Díaz de Tuesta
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El Síntoma
PRIMEROS RELATOSAño: 1981 Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported Este relato corresponde a aquellos lejanos tiempos en los que pensaba que si las localizaciones y los nombres no eran extranjeros, concretamente anglosajones, el texto no podía ser “serio”. Consecuencias de haber crecido saturada por traducciones, en un país donde pocas veces se ha respetado y potenciado la propia cultura en los ámbitos editoriales, grandes maquinarias de traducción. Todavía hoy en día, en ciertos géneros, si eres escritor y escribes en español, lo tienes claro. Te despiertas bañado en un sudor frío y pegajoso. Durante unos segundos intentas situarte en el espacio y en el tiempo, parpadeando violentamente. Por fin, llega la luz. Estás en casa. A tu lado sientes la respiración, curiosamente alterada, de tu esposa, Katy. La puerta entreabierta comunica con el dormitorio de los niños, Steve y Bettina, y la cerrada con el cuarto de estar. Una profunda sensación de paz, resultado del sentimiento de seguridad, te embarga. Estás a salvo. Pero, ¿a salvo de qué? No recuerdas los sueños que has tenido, pero sabes que ha sido algo desagradable, una pesadilla. Tratando de tranquilizarte, te pones los auriculares, para no despertar a Katy, y conectas la radio. Oyes gemir a tu esposa en sueño, pero no le prestas atención. Están dando las noticias. Son las nueve de la mañana del domingo día nueve de junio. – La extraña enfermedad que asola nuestro país – oyes que dice el locutor. Su voz, generalmente atiplada y monótona, está hoy muy alterada – se ha cobrado en el transcurso de la noche cerca de tres millones de víctimas, teniendo en cuenta las que enferman y las que mueren a manos de esos seres enloquecidos. Como saben ustedes, es una enfermedad de raras características, que se destaca por su hostilidad y su sed de sangre, lo cual… ¿eh?… Manipulas el aparato, pero ya sabes que es inútil. Está muerto. Ningún sonido sale de él. Y entonces tienes miedo, tienes miedo quizá por primera vez en toda tu vida, un miedo vivo, tembloroso, fuerte, pegajoso y curiosamente almibarado. Sufres y disfrutas con él. Súbitamente, impulsado por algún olvidado instinto de conservación, te sientas en la cama. El leve zumbido se oye junto a tu oreja y va a clavarse la almohada, justo debajo del machete. Comprendes incluso antes de volverte y bañarte en la salvaje locura de los ojo de Katy. La enfermedad la ha atacado y lo sabes. Su brazo derecho ha cambiado, se ha metamorfoseado hasta convertirse en un engendro, en una burla a toda lógica. El brazo ha dejado paso a un machete de enormes dimensiones y aspecto letal. Es el síntoma principal. Blandiendo el arma que la Naturaleza le ha entregado en contra de su voluntad, como castigo quizá, a la raza que la está torturando y destruyendo, Katy se lanza contra ti, dispuesta a segar tu vida con la misma facilidad con la que antes te confesaba su amor. Esquivas el nuevo golpe y esta vez el instrumento de muerte se clava en la madera del lecho conyugal. Katy lucha con furia para liberarse mientras una espuma verdosa surge de su boca salpicando toda la habitación. Retrocedes sin poder evitar una inmensa repugnancia. El olor nauseabundo que emana de su persona te envuelve y te marea, se une a cada uno de tus poros, a cada una de tus moléculas en un titánico esfuerzo por ser parte de ti. Tropezando, llegas a la puerta entreabierta y la abres completamente, buscando la protección de tus hijos, buscando su ayuda y ofreciéndoles la tuya. Frenas en seco. Los dos seres de ojos acuosos y mirada perdida que te esperan no son tus hijos. Y, sin embargo, tú sabes que lo son. Intentas hablar, pero las palabras no salen, se niegan a concretarse. Los machetes que tus hijos blanden contra ti esperan impacientes para cortar en tu garganta. Pero tú eres más rápido. Cierras la puerta, te vuelves para escapar y ves a Katy, a lo que queda de ella. Se ha liberado y avanza hacia ti. No sabes cómo, pero logras esquivarla. Ella lanza un rugido de fiera, un sonido que no tiene nada de