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Oxígeno
PRIMEROS RELATOSAño: 1982 Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported La bombona de oxígeno se estaba acabando. Laura–A28 suspiró, más apenada que asustada. Aquella era la última bombona de que disponía, ya que no podía permitirse el lujo de comprar una nueva. La semana anterior su precio había subido de los 10.000 a los 1.000.000.000 de serkas, cuando ella sólo cobraba 20.000 serkas al mes en su miserable puesto de secretaria. Por supuesto que era una injusticia o, más bien, una aberración, pero nada podía hacerse. La demanda de oxígeno era totalmente inelástica y el único oferente, la Oxygenus Universalis, podía exigir el precio que quisiese. Los demandantes estaban sujetos a una cantidad de oxígeno necesaria para vivir, y pagarían lo que fuera, mientras pudiesen, claro. Ahora que había que importar el oxígeno desde Difión–3, los costos de transporte espacial se habían puesto, irónicamente, por las nueves. Laura–A28 siempre había creído que al ser un bien útil general debería haber sido comercializado por el Estado, pero el verdadero Estado era también la Oxygenus Universalis. El otro Estado, el de antes, el que se ocupaba de sus súbditos, era un concepto que sólo perduraba en los libros de Historia, donde el ser humano aún tenía algún valor. Ahora, si Laura–A28 moría asfixiada, que era lo más probable, ni siquiera se abriría un expediente. Su cuerpo sería incinerado y se entregaría su unidad domiciliaria hermética a otra persona. Laura trató de imaginársela; quizá otra muchacha con mejor suerte, la amante de un magnate de la Oxygenus Universalis; quizá un gordo contable de la fábrica de pastillas concentradas al que cualquier día le llegaría su hora, igual que a ella; daba igual, no estaría allí para recibirlos. Comenzaba a sentir una opresión en el pecho, aunque sabía que era sólo sugestión, porque le quedaban más de dos horas de oxígeno. La cercanía de la muerte ya no la asustaba. La semana pasada, al enterarse de la subida y de que ni pidiendo un préstamo podía adquirir la tan necesaria bombona, sí, se había asustado, y había gritado hasta quedarse afónica. Tuvieron que administrarle un calmante en la oficina, pero no le ofrecieron ninguna oportunidad para vivir, la condenaron a morir con una triste sonrisa. A nadie se le ocurrió la idea de ayudarla. Ella se rebelaba ante la idea de la muerte porque siempre había sido independiente y contestataria. Cuando en la casa–Cuna del Mundo Solar quisieron obligarla a comer una papilla de algas de gusto infernal rompió el plato en la cabeza de su robot–madre. En aquella ocasión Laura sólo contaba con dos meses de edad. Más tarde, al realizar los test Psicoalpi, se la consideró como posible elemento perturbador de masas, por lo que se le administró un tratamiento consistente en pasar dos semanas con Jetho, el maquinomédico muy eficiente en los lavados de cerebro. Laura fue dada de alta, pero se llevó consigo su rebeldía innata, eso llamado personalidad, algo que en el Mundo Solar era peor que la locura. Le signaron un trabajo de secretaria en un pequeño establecimiento y se olvidaron de ella. Había pasado el tiempo en que el ser llamado Laura–A28 merecía protección. Ya era lo suficientemente adulto para vivir o morir llegado el caso. Oxígeno, siempre el oxígeno. Se consideraba normal que la gente muriese por su causa, ya a nadie le preocupaba el que hubiese al día trescientos o tres mil muertos por asfixia. Ni siquiera el canal 9901–XHK del circuito privado, en su noticiero, mencionaba el asunto. Había sido así desde hacía varios siglos… desde la Gran Hecatombe. Pensó en hacer lo que muchas de sus amigas, si es que la amistad existía realmente, habían hecho, venderse por una bombona de oxígeno. Pero Laura dudaba en