. Maldito cabrón: por su culpa todo el sistema se colgó por completo en pleno proceso, causando la duplicación de casi trescientos usuarios y la pérdida de uno, un tal Jesús Sánchez, electricista de tercera, al que todavía no habían localizado por ningún sitio. “Si no podemos recuperar su información, si se ha desintegrado por completo, lo tenemos claro”, pensó Rebeca Goyri, Directora de la Terminal 5 de Remota, la empresa de transportes más importante del planeta. Una duplicación era algo que siempre entraba dentro de lo posible y a ese respecto todo estaba perfectamente reglamentado. El usuario aceptaba la posibilidad por contrato, asumiendo que toda copia tendría prohibido perturbar la paz del original. Remota, respaldada por potentes compañías de seguros, se comprometía a ofrecer un trabajo vitalicio al clon, el Estado le daba documentación apropiada y se le recolocaba en otro lugar, lo más alejado posible del punto de origen, con otro nombre, en una variante de la clásica protección de testigos. Por lo general, con eso, quedaban todos contentos. O relativamente, como bien sabía Rebeca. Ella misma, era un duplicado desde hacía siete años y recordaba perfectamente la sensación terrible que tuvo cuando aquellos hombres uniformados con los trajes grises del Servicio de Seguridad de Remota se acercaron a ella para indicarle que sí, que la transferencia se había realizado, que no era que ella se hubiese quedado en el mismo sitio mientras su familia se iba. Ella también se había ido. Le costó tanto aceptar esa idea asombrosa… Se tiró horas llorando en un despacho frío y anónimo. Y, en definitiva, tampoco le había ido tan mal en esos años; siempre había sido una persona trabajadora y responsable y había ascendido rápidamente dentro de la compañía. Ahora, dirigía una de las Terminales de nivel medio, tenía un bonito apartamento y un gato, vehículo privado y Pase VIP–Remota de trayectos largos, completamente gratuito, para viajar a cualquier parte del universo conocido durante el resto de su vida aunque, después de lo ocurrido, pocas ganas le habían quedado de ir a ninguna parte. No podía quejarse, desde luego; pero, seguía añorando la vida que tenía antes de esas absurdas vacaciones. Sabía que no debía regresar, que no podía perturbar la paz de la cándida y feliz Rosa López que había sido, o la de su marido, arquitecto de profesión, de apariencia severa pero hombre cariñoso en el hogar, buen esposo, buen amigo y fanático de la jardinería y los cómics. Ellos, no habían llegado a enterarse nunca y no lo comprenderían. Tenían un hijo, que en un mes y medio cumpliría diez años. Rebeca siempre lo celebraba llorando frente a una tarta de fresas como la que tanto le gustaba. Le aseguraron que para el niño era mejor no pasar por semejante trauma y que ella podría tener muchos otros. Pero, qué ganas podía tener de construirse una nueva vida. ¿Y si volvía a ocurrir lo mismo…? Rebeca apartó aquellos pensamientos. No era momento para lamentarse y, por más que le pesase personalmente, la duplicación era algo que podía suceder. Pero la desintegración sin retorno era una cosa muy distinta, algo inusual y enormemente grave. La base del éxito de Remota se apoyaba por completo en la confianza que los usuarios depositaban en ella y se extremaban las medidas, con sucesivos volcados de datos, creando copias de seguridad en cada micro–segundo durante la transmisión. Según se decía, uno podía duplicarse, pero no desaparecer. Eso, nunca. Si el asunto de Jesús Sánchez se filtraba y llegaba a la prensa, podía llegar a crear una alarma social considerable, de consecuencias imprevisibles. Quién podía decirlo, con la cantidad de miedo adecuado, la gente podía considerar