El árbol, el montículo, el día quieto y cálido…

TERCERA ÉPOCA

Año: 2009

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La luz del sol entraba a raudales por la ventana de la cocina.

Laura sonrió y apartó ligeramente las cortinas, para mirar la calle, retocándose los largos bucles color miel que había estado peinando durante horas. Ese día, además, estrenaba vestido, blanco, con gigantescas flores azules que parecían extenderse hacia todos lados como acuarelas con vida propia. ¡Qué feliz se sentía! Papá, mamá, la abuela, habían dicho que estaba muy guapa. Lucía se había limitado a poner gesto de desagrado. Pero, bueno, no esperaba otra cosa; las hermanas eran un incordio, por definición, seres creados para torturarte. Y los gemelos eran aún peor, tan semejantes en apariencia, tan diferentes siempre, buscando continuamente cómo hacerte enfadar…

¡Mira que ocupar el cuarto de baño durante tres horas, como si fuese su única dueña! ¡Y ese día, precisamente ese día!

Hacía tantas cosas mal, últimamente, Lucía. Como… Dudó, frotándose la sien. Había algo, algo que se estremecía en el fondo de su mente, algo que había ocurrido, algo importante, tremendamente importante…

Terrible…

Pero se le escapaba, una y otra vez, como arena entre los dedos…

¡Cuánto sol, cuánto sol, y sus padres, y la abuela, iban a conocer por fin a Raúl! Llevaban seis meses saliendo, ya iba siendo hora… “Así comprobaréis que es bobo”, había dicho Lucía, con desdén. Los demás hicieron como si no hubieran oído, y Laura ni siquiera se tomó la molestia de contestar o pellizcarla. ¿Qué importaban sus palabras motivadas por la envidia? “El tontainas ese”, le llamaba papá, aunque en él sonaba distinto, lo hacía para hacerla rabiar, en broma, y luego reía, reía, y la arrastraba en su risa, y todo era tan hermoso…

Raúl era un chico estupendo, seguro que iba a gustarles. Y ellos se querían… No se iría, no… Nunca la abandonaría… Estaba tan guapo, tan rubio…

Tan serio.

¿Quién eres tú?”

El árbol, el montículo, el día quieto y cálido…

(Lucía quería estudiar Medicina)

Laura agitó la cabeza, intentando recordar, acosada por aquellas extrañas imágenes, sombras vagas, movimientos repentinos, confusos… Finalmente, lo dejó pasar porque escarbar en aquella parte de su memoria le provocaba una especie de agujero negro y frío en el estómago, una sensación tremendamente desagradable. ¿Tenía que ver con Lucía? ¡Seguro que sí…! ¡Maldita, maldita, maldita fuera! Estaba resentida, totalmente enferma de celos. Según vio a Raúl, lo quiso sólo para ella, únicamente para ella… Quizá ni siquiera le gustaba de verdad, era sólo el quitárselo, el arrebatárselo, como siempre se lo quitaba todo, juguetes, libros, ropa… Laura apretó los labios, irritada. Desde niña había sabido que Lucía odiaba tener una gemela, un reflejo. Siempre intentaba actuar como si fuese única, como si ella no existiese…

(Manejaba bien el cuchillo…)

La luz del sol se extendió hacia el pasillo, incidiendo en el retrato familiar que colgaba de la pared. Estaban todos: papá, mamá, la abuela, ella… Rostros tan amados y tan conocidos… Fue hacia él, a mirarlo más de cerca, y se sobresaltó al darse cuenta de que, en la penumbra, había alguien. Ah, qué tonta. ¡Si era la abuela, que también estaba nerviosa, como ella, por la visita de Raúl, claro! Laura sintió que la envolvía una ola casi sólida de puro amor, una sensación sublime, dulce, muy dulce.

Amarga…

Qué congoja…

La quería tanto, tanto, tanto… La abuela la amaba intensamente, de esa forma que no puede fingirse, a ella, sólo a ella, únicamente a ella. Jamás hacía que Laura se sintiese inferior, ni imperfecta, como si no fuera más que la mitad oscura de algo mejor, algo completo. “No existes, no existes”, se burlaba Lucía, con su rostro de tiza… “Sólo existo yo”.

No podía recordar lo que hizo Lucía. ¡No podía! ¡No quería! Abuela la ayudaría, seguro, podría consolarla, porque había sido algo terrible, terrible, y necesitaba su calor, su amor, sus palabras diciendo que todo terminaría pasando, que todo se olvidaría… Pero, esa mañana, Abuela parecía tan extraña, tan triste, tan perdida… Tanto como aquella vez…

“¿Dónde está Raúl?”, volvió a preguntar. Sus ojos reflejaban el árbol, el montículo, el día quieto y cálido… Acusaban a Lucía, aunque los labios no pronunciaron palabra.