humano, ni siquiera parece perteneciente a este mundo, pero no te vuelves a mirarla. Penetras en la segura oscuridad del cuarto de estar. En la habitación contigua a la cocina duermen tus padres. Con precaución, por si acaso ellos también han sucumbido a la macabra enfermedad, entras. En seguida comprendes que no ha sido así. Flores carmesí iluminan la habitación, sembradas en un momento de terror y muerte. Miras el lecho de tus padres, tiesto en el que las flores tienen sus raíces. Tus labios tiemblan y los ojos te pican por las lágrimas que pugnan por salir. Pero no tienes tiempo para abandonarte al dolor. Más allá de los cuerpos mutilados de tus padres, dibujándose contra la ventana, una joven rubia, manchada de sangre, toda oro y carmesí. Sus ojos también están fijos en ti. Os vigiláis, os oléis, os amenazáis de forma primitiva y animal. De pronto, te das cuenta. No puedes permitirlo, no puedes convertirte en uno de ellos. Luchas contra tus impulsos y el leve cosquilleo que comenzaba a acariciar tu brazo derecho desaparece. Ella debe intuirlo, porque se lanza contra ti, y descubres la inmensa magnitud de su fuerza. Pero tú ya has desarrollado el sentido de la supervivencia, y con una llave digna de una academia de karate, la esquivas y la arrojas al suelo. Vas a salir por la puerta, pero recuerdas a Katy y sabes que te está esperando paciente, tranquila, enloquecida. La ventana. Miras la ventana. Es tu única salvación. Calculas la altura. Un piso. No es demasiado para ti. Saltas, pero antes te da tiempo de ver que alguien te observa. Sólo es un instante fugaz, pero lo comprendes. Inmediatamente sientes que miles de ojos están fijos en ti, que siguen tus movimientos expectantes, ansiosos. Tus pies se dañan con las piedras de la calle. Entras en una zapatería y rescatas un par del caos que reina allí. Son un número mayor del que usas, pero no importa. La calle está desierta, pero sabes que no estás sola. Tus pasos resuenan como cañonazos. Un reloj lejano, último vestigio de un ayer cuerdo, da las doce. ¿Tanto tiempo ha pasado? Dudas. Quizá el reloj se haya vuelto loco también. Pero tu reloj de pulsera apoya a su congénere. Las horas han pasado. ¿Dónde has perdido ese tiempo? Tu mente ha empezado a desvariar. Tienes que dominarte, tratar de coordinar las ideas. Un ruido te hace reaccionar. Miras a la derecha. Una niña está sentada en la acera, sollozando quedamente. Suspiras. Evidentemente no es de ellos. No tiene el síntoma. Te acercas. Ella te mira con el terror reflejado en sus ojos, pero no huye. Te das cuenta de que te examina, te evalúa. Ha visto que eres normal. Os observáis. Finalmente te arrodillas, manteniendo una pequeña distancia. Quieres consolar a la niña, pero no sabes cómo hacerlo. Sientes que tiene un asombroso parecido con tu hija Bettina. Pero no. es sólo tu imaginación. Bettina era morena y esta niña es pálida y rubia. Sin embargo, quizá en lo que se parezca sea en su interior. La sonríes. Te sonríe después de unos segundos. El recelo se ha terminado. Tímidamente le ofreces tu mano. Ella la mira y después entierra la suya en esa masa de carne que le ofrece protección. Sin una palabra comenzáis a caminar, juntos. Ella al principio va dando traspiés, tratando de amoldarse a tu paso amplio y ágil. Luego, eres tú el que te acoplas. Tus pasos resuenan. Los suyos no. puedes sentir la tensión de ese cuerpecito, te la transmite su mano, que no deja de agitarse dentro de la tuya. Y tú sabes que ella sabe que están cerca. Pero ya no tienes miedo. Ahora posees algo por lo que luchar. Y repentinamente la situación te hace gracia: un hombre de treinta años en pijama y una niña de aproximadamente seis, totalmente desconocidos, que caminan juntos por una ciudad desierta, maldita, rodeada, no de personas, por eso está desierta, sino por locos asesinos, seres inhumanos… Comienzas a reír y tus carcajadas, cada vez más fuertes, se despliegan, huyen por las calles vecinas propagando tu histerismo y tu locura. No puedes contenerlas, desean salir, escapar como te gustaría poder hacerlo a ti. Miras a la niña y ves que tiene sus ojos clavados en