volver a los antiguos medios de transporte, más lentos y menos seguros pero también menos temibles. Si ocurría eso, Remota quebraría de inmediato, se sumiría en una ruina repentina y total. A Rebeca no le interesaba mucho el destino de los accionistas, pero sí su propia carrera. Allí estaban su casa y su futuro, no tenía nada más. Si todo se hundía a su alrededor, ella se iría a pique también. Y, el culpable de todo aquello la miraba ahora con una sonrisita irónica que la estaba poniendo de los nervios. Blanco Futuro era un hombre delgado, con barba cuidada, cejas espesas, ojos negros y expresivos; hubiera podido parecer un profeta de la antigüedad de no ser por el mono naranja de técnico Clase B de Remota que vestía, su disfraz para acceder a las instalaciones. Menudo bellaco. Tras ser sorprendido, intentó escapar, pero le capturaron antes de llegar al nivel de superficie del edificio. Los guardias de seguridad de Remota le arrastraron a la sala de detención en la que se encontraban en esos momentos, un pequeño espacio de cristal ahumado y metal, aséptico y vacío a excepción de una mesa y un par de sillas desangeladas, donde, bajo la fría luz de un foco, se asustaba habitualmente a sobones y carteristas. Blanco Futuro era algo muy distinto, el primer criminal con todas las letras que ocupaba el lugar. Le tenían convenientemente esposado, anclado a la mesa, mientras le interrogaban y evaluaban la situación. Carlos Navas, el Jefe de Seguridad de la Terminal 5, estaba también presente, apoyado en la pared, junto a la puerta. Rebeca había evitado mirarle, como siempre, mientras pensaba que era la vez que más tiempo habían estado juntos en la misma habitación, desde la fiesta de Año Nuevo, en la que terminaron desnudos y sudorosos en su despacho. Navas había intentado hablar con ella varias veces, pero Rebeca no podía enfrentarlo. No en ese momento. – Tus amos y tú matáis gente cada día – sentenció por enésima vez Blanco Futuro, mirándola con aquellos ojos inquietantes – A cientos, a miles… – Oh, no, líbranos de la mierda de vuestro ideario – replicó Navas – Nosotros no matamos gente, imbécil, eso lo dejamos para tarados como tú. Nosotros sólo la transportamos de un sitio a otro. – Mentira – las pupilas negras giraron hacia él – Lo digas como lo digas, la destruís, Navas. Lo que surge al otro lado del trayecto no es más que una triste copia de lo que fue y lo sabes – técnicamente, era correcto, aceptó Rebeca. Al fin y al cabo, el procedimiento de transporte consistía en un escaneado con posterior desintegración. Toda la información que constituía la persona era entonces enviada a velocidad luz y reconstruida en otro sitio. No se trataba de un proceso instantáneo, como se vendía en publicidad. Todo seguía dependiendo de la distancia. A la Terminal 1001, situada en las bases mineras de la Luna, se llegaba en un segundo, mientras que a la Terminal 10001, situada también en bases mineras, pero en el Titán de Saturno, el viaje duraba alrededor de una hora, y eso en el mejor momento de alineación planetaria – El que era, ya no es, el que era, ya no está – insistió Blanco Futuro, más profeta enajenado que nunca – Y nadie, nadie, puede reconstruir un alma, ni siquiera vosotros. Mucho menos, vosotros. Se pierde, muere. Rebeca bufó, suplicando internamente por un poco de paciencia. – Dime dónde está el alma y la teleportaré. – ¿Tú lo preguntas? ¿Precisamente tú, que eres una mera copia, un defecto, el resultado de un lamentable error? – Rebeca se sonrojó a su pesar – Lames el culo de los que te crearon porque no tienes nada más, Goyri. Y arriesgarías cualquier cosa, a cualquiera, por seguir con tu sucedáneo de vida. No sabrías reconocer algo