Laura se estremeció. No lo sabía. ¡No lo sabía! ¡No conseguía recordarlo! ¡Y no quería pensar en eso! Empezó a hablar con Abuela como a borbotones, gesticulando mucho, riendo mucho, intentando animarla y hacerla olvidar. Quería tratar únicamente de cosas felices, alegres, luminosas. Le recordó que venía a comer Raúl, el chico que le gustaba, que se lo iba a presentar por fin a papá y a mamá, y a ella, a ver qué les parecía. ¡Le quería tanto, tanto! Sí, lo sabía, tenía que estudiar mucho. Así podrían pasar un buen verano, otro buen verano en la casita del pueblo, junto al bosque, donde el aire olía a menta y yerbabuena, los colores refulgían con más fuerza, y los sonidos llegaban lejos, intensos, hermosos… Sonrió a la abuela, deseando que pudiera ir también, con ellos, como cada año.

¿No?

Laura sintió unas profundas ganas de llorar. Abuela… ¡La echaba tanto, tanto de menos, cuando no estaba, desde que no estaba…! Era un dolor sordo que fluía abrasando sus venas, siempre con la misma fuerza que el primer día, diminutos cristales que la desgarraban por dentro. Algo que paralizaba su corazón, un peso terrible, en el pecho…

Se acercó a ella, deseando estrecharla con todas sus fuerzas entre los brazos. De pronto necesitaba hacerlo, ya, de inmediato… La abuela la miró con inmenso amor, y también se acercó a abrazarla.

Pero… ¿qué era eso…? ¿Un cristal? ¿Por qué había un cristal en medio, separándolas? ¿Era una ventana?

Ah, no… era un espejo.

Un espejo…

Laura parpadeó, comprendiendo repentinamente…

Esa mujer consumida que se miraba a sí misma con ojos espantados, era ella. Esa anciana de expresión asustada y perdida, la boca temblando por el asombro, era ella. Sin acabar de creérselo, se llevó una mano al cabello, el halo ridículo de greñas blancas que rodeaba su rostro flaco, dibujado en líneas cada vez más duras, más rígidas, como si se estuviera asomando progresivamente su calavera para hacer alguna clase de anuncio… La mano descendió por su mejilla y tocó con dedos trémulos la tela ordinaria de su bata casera, cubierta de grandes flores mustias, apagadas tras tantos y tantos lavados. Ramos fúnebres adecuados para el cuerpo macilento que ocultaban.

¿Qué había pasado? ¿Cómo había pasado? ¡Sus hermosos rizos color miel, su vestido nuevo de vibrantes flores azules, la emoción de aquel lejano día…! ¿Dónde estaban, dónde? Papá, mamá, Raúl, abuela…. Todos muertos, todos arrastrados por el paso de los años hacia el rincón polvoriento del olvido, el lugar donde los detalles se desdibujan hasta perderse por completo, convertidos en un recuerdo lejano, en desolación…

Todo se fue, todo se le escapó repentinamente de entre los dedos, disipándose en un terrible segundo con el tiempo de toda una vida.

Si al menos hubiera sabido aprovecharla…

Diminutos cristales, que la desgarraban por dentro…

Raúl se fue, con una frase breve (“No lo soporto más”), con un destello metálico que se llevó su vida en una lluvia escarlata. Caminó hacia el árbol, hacia el montículo, hacia el día quieto y cálido… Fue Lucía, Lucía, que no quería dejarlo escapar. No iba a permitir que la abandonara…

Todo se había ido. Todo estaba perdido…

Negro. Intensamente negro. Negro profundo, negro piadoso…

¿Qué pasaba? ¿Se había quedado dormida? ¿Y qué hora era? ¿Estaba la comida lista? Raúl iba a llegar en cualquier momento, y tenía que volver a la oficina.

Se sentía rara…

Vaya, había visitas. Oyó reír a Raúl, en la cocina, abriendo una botella de vino. “¡Lucía!”, gritó, llamándola. “Lucía, ven, cariño, vamos a brindar” Ella se estremeció. ¡No! ¡No era Lucía, no era Lucía, era Laura, Laura, Laura…! ¡Era inocente…!

Un rayo de luz surgió por la puerta de la cocina, iluminando la penumbra del pasillo.

¡Cuánto sol, cuánto sol, y sus padres iban a conocer por fin a Raúl…!

Pero, ¿por qué lloraba esa anciana…?

© Yolanda Díaz de Tuesta

El anciano se detuvo junto a la orilla, allí donde las lentas olas casi llegaban a mojar las punteras de sus botas, y contempló el mar, el inmenso mar que había sido una parte tan importante de su vida. Inspiró profundamente la brisa cargada de salitre, el viento húmedo del atardecer que jugaba incansable con su ralo cabello, dando vida a sus mejillas, llenando de luz sus ojos…

Parpadeó…

No, no era la playa, no estaba en Cádiz, no era el tiempo luminoso de su juventud. El sol también brillaba con fuerza, pero, en esta época, y en este lugar, el aire era seco, olía a paja y tierra mustia, a mundo áspero, poco dado a misterios o a concesiones.