ti hay compresión e impotencia en ellos y bruscamente tus carcajadas cesan. Te recuperas de tu momento de locura y comienzas a razonar. ¿Cuántos se habrán salvado? Tus esperanzas son pocas, pero existen. De pronto te das cuenta de que has de esconderte. Lo extraño es que todavía no hayan atacado. Quizás estén esperando el momento oportuno. Un sonido de cristales rotos hace que busques refugio detrás de un oxidado bidón que hay en la estación de gasolina. Un grito acuchilla la tarde y cesa repentinamente. Buscas una respuesta para la posible pregunta de la niña. Pero ella calla. Calla y comprende. A partir de entonces avanzas escondiéndote, arrastrando contigo a ese pequeño ser que se niega a seguir luchando. No puedes abandonarla porque en realidad es la razón de que vivas. Llegas a un callejón sin salida. Un muro de ladrillos te cierra el paso y se burla silenciosamente de tu desesperación. Oyes ruido de pasos a tus espaldas y te vuelves como un tigre enjaulado dispuesto a defender a su cachorro. Tus ojos se dilatan por el miedo. Tres de ellos os han acorralado. Los ojos enrojecidos os observan, las bocas os sonríen vagamente, dejando escapar por las comisuras un hilillo de aquella viscosa sustancia verde. Sus brazos han cambiado. La carne ha dejado paso al metal. Y el metal desea sangre. Intentas hablar, explicarte, pero ya has perdido esa facultad. En realidad no importa, no te van a escuchar. Con una mano empujas a la niña hacia las sombras de un rincón, tratando de apartarla de la lucha que se avecina. Bendices tu entrenamiento en artes marciales mientras esquivas y golpeas, pero sabes que te servirá por poco tiempo. Ellos son muchos y muy fuertes. Cualquier error por tu parte te costará la vida. Acabar con esos tres ha sido relativamente fácil, pero te ha dejado agotado. Tienes una sensación extraña en el estómago y recuerdas que no has comido nada desde la noche anterior. Debes buscar alimentos para Bettina y para ti. Sorprendido, te das cuenta de que inconscientemente has identificado a esa niña con tu hija. Decides aceptarlo. Desde ahora esa niña es Bettina. Bettina necesita alimento. Ves un supermercado y al acercarte compruebas que está vacío. Los cristales rotos y el desorden reinante advierten que ya ha sido saqueado. Bettina espera fuera, escondida, con la mirada perdida, sin interés por lo que pasa a su alrededor. Estás preocupado por ella, pero quizá todo lo que necesita es comer. Con precaución entras en el comercio. Coges una barrad de pan y otros alimentos. Por un momento te paras a pensar en si estarán contaminados, si la enfermedad se transmitirá a través de la comida también. Te encoges de hombros. No puedes saberlo, y no importa. Si rechazas la comida también morirás. Sales y repartes tu botín con Bettina. Le entregas además el paquete de golosinas que sabes que le gusta. Ella ni siquiera lo mira, y tú no te sientes con fuerza como para atraerla de nuevo a este mundo. Comes a su lado, en silencio, y tratas de ordenar tus ideas y de preparar un plan. No puedes seguir así eternamente. Alguien más debe de haberse salvado. ¿Cómo ponerte en contacto con ellos? Dudas, deben encontrarse en un refugio, a salvo de esos locos salvajes. Pero, ¿y si sólo quedas tú y ese pequeño ser que ya no lucha? Tienes una resolución: sobrevivir. Y esa resolución incluye a Bettina. Un periódico avanza orgullosamente hacia ti secundado por la suave brisa de la tarde. Ves los grandes titulares: “EXTRAÑA ENFERMEDAD ASOLA EL MUNDO”. Rápidamente te apoderas de él. La brisa no ofrece resistencia cuando le robas su presa, pero el periódico pierde todo su orgullo. Fijas tus ojos miopes en el texto y lees. Explica lo que ya sabes, los síntomas de la enfermedad, y se excusa por no conocer los orígenes y su forma de contagio, pero se supone que éste se produce en cuanto se deja de luchar contra ella. Un gruñido a tu derecha te confirma lo que has temido. Bettina es presa de fuertes convulsiones. Extasiado, contemplas por primera vez la metamorfosis. Sabes que no puedes salvar a la niña. El proceso es irreversible. El brazo derecho se endurece, cambia de