espiritual aunque te golpease en todo el rostro con una maza sagrada. Navas hizo una señal al guardia. El forzudo le dio un puñetazo a Blanco, rompiéndole el labio. – Seguro que tú sí reconocerás ese puño, si tiene que volver a golpearte – dijo Navas, enfadado – Ahora, repito: ¿quién te dio las claves? Nada, ni caso. Rebeca estaba buscando cómo replantear el asunto cuando sonó su comunicador. Le hizo una seña al guardia para que no quitara ojo del terrorista religioso y contestó, mientras asentía a Navas, cuyo comunicador también había empezado a pitar casi de inmediato y estaba saliendo para hablar en el pasillo – ¿Sí? Rebeca Goyri. – Señorita Goyri, llamamos de Presidencia – instintivamente, Rebeca se sentó con la espalda más recta – Hemos recibido su informe. – Sí, señor. Decidí enviarlo lo antes posible. – ¿La cifra se confirma? ¿Doscientos noventa y ocho duplicados? – Sí, señor. De ellos, al menos una docena son niños, de modo que habrá que recurrir al apartado cuarto de la norma trescientos diez y ocuparse de su mantenimiento y educación hasta su mayoría de edad. – Comprendo. Y el señor… Jesús Sánchez, ¿ha aparecido? – Todavía no, pero es pronto. Seguro que… – Sí, comprendo que, ahora mismo, están todos ustedes trabajando con la mayor diligencia para solucionar el problema – la amabilidad del tono alarmó a Rebeca – Pero espero que entienda que este asunto es extremadamente grave, en todos los sentidos. Estamos pasando por un periodo de crisis económica mundial. La empresa no puede asumir los gastos de lo ocurrido. – Comprendo, señor – murmuró Rebeca, pensando en los grandes coches del Consejo, sus mansiones, sus lujosos yates… No sólo podían asumir esos gastos sino que, si lo desearan realmente, podrían erradicar por completo la pobreza y el hambre del mundo. Pero, claro, no querían. El juego no resultaba divertido si algunos no estaban lo bastante desesperados como para hacer cualquier cosa a cambio de un sueldo miserable. Como decía Martínez, el Responsable de Área Continental, un individuo repugnante, si todo el mundo tenía dinero suficiente como para ir de cliente a un bar, ¿quién iba a poner las copas? – Lamentándolo mucho, vamos a tener que recurrir al procedimiento Omega. Me entiende, ¿verdad? – la mente de Rebeca se deslizó por la Normativa que había estudiado tantas veces, llegando a la parte escrita tras una línea roja y se sintió incapaz de responder. Al otro lado de la mesa, Blanco Futuro sonrió con más amplitud – El atentado nunca ha ocurrido. Reúna a los clones y proceda a su eliminación. – Pero, señor, son… hay niños. – Sólo son clones. Copias. Errores de proceso. No olvidemos que los niños auténticos están en el lugar de destino, dedicados a sus asuntos y sin enterarse de nada. – Señor… – dudó, pero lo dijo – Le recuerdo que yo también soy una duplicación. Hubo un momento de silencio al otro lado. Luego, el tono fue comedido. – Eso, podría solucionarse. Ambos sabemos que sólo hay duplicación cuando existen dos sujetos idénticos, por culpa de un error en la transferencia. Y nos han informado de cuánto echa de menos su hogar, a su marido, a su… hijo. Es una situación que lamentamos profundamente. Si responde a nuestras necesidades, señorita Goyri, no dude de que nosotros responderemos a las suyas. Será única. Y podría usar su propio nombre y regresar a su casa. Rebeca pensó en la Rosa López que había sido. La que seguía siendo, allá en la casa con el pequeño jardín, con un esposo y un hijo que la querían. Y el perro, Sugus. Se preguntó si Sugus la reconocería a ella, si reconocería el olor de Rebeca Goyri. – ¿Me está diciendo que…? – No estoy diciendo nada. Pero tenga en cuenta que ha llegado a una importante