Lázaro en la oscuridad


Lázaro en la Oscuridad

#

Yo soy Lázaro, Lázaro de Betania, hermano de María y Marta, y recuerdo que aquel día desperté súbitamente de una profunda oscuridad. Me encontré sentado en una piedra, junto al viejo pozo, a pocos metros de mi casa, con una ramita larga y esbelta en la mano. En el cielo brillaba un sol penetrante, despiadado, separando con brusquedad intensos blancos y negros densos, aplastándolo todo con un peso invisible; el polvo dibujaba remolinos en el viento y había un mensaje escrito a mis pies, sobre la tierra muerta.

“Se acerca…”

Parpadeé y me detuve, la ramita temblando entre mis dedos, sin recordar haber escrito esas palabras. Titubeé, contemplándolas casi con horror, con una extraña… premonición pesando en el alma. Intenté quitarle importancia, llamándome estúpido por dejarme influenciar por los muchos miedos que me acechaban. Bien sabía que no razonaba como cuando estaba vivo. Nunca he vuelto a hacerlo. A veces, demasiadas veces, mi mente naufraga por completo en esta bruma viscosa que se enreda en mis pensamientos, la que me traje del sepulcro hace años, cuando Jesús de Nazaret me recuperó de la muerte; pero nunca antes había escrito nada estando en ese extraño trance.

Dejé caer la rama, y miré a mi alrededor, buscando respuestas. ¿Qué se acercaba? ¿O quién? ¿Y para qué? No había allí nada importante, tan solo un muerto viviente y mucha pobreza. Contemplé mi humilde casa, el desvencijado corral donde rumiaban parsimoniosamente dos cabras flacas, el sendero que conducía a la salida del pueblo de Betania, deslizándose torpemente entre peñascos y árboles. Recuerdo haber pensado que yo era como ese camino, en mí también se entremezclaban confusamente lo vivo y lo muerto. La única diferencia era que él sí conducía a alguna parte.

Yo únicamente soy “vacío”.

Lo llamo así porque no sé qué otro nombre darle. Es algo difícil de describir con palabras, algo que no se explica, que sólo puede sentirse. Siempre tengo la impresión de que me rodea un círculo de nada absoluta, un espacio que sólo parece existir para recordarme que no estoy donde debería estar, que ya no pertenezco a este mundo lógico calcinado por el sol. Más allá, siempre un poco más allá, queda el tumulto de lo normal y cotidiano, el eterno estrépito de la vida. Inalcanzable.

En esas cosas pensaba cuando vi que venía alguien por el camino, surgiendo tras la pronunciada curva que formaban los peñascos; un individuo moreno, de estatura media y complexión ligera. Su barba y su cabello eran muy largos, y aleteaban libremente con el viento. Se sujetaba el costado con una mano, el lugar exacto donde la sangre manchaba de rojo intenso aquella túnica tan blanca. De entre sus dedos caían densas gotas, que siseaban de forma aterradora al tocar el camino y desaparecían en el polvo, como absorbidas con ansia. Tras él, siguiéndole como un manto de ondulantes grises, avanzaban gruesas nubes de tormenta, ocupándolo todo, y el viento arreciaba, pegando fuertes bandazos. La tempestad se tragaba la luz, las formas, el mundo…

Y aquel hombre se dirigía directamente hacia mí.

Era Jesús de Nazaret, mi amigo, más que amigo, mi hermano. Aquel que un día, hace ya tantos años, pronunció mi nombre para traerme de vuelta. Jamás, en lo que me quede de esta vida prestada, podré olvidar el resonar de aquel potente “¡Lázaro, levántate y anda!” que me despertó, lanzándome repentinamente de los senderos oscuros de la muerte a este paisaje ajeno que nunca puedo tocar. Tras su tormento y su ejecución en Jerusalén tres días antes, era él quien regresaba del otro lado… Sí, incluso yo, que apenas escuchaba el rumor de los vivos, había oído la historia de que Jesús de Nazaret prometió repetidas veces hacer ese último gran milagro, volver por sí mismo, regresar de la muerte, pero nadie acababa de creerlo, en realidad.

Sólo yo, que no estaba vivo, pero tampoco muerto, gracias a él. Yo sí que lo creí, le sabía capaz, Jesús era tremendamente poderoso. Lo que no me esperaba era que surgiese así del sepulcro, de ese modo terrible, ni que su primer impulso fuese ir a buscarme.

