Tweet # Olvidaos de los nombres. No diré cuál era el país, o sus gentes, o qué idioma utilizaban, ni cuándo ocurrió lo que voy a relatar. No hablaré tampoco sobre mí, más allá de mencionar que una mujer, un balcón que sangraba claveles y un duelo, me alejaron para siempre de mi Sevilla natal, confinándome a una eterna sucesión de nuevos horizontes. Poco importan esas pequeñeces, o todo lo que ocurrió antes de mi llegada a aquel fuerte, tras hundirse bruscamente la barcaza en la que viajaba. Fui, creo, el único superviviente, y de aquella experiencia pavorosa sólo recuerdo haber luchado a brazo partido por escapar de unas aguas turbulentas. Qué gélidas, qué oscuras, eran aquellas olas, rizándose espumosas contra enormes rocas grises. En su ir y venir había aristas cortantes y un frío tan cortante como esas aristas. No sé cómo conseguí salir, supongo que fue pura suerte; para entonces ya no creía en ninguno de los dioses con los que me había cruzado en mis viajes, ni siquiera el que me inculcaron de niño. Amanecía cuando por fin alcancé tiritando la orilla helada de un río que atravesaba tierras que, para el mundo conocido, sólo eran un hueco en blanco en cualquier mapa. Estábamos en los primeros días de un invierno que se auguraba especialmente frío por el tono plomizo de sus cielos. El bosque que me rodeaba parecía sofocado bajo el peso de tanta nieve y lo encontré hermoso y, también, terrible. Sin comida, sin ropa para cambiarme o darme abrigo, sin ayuda en miles de kilómetros… Supe que no podría sobrevivir y más cuando oí el lamento de los lobos, en la distancia, y pensé que era un canto fúnebre que anunciaba mi muerte. Aún así, me resistí a darme por vencido. Como buen español, soy testarudo y me crezco ante la adversidad, así que avancé a trompicones, notando el suave crujido de la nieve bajo mis botas. No tenía ni idea de cuánto me habían arrastrado las aguas del río; daba igual, tampoco sabía en qué punto nos encontrábamos cuando se hundió la barcaza, ni conocía el territorio. Me consolé con la idea de que, quizá, con suerte, encontraría un poblado de indígenas. Y, con mucha suerte, serían unos indígenas sin demasiados rencores contra los extranjeros. No fue así, pero tampoco pude quejarme: cuando estaba a punto de derrumbarme definitivamente, agotado y aterido, me topé con un pequeño fuerte, en el que ondeaba una bandera convertida en un trapo sin gloria ni presencia, tan rota que no pude identificar a qué país pertenecía. Recuerdo haber pensado vagamente que ni el viento ni la nieve podían haber hecho aquello. La muralla, construida con gruesos troncos arrancados de aquel bosque, se encontraba también en mal estado, sobre todo en su parte trasera. Aunque me sentía demasiado helado como para pararme a examinar bien todo, sí pude comprobar que en muchos puntos la madera estaba combada y marcada con algo que parecían garras de algún animal de buen tamaño. Eso, me asustó, pero no tanto como hubiera podido esperarse. Supongo que a esas alturas el frío, el hambre y el agotamiento, limitaban mis emociones. Me limité a mirarlas, sintiendo que mi mente no conseguía centrarse en aquello. Las puertas estaban entreabiertas; una oscilaba con un crujido inquietante a impulsos de la brisa, marcando un ritmo que pareció despertar en mi interior… no sé cómo describirlo, un temor antiguo, un sentimiento ancestral, algo que encadenaba firmemente el hombre que yo era en ese momento con el que hubiese sido en uno de los primeros anocheceres del mundo: una criatura vulnerable, expuesta a fuerzas colosales, a los grandes misterios que quedaban siempre un poco más allá de su entendimiento. Alguien en el proceso de crear dioses para protegerse, porque se siente incapaz de lograrlo solo. Titubeando, empujé la puerta con una mano y entré en el amplio patio del fuerte. Excepto en los laterales, donde formaba blancos montones, la nieve se veía pisoteada y sucia de tierra, convertida en un pegajoso barro congelado en el que me hundía hasta los tobillos