Zenón de Somodevilla y Bengoechea, el viejo y olvidado Marqués de la Ensenada, se detuvo en el borde del camino por el que estaba paseando y miró titubeante a su alrededor. Le cercaban por todas partes las tierras de Medina del Campo, paisajes bellos también, a su manera, pero muy distintos de los que había convocado en su memoria. Además, éstos eran paisajes que hablaban de su fin, no de su inicio; de su caída, no de su apogeo. Quizá por eso, pese a sus innegables valores, no conseguía amarlos realmente. El viejo Zenón se sentía clavado en el sitio, como una de esas mariposas que se enmarcaban y se colgaban de la pared. Estaba atrapado, exiliado por orden real. No podía salir de allí.

Aquel lugar había sido su cárcel durante los últimos quince años, su…

Creyó oír una risa, a lo lejos, y se volvió parcialmente. ¿Agustín? Sí, sí, era él… pero no. El bilbaíno Agustín Pablo de Ordeñana, el joven alegre, buen amigo, siempre dispuesto a aprender algo nuevo, y a apoyarle cuando era necesario, llevaba muchos años muerto. Qué demonios, no llegó ni a cumplir los sesenta, una edad que a Zenón le había parecido enorme durante la mayor parte de su vida, y tremendamente deseable, en los últimos tiempos. Agustín, Agustín… Quizá reía, pero allá donde él no podía escucharle. ¿O acaso estaba ya en alguna línea entre los mundos?

Debía ser eso, porque aquel paisaje agostado ya no conseguía retenerle…

¡Oh, sí! El joven Zenón de Somodevilla y Bengoechea se quitó el sombrero y agitó la cabeza, el abundante pelo oscuro que recogía en una coleta, aspirando con fuerza. La brisa olía a humedad, a vida marina, a salitre, ese olor amado que formaba parte de su misma esencia, pese a haber nacido en un lugar donde no podía percibirlo. Apartó con el pie unas algas, que llegaban enredadas en la espuma de una nueva ola, largas cintas verdes y vivas, consumidas por el tiempo hacía mucho….

El viejo Zenón de Somodevilla y Bengoechea se sobresaltó. Un carro bastante grande, cargado hasta los topes de heno pasaba muy cerca, por el centro del camino, llenando el mundo con mil rumores de madera vieja y metales oxidados. La mula y el campesino siguieron mirando fijamente al frente, no le concedieron ni un vistazo, no mostraron ninguna curiosidad por aquel hombre parado, inmovilizado como una mariposa disecada, tan cerca. Quizá ni le habían visto, pese a que resultaba difícil de creer, vestido como iba de oscuro bajo una luz tan brillante.

Pero, a saber. Ambos, humano y bestia, compartían la misma expresión absorta, ensimismada, de seres perdidos en el trayecto entre horizonte y horizonte, ajenos a cuanto pasaba por su lado. Y, aquel anciano anónimo que apoyaba su derrota en un bastón, casi aplastado por el peso de sus elegantes ropas, era sólo un detalle más, algo sin importancia en el gran decorado del mundo. ¿Total, qué se había perdido, el campesino, al no mirarle? Nada, absolutamente nada. Todo volvía a su origen, caviló, con tristeza. Linajes sin dinero. Estrellas sin emitir auténtica luz…

Olía a campo, no a salitre.

El anciano suspiró, y reemprendió la marcha, apoyándose en el bastón, contemplando la tierra pulverizada que trataba de moverse entre los baches del camino, a impulsos del escaso viento que agitaba el aire. En aquel terreno asesinado por el sol, sus pasos no conseguían marcarse, no dejaban huella alguna, y eso le provocó una sensación de irrealidad, de inexistencia. ¿Seré un fantasma?, se preguntó. Daba igual avanzar, o la dirección que tomase. Daba igual que fuera hacia delante o hacia atrás, daba igual si estaba, o si no estaba, el camino no acusaba su paso. Qué triste…

Qué distintos de sus pasos en la arena húmeda, bien marcados, firmes, fuertes. Quizá los borrara el mar, pero los recordaría la tierra…

Sacó un pañuelo, y se limpió el sudor del rostro, mientras escuchaba el sonido jadeante de lo que no quería reconocer como su propia respiración. Esa tarde hacía calor, mucho calor, calor de tierra dentro, de tierra sedienta, de tierra que lloraría por un poco de humedad, de serle posible derramar una sola lágrima. Pero, bueno, lo prefería con mucho al frío mortal que era año tras año su alternativa, el helador manto de nieve que llegaría con el invierno, y que paralizaría el mundo durante unos meses en los que sólo él seguiría envejeciendo, mientras tiritaba junto a una chimenea cuyo calor nunca resultaba suficiente. El viejo Zenón apretó los labios, afirmó la mandíbula.