encrucijada en su vida. Si sigue nuestro camino, le prometo una identidad completa – esperó un poco. Como Rebeca no dijo nada, su interlocutor asumió que estaba de acuerdo. De todos modos, debió decidir que había que reforzar el asunto con un toque de amenaza – Elimine todos los obstáculos y asegúrese de que no queda rastro alguno de lo ocurrido en los informes de la Terminal 5. Recuerde que es usted la responsable última de todo. Si algo de esto se filtra, será su cabeza la que ruede. – Comprendo… ¿Qué hago con el terrorista? – ¿De qué terrorista me habla? Nunca ha habido ningún atentado, señorita Goyri. La comunicación se cortó bruscamente. Rebeca apagó el comunicador y mantuvo la mirada de Blanco Futuro. – Sólo sois copias – dijo el fanático – Cuerpos sin alma. Máquinas biológicas sin espíritu santo. – Y tú eres un hijo de puta – se volvió hacia la puerta cuando entró Navas. Por su cara, pudo imaginarse que sus problemas no habían hecho sino aumentar – ¿Qué ocurre? No, mejor no me lo digas. Ahora mismo no puedo afrontar nada más – se frotó las sienes – ¿Sabes lo que quieren que haga? – Claro que lo sé. Me acaban de ofrecer tu puesto – Rebeca parpadeó – ¿En qué mundo vives? Despierta, Rebeca. En cuanto des las órdenes, serás la única en pagar por semejante crimen. La historia oficial será que lo hiciste actuando por tu cuenta, intentando ocultar tu error. Y, tras asesinar a toda esa gente, yo te hice detener. – Pero… lo negaría todo. Navas lanzó una carcajada. – Cariño, ¿qué dices? Lógicamente, siendo más culpable que Judas, intentarías huir. Y tendrías un lamentable accidente, cayendo por una ventana, o algo así – Rebeca le miró horrorizada – Han dejado esa parte a mi libre creatividad. – Sois la hostia – rió Blanco Futuro – Y eso que, tú, no eres una copia. – No, amigo. Yo soy un imbécil totalmente original y tú una escoria común de lo más común –se pasó una mano por el pelo, mascullando una maldición y, luego: – La pregunta que debemos hacernos ahora es si hay algún héroe en esta sala… – Navas… – empezó ella, aunque ni sabía qué iba a decir. – Calla. Deja que piense, que no sé cómo vamos a salir de esta. Aunque supongo que no hay muchas opciones – titubeó un momento y luego activó su comunicador – Soy yo. Pincha ahora, no podemos esperar más. Te digo que no. Lo comprenderás en cuanto veas la información. Está todo. También te voy a enviar grabaciones de mi móvil y los duplicados. Sí – miró al fanático – Mmm… Bueno, espero que eso no fuera imprescindible, porque ha desaparecido. Sí, parece ser que finalmente consiguió escapar. Bien – cortó. Miró a Rebeca – Listo. En pocos minutos todo se hará público. Es lo único que puede salvarnos ahora mismo. Remota tiene que caer. Rebeca le miró anonadada. Tardó casi medio minuto en reaccionar. – Lo tenías preparado. – No exactamente. O no de este modo. Pero sí que tenía mis contactos – se dirigió a los guardias – Llevad a este canalla a la cinta de salida. Procedimiento Omega. – ¿Qué? – por primera vez, Blanco Futuro perdió la sonrisa – ¡No puede hacer eso! ¡Es un asesinato! – ¿En serio? Pues es exactamente lo que buscabas para casi trescientas personas. Te jodes. – ¡Pero yo tengo alma! – gritó, mientras le arrastraban a la puerta. – Eso espero, de verdad – replicó Navas – Así se pudrirá en el infierno – esperó un segundo hasta estar solos y miró a Rebeca – Tú y yo tenemos una conversación pendiente desde Año Nuevo, Rebeca, no creas ni por un segundo que lo olvido, pero supongo que ahora mismo tampoco es el momento. Hay un montón de gente esperando que les digamos qué va a ocurrir con ellos y tenemos que sacarles de aquí – le tendió la mano – Vamos, Rebeca Goyri. Si te parece podemos… – Soy