San Juan surgido del pozo

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Pablo llegó tarde a la misa, pero no se sintió culpable. Bastante hacía con estar allí. Incluso entró en la iglesia, pese a que había jurado, poco antes de empezar la guerra, que jamás volvería a pisar una. Eso fue en el funeral de su padre, el día en que decidió que no habría suficiente sangre derramada en el mundo como para sentirse satisfecho. Sangre y destrucción, y muerte, y agonía.

Empezó una guerra. Qué apropiado.

Hacía mucho frío allí dentro. La luz del sol que se filtraba por los laterales no conseguía calentar el hielo intenso que supuraban aquellas piedras. Pensó que, más que un templo, la iglesia parecía un mausoleo, la tumba de un dios muerto. Su hermano Juan le miró desde el altar. Hacía años que no se veían, desde el día en que empezó la guerra y cada uno eligió un bando y un destino. El reencuentro fue un momento extraño. Se estudiaron el uno al otro, buscando posibles diferencias…

Tuvo la impresión, la absoluta certidumbre, de que ambos estaban pensando en aquel lejano día, cuando eran pequeños y Juan se cayó al pozo.

Pablo tosió, sin poder contenerse, sacudido por la tisis, la nueva dueña de sus alientos. Con aquel sonido desgarrado, la magia de ese primer instante se rompió como si hubiese sido algo físico; Juan suspiró y siguió con su ritual, y Pablo miró a los lados, buscando un sitio donde acomodarse. Había mucha gente de pie, los bancos estaban totalmente llenos. De modo que era cierto que las misas del padre Juan habían empezado a atraer la atención de feligreses de otras zonas. Si seguía así, la cosa no iba a acabar bien.

¿Sería por eso que le había mandado una carta, tras tanto tiempo? Por supuesto, pese a todo, había ido.

Fuera el que fuese aquel que surgió del pozo, seguía siendo su hermano.

Pensó quedarse de pie, pero se sentía tremendamente cansado y le dolían mucho el pecho y la rodilla derecha, que nunca se recuperaría por completo de su herida en combate. Cojeó hasta uno de los últimos bancos y se apoyó como pudo en el pequeño espacio que le dejaron por lástima. No estaba cómodo pero, al menos, estaba sentado.

Desde allí, contempló cómo su hermano daba la comunión. Nadie podía quedar impasible viendo aquello, ni él, que no creía en dioses ni mucho menos en los hombres que utilizaban los miedos ajenos para medrar. La gente avanzaba torpemente hacia su hermano, enferma y ensordecida por el retumbar de la guerra, soñando con tener de verdad un alma eterna que les ofreciese algún consuelo, una segunda oportunidad en un sitio mejor donde realmente fueran importantes para alguien. Y Juan era el foco de su esperanza.

Resplandecía de amor, como siempre.

No, como siempre no.

¿Era otro, cuando lo sacó del pozo, tras aquella experiencia espantosa en la que bajó a buscarle como pudo y cargó con él hacia la luz? ¡Qué frías estaban la oscuridad y el agua allí dentro! Cuando lo dejó sobre la hierba pensó que estaba muerto, tan pálido, tan helado… Pero Juan abrió los ojos en respuesta a sus voces y le miró de otro modo.

El hombre en el que se había convertido provocaba a su vez grandes cambios: avanzaban hacia el altar criaturas consumidas por el miedo, rotas y agonizantes, sí, pero Juan les hablaba, les sonreía, y regresaban a los bancos seres distintos, personas completas, iluminados por una sonrisa que siempre alcanzaba la mirada.

Alguien gritó que se había curado; una madre lloraba abrazando a su hijo; un anciano veía por primera vez el rostro de sus nietos…

Pablo suspiró, sabiendo que aquello era solo el principio. Si Juan seguía haciendo esas cosas, el Vaticano tomaría medidas. Se lo llevarían a Roma. Sería un nuevo San Juan, un San Juan surgido del pozo y de la guerra, que reforzaría todavía más la posición de los vencedores. Se le revolvieron las tripas sólo de pensarlo.

Su hermano terminó la misa y despidió a sus feligreses, una tarea lenta, llena de abrazos y agradecimientos. Al final, sólo quedaron ellos dos, y Juan se acercó.

– Gracias por venir, hermano – le dijo. Pablo asintió.

– No son necesarias – vio que Juan se fijaba en sus dientes, rotos durante una de tantas palizas en la cárcel, vio la compasión y la pena. Apretó los puños – ¿Qué quieres?

Juan se sentó de lado en el banco que Pablo tenía delante, apoyando los brazos en el respaldo.

– Verás, me han ordenado que vaya a Roma – maldición, allí estaba. Lo que tanto había temido – El Santo Padre quiere verme. No me mires así, Pablo, no he estado alardeando – se defendió – Nunca lo has entendido. Sería ostentación si fuese algo hecho por mí y lo hiciese para mi propia satisfacción. Pero no es algo que haga yo, es algo que viene de Él – señaló con un dedo hacia el techo –, destinado al bien del mundo.

– La verdad, no sé si pecas de humilde o de idiota. Ah, perdón, que tú no pecas. Para eso vine yo al mundo, para compensar – Juan no dijo nada – Bueno, tienes que ir a Roma para que te aplaudan y te canonicen. ¿Y? ¿Para qué me has llamado?

– Quiero que vengas conmigo.