No quería vivir otro invierno, no en aquel lugar, aquella cárcel inmensa de hielo y fuego que le había dado el rey…

Y no lo viviría, si se empeñaba en seguir en aquel sendero calcinado, en ese momento. Al demonio, no pensaba rendirse, nunca se había rendido y no iba a empezar a esas alturas, cuando ya no tenía nada que perder. Necesitaba descansar, y refrescarse, tomarse un respiro. Estaba calibrando si le merecería la pena seguir hasta el pueblo, o parar de camino, cuando sus ojos se fijaron en una pequeña arboleda que cortaba con verde intenso el oro envejecido de un trigal, y recordó que esos árboles, anchos, bajos, frondosos, escondían una repentina quebrada del terreno por la que discurría un pequeño regato que saltaba alegremente entre las piedras.

Él no era hombre de cambios, bien lo había demostrado durante toda su vida conservadora. Reformas, sí, mejoras, claro, dispuesto siempre a afrontar los arreglos necesarios en una España que sangraba por las heridas de demasiadas guerras. Arreglos, como podían serlo los arreglos imprescindibles en un barco, pero no cambios que pudieran transformarlo en una nave distinta. Le gustaban la rutina metódica, la seguridad que daban los usos y las tradiciones, lo conocido… Eso era lo suyo.

Pero, ese día, cambió la ruta habitual de su paseo, y se dirigió a la parte trasera de la arboleda, porque necesitaba hacerlo, necesitaba el sentir el frescor de la sombra, y escuchar el rumor del agua. Le costó un tiempo infinito bajar la cuesta del pequeño risco, él, que había sido un niño ágil, inquieto, una criatura alegre y risueña que había brincado por terrenos muy semejantes a ese, y se había subido a árboles mucho más altos.

Allí, al pie de la hondonada, junto al arroyo, el viejo Zenón se sentó, contemplando el agua. Debía contemplar agua… ¿Por qué? Qué extraño…

El mar. El mar de Cádiz.

El joven Zenón, el muchacho alto, galante y atractivo que arrastraba como una estela los suspiros de las jóvenes, giró sobre sí mismo en la orilla, mirando a su alrededor, algo desconcertado.

Esa mañana, había tenido la sensación de que debía acudir a una cita, allí, en aquel lugar, en la playa… Tenía que ir, tenía que acudir a la llamada, al encuentro…

Un reencuentro, sí.

Era importante, tan básico y vital como una de esas miles de citas que había escrito cuidadosamente en la apretada agenda que había regido su vida en otros tiempos. Qué curioso, había llegado a pensar que no podría vivir sin aquella agenda, que aquel ritmo de su existencia duraría por siempre, y, sin embargo, lo había olvidado con enorme rapidez. Hacía ya mucho que sus días estaban llenos de horas vacías, sin sustancia y sin mayor sentido. Allí, en la cárcel de fuego y hielo de Medina del Campo, en el presidio sin barrotes, sin techos ni límites visibles, el paso del tiempo no era algo que tuviera demasiada importancia.

Me hago viejo, pensó, con desaliento, los ojos fijos en el arroyuelo cantarín. Sí, claro que se hacía viejo. Ochenta años le rondaban, muchos, para cualquiera, más, para alguien tan cargado de recuerdos. Su mente derivaba, siguiendo ya caminos que los jóvenes no podían ver, sólo los niños, y únicamente de otra manera. Una mente que ahora, como él de pequeño, pegaba saltos entre las peñas de su memoria, trepaba alturas, bajaba por simas, y tomaba giros y atajos que le hubieran parecido imposibles hacía poco tiempo… Eso le desconcertaba a veces, pero también lo agradecía, porque le permitía revivir momentos que había creído perdidos…

Le permitía volver a ser el muchacho que caminaba por aquella playa, plantando sus huellas firmes en la arena húmeda. El joven guapo, de sonrisa fácil y ojos francos que trabajaba de escribiente en una compañía consignataria de buques de Cádiz. Entonces, qué tiempos, se preguntaba cómo saldría adelante en un mundo tan hostil, teniendo como tenía tan poco en sus bolsillos. Sus padres, Francisco de Somodevilla y Francisca Bengoechea, eran de familia de rancio linaje, algo que era, también, toda su fortuna, y siempre estaban envueltos en graves problemas económicos. Nobles de porte, pero no de bolsa…

¿Quieres que te lea la mano, buen señor Zenón?, le había dicho ella.

¿Ella?

Sí, claro, ella… Recordó haberla visto llegar, caminando descalza, lentamente, por la orilla, dirigiéndose hacia él con aquel paso a la vez elegante y provocativo, lánguido y determinado. Llevaba un pañuelo atado en la cintura, realzando la forma cimbreante de su talle, y había recogido a un costado la falda, un amasijo de telas de brillantes colores, permitiendo que el mar y su mirada rozaran la hermosa piel de sus piernas. Una cadenita de plata lanzaba destellos con el sol en uno de sus esbeltos tobillos. Era morena, de rasgos finos y tez aceitunada, pelo brillante y rizado, intensamente negro, cayendo de forma descuidada sobre los hombros, tan largo que alcanzaba sobradamente su cintura. Sus grandes ojos eran tan oscuros como la noche. Y, sin embargo, era todo luz.