y por el que costaba avanzar. El recinto estaba sembrado de cajas por doquier, un par de carros destrozados, montones de sacos, restos de hogueras… A los lados, había unos pocos edificios, dos de ellos al fondo, el más grande y mejor construido, a la derecha. Mientras caminaba con torpeza por aquel lugar, preguntándome dónde estarían sus habitantes, mis ojos se detuvieron en una línea de algo blanco que recorría sinuosa el patio de lado a lado, como una serpiente. Iba a acercarme a examinarla, pero me distraje, porque a un lado descubrí un cementerio, con el mismo aspecto de ruina y olvido que todo lo demás; las tumbas, unas diez o doce, estaban removidas, dos de ellas completamente abiertas. La luz del sol se apagaba lentamente sobre las toscas cruces de madera. Me recorrió un escalofrío. De haberme encontrado en mejores condiciones, hubiera hecho caso de mis miedos, de lo que me susurraba mi instinto, pero para entonces ya no era capaz de razonar más allá de lo básico. Necesitaba ropa seca, si quería sobrevivir a la noche. Y comida. Estaba cerca de uno de los montones de sacos, me pregunté si contendrían algo comestible. Sintiendo que se me escapaban las últimas fuerzas, di un paso hacia ellos… – ¡Alto! – oí de repente. Obedecí y luego giré lentamente la cabeza hacia la voz. Vi un hombre, a pocos metros, plantado con las piernas abiertas sobre el barro escarchado. Llevaba un uniforme de oficial, con un par de medallas en la pechera, y me apuntaba con un rifle – No cruce la línea – miré a mis pies y comprobé que, efectivamente, había estado a punto de cruzar la línea de blanca, harina, si no me equivocaba. Quise preguntar qué significaba aquello, si era una marca, una frontera, o qué, pero no me quedaba ni siquiera voz. Él entrecerró los ojos, avanzó hacia mí y, antes de que me diera tiempo a reaccionar, me golpeó con la culata del arma. Desperté tiempo después para descubrir que estaba atado en una silla, en un comedor que hubiera podido encontrarse en cualquier casa de calidad. El desconocido estaba a mi lado, vestido con un impecable uniforme de oficial y aplicándome un paño frío en la sien. La mesa había sido cuidadosamente preparada para dos comensales: mantelería de fino hilo, vajilla de porcelana, cubiertos de plata, relucientes copas de fino cristal y una botella de vino. El olor de la comida me mareó, por la pura necesidad. El hombre me preguntó si tenía hambre. En cuanto asentí, atontado todavía, empezó a alimentarme con sorprendente amabilidad, dándome a la boca trozos pequeños. El guiso de carne aguada tenía un sabor desagradable, pero estaba caliente y yo me encontraba tan famélico que ni pensé en rechazarlo. Mientras, él empezó a hablar: – Ha estado hablando en sueños, en español. No es que tenga muy buena opinión de los españoles, pero supongo que puedo considerarlos civilizados. Por eso, lamento de verdad esta situación. Quisiera poder confiar en usted y desatarlo, pero, tiene que comprenderlo, sería un error. Y yo tengo el deber de hacer todo lo que sea necesario para mantener esta posición. – ¿Mantenerla? – intervine, con voz pastosa; la comida empezaba a reanimarme – ¿Frente a qué? ¿Por qué? El hombre rió. – No es usted un conquistador. De otro modo, no haría esas preguntas. Las respuestas lógicas son “Frente a todo” y “Porque hemos conseguido el logro de llegar hasta aquí”. Dese cuenta: estamos lo más lejos que ha llegado nadie, en miles de kilómetros somos los únicos representantes de nuestro mundo civilizado – viendo que me encontraba ya bastante saciado, dejó mi cubierto y rodeó la mesa, hasta su sitio. Empezó a comer, con elegancia – Y, de hecho, estamos justo en la frontera. No, no me refiero a una frontera de las habituales – añadió, al ver mi desconcierto – Es… algo más… complejo. Algo que separa mundos, más que pueblos o razas. Ha visto la línea de harina. Disculpe el golpe, me pareció que iba a traspasarla. Tenía que impedirlo. – ¿La línea de harina? – repetí sorprendido. De modo que era cierto, se