– ¿Yo? ¿Al Vaticano? – se le escapó una carcajada – Estás de guasa. No podría contenerme. Quemaría hasta los cimientos ese nido de hipócritas. Jamás olvidaré lo que dijo el cabrón del cura el día del funeral de padre. Lo mataron como a un perro, esos fascistas de mierda y, encima, tener que oír esas cosas. Claro que, tú, lo olvidaste rápido – Juan se ruborizó pero no dijo nada. Pablo empezó a incorporarse – Será mejor que me vaya.

– Espera – su hermano le detuvo con un gesto – Tienes que venir. Todo esto empezó contigo y lo sabes. Recuerdas tan bien como yo el pozo, que caí y tú me sacaste. Sabes lo que pasó realmente – se miraron unos segundos en silencio – Estaba muerto, Pablo. Muerto. Y, tú, me trajiste de nuevo a la vida. El Señor actuó a través de ti.

– Te has vuelto loco…

– No. Siempre lo he sabido. Y tú también. Yo no era así, antes, no tenía… – alzó las manos, maravillado – esto. Tú me lo diste, junto con la nueva vida. Soy un vínculo entre Dios y la humanidad. Pero lo soy gracias a ti.

– No me jodas, Juan. No sé por qué tienes tanta fe, pero sabes que yo no tengo ninguna. Pienso que el que hace esos milagros eres tú que… No sé, tienes algo, un don. Me pregunto por qué tienes que ser así, por qué te empeñas en atribuir a ningún puñetero dios el mérito de lo que haces pero… – Juan se echó a reír – ¿De qué cojones te ríes?

– De ti. De nosotros. Estamos atrapados en un juego absurdo, hermano. Piensas que soy demasiado humilde por creer que es Dios quien actúa y no yo. Y yo pienso que eres infinitamente soberbio porque no aceptas tus propios límites y crees que me resucitaste tú solo, sin intervención divina.

– No estabas muerto.

– Sí, claro que lo estaba – se adelantó bruscamente y apoyó una mano en la pierna de Pablo – Y tú, precisamente tú, no puedes dudar de ello.

Hubo un momento de dolor intenso, un calor infinito que empezó en su rodilla y se extendió por todo su cuerpo, quemando sus pulmones, abrasando su boca. Pablo gritó y se agitó bruscamente, intentando apartarse, pero Juan afirmó el contacto. Las imágenes oscilaron y se hundieron a su alrededor como cera derretida. Luego, casi de inmediato, nada.

No había presión en su pecho, ni tormento en la pierna. Tenía todos los dientes.

– Ha sido Dios – dijo Juan, con una sonrisa en los labios.

– Has sido tú.

– Me resucitó el Señor.

– ¡Te resucité yo! – se liberó de un manotazo – ¡Yo grité como un loco tu nombre, golpeando la tierra con los puños! ¡Ni siquiera recé, ¿lo entiendes?! ¡No pasó ningún jodido dios por mi cabeza! – se quedó paralizado. Al final lo había admitido. Recordó el miedo intenso de aquella tarde. El pequeño Juan, pálido sobre la hierba, con los labios y los ojos azulados… No respiraba, no tenía pulso. Demasiado tiempo en el pozo, flotando bocabajo en aquella agua oscura y fría. Pero había vuelto a la vida tras llamarle tantas veces… – No quería decir eso. Yo…

Juan rió, divertido. Se puso en pie.

– O Dios me resucitó, o fuiste tú. Y sabes perfectamente que los hombres no hacen milagros. Ven conmigo, hermano. Estaremos juntos, nos irá bien.

– No. Jamás.

– Pero, piensa que cuando el Santo Padre me pregunte qué sucedió, cómo empezó todo, tendré que revelarlo – insistió Juan. Pablo hizo una mueca – No sé qué ocurrirá entonces, pero sospecho que insistirá en verte. Comprende que, alguien como tú, bendecido con el poder de resucitar, debe formar parte de la Iglesia. Eres un instrumento divino.

– No necesariamente. También puedo trabajar para la competencia.

– No bromees con eso.

– No me atrevería. ¿Aún quemáis gente? – vio la expresión dolida de Juan y suspiró, arrepentido – Perdona. No voy a ir, no insistas. Déjame solo, anda.

Juan titubeó.

– Como quieras. Al fin y al cabo, todo sucede por decisión divina – sonrió débilmente – Adiós, hermano.

Pablo le contempló mientras se alejaba y desaparecía por la puerta de la sacristía. En menudo lío estaba. ¿Para poder vivir en paz, tendría que bajar la cabeza sumisamente y atribuirle el mérito de lo hecho a un poder superior, como hacía su hermano? Con total probabilidad. Aquellos buitres no consentirían compartir ese supuesto don divino y menos con alguien a quien no podían controlar. Le pondrían piadosamente en su lugar, a golpes, de ser necesario. Le recordarían que debía ser modesto y aprender a conocer y respetar sus límites.

Pues no pensaba permitirlo. Que se jodieran la humildad y todas las virtudes, tantas veces pateadas por quienes las usaban de bandera. No compartiría aquello ni con Dios. Él lo había hecho y sólo él. Era suyo.

Se puso en pie. Ya no le molestaba la rodilla, ni sentía presión en los pulmones, ni le dolía tanto todo lo perdido.

Pero salió de la iglesia jurándose no volver a pisar una, jamás.

© Yolanda Díaz de Tuesta


CUARTA ÉPOCA

Año: 2011

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(1º PREMIO L CERTAMEN DE USUARIOS BUBOK. tema: La Humildad)

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