En su memoria de anciano, el joven Zenón la vio llegar, brillando por derecho propio bajo el sol de un verano perdido, la sonrisa iluminando su rostro, el alma refulgente mostrándose a través de los ojos negros…

¿Quieres que te lea la mano, buen señor Zenón? – le dijo entonces, con el habla suave y hermosa de las gentes del sur. Zenón sonrió, una respuesta ante su luz, no sólo ante su belleza. En aquellos momentos, él era demasiado joven, y sus problemas, demasiado sencillos, aunque todavía no lo supiera. No creía, por tanto, en las cosas del destino, más allá del hecho de intuir que un hombre se forjaba siempre el suyo, con esfuerzo y tesón, y bien alimentado de ambiciones. Al menos, él estaba dispuesto a fraguarse uno, para sí mismo.

– ¿Cómo sabes mi nombre? – preguntó a su vez, aunque supuso que habría indagado por ahí. Él era hombre de costumbres, y de muchas amistades, fácil de trato; no habría sido difícil enterarse, por unos y otros, de los detalles de su nombre y su condición. La joven se encogió de hombros, con un mohín encantador, ligeramente perezoso.

– Todo el mundo lo sabe por aquí. Eres Zenón de Somodevilla y Bengoechea, mi señor, y naciste en el norte, tierra dentro, lejos del mar – miró hacia las olas. En el horizonte, se acumulaban las nubes de una futura tormenta. Zenon tuvo una sensación extraña. Así debían ser los presagios… – Pero el mar llama y reclama, y tú puedes oír su voz.

Zenón consideró aquellas palabras. No podía negarlo. Siempre, desde la primera vez que contempló el mar, supo que su futuro estaba marcado por sus pesadas olas. Pero era por la Marina, concretamente, quitándole la mayor parte del toque romántico a las palabras de la chica. Que le gustara el mar o no, en realidad era secundario: lo importante era que suponía una oportunidad. En un país como España, una península rodeada de aguas, con grandes posesiones en las colonias, allende el océano, quien controlara el mar, tendría el mayor poder. Pero, no parecía algo que fuera apropiado mencionar, en ese momento.

– Puede que sí – se limitó a decir, sin comprometerse a nada – ¿Y tú? ¿Cómo te llamas, muchacha?

Ella volvió el rostro hacia Zenón. La brisa agitó las largas guedejas de su pelo. El sol se estaba incendiando en un bellísimo crepúsculo de tonos rojizos, convirtiendo el mundo en otra cosa, envolviéndolo en una luz casi irreal.

– Soy Destino – susurró. Destino, sí, cierto. El anciano Marqués de la Ensenada sufrió un sobresalto junto al arroyuelo. ¡Claro que sí! ¡Se llamaba Destino! ¿Cómo podía haberlo olvidado? Pero, quizá no lo hizo, no lo olvidó, quizá siempre había estado ahí, archivado en alguna parte profunda de su mente, con tantos otros nombres, tantas otras voces, tantas miradas… Destino. Su Destino. El Zenón joven, sano, ambicioso, soñador, y dueño de una vida aún por construir, decidió tomarlo como una presentación en toda regla. Se quitó el sombrero y se lo llevó al corazón, dedicándole una gallarda reverencia. Ella rió divertida, entre dientes – ¿Qué me dices? ¿Te leo las líneas de la mano? Nunca miento, aunque te advierto que no siempre cuento toda la verdad. No siempre es bueno…

– La verdad siempre es buena, encantadora Destino.

– No es cierto. Como todo, depende del daño que haga – la mirada de Destino le estudió, circunspecta – Pero eso es algo que aprenderás con el tiempo. Ven, te leeré la mano. Me enseñó a hacerlo mi abuela, a la que enseñó su abuela, que aprendió de la suya, y ella de la suya, así, hasta remontar el largo río de los tiempos.

Zenón se echó a reír.

– Interesante sabiduría, entonces. ¿Y qué me pedirás a cambio? – poco tenía en el bolsillo en ese momento, apenas unas monedas que debía estirar hasta la próxima paga. Dudó sobre si merecía la pena gastar un par en aquel juego inofensivo en el que tan poco creía. Ella se dio cuenta, lo reveló su expresión, y la forma divertida, algo insinuante, con la que deslizó un dedo por su barbilla.

– Sólo la respuesta a una pregunta, mi señor. Pero, ésa, te la haré la próxima vez que volvamos a vernos.