hacer lo por dos cosas: por una ética personal, que llegado el caso podría ser sumamente elástica, y por amor propio, el temor al rechazo, a no valer nada. De pronto se le ocurrió una idea, aunque bastante descabellada. Iría a hablar con Larry–D12, Subdirector General de la Oxygenus Universalis. No vivía lejos de su propia unidad domiciliaria, le había visto varias veces introduciéndose en su lujoso KPF–(T3) a propulsión, y su aspecto sereno y elegante la había agradado. Podría llegar a él porque los guardias humanos rodeando las unidades domiciliarias de los individuos importantes eran ya una leyenda. Nadie podía permanecer más de quince minutos en el Exterior, y eso con un traje Sobredex, ya que sin él un ser humano moría en pocos segundos. Cierto que había computadoras–guardianas controlando la zona, pero eran más razonables y, hasta cierto punto, más fáciles de burlar. Se puso el traje Sobredex, compensó la presión de su unidad domiciliara con la del Exterior y salió. Caminó rápidamente, levantando con sus pies el polvo radiactivo que aún cubría la tierra desde la Gran Hecatombe. A veces pensaba cómo serían las plantas, los árboles de los que hablaban los libros. No venía ninguna foto, ningún dibujo, seguramente porque el Círculo Culto tampoco sabía cómo eran. Le parecía casi imposible imaginar unas cosas altas y delgadas, de color marrón y cubiertas en su parte superior por pequeños objetos llamados hojas, con largos dedos enterrados en un suelo fresco y suave (no reseco y estéril, como ahora) y unos brazos alzados hacia el cielo en muda plegaria. Ella sólo conocía los Tres Colores, el Gris, el Negro y el Blanco, los demás eran simples conceptos que su imaginación desarrollaba. El gris era el eterno color del cielo, el blanco era el de las unidades domiciliarias, donde todo era de ese color y el negro el de los uniformes, incluido el Sobredex. Abandonó esos pensamientos al ver aparecer ante ella, a través de la niebla polvorienta, la perta de la unidad domiciliara de Larry–D12. – Identifíquese– gimió la computadora. En el Exterior cualquier sonido parecía un gemido doliente, incluso la voz metálica de una máquina. – Laura–A28. – Muestre a la pantalla el Carnet de Existencia. Laura así lo hizo, esperando no tener dificultades. Al fin y al cabo en la Normativa se establecía que todo ciudadano, una vez en la vida, tenía derecho a visitar a un gran magnate de la empresa más importante del Universo, una especie de concesión democrática, el último saludo: “Morituris te salutant”. – Comprobado – siguió la computadora – ¿Motivo de la visita? – Oxígeno. – Pase – invitó la computadora, quizá con un tono más compasivo que de costumbre, aunque lo más seguro era que se debiera también a las distorsiones de la electricidad estática del Exterior. Laura entró en la unidad domiciliaria más confortable que hubiese visto jamás. Totalmente acolchada, con cómodos sofás y elegante mobiliario, se parecía tanto a la suya como un garbanzo sintético a una nebulosa. Larry salió de una habitación adyacente y se apresuró a recibirla. – Buenas tardes, Laura–A28, ¿no? ¿En qué puedo servirla? La cortesía era una de las costumbres formales que aún se conservaban, hasta tal punto que al ajusticiar a los delincuentes mentales se les pedía por favor que les dejasen quitarles la vida. Por supuesto todo era apariencia, porque el condenado nunca consentía y sin embargo no se detenía la ejecución. – Ya se lo dije a su computadora, Larry–D12, oxígeno. Usted conoce el nuevo precio de la unidad de oxigenación. – Por supuesto – el hombre parecía fastidiado, evidentemente estaba cansado de discutir el asunto. – Es prohibitivo. – No estoy de acuerdo. Es bastante asequible, teniendo en cuenta lo que nos cuesta traer el oxígeno desde nuestras bases. Si no cobrásemos eso, el negocio