trataba de harina. Él asintió, en un gesto comprensivo. – Visto lo visto, admito que tiene derecho a una explicación – hizo una pausa, decidiendo cómo empezar – Digamos que, en ese imparable avance conquistador de nuestra civilización del que le hablaba, hemos llegado aquí, al borde de todo lo conocido, y nos hemos topado de bruces con una especie de… de frontera, podría decirse, sí. Algo que separa mundos, más que países o razas. Usé la harina para marcar exactamente dónde cambia todo. Me llevó mucho tiempo, pero lo conseguí. Lamentablemente, los que construyeron este fuerte no lo sabían y la línea lo atraviesa. Varios de mis hombres desaparecieron. Soy el último que queda. Y a mí no me atrapará. – No le entiendo… Hizo un gesto con el tenedor. – Acá, a este lado, está lo conocido, lo cierto, lo que todos podemos tocar y entender; más allá – movió el cubierto, señalando otro punto en el aire –, sólo queda lo auténticamente salvaje, sin normas o control, sin posibilidades. El bosque… el propio mundo cambia, es distinto, y lo que habita en él no se parece tampoco a nada de lo que conocemos. Ni siquiera los indígenas se atreven a ir tan lejos, pobres bestias estúpidas. Dicen que no son tierras para ser pisadas por seres mortales – frunció los labios y se encogió de hombros – Quizá no sean tan estúpidos, después de todo… – Tienen que ser supersticiones. Esas culturas primitivas siempre las tienen. Compensan su ignorancia con mucha fantasía. – Quizá… – murmuró, pero no parecía convencido – En cualquier caso, yo tengo el deber de mantener en pie este fuerte. Y las circunstancias le han llevado a usted a compartir conmigo tal tarea. Yo no entendía nada, todo aquello me parecían desvaríos, y había asuntos que me preocupaban más. – ¿Por qué estoy atado? – pregunté entonces. Me miró con disculpa. – Porque aún no ha comprendido cuál es su situación y no estoy seguro de cómo… la encajará – carraspeó – Espero que comprenda su importancia y sepa estar a su altura. Somos los únicos seres civilizados en miles de kilómetros. ¿Se da cuenta de la magnitud de lo que eso significa? Somos los representantes del profundo conocimiento en Moral y Justicia que han desarrollado nuestros países a lo largo de milenios. Somos todas las experiencias y descubrimientos científicos, ideológicos o artísticos acumulados siglo tras siglo por nuestras culturas y que nos hacen tan plenamente superiores al resto de los pueblos y más aún a la ciega barbarie que perdura en lo que sigue siendo totalmente primitivo. Somos la luz del futuro en esta tierra anclada en el pasado. Debemos sobrevivir, porque tenemos una misión que podríamos considerar casi santa. – Si puedo ayudar… – Claro que puede. Y le agradezco que se ofrezca tan de buena gana porque, realmente, vamos a necesitar de su buena predisposición para salir adelante – sonrió amigable; luego, dudó – Verá, estábamos bien organizados, éramos un grupo preparado, gentes con experiencia, supervivientes. Hicimos un gran trabajo aquí, durante años, se nos unieron varios indígenas, prosperamos. Pero, esta vez… los hombres que partieron para conseguir las provisiones para el invierno, aún no han regresado. Y los que permanecían aquí conmigo han ido desapareciendo, supongo que atrapados por ese algo irracional que vive emboscado al otro lado de la línea de harina. Hace semanas que estoy totalmente solo. Desde que llegaron las grandes nevadas ya prácticamente no hay caza. A estas alturas, apenas quedan muertos… – miré horrorizado mi plato, dándome cuenta de lo que había estado comiendo, de la razón de aquel sabor espantoso. No pude evitarlo: incliné la cabeza a un lado y vomité, convulsionado por las arcadas. Me miró con reproche – No lo tendré en cuenta, dado su estado y la prueba terrible a la que ha tenido que enfrentarse, pero tenga cuidado, sería una pena estropear una excelente alfombra – agitó la cabeza, con pesadumbre – Amigo mío, tiene que recuperarse cuanto antes, lo mejor posible. Y tiene que cooperar en nuestro