Rosa – dijo ella, sintiendo que aquello le quemaba la boca según salía – Rosa López. Trabajo de secretaria en una agencia de viajes y me gusta la cocina y leer. Tengo un marido, y un hijo, y un perro llamado Sugus. Navas agitó la cabeza. – No, Rebeca, aún no lo has entendido. Rosa López ya existe en alguna parte, feliz, ignorante de todo esto. Seas quien seas, no eres ella, porque no sólo importa cómo lo ves tú o cómo lo sientes tú. Ante los ojos del mundo, apareciste repentinamente hace siete años. Puede parecer injusto, puede ser terrible, pero es así, y es inútil luchar contra los hechos. Y tal como yo lo veo, lo mejor en estas circunstancias es intentar salir adelante, sin golpearse la cabeza una y otra vez contra el mismo muro. Rebeca Goyri existe, existe por sí misma, y debería tener también la oportunidad de buscar su propia parcela de felicidad. A mí, al menos, me gustaría… – ella suspiró y tomó su mano. Navas sonrió – Vamos, ven. Es el último día de la Terminal 5. Hagamos bien nuestro trabajo. CUARTA ÉPOCAAño: 2010 Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported (2º PREMIO XLVII CERTAMEN DE USUARIOS BUBOK. tema: Ciencia Límite) |
Amanece. El sol está tiñendo de oro las aguas del mar y me ilumina, aquí en lo alto, azotada por el viento húmedo. Tengo los pies firmemente afianzados sobre un metal que siento frío y fugaz. Sé que esos hombres tan extraños me miran, divididos entre la esperanza y el horror, pero yo sólo tengo ojos para el mar. ¡Parece tan colosal, tan inmenso! Hogar de dioses y espíritus, según dicen, y aquí está, esperándome. Siempre ha estado aquí. Y yo tenía que llegar.
Antes, no lo sabía. Si caminé hasta la costa durante semanas, fue porque me habían contado que, en las tierras que quedaban al otro lado del mar, se comía tres veces al día. ¡Tres! Ni mi madre ni yo podíamos creerlo. “¡Exageraciones!”, nos dijimos. Quizá dos, más probablemente una… Pero, aún así, decidimos que merecía la pena intentar el largo y penoso viaje. Ambas pertenecíamos al grupo de los que conocen la angustia de ver caer la noche sobre un día en el que no has tenido absolutamente nada que comer. Para nosotras, saber que habría algo seguro, al menos una vez, ya nos parecía suficiente milagro.
Ni la tierra, ni el mar, ni los hombres, podían suponer un obstáculo en mi camino.
– Llegaré, madre – soñé en voz alta, intentando no ver que ella no lo creía – Llegaré, y arrancaré un futuro de ese paisaje extraño.
Dejé atrás una hija que no dejaba de llorar y una madre que ya no podía hacerlo. A veces, en el largo camino, temblando de angustia y de frío, creándome de la nada una y otra vez en cada paso, me pregunté si era una mujer valiente. La verdad, no lo creo. Me atemorizan los dioses que viven en la espesura, los espíritus que nunca descansan y todo lo que no soy capaz de ver en la oscuridad. Pero tuve que ver morir a mi esposo por la guerra y a mi hijo menor por el hambre, y mis ojos se quemaron con esas imágenes. Hay cosas que ya jamás podrán asustarme.
Alcancé el mar con llagas en los pies sólo para descubrir que, en la ciudad costera, se hacinaban otros muchos como yo, deseando exactamente lo que yo quería. Recuerdo haber pensado que había olas en el mar y había olas en tierra, formadas por una inmensidad de seres que se mecía continuamente de un lado a otro, sin rumbo ni esperanza, sin principio ni fin, arrastrados por una insoportable marea de desilusión. Éramos náufragos en el océano del mundo, cargados con un eterno lastre de hambre y miedo. Y todos nos sentíamos asfixiados, empujados por la desesperanza de la nada que nos perseguía muy de cerca, comprimidos contra aquella frontera líquida que nos separaba del mundo soñado.
