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El Patriarca
PRIMEROS RELATOSAño: 1982 Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported Y destruyó todas
El tiempo había llegado. El viejo supo que era hora de actuar, pero después de tantos días, semanas, meses, años, siglos quizá, había olvidado qué era lo que tenía que hacer. Su mente senil rebuscó entre los recuerdos, imágenes (destrucción y muerte. Ira divina. Un hombre joven ¿él?, una mujer, dos muchachos con sus esposas, uno con su novia… Gritos y llantos. Luego, durante mucho tiempo, silencio) desvaídas, frágiles, pero sólo conseguía rescatar el Último Día, el momento en que la justa venganza de Dios cayó de nuevo sobre los hombres por su ignorancia, su crueldad, y su deseo de autodestrucción. Sus ojos azules, levemente acuosos, se volvieron hacia su hijo mayor, que le miraba sin comprender sus dudas. El viejo trató de hablar, (quisiera deciros, quisiera deciros) pero no pudo: ése momento ya había pasado para él. Miró a su hijo, que seguía sin entender. Una mano suave se posó sobre el brazo del anciano. Este volvió la mirada hacia su derecha y se encontró con los ojos dulces pero inflexibles de su nieta más joven, la de… ¿cuántos años (recordaba las velas de cumpleaños, las risas, la familia que venía de lejos a dar sus felicitaciones, los amigos, las llamadas telefónicas, las llamadas telefónicas, las llamadas telefónicas…. ¿Cómo funcionaba aquel artefacto?) tenía? No podía recordarlo. Con un movimiento que hizo ondear levemente la túnica blanca con la que se vestía, la muchacha señaló hacia el fondo del recinto, donde tantos y tantos animales esperaban impacientes el final de su cautiverio. El viejo sonrió. Había recordado. Con una palmadita agradeció la ayuda de su nieta y se alejó. Se internó en el laberinto de barrotes hasta que encontró lo que buscaba. Ahora que había recordado trabajaba febrilmente, como si tuviera miedo de volver a olvidar. Regresó con los demás. Su esposa, sus hijos, sus nueras, sus nietos y los hijos de sus nietos le miraban esperanzados. Él se dirigió al compartimento que había construido para ese momento mucho tiempo atrás. Entonces, liberado ya del terror al olvido, fue capaz de captar la angustia, la tensión reinante en la sala. Todos seguían mirándole, tratando de encontrar en él la seguridad que a ellos les faltaba. Una vez más el anciano sintió el desagradable peso de ser un patriarca. Transcurrió mucho tiempo. Cada cual volvió a sus ocupaciones diarias (paz aparente) pero el ansia permanecía. El anciano matrimonio se dedicó a recordar mejores épocas, antes del Último Día (el Sol, los árboles, mira, querida, cómo brillan las estrellas, malas noticias, esto no puede seguir así, el ser humano está corrompido, confía en el Señor, querido, sí, lo hago, pero, no hay peros que valga, nuestros hijos mayores ya han tomado esposa, sólo queda el pequeño, oh, Dios mío, ¿sólo quedamos nosotros en el mundo?. ¿Y quién va a casarlos?, eso no importa, querida, querido, el sol, dónde está el sol, oh, Señor, yo amaba las flores, el amanecer, la brisa marina, es un castigo divino, todo se solucionará, mira nuestros nietos, son la última oportunidad del Ser Humano, hemos de aceptarlo, si querido, pero, oh, ¿dónde está el sol?