futuro común, de buen grado, es lo mejor para ambos. No quiero tener que matarle. Podría congelar su cuerpo muerto pero lo intenté con algunos indígenas y ya he aprendido que no es lo mismo. Y no es necesario, seguro que no. Seamos civilizados. Si el clima acompaña, y racionamos bien su… amable aportación, podemos sobrevivir los dos. Usted puede salir de esta situación sin una pierna o un brazo, o sin ambos, pero vivo. O todo puede ir incluso mejor. Aún tenemos carne para varios días, nuestro primer cocinero era un hombre obeso, está dando mucho de sí. Rece, para que mis hombres regresen con las provisiones. No hay que perder la esperanza. La idea me resultaba tan inconcebible que tardé un tiempo en asumir que, ciertamente, le estaba entendiendo bien. E incluso entonces, durante un largo minuto no supe qué decir. Aquel hombre refinado y de actitud juiciosa quería devorarme. Quería que me devorara yo mismo. Y quería conversar sobre filosofía o ciencia, entretanto. Los únicos seres civilizados, había dicho. Tenía gracia. Todo el progreso que hubiera podido implicar esa expresión grandilocuente, estribaba en las formas adquiridas para comportarse debidamente en la mesa, nada más. En el fondo, seguía siendo el mismo carroñero de tiempos primitivos. – Está loco… – conseguí balbucear. No se ofendió. – ¿Eso piensa? – cortó con exquisito cuidado un trozo minúsculo de carne y se lo llevó a la boca. Masticó lentamente, meditando la idea – No, la verdad, no estoy de acuerdo. Sólo soy un hombre presionado al límite. Alguien que… De pronto, sonó algo fuera, un fuerte golpe, un sonido de madera astillada y algo que parecía un gemido profundo arrastrándose en la oscuridad. Pudo ser el viento, yo así lo creí, pero aquel l hombre se sobresaltó y alzó la cabeza, alerta, dejó los cubiertos, se limpió las comisuras de los labios con la servilleta y se puso en pie. Cuando cogió el fusil, que había estado apoyado contra la pared, junto a la puerta, me hizo un gesto para que me mantuviera en silencio y quieto, y salió del comedor. Por supuesto, no le obedecí. En cuanto estuve a solas, alcancé como pude el cuchillo de mis propios cubiertos y corté las cuerdas. Sentí un mareo al ponerme de pie, todavía débil por todo lo ocurrido, pero me empeñé en continuar. No tenía alternativa. El horror a lo que me esperaba si aquel loco volvía a atraparme me dio fuerzas. Armado con el cuchillo, abandoné el comedor y crucé un pasillo, buscando la salida. Tuve la suerte de encontrar en mi camino un dormitorio, donde robé ropa de abrigo, unas buenas botas, y un par de mantas. No me atreví a entrar en la cocina. Era ya de madrugada cuando salí de nuevo al patio. Hacía mucho frío y nevaba suavemente. La luz de la luna lo envolvía todo en un resplandor irreal. Avancé con miedo, miedo a mi captor y a lo que pudiera estar acechando, pero no vi nada, por ninguna parte; sólo mi sombra se movía sobre aquel barro helado, avanzando lentamente hacia las puertas. El fuerte estaba muy silencioso y parecía totalmente abandonado, vacío. Ni siquiera quedaban los muertos. Estaba cruzando el umbral de la empalizada, dándole la espalda para siempre a aquel lugar maldito, cuando el viento nocturno susurró algo sobre la nieve sucia. ¿Mi nombre? Quizá… Me giré, temblando, y vi que aquella inexplicable brisa que no movía los copos de la nueva nevada estaba barriendo la línea de harina. La levantó en repentinas volutas, tercamente, jugando a dispersarla hasta hacerla desaparecer por completo, enlazando tiempos y espacios; volviendo otra vez invisible el límite entre lo civilizado y lo salvaje. . CUARTA ÉPOCA
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Madre nos dijo una vez que, en el Mundo Oscuro, sueño y realidad son una misma cosa, igual que lo son sueño y pesadilla. Creo que pensaba que no la escuchábamos y no sé si lo hacían mis hermanos. Yo sí. Siempre la escuché, siempre medité sobre las cosas que decía, aunque carecieran de sentido. Madre era sabia, casi tanto como Dios.
