Un anhelo para Corín

TERCERA ÉPOCA

Año: 2009

Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported

(V PREMIO XI CERTAMEN DE USUARIOS BUBOK. tema: Corín Tellado)


Entró en silencio, para no despertar a su madre ni a los niños, y se dirigió directamente al dormitorio, avanzando a ciegas por un pasillo largo y negro, negro y asfixiante, como aquel terrible purgatorio al que estaba condenada. Sólo allí, tras cerrar la puerta, en medio de una oscuridad casi perfecta, se permitió un instante para analizar esa pregunta que no había sabido cómo responder durante la entrevista, y que aún daba vueltas por su mente.

¿A qué puede aspirar ya, si lo tiene todo? ¿Qué es lo que anhela Corín Tellado?

Recordó la mirada directa del periodista mientras planteaba mucho más de lo que decían sus palabras. ¿Había habido ironía en el tono? No, claro que no… Se estaba volviendo demasiado suspicaz. ¿Acaso no era una pregunta lógica? Incluso