Se hablaba de los que lo intentaban y no lo conseguían…
A mí, que nunca antes había visto el mar, me pareció hermoso y temible. Quizá porque no sabía nadar, me amedrentaba más que cualquier otro de los obstáculos que me había encontrado en el camino, pero no quería demostrarlo. Me acerqué a la orilla. Era la hora del crepúsculo y el cielo destilaba rojos intensos sobre aquella gran masa de agua. Supuse que allí, en el rumor de aquellas olas, debían habitar espíritus muy fuertes. Tuve que recordarme una y otra vez que quien ha visto la sangre de su hombre mezclada con el barro del mundo, ya no le teme a nada.
– No te atrevas, mar. No te atrevas – le dije, desafiante, apretando los puños. El último obstáculo, mi adversario definitivo. No consentiría que me detuviese. Por mi madre. Por mis hijos, los vivos y los muertos. Por el recuerdo de mi esposo y por mí misma, lo cruzaría y conquistaría, y llegaría al otro lado.
Las olas murmuraron en respuesta algo que no pude entender. Soy gente de tierra seca, de polvo, de sol despiadado. Nunca he comprendido otros lenguajes.
Supongo que se burlaba de mi arrogancia, porque pronto descubrí que para los que nada teníamos había pocas opciones y todas quedaban fuera de mi alcance. No disponía ni de la documentación ni de los medios para viajar legalmente. Hasta para vivir en el día a día tuve que olvidarme por completo de mí misma y trabajar en un burdel cercano al puerto, lo único que logré encontrar tras dar tumbos por todos lados, arrastrada en aquella marea.
Empezaba a hacerme a la idea de que nunca saldría de allí, cuando conocí a Ahmed. ¡Creía que yo era guapa! Eso casi me hizo sonreír, pensando en tantos instantes en los que se quedó mi posible belleza; mirando hacia atrás, casi podía verla, como jirones de ropa destrozada en las zarzas de un camino. Pero agradecí aquel rayo de ilusión y le escuché mientras hablaba del barco que iba a levar anclas, de la oportunidad única. Él pensaba subir de polizón con un par de compañeros. Yo no dudé ni un segundo. Me fui con ellos.
Era de madrugada cuando nos deslizamos en el barco, cuatro sombras encogidas por el temor a ser descubiertas…
No merece la pena hablar del inicio del viaje. No teníamos casi luz, pero hubiera dado lo mismo: nadie se atrevía a mirar a los ojos a los demás, para no ver su miedo reflejado. Todo vibraba y se oía continuamente un bramido de fondo, una mezcla de ruido de motores y el eterno rumor del mar. A veces, yo ponía las manos en la gigantesca pared de metal que me separaba de aquella bestia y trataba de sentirlo más cerca. Me preguntaba si estaría furioso con nosotros por haber burlado sus límites, por habernos atrevido a cruzarlo sin permiso de mortales o inmortales.
No sé en qué momento se detuvieron los motores. Yo estaba dormida y fue Ahmed el que me despertó. Dijo que los otros dos habían ido a investigar. De pronto, oímos gritos y movimiento, seguidos de pasos, muchos pasos, invadiendo la bodega. Debían haber descubierto a nuestros compañeros y nos estaban buscando. Corrimos, separándonos entre los gigantescos montones de carga. Yo me escondí bajo unos sacos y contuve la respiración. No me encontraron pero sí a Ahmed. Oí sus gritos, y golpes. Se lo llevaron.
Al cabo de un rato, me arriesgué a salir de mi escondite. Nuestras cosas no estaban en su sitio por lo que, tras pensarlo bien, me dirigí a la escalera. No me engañaba: lo mejor, dadas las circunstancias, era entregarme. Tenía más posibilidades de sobrevivir al viaje estando con mis compañeros encerrada en algún sitio, que allí sola, a oscuras y sin víveres ni agua.