Zenón arqueó una ceja, intrigado. La muchacha, supuso que se trataba de una gitana de alguna barriada de Cádiz, era bonita y directa, podía haber intentado sacar una buena cantidad de dinero, aunque sólo fuera en base a su simpatía, más que a una ciencia quiromántica auténtica. ¿Y sólo quería la respuesta a una pregunta? Sorprendente. Además, ¿qué podía saber él, que fuese de interés? De ser en otro momento, sí, claro. En esas épocas de intrigas y juegos ajustados, sin normas ni reglas, sobre el tablero del mundo. Hubiera sospechado de agentes ingleses, principalmente, meditó ceñudo el Zenón anciano, sentado en la hondonada. Sí, esos ingleses malditos que pretendían hundir el país, hundiéndole a él. No se construirán más buques en España”, había escrito aquel ladino de Benjamin Keene, el Embajador británico, hombre astuto y perseverante, y el principal responsable de su primera caída. La más breve. La más dolorosa.

– ¡Te lo mereciste! – se dijo en voz alta el anciano Zenón, y golpeó con el extremo del bastón el agua del arroyo, salpicando por todas partes. Sí, jugar a espaldas del rey, siempre suponía un riesgo, pero ¿qué otra cosa podía hacer? Inglaterra y Francia, a punto de entrar en guerra, buscaban cómo arrastrar en la debacle a España, evitando que se aliase con el enemigo. Estando así las cosas, un nuevo conflicto con Inglaterra, en el Caribe, parecía inevitable, y él, lo único que deseaba, era contar con una flota que les permitiera hacer frente a los ingleses, en el futuro… Traiciones, traiciones por todas partes. Encontraron las órdenes de guerra, firmadas por él, sin conocimiento del rey…

Volvió a golpear el agua, y se estremeció, al confundirse en su mente el sonido del chapoteo con el de la aldaba de su casa de Madrid, a medianoche, la hora en que se arresta a los que se quiere castigar en silencio, sin tumultos ni bullicios. Zenón no dormía, pero estaba acostado, contemplando un techo que no lograba distinguir en la oscuridad. No era hombre dado a reflexiones, ni a arrepentimientos. Ni siquiera entonces se reprochaba nada, no repasaba hechos, no se analizaba en una autocrítica inútil. Recordaba lo que le había dicho a la Marquesa de Salas, una buena amiga, años antes: “Si yo discurriese y fatigase las potencias como ustedes, no tendría tiempo para servir mis empleos, porque no me alcanzaría para reñir pendencias y dar suspiros, pero empléolo en lo que conduce a desempeñarme, no permito se me hable de mi persona y tiro adelante”.

Tirar adelante, sí. Eso había hecho siempre, y eso haría. En eso pensaba cuando oyó las voces, cuando, a la luz de las velas, contempló los rostros adustos de los oficiales y vio los documentos.

La acusación de alta traición a la Corona, por ocultamiento de órdenes de guerra…

El Zenón anciano se estremeció.

– Medianoche del veinte de julio de mil setecientos cincuenta y cuatro… – susurró, tan bajo que hasta él tuvo problemas para oírse. Una fecha que no podría olvidar jamás, el inicio de su primer destierro a provincias. Al menos, en aquella ocasión, contó con el respaldo suficiente como para terminar en el Puerto de Santa María.

Cádiz, siempre Cádiz, la puerta del mundo…

Tantas cosas…

Pero entonces, en aquel remoto atardecer en la playa en que se cruzó con Destino, Zenón no sabía nada que no pudiera conocer también el resto de la humanidad, ni, pese a todas sus ambiciones, se le ocurrió que pudiera llegar a poseer información relevante, algo de interés nacional. Los pocos secretos que conocía en esos momentos, eran cuestiones románticas sin mayor importancia, y, como él no se había enamorado todavía, ni siquiera eran suyos. De modo que asintió.

– Únicamente, si no afecta a algún otro – le advirtió, por si acaso – No hablaré de otros, del mismo modo que no permito que se hable de mí. Pero, si es una información de la que soy dueño, intentaré dártela.

– Lo harás – la muchacha asintió, totalmente segura de que así sería. Normal, se llamaba Destino. Zenón sonrió, preguntándose cuál sería su autentico nombre. Carmen, Conchita, Esperanza… Algo así, propio de su pueblo, hermoso pero cotidiano. ¿Quería llamarse Destino? No sería él, persona de grandes ambiciones, quien se lo negara. Hasta parecía vestirle bien el nombre, con aquella oscuridad luminosa que semejaba envolverla como un aura. Destino le tomó suavemente la mano, y estudió su palma. Sus grandes ojos negros recorrieron las líneas, con la misma facilidad que si leyera en un libro abierto… Como si fuese un libro que ya ha leído, se le ocurrió de pronto, pero no supo a qué se debía semejante idea – Naciste dos veces, caerás dos veces…

– ¿Nací dos veces? – desconcertado, Zenón arqueó una ceja. Lo de caer dos veces, tenía su miga, pero aquello… Luego, de pronto, llegó la explicación – Ah, te refieres a la partida de nacimiento, una en Hervías, otra en Alesanco. Pero eso fue porque…

– No importa – le interrumpió ella – Realmente no importa el principio, como no importa el fin, sólo lo que haces con el trayecto. A todos se nos hace entrega de un tiempo, señor Zenón, y tú harás grandes cosas con el tuyo. Eres uno de esos pocos afortunados que podrá elegir, escoger entre una vida anónima y segura, el gris de los hechos cotidianos que forjan la mayor parte de las existencias, o lanzarte a la búsqueda de la eternidad, esa que sólo se consigue dejando inscrito el nombre en los libros de la Historia.