color y de forma mientras que de la garganta de Bettina surgen extraños sonidos. De pronto te levantas y huyes, huyes de todo y de todos, de tu pasado, de tu presente y de tu futuro. Mientras corres, tu mente se vacía, tus ideas se desvanecen en el aire de la tarde, tus preocupaciones se escapan con el dióxido de carbono que expulsas. Cuando te detienes disfrutas un momento de total abandono. Pero es sólo un momento. Siempre queda algo aferrado con garras de acero a mente. Miras a tu alrededor. Estás en el campo. Has salido de la ciudad. ¿Cuánto tiempo has corrido? Tu reloj de pulsera se ha parado. También el tiempo ha muerto para ti. En un impulso, te quitas tu viejo compañero y lo entierras al pie de un árbol. Sabes que te estás comportando irracionalmente, pero no te importa. Ya no te importa. Si el mundo se ha vuelto loco, ¿por qué tú has de resistirte a ese deseable, tranquila y salvaje locura que es la muerte? Piensas en el suicidio como una idea brillante, pero tus pensamientos se detienen violentamente y esperan, recelosos, a que llegue el momento adecuado. Tú ahora estás preocupado por otra cosa. Te sientes vigilado. Sabes que alguien te observa, y te das cuenta de que has tenido esa sensación todo el día. Sin embargo, si en la ciudad era hasta cierto punto lógico, aquí… Miras a tu alrededor y no ves nada, pero la sensación no te abandona. Durante un momento te sientes desesperar, pero ya estas acostumbrado. Decides, simplemente, no hacer caso de lo que no puedes ver. Si se atreven a acercarse te defenderás. Estás continuamente alerta, avanzando cansadamente hasta que oscurece. Enciendes un fuego como cuando estabas en los campamentos juveniles y pierdes en la tarea un par de horas. Cuando lo consigues es noche completa, y te aprestas a pasarla en vela, porque la sensación de que alguien te observa no te ha abandonado. Con los ojos enrojecidos ves las sombras que empiezan a aparecer y te rodena, sombras que gruñen y husmean, sombras que odian y esperan. Quieres luchar, pero estás cansado, agotado física y mentalmente. Una de las sombras, más valiente que el resto, avanza hacia ti, seguida de cerca por los demás. El fuego arranca destellos rojizos del metal. Pero estás cansado. Los ojos se te cierran, se niegan a obedecerte. Te sumerges en las tibias aguas de la inconsciencia. Te despiertas bañado en un sudor frío y pegajoso. Durante unos segundos intentas situarte en el espacio y en el tiempo, parpadeando violentamente. Por fin, llega la luz. Estás en casa. A tu lado sientes la respiración, curiosamente alterada, de tu esposa, Katy. La puerta entreabierta comunica con el dormitorio de los niños, Steve y Bettina, y la cerrada con el cuarto de estar. Una profunda sensación de paz, resultado del sentimiento de seguridad, te embarga. Estás a salvo. Pero, ¿a salvo de qué? No recuerdas los sueños que has tenido, pero sabes que ha sido algo desagradable, una pesadilla. Tratando de tranquilizarte, te pones los auriculares, para no despertar a Katy, y conectas la radio. Oyes gemir a tu esposa en sueño, pero no le prestas atención. Están dando las noticias. Son las nueve de la mañana del domingo día nueve de junio. – La extraña enfermedad que asola nuestro país – oyes que dice el locutor. Su voz, generalmente atiplada y monótona, está hoy muy alterada – se ha cobrado en el transcurso de la noche cerca de tres millones de víctimas, teniendo en cuenta las que enferman y las que mueren a manos de esos seres enloquecidos. Como saben ustedes, es una enfermedad de raras características, que se destaca por su hostilidad y su sed de sangre, lo cual… ¿eh?… Manipulas el aparato, pero ya sabes que es inútil. Está muerto. Ningún sonido sale de él. Y entonces tienes miedo, tienes miedo quizá por primera vez en toda tu vida, un miedo vivo, tembloroso, fuerte, pegajoso y curiosamente almibarado. Sufres y disfrutas con él. Súbitamente, impulsado por algún olvidado instinto de conservación, te sientas en la cama. El leve zumbido se oye junto a tu oreja y va a clavarse la almohada, justo debajo del machete. |
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