Por eso, lo soñé y lo conté. Carlos y Madre lo aceptaron y, juntos, personifican la ley en el Mundo Oscuro. Si lo conseguimos, si logramos matar a Dios, alcanzaremos la luz. Seremos libres, prometió Madre.
Debe ser importante, ser libre…
Pero tengo miedo. En mi sueño, las cosas no eran exactamente así, Madre no miraba fijamente el techo, como fascinada por la luz mortecina de la única lámpara. Hace ya dos días que no se mueve, envuelta en un nido de sábanas húmedas y revueltas. Está muy pálida, y ha empezado a emitir un olor extraño…
– Da igual – decide Carlos, impaciente. Es el mayor, y casi tan alto como Dios. Si no escupiera sangre, sería la única ley, con poder incluso sobre Madre. Pero tose y siempre, hasta ahora, ha pensado que no puede oponerse a Dios. Por eso considera importante mi sueño y no quiere esperar a otro, porque le ha dado las fuerzas y la motivación que no esperaba llegar a conseguir nunca. Victoria o derrota, ha dicho, da igual lo que venga, será bienvenido. Y será inmenso, colosal, se extenderá por cada pared, rebotando en cada rincón, en cada ángulo, cambiando definitivamente el Mundo Oscuro y sus criaturas. Madre. Él, yo. Elena y Rosa, sentadas en el suelo, aferrando sus muñecas rotas. Yo jugué con esas muñecas… Bueno, con casi todas. Una de ellas, fue un regalo de Dios a Elena cuando llegó el momento, por dejarse bendecir sin gritar demasiado. Elena no es lista – Tenemos que hacerlo, y está a punto de llegar.
– ¡No es el sueño, no es así como lo soñé! – insisto – Debo volver a…
Carlos se aparta, tumba una silla, y la rompe con un golpe del pie, desafiante. Intento evitar sus ojos. Ya hace tiempo que me mira como me mira Dios. No soy tonta, aunque lo simule. Eres guapa. Hazte la tonta, decía Madre. Babea, tose, vomita… Si babeas, Dios no te tocará. Y yo lo hacía, y me arrastraba como una bestia por las sombras del Mundo Oscuro cada vez que se abría la Puerta Alta, y nos inundaba la luz del Mundo Brillante. La naturaleza de Dios es aterradora, y la primera vez que se detuvo en mí aquella mirada, supe que era mejor huir. Por eso no me encontró. Por eso encontró a Elena, y la bendijo, y es ella la que ahora está hinchada y deforme, podrida por dentro, esperando otro pecador…
Crujidos metálicos. Miramos hacia la escalera.