El joven Zenón se echó a reír, ajeno a la mirada fija del Zenon anciano.

– Lo veo poco probable, preciosa Destino. Me temo que eso requiere sus buenos dineros, justo los que yo no tengo.

– No los necesitas… – Destino se acercó a él, poniendo una mano delicada en la solapa de su chaqueta – La dama Fortuna es caprichosa, y hoy pondrá en tu camino a alguien que tiene las llaves de oro de tu futuro. De ti depende tomarlas con fuerza y abrir esa cerradura, o dejarlas pasar, permitir que se disipen en el gris entramado de las ocasiones perdidas – debía parecer muy, sorprendido, porque la muchacha sonrió enigmática – La Providencia guarda para ti premios y desafíos que ahora te parecen inimaginables, señor Zenón. Hablarás con tres reyes, reirás con una reina, otra te odiará, y llegarás a ostentar títulos de alta nobleza. Serás un hombre poderoso, muy poderoso…

Zenón arqueó una ceja. ¿Lo sería?

El arroyo emitía un rumor suave. El anciano usó el bastón para mover una piedra blanca.

Lo fue.

Qué curioso, no haber vuelto a pensar en Destino. La había olvidado casi enseguida, cuando su camino se cruzó con el de José Patiño, que fue quien le descubrió, quien tenía aquellas llaves de oro, y a quien le debía esa primera gran oportunidad. Zenón siempre le estaría agradecido, aunque consideraba que había cumplido sobradamente, había sabido responder a su confianza, no se cegaba con falsas humildades. Durante años y años, demostró ser trabajador, de poco dormir, muy responsable de sus deberes. Agradecido, sin duda, pero también se sentía orgulloso de sí mismo. Se había ganado con esfuerzo y tesón todo lo que había conseguido, tanto en nombramientos como en amistades…

Tres reyes, había dicho Destino. Cuánta verdad. Felipe V, Fernando VI y Carlos III habían escuchado en mayor o menor medida sus consejos, aunque el último lo hiciera al final poco y aprisa, ciertamente. Una vez convertido en rey, Carlos III nunca le hizo demasiado caso, pero qué demonios, lo compensó sobradamente Fernando VI. Con él, había tenido la oportunidad de dirigir las riendas de un país elegante, sofisticado, y todavía muy poderoso, como era España, desde la ciudad de Madrid, la capital más culta de todo el continente.

Oh, la Escuadra del Tajo, la flotilla de falúas reales inspirada en la música acuática de Händel, y que nada tenía que envidiar a las legendarias diversiones de Versalles. Desde aquellas naves, los monarcas y sus cortesanos navegaban y se detenían a cazar, derivando perezosamente al ritmo de aquella música por las bellas aguas del río Tajo, a su paso por el Real Sitio de Aranjuez. Todo un símbolo de cultura y refinamiento, en su época.

– Mmm… mmm… – canturreó el anciano Zenón. La voz cascada apenas pudo esbozar la melodía que sonaba en su mente, aquella hermosa ejecución en clave de la reina Bárbara de Braganza. Muy bien, Majestad, soberbia, como siempre, decía su maestro, el gran Domenico Scarlatti. Y no lo decía por decir, ni por servilismo. Lo decía porque era verdad.

La reina amaba la música, y la música la amaba a ella…

Nexos. Vínculos entre él y la reina, la encantadora marquesa de la Torrecilla, dama de honor de Su Majestad, y buena amiga, amiga íntima de ambos. El viejo Zenón la recordó con nostalgia. Ella fue la que reforzó aquel entramado, en aquella época de cambios y giros. A él no le gustaban los cambios. Prefería la tradición, las raíces firmes, la sabiduría de las tradiciones. Pero, a veces, había que transigir, y, en todo caso, conocer. Conocer para aprender sin llegar realmente a cambiar. Conocer para tener y retener el control. Deja de divagar, se ordenó, enojado consigo mismo, al darse cuenta de que estaba otra vez dando vueltas a lo mismo. Era viejo, y su mente se perdía una y otra vez en los mismos bucles…

Los tirabuzones negros de Destino…

Habían sido tiempos difíciles los de aquel muchacho que encontró a Destino en una playa, y que aceptó el desafío de la vida, aferrando con ambas manos todas sus oportunidades. Felipe V tenía una política revisionista, de grandes aventuras militares en Italia. Todo el mundo sabía, claro, que eran los labios de Isabel de Farnesio, su segunda esposa, los que susurraban esas ideas en sus oídos. Quería recuperar esos territorios y conformarlos como reinos satélites de España, lo que mayor riqueza y relevancia al país… pero la única verdad era que la ambiciosa Isabel deseaba aquellas tierras para colocar a sus hijos en sus máximas posiciones de poder. Una araña, tejiendo su tela, organizando el destino de su prole…. ¡Cuánto se mentía en política, y cuanto se ambicionaba! ¡Qué tiempos! Con aquellas pretensiones, los monarcas llevaron a España a una época de crisis y hambrunas, aunque, de hambre bien sabían las gentes llanas. Una situación inadmisible, que sólo podía conducir al desastre, al caos, y a perderlo todo, por pura mala gestión. “Las monarquías bien gobernadas cuidan con preferencia a todo del Real Erario y de que todos los vasallos no sean pobres” ¿Quién había dicho eso? Ah, él mismo, en varias ocasiones.