Y, ese día, mientras le veía acercarse sentí miedo, auténtico miedo, la sensación más intensa que había experimentado desde mi resurrección, una emoción casi auténtica, casi humana. ¿Qué sucedía, por qué aquella llegada rodeada de prodigios, aterradora? ¿Le habría ocurrido como a mí? ¿Seguiría arrastrando aquel frío, aquel recuerdo de una aguda oscuridad? ¡Pero él era el Hijo de Dios! ¡Eso debía suponer alguna diferencia!

¿Seguro…?

Contemplé las nubes, vapores enfermos que consumían el azul del cielo y retrocedí precipitadamente hacia mi casa, dando tumbos. Estaba ya dentro cuando Jesús alcanzó el pozo.

Nos observamos mutuamente a través del resquicio que dejé en la puerta. No sé qué vio él. Yo contemplé un hombre que era muy distinto al que conocí en vida, alguien que había recorrido un camino difícil, parcialmente milagro, parcialmente condena. Estaba muy demacrado, mortecino. Sus ojos parecían hundidos en las órbitas, consumidos, como si hubieran visto demasiado en demasiado poco tiempo. Las uñas de la mano con la que se sujetaba el costado estaban rotas; las imaginé destrozadas contra la tapa de un sepulcro.

– Lázaro… – susurró, con una voz que era la suya, pero que parecía llegar de muy lejos, de muy hondo. De una fosa profunda, oscura, fría, que esperaba ansiosa su retorno – Lázaro…

– ¡Vete! – mi orden sonó a súplica. Supongo que lo era – ¡Vete, Jesús! ¡No! – grité, al verle avanzar, y volvió a detenerse, allí, junto al pozo – ¡Ni un paso más, ni un paso más, por favor!  ¡Déjame! ¡Ten piedad de mí!

– Lázaro… – volvió a gemir, tendiéndome la mano libre; la otra seguía aferrando con fuerza casi salvaje aquella herida del costado que sangraba, sangraba… – Tienes que ayudarme. El frío… el frío y la oscuridad me aturden. No puedo pensar, no puedo hacer nada excepto avanzar aterrado, huyendo de algo que sé que vi, pero que no quiero recordar. Mi Padre me dijo que tú me ayudarías. Tú abriste el sendero entre la vida y la muerte, y puedes librarme de la oscuridad, purificarme…

– ¿Purificarte? – casi me eché a reír, al borde de la histeria – ¿Pero qué puedo hacer yo, hermano mío? – abrí más la puerta, mostrándome – ¡Mírame, Jesús! ¡Mírame bien! ¡Soy yo, Lázaro! ¡El mismo Lázaro al que sacaste del sepulcro sin tener en cuenta que se había terminado su tiempo! Estos segundos que pasan, no son míos, nunca debí ver este sol, ni estar aquí, este día – añadí, señalando al cielo. Cerré la mano en un puño y mi voz se quebró en un sollozo – Ni siquiera volví del todo, ¿entiendes? ¡No se lo he dicho a nadie, ni a mis hermanas, ni a ti hasta ahora, pero aún tirito cuando recuerdo el frío de la tumba, aún vive en mí esa densa oscuridad! ¡Es algo que no se olvida, que no consigues dejar atrás, por mucho que lo desees! ¡Y una vez has contemplado esa negrura de frente, nada es lo mismo, no hay calor, no hay… cercanía! ¡Ahora sólo conozco el vacío! ¡Un espacio helado que me mantiene eternamente al margen! ¿Te ocurre igual? – él asintió, aturdido – Claro que sí, por eso estás aquí… Y por eso te irás sin que yo pueda ayudarte. ¡Tú y yo hemos cruzado una línea que no se puede cruzar, hemos vuelto por un camino sin retroceso, haciendo trampas! ¡Y ahora el mundo está lejos! ¡Lo que hacemos es contemplar la vida, intentando rozarla con las puntas de los dedos, pero sin vivirla realmente! ¡Ya no podemos alcanzarla!

Algo brilló en sus ojos.