se vendría abajo y entonces sí que moriríamos todos. – ¿Quiere usted decir que no le importa que miles de personas tengan que morir porque trabajando honradamente no disponen de la cantidad necesaria para comprar el oxígeno con que subsistir? – Todos tenemos que morir – le interrumpió Larry bruscamente – Y yo no puedo hacer nada para evitarlo. El oxígeno es un bien escaso desde la Gran Hecatombe, el conseguirlo es sumamente costoso y una empresa de nuestra categoría no puede dejarse llevar por ideales humanitarios. Lo siento. Si eso era todo lo que quería… – Mi bombona de oxígeno se está acabando. Larry la miró con una sombra de burla en los ojos. – ¿Con que era eso? Lo único que le preocupa es usted misma, como les ocurre a todos. Le ha llegado el turno y viene aquí a hablarme de ideales y deberes. Váyase. – Yo… yo no tengo miedo – prosiguió Laura con calma, haciendo caso omiso de la orden – No a la muerte, quiero decir. Pero aún soy joven, siento tener que morir y perderme tantas cosas, ¿sabe? – le miró, luchó con su conciencia, y al fin se decidió – Estaría dispuesta a cualquier cosa. Larry–D12 la miró apreciativamente. Aquella chica no parecía dispuesta a aceptar un no. Alta, hermosa, sobre todo sus enormes ojos castaños, extraños y llenos de vida. Pero había muchas como ella, mejores que ella, y que no pedían tanto. “Oxígeno”, bufó, “pues no se considera lo suficientemente importante, esta chica” – Váyase – repitió. Laura se sentía demasiado humillada como para insistir. Dio media vuelta, pero la voz de Larry la detuvo en el umbral – En otro tiempo… Hoy día es demasiado pedir. Si cambia de idea y se conforma con oro o diamantes, vuelva. El oxígeno es demasiado precioso, lo siento. – Ya – respondió agriamente Laura – , dígame para qué me van a servir los diamantes dentro de dos horas. Salió al exterior sin esperar respuesta. No la había. Avanzó con paso torpe ahora, hacia su unidad domiciliara. No pensaba en nada, tenía la mente embotada. Ni siquiera pensaba ya en la muerte, tan cercana, con la que su espíritu ascendería al Mundo de Perfección, donde sería, como su nombre indica, perfeccionado y reciclado para una nueva reencarnación. Tristemente entró en su casa. Una hora. Hora y media. Laura empezó a sudar copiosamente. Hubiera sido bonito ir a Crox, el lugar de diversión más sofisticado de las Galaxias. Le tocaba ir al año siguiente, cuando cumpliese la edad reglamentaria de admisión. Todo el mundo, al cumplir esa edad, iba durante un mes. Laura pensó que jamás la cumpliría ay volvió a temblar. Diversiones para el pueblo, que olvide que va a morir asfixiado. Lo que más la aterrorizaba era la idea del fuego. 1.000.000.000. 20.000… 1.000.000.000. Cifras, cifras, cifras… Se veía condenada por unas cifras. Ya se imaginaba entre las llamas, convirtiéndose en humo y polvo. – ¡No! – gritó, poniéndose en pie. Sintió un repentino mareo. Pronto todo acabaría – ¡No! – volvió a gritar. Entonces tomó la determinación. No acabaría como ellos tenían previsto. Se levantó, tambaleándose, y se dirigió a la puerta. A través del cristal miró el Exterior. Una suave y venenosa brisa levantaba nubes de polvo radiactivo. Intentó imaginarse un campo lleno de flores y pájaros, como los que describía su libro, pero no pudo. Se sentía demasiado ahogada, demasiado desesperada, demasiado triste. Apretó el botón nivelador de presiones. Luego apoyó el dedo en el que decía “apertura”, pero vaciló. Miró el traje Sobredex, abandonado en una silla, una protección que ya no necesitaría. Agitó tristemente la cabeza mientras apretaba el botón. La brisa cálida vino a recibirla. Ella pensó apenada que al día siguiente era su cumpleaños. Ya jamás cumpliría los siete años. Dio un paso. La bombona de oxígeno se acabó. |
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