Allá arriba, la Puerta Alta se abre, nos inunda la luz… ¡Es tan intensa! No puedo mirar directamente, nadie puede. Nos agitamos en los restos desgarrados de nuestra penumbra, como gusanos perturbados por fuerzas descomunales. Parpadeo, retrocedo, me encojo, pero no dejo que el miedo me domine, no quiero perderme nada. Si Dios va a morir, quiero verlo. Quiero disfrutarlo y patearlo, arañarlo, morderlo… Suele decirnos que él nos concibió y que, por eso, hubiéramos podido ser perfectos, hubiéramos debido serlo, pero pecamos. Pecamos siempre, incluso antes de nacer. El nos atrapó en el Mundo Oscuro y nos castigó, por nuestro bien.
La silueta negra de Dios parece desbordar el quicio de la puerta. Sólo cuando la cierra y empieza a descender por la escalera, surgen las texturas, los colores, los detalles. Los ojos encogidos en pliegues, la boca forzada por la eterna mueca de desagrado, la gran nariz aguileña… Anchos hombros, robustos, aunque ya se curven por el peso de los años; manos grandes, capaces de hacer mucho daño…
Aterrador.
Lo soñé, soñé que se podía matar a Dios. Que los dioses sangraban y sufrían, que sus cuerpos podían pudrirse en la oscuridad, como nos pudrimos nosotros.
Soñé que pecadores y dioses no se diferencian tanto, que todo es una pura cuestión de fuerza.
Es verdad que, en mi sueño, mil detalles eran sutilmente distintos, pero Dios bajaba así, exactamente así… ¿O estoy recordando cualquier otro momento, una de sus muchas visitas? No sé qué es sueño, no sé qué es realidad, pero no importa, ya lo dijo Madre.
Todo es lo mismo, en el Mundo Oscuro.
Carlos contiene la respiración. A su espalda, sujeta con más rabia una de las patas de la silla rota. La va a utilizar como arma.
En el sueño… en la realidad…
La madera rasgará la piel del Dios, aplastará los divinos huesos. Golpes, golpes y densos regueros de sangre perdiéndose en la negrura. Y, entonces…
Pero, no. El plan soñado vuelve a quebrarse, rasgado por un grito.
Elena está de pie, tensa, la boca abierta desaforadamente, los ojos dilatados en una expresión de absoluto espanto. Algo oscuro y viscoso se desliza por sus piernas, mancha la suciedad del suelo, lo llena todo con un olor dulzón y denso. A su lado, Rosa la mira aturdida, con una muñeca sin cabeza entre las manos.
– ¿Elena? – dice Dios, y parece repentinamente nervioso, como si el grito le hubiese arrebatado todo su poder. El caos siempre se extiende rápido por el Mundo Oscuro. Uno a uno gritamos todos. Dios retrocede, va a irse, pero tropieza en un escalón y cae, deslizándose hacia abajo por la escalera.
El desenlace es el mismo del sueño, aunque sucede de un modo distinto.
Carlos reacciona, aprovecha la oportunidad, corre hacia él; lo cierto es que no sé si es Carlos. Lo dudo. Al otro lado de esos ojos terribles no puede haber nada realmente vivo.
Matar un Dios es una tarea peligrosa y sucia. También grita, pero ya no asusta igual. Por primera vez, mis entrañas no se estremecen con el poder de su voz.
Golpes, golpes, y densos regueros de…
Cuando, finalmente, Carlos se detiene, es porque está agotado. Jadea, cubierto de sangre y sudor. Yo me acerco a los restos de lo que fue un Dios y los pateo con saña. Otra vez. Otra. ¡Qué satisfacción! Una deliciosa sensación de victoria me embriaga. Quiero seguir golpeándole, pero Carlos me sujeta por los brazos, arrebatándomelo todo. Me mira, y vuelve el miedo.
– No. Olvídalo. Ahora, sólo quedamos nosotros – dice. Parece una promesa. Tiemblo, mientras pienso que debo soñar cuanto antes con la muerte de otro Dios.
Carlos vuelve abajo, murmurando entre dientes. Dudo sobre qué hacer, y opto por dirigirme hacia el Mundo Brillante. Espero de verdad que exista algo allá. O que no exista nada, y que esa nada nos mate.
Subo poco a poco, y empujo la Puerta Alta. Se resiste, pesa, pero insisto con fuerza, hasta girarla. Entonces, el resplandor me deslumbra, el miedo me aturde y me tengo que obligar a cruzar. Así descubro que la Puerta Alta es una especie de armario por el otro lado, y da a una sala grande, con baldas y una mesa. Tablas y objetos de madera. Herramientas de metal. Virutas. Huele bien.
En un lado de la habitación hay otra puerta, que se abre justo en ese momento. Un hombre asoma la cabeza. Me mira, sobresaltado, y me sorprendo al pensar que tiene los ojos de Madre. Sus pupilas, llenas de alarma, van varias veces de mí a la Puerta Alta, que vista desde aquí es un Umbral Negro. Finalmente, reacciona, da media vuelta y se marcha corriendo. Le sigo, intrigada, hasta una habitación amplia, limpia, llena de muebles relucientes. Una distorsión luminosa y bella del Mundo Oscuro.
Hay una mujer. Al verme, se lleva la mano al pecho y grita. Es… extraño, el sentimiento que experimento, mirándola. Aunque está cubierta de arrugas, su rostro tiene también un evidente parecido con el de Madre. Más allá, el hombre al que he perseguido, habla solo, sujetándose algo en una oreja.
– Sí, por favor, manden una patrulla. Es el taller de mi padre, al parecer hay una puerta oculta tras un armario. Vi algo, quizá un sótano, del que yo no tenía ni idea, ni mi madre. ¡Y está saliendo gente!
Mi atención deriva hacia la imagen que hay en una mesita. En ella, aparecen cuatro personas y reconozco a Madre en una niña de sonrisa alegre, con el pelo largo y negro. A su lado, puede verse al hombre que ahora habla solo, también mucho más joven; y tras ellos, abrazados, están Dios y la mujer que grita.
Carlos entra en la habitación, con Madre en brazos, delgada, fría, muerta. Y el horror del Mundo Oscuro inunda por completo ese hermoso lugar, como un río de aguas pestilentes.
Cuántos gritos…
– ¡No puede ser, mamá! ¡Mi hermana se marchó, se escapó de casa! ¡Tú recibiste sus cartas, no tiene sentido…!
– ¡Dios mío! ¡Luisa, mi niña! ¡Estaba aquí, estaba aquí todo el tiempo!
Las voces se entrelazan una y otra vez, diciendo cosas que no entiendo, ni me interesan. Me siento aturdida, con tanta luz, tantos ruidos. Y también aquí sueño y realidad se confunden.
Tiempo. Entran varios hombres. Todos visten igual. Hablan, y algunos descienden al Mundo Oscuro. Eso les cambia. Ya no son los mismos tras cruzar el Umbral Negro. Cuando regresan, sólo uno vomita en un rincón, pero todos parecen espantados.
Veo a Elena, arrodillada, dolorida por lo que quiere salir, eso que crece y la hincha. Veo a Rosa, caminando sin rumbo; arrastra por el suelo la muñeca decapitada, que deja un rastro de sangre en la resplandeciente madera. “¿Qué va a ser de nosotros?”, me pregunto, en un único rapto de lucidez. No sabemos qué hacer con la victoria sobre Dios, ni cómo sobrevivir en este mundo extraño de luces intensas en el que somos todavía más vulnerables.
Carlos tiene el rostro manchado de sangre, los ojos de lujuria. En la boca, lleva marcada esa expresión seca y decidida que ha heredado de Dios. Pero yo ya no le temo, ya no tengo por qué hacerlo. Percibo su frustración. ¿Cómo no me di cuenta antes?
Es él quien ahora me teme a mí.
Ahora sabe que mato Dioses con mis sueños.









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