– No es cierto… No es cierto – repitió. Y, de pronto, como saliendo de su perplejidad, se irguió cuan alto era, totalmente tenso – ¡No puede ser verdad! ¡Me dijo que viniera, que te buscara! ¡Eso tiene que significar algo! – como no respondí, alzó el rostro a lo alto, hacia el vórtice oscuro que estaba gestando su tormenta, justo sobre él – ¡Padre, Padre! ¿Por qué me has abandonado? – gritó, con rabia, apretando los puños. Todo tembló, un ronroneo suave, que fue cogiendo mayor potencia, hasta amenazar con derribar la casa. Jesús volvió a mirarme. Su expresión parecía congelada, vacía de todo sentimiento. El aire onduló lentamente a su alrededor, de una forma casi perezosa, susurrando algo que no pude entender, y luego se expandió de golpe, en todas direcciones. La energía alcanzó la puerta, sacudiéndola violentamente. Grité, y luché como pude por mantenerme en pie, mientras la tempestad se extendía de horizonte a horizonte.

La noche cayó de pronto sobre el pueblo de Betania, en pleno mediodía. Una noche oscura y sin esperanza, que presagiaba como único amanecer el Apocalipsis.

El viento arreció, la tormenta sin lluvia se desató con gran violencia, arrasando con todo lo que no estaba bien sujeto. El corral quedó destrozado en un instante, las cabras balaron mientras huían desesperadas, buscando refugio. Dos rayos iluminaron la negrura, sólo dos, y justo a la vez; más tarde supe que habían impactado a ambos lados de la entrada del templo.

No sé cuánto tiempo estuve escondido tras la puerta. Cuando me asomé a mirar, temblando de miedo, Jesús seguía junto al pozo, muy erguido, el cabello arremolinándose locamente alrededor de su cabeza como una extraña aureola. Su rostro mantenía aún aquella expresión fría, pétrea y despiadada. En esos momentos no había en él más impulso que la liberación de su propio miedo y su propia ira. Era el Hijo de Dios, sí. Su sangre era especial, era divina, cierto, pero su carne mortal le arrastraba irremisiblemente a ese fin, a esa oscuridad a la que todos estamos condenados, allí donde Bien y Mal se entrecruzan y se convierten en conceptos sin mayor sentido. La que a mí todavía me perseguía afanosa, pese a haber despertado.

¿Qué podía hacer yo? Creía, de verdad, que nada. Al fin y al cabo, sentía que no estaba aquí, ni estaba allá, siempre perdido en la línea entre los mundos. Odiaba mi situación y no conocía más respuestas que mis propias dudas. Pero tenía que hacer algo para romper ese vínculo, cuanto antes. Jesús era muy poderoso, incluso menguado por la confusión y el frío. Si no controlaba aquello, y cuanto antes, terminaría borrándonos a todos de la faz de la tierra. Lo haría sin remordimiento y sin culpa, porque no había auténtica comprensión, no sabía lo que estaba haciendo. En ese momento, Jesús de Nazaret no era más que un alma en pena arrastrando un cuerpo que ya no le pertenecía.

¿Y cómo evitarlo? ¿Qué necesitaba Jesús? ¡Vida, claro!, comprendí, de pronto. ¡Vida, Vida, grandes dosis de Vida…! El calor de la Existencia, su luz, su textura… Algo de lo que a mí apenas me quedaba nada, rescoldos de lo que había sido un gran fuego. Me avergüenza reconocer que dudé, preguntándome si el propio Apocalipsis merecía esa última renuncia. Porque, si el vacío se ampliaba aún más, si la sensación de lejanía, de impotencia, de no formar parte del mundo, aumentaba… ¿qué podía importarme que no existiera, realmente, ese mundo?

Supongo que en verdad quedaba algo de humano en mí, de vivo. Fue lo que me impulsó a salir de la casa.

Luchando contra el vendaval, y contra mis miedos, me acerqué a Jesús y le abracé. Lo que sentí entonces… es algo que no puede entenderse, que no puede explicarse, como no pude describir la auténtica naturaleza del “vacío”. Había tocado a otros desde mi regreso, había abrazado a mis hermanas y a sus esposos, a mis sobrinos, había acariciado animales… pero ninguno de esos roces me pareció auténticamente real, en ningún momento. Ese contacto, sí, por completo real y tremendamente cercano. Noté la fuerte corriente, el impetuoso río de emociones, estableciéndose entre nosotros.

Yo ya sabía que la oscuridad de la tumba deja ciego, que el frío aturde, pero entonces, a través de la magia de ese abrazo, descubrí tantas otras cosas… Por ejemplo, que Jesús se encontraba en un punto mucho más remoto del camino entre los mundos, mucho más cerca de la oscuridad de lo que yo me había sentido nunca, y que no hubiera podido superarla, ni siquiera por ser el Hijo de Dios, sin mi ayuda. En realidad, lo supe entonces, la muerte anula el propio yo, lo disipa. Al salir, al regresar, se necesita un impulso, un empujón, para recuperar la lucidez, un soplo de auténtica vida para recomponer los pedazos de lo que se había sido.

Y yo podía dárselo.

Pero… ¿quién me lo había dado a mí?, me pregunté, con sorpresa. Yo recordaba haber salido del sepulcro rodeado de niebla, y desde entonces vivía con la oscuridad, perdido en el vacío, pero siempre había controlado el dolor, había tenido entendimiento, había sabido que existía un Bien y un Mal, y ni siquiera el frío había sido capaz de confundirlos. ¿Por qué razón yo había sido distinto? ¿Quién me había dado ese empujón a mí?

Mi Padre me dijo que tú me ayudarías…

Dios le había mandado a mi casa…

¿Había sido Él quien me dio ese impulso, ese soplo de vida, para que, más tarde, pudiera ayudar en ese terrible trance a su Hijo? La idea no carecía de sentido, de hecho era la única explicación posible, y en mi interior supe que era cierta. Quizá también, por eso, permitió que Jesús me llamara, que llevara a cabo aquel acto impulsivo y totalmente contrario a la naturaleza de las cosas. Aunque Jesús pronunció la orden, nunca he dudado de que fue Su poder el que me despertó, el que me obligó a caminar de nuevo entre los vivos, como fue Su poder el que había resucitado al propio Jesús en ese día.

Mi primera reacción fue, una vez más, la furia. Maldito, maldito fuera, pensé, y luego me arrepentí, pero más por miedo a un posible castigo que por haber cambiado de idea. Me sentía sacrificado, utilizado, una pieza más en un juego gigantesco del que ni me habían explicado las reglas, ni se me permitía elegir cómo mover… Pero a Jesús se le escapó un sollozo, y el enfado se disolvió, perdió importancia, junto con todo lo demás.

– Ya ha pasado… – susurré, embriagado por una pena terrible. Jesús tembló entre mis brazos. Su oscuridad se abrió paso hacia las grietas de mi alma, clavando dientes de hielo en mis articulaciones. Temí desmayarme de puro dolor, temí retroceder de puro miedo… “Ayúdale, ayúdale”, me repetí una y otra vez, una orden perentoria. Nada más importaba, porque había encontrado la respuesta. Aquello no lo hacía por Dios, ni por el Hijo de Dios. No lo hacía por el mundo, no lo hacía por ningún principio ni por ningún deber. Lo hacía, simplemente, por Jesús, mi amigo, mi hermano… – Ha quedado atrás. Escúchame, escucha, el frío, la oscuridad, olvídalos, ya no pueden alcanzarte, nunca más, a ti no… Vuelves a estar vivo, estás vivo, Jesús…

Aumenté la fuerza de mi abrazo; absorbí su frío y su oscuridad, como el camino había absorbido su sangre. Le di mi fuerza, mi luz, mi calor, a manos llenas, con total generosidad, sin querer guardarme nada. ¿Para qué? Ya había aprendido que, estando solo, no se es nada, que la vida únicamente tiene sentido cuando te sientes cerca de los otros, cuando percibes el calor de tus semejantes… Le di todo, todo. Juntos borramos dudas, miedos, desesperación. Nuestras almas muertas se fundieron, se completaron, y sentí cómo, a costa de los residuos de la mía, renacía la suya, inmensa, perfecta. Divina.

El dolor de Jesús fue menguando hasta desaparecer, como desapareció la tormenta. La luz del sol nos iluminó.

Entonces, se apartó, me miró a los ojos y me sonrió. El brillo consumido de sus pupilas había desaparecido, como la sombra de la muerte, esa muerte que ya no podría tocarle jamás. Me sentí feliz. Volvía a ser él, estaba allí; el mismo Jesús de otros tiempos, aunque ya era más que un hombre, era Dios.

Y, yo, curiosamente, nunca me había sentido más humano.

– Bienaventurado seas por siempre, Lázaro de Betania, porque tú me has mostrado el sendero que conduce a la auténtica Vida – dijo Jesús, y ahora sí, su voz era la de siempre, sin ecos extraños – Eres el único que ha ido y ha vuelto, y recuerda lo visto. Y lo has dado todo, absolutamente todo, por ayudarme a cruzar más allá, sin pedir nada, sin esperar nada a cambio. ¿Puede haber mayor grandeza que esa? En verdad en verdad te digo que, cuando llegue el día señalado, tú estarás sentado a mi derecha, y comerás de mi pan y beberás de mi cáliz. Pues tu vida fue mía y mi eternidad será tuya.

Luego… no sé, todo se mezcla, en mis recuerdos. Creo que supliqué que me llevara con él, creo que me dijo que aún debía esperar… algo. ¿Otra misión? A saber… Supongo que tampoco importa que no lo recuerde, acabaré descubriéndolo. En algún momento, me besó en la mejilla y se marchó. No he vuelto a verle. Sé, porque me lo han dicho, que muchos se lo han encontrado y algunos incluso han hablado con él. Milagros, prodigios, portentos y maravillas… Siempre se usan esas palabras en lo referente a su ascensión en cuerpo y alma a los cielos. Un cuerpo y un alma que no conservan rastro alguno de la oscuridad de la muerte.

Él se fue, y yo me quedé solo, cargando también con su frío y su oscuridad, y rodeado únicamente de vacío…

Estaba atardeciendo cuando me senté en la piedra junto al pozo. En el cielo, de un azul sin mácula, brillaba un sol penetrante, despiadado, separando con brusquedad intensos blancos y negros densos, aplastándolo todo con un peso invisible; el polvo dibujaba remolinos en el viento y un mensaje se había borrado a mis pies, sobre la tierra muerta.

© Yolanda Díaz de Tuesta


TERCERA ÉPOCA

Año: 2009

Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported

(I PREMIO XIX CERTAMEN DE USUARIOS BUBOK. tema: Relatos Bíblicos)

, , , , ,

  1. #1 by Haplo on 27/oct/2009

    La verdad que me ha gustado, no es el tipo de lectura que me suela atraer pero me ha gustado mucho.
    Coincido con Loth, seguro que si te pones nos sacas un relato mas largo y como tu sabes terminarlos ;D. Te animo a ello que seguro nos encantara leerlo.

  2. #2 by Diaz de Tuesta on 26/oct/2009

    Jaja gracias chicos ;DD Y sí, estamos de acuerdo, es buena base, pero le falta… ese detalle final, que esté a la altura. Si tenía un sin vivir en mí cuando lo subí… Nada, nada, hay que aprovecharlo en el futuro. Trabajaré en ello ;DDD

  3. #3 by Erundil on 26/oct/2009

    Erundil :
    Aunque no es un tema que me atraiga, he de decir que el relato engancha, te va metiendo en él y termina por gustarte. Enhorabuena Holly, sigues teniendo esa magia a la hora de escribir que “hechiza” a los lectores

  4. #4 by Erundil on 26/oct/2009

    Aunque no es un tema que me atraiga, he de decir que el relato engancha, te va metiendo en él y termina por gustarte. Enhorabuena Holly, sigues teniendo magia a la hora de escribir que “hechiza” a los lectores

  5. #5 by Diegus on 26/oct/2009

    Muy bueno. Pulido como un espejo. En cuanto a tus dudas, bien, seguro que las haces carne de papel proximamente.

    Sigue, a mi me encanta…

  6. #6 by Lothiem on 26/oct/2009

    Está muy bien el relato, aunque coincido contigo en que conociendote podrías haber alargado la historia y haberle dado un toque menos políticamente correcto. De eso eres capaz, y es algo que emana de todos tus relatos con una viveza increíble. Tu creatividad es siempre desbordante, y sin embargo en este relato le falta algo, ese final…
    De todas maneras habría sido peligroso, habrías jugado con fuego! jaja

    Enhorabuena :)

Debe estar registrado para comentar en esta entrada.

  1. No hay trackbacks