Fernando VI, fue otra cosa. Para él, su época más dorada, en la que llegó a su apogeo, contando cuarenta y cuatro años, logrando que España recuperase el esplendor perdido, ése que había agotado absurdamente en tantos años de guerras interminables. Pero, fue posible, en buena medida, por los reyes, por el respaldo de Bárbara de Braganza, y por el consenso con el rey, que pensaba como él, y que, por tanto, apostó por una política de neutralidad activa, buscando proteger las colonias, solventar agravios y evitar conflictos. No estaban las cosas como para más problemas. Eran tiempos de organizarse con los restos de anteriores gobiernos, de emprender reformas de las estructuras económicas y militares, para enfrentar mejor el futuro, y retener la situación de privilegio de la que gozaban en el escenario internacional.

Y, él, había estado ahí. Destino tenía razón. Había sido alguien, había cumplido sueños. ¡Por supuesto, lo había hecho, algunos inimaginables! Recordó su emoción, al recibir el título de Marqués de la Ensenada, en mil setecientos treinta y seis, en premio a sus muchos esfuerzos en la conquista de Orán y en las campañas del reino de Nápoles. El futuro Carlos III le recomendó, y fue Felipe V quien le nombró.

Reyes, reyes rodeándole, reyes encumbrándole…

Ese, fue su mayor título social, pero fueron otros los que le depararon el auténtico poder. Fue Consejero de Estado durante tres reinados, los de Felipe V, Fernando VI y Carlos III, y ostentó los cargos de secretario de Hacienda, Guerra y Marina e Indias. Fue Superintendente General de Rentas, Lugarteniente General del Almirantazgo, Secretario de Estado, Notario de los reinos de España.

Oh, y Caballero del Toisón de Oro y de la Orden de Malta, tan restringidos y esotéricos…

Cambios. La vida estaba marcada por épocas…

– Serás alguien muy importante – dijo Destino, y Zenón se vio reflejado en el negro perfecto de sus ojos – Pero cuídate de los sombreros, señor Zenón.

– ¿Los sombreros? – el joven Zenón miró el tricornio que llevaba en la mano, algo desgastado pero todavía elegante. El anciano Zenón no pudo evitar una risotada, al entender, tanto tiempo después, semejante comentario. El Motín de Esquilache, claro. Un tema de raíces profundas, hambre del pueblo, disgusto, desesperación… pero que aparentemente se debía a algo tan simple como una norma sobre las formas de vestir. Daba igual, eso daba igual. Tarde o temprano, por cualquier causa, hubiera saltado la chispa, y el alboroto social que se organizó aquel Domingo de Ramos de mil setecientos sesenta y seis, exigió sacrificios.

Y él, en aquella época ya no era más que lastre para un rey que no deseaba escucharle.

Desterrado, en la hermosa cárcel de hielo y fuego de Medina del Campo…

Zenón, el Zenón completo, niño, joven, anciano, la vio llegar, resplandeciendo en su tez morena, en sus rizos oscuros, en sus ojos negros. Ella sonrió, vieja amiga que ataba nudos, unía extremos. Se detuvo a su lado, embriagándole con el amado olor a salitre, y con el dolor suave de la nostalgia. Zenón sonrió. Se sentía más fuerte, más decidido, más capaz, que en los últimos cincuenta años. Porque, ¿qué era el tiempo, realmente? Nada, una vaga ilusión.

Destino le miró con fijeza y su sonrisa se llenó de significados.

– Dime, amigo mío, dime la verdad… – y, allí, expuso por fin su pregunta: – ¿Ha merecido la pena?

Por la mente de Zenón de Somodevilla y Bengoechea, Marqués de la Ensenada cruzaron, como una centella, los miles de soles de los años que había vivido. Brillaron, en plata, sus muchas lunas. Vio rostros, oyó voces, recordó decisiones, momentos de alegría, de tensión… Percibió con fuerza el sabor de la victoria, y la amarga derrota que llegaba con el resonar de una aldaba en una puerta, quebrando la aparente paz de una silenciosa medianoche. Todo ello, era una vida. Todo eso, había sido su tiempo.

Zenón sonrió, seguro de su respuesta.

– Por completo – dijo. Y era cierto.

Un pensamiento en “El árbol, el montículo, el día quieto y cálido…

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