Salí al exterior, al olor a mar, al sabor salado de la brisa, en algún punto cerca de la borda. Desde allí me deslicé por un lateral, siguiendo las voces. No entendía el lenguaje de los hombres del barco, aunque sí supe que estaban furiosos. Ahmed pedía clemencia, suplicaba aterrado. ¿Qué ocurría? Cada vez más asustada, rodeé la pared de un castillete y pude ver el grupo, justo en el momento en que dos marineros arrojaban por la borda a uno de nuestros compañeros. Ahmed forcejeaba con otros tres, pero le golpearon en la cabeza con una barra de hierro y corrió la misma suerte.
No me lo podía creer. No me podía mover.
– ¡Eh! – oí entonces. Sobresaltada, miré a un lado y me topé con el rostro iracundo de otro marinero. Los demás también dieron gritos y fueron de inmediato hacia mí. Intenté huir como pude, corriendo enloquecida por aquel barco inmenso que tan hostil me parecía pero, como era de suponer, terminaron cerrándome el paso, arrinconándome contra la borda.
Entonces, para mi sorpresa, se detuvieron. Formaron un semicírculo a mi alrededor, pero no se acercaron más. Todos me miraban con expresiones perdidas entre la ira y el espanto, los ojos deslizándose entre los míos y mi vientre, ya abultado por la curva de una nueva vida.
Las voces. Las voces dando vueltas en el aire empapado de mar…
– ¡Por Dios! ¡No podemos hacerlo! ¡Eso no!
– ¡Ya conoces la ley! ¡Con ella aquí, no tenemos seguro, y si la llevamos con nosotros nos caerá una multa que no podremos afrontar, como poco! ¡Y si la llevamos de vuelta, lo perderemos todo!
– ¡Son leyes estúpidas, criminales!
– ¡Díselo al que las redactó en un despacho!
– ¡Hay que echar fuera al intruso! ¡No tenemos más remedio!
– ¡Está embarazada!
– ¡También lo está mi hija! – el que dijo eso se dirigió hacia mí, mirándome con ira e impotencia. Contemplé el rostro asustado de un viejo enfrentado a la miseria, aterrado por la misma nada de la que yo había llegado huyendo – ¿Te das cuenta de la situación en la que nos has puesto, niña? ¡No puedo perderlo todo!
Yo no entendía sus palabras, pero la desesperación que transmitían sus ojos era hermana de la que vivía en mi interior. Sentí una pena inmensa, por ellos, por mí: todos en aquel barco éramos seres atrapados.
– Oh, no, diablos – susurró el viejo – No te pongas a llorar…
Estaba tan cansada, tanto… Ya era hora de aceptar que no conseguiría cruzar hasta las tierras de la abundancia. Y que tampoco podía regresar. Si lo hacía, tendría que enterrar allí este nuevo hijo, porque a nadie iba a importarle el destino de un niño famélico más entre el oleaje humano de los oprimidos; y a mí me esperaban el burdel, el hambre, la enfermedad y una muerte solitaria en la ciudad de la Gran Marea, la que devoraba los sueños y escupía pesadillas.
El mar bramó, el inmenso mar que estaba por todos lados, en el aire, en el viento, en aquel olor maravilloso que azotaba mi pelo…
Y entonces, entendí lo que me decía, lo entendí de verdad. Me esperaba, aquel era mi destino.
Por eso, me subí a la borda. Por eso, estoy aquí…
Amanece. Siento el metal bajo los pies, el viento húmedo azota mi cuerpo; el mar me observa, el cielo calla.
– ¡No! – grita el viejo, y hasta se adelanta para tratar de impedir lo que él mismo había querido hacer momentos antes. Pero yo salto.
Salto hacia el mar, sin miedo. Ahora conozco su idioma.
No te atrevas, mar.
No te atrevas…









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