….) pero esa fecha siempre acababa imponiéndose en sus mentes entrelazadas. El viejo se estremeció al percatarse por primera vez de los estragos que la edad había producido en su esposa. Luego regresó a su inconsciencia senil, que le protegía tras una barrera de olvido. Una mano le sacudió, primero levemente, luego con más energía. El viejo abrió los ojos, pero su mente siguió vagando por su paraíso personal. Por fin, ante la insistencia de la llamada regresó y vio ante sí a su nieta más joven, que señalaba hacia la ventanilla. El anciano se levantó y acudió presuroso. Los nervios hicieron que le costase accionar el mecanismo compensador y conectar la pantalla. Mientras el panel de granito se deslizaba sintió nuevamente la angustia de los suyos. Allí estaba. Una sonrisa de satisfacción cubrió el arrugado rostro del anciano. Lentamente, se volvió hacia su mujer, sus hijos, sus nueras, sus nietos y los hijos de sus nietos (Quisiera deciros, quisiera deciros) pero por más que lo intentó, no pudo hablar. Abrió sus manos y les mostró el mensaje de esperanza. La paloma blanca estaba limpia, libre de radiaciones. La nieta más joven profirió un grito de júbilo. El sonido golpeó las paredes del refugio y los demás se sobresaltaron. Hacía mucho que no se había oído una voz humana en el mundo. El viejo la miró (quisiera deciros, quisiera deciros) sonriente. - ¿Sa… sa…?. Todos miraron al hijo mayor. Las palabras luchaban por escapar de sus labios y el hombre se agarraba la garganta como si así pudiese ayudar de alguna forma. - ¿Sa… sa…?. Todos contuvieron la respiración ante el milagro de los sonidos articulados. - ¿Sa… sa… salimos? Una palabra. La palabra. La primera palabra desde hacía… ¿cuánto? Y sin embargo, todos entendieron, todos la aceptaron. El hijo mediano se adelantó un paso. - Sí. Miraron al patriarca. El viejo carraspeó y (quisiera deciros, quisiera deciros) señaló la puerta acorazada. El hijo mayor accionó los oxidados mecanismos y abrió. La luz del sol inundó el refugio con una claridad amarillenta. Todos salieron gritando de satisfacción y se separaron y se unieron, corriendo por una tierra cansada que, una vez más, trataba de sobrevivir. El anciano matrimonio contempló a sus descendientes. El trabajo de reconstrucción sería duro, pero había una oportunidad para los jóvenes. Se habían vuelto a formar nubes, y una ligera capa de vegetación se extendía por doquier. (pronto habrá árboles, querido, si querido, y flores y pájaros, y risas, muchas risas, ellos podrán conseguirlo, yo me siento cansado, cansado, te comprendo, mira el cielo, esta noche podremos ver las estrellas, no pienses en eso ahora, mira, mira, mira, mira, mira el sol, míralo, brilla para ti, para mí, para los nuestros, mira, mira, mira el sol) El patriarca había cumplido con su deber, ahora el mundo era de los jóvenes. La responsabilidad de salvar el género humano le había agotado. Se sentó y se dejó llevar, pero un segundo antes de caer en la inconsciencia (la radiación, la radiación debió afectarnos de alguna forma, de otro modo no tiene sentido, yo soy viejo, muy viejo, ni recuerdo mis años ni los de nadie, y mis hijos son ancianos y mis nietos son mayores, y mis bisnietos… la radiación nos ha alargado la vida, ¿oh, no?, no entiendo nada, quizá el Señor me ha ayudado a realizar mi misión) se preguntó, azorado, cuántos años tenía. No era lógico haber visto el Último Día, y el Renacimiento. Deseó ponerse en pie y gritárselo a los jóvenes (quisiera deciros, quisiera deciros) pero no pudo. Y, después de todo, ¿acaso importaba? Y el Señor le di jo: |
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#1 by Diaz de Tuesta on 17/Oct/2009
Ya ves, es del ‘82, pff qué tiempos ;DD Cuando vas empezando, intentas siempre imitar lo que conoces, buscas el mayor parecido posible. Sí que tiene reminiscencias brutalmente clásicas sí ;DD
Aparte, ejem, era por mi época Stephen King, había leído El Resplandor y lo de los paréntesis me molaba mucho ;DDDDD
#2 by Lothiem on 17/Oct/2009
Si que me costó encontrarlos jaja.
Muy interesante éste. Tiene un aire cifi brutalmente clásico, con un futuro que se revela de forma borrosa y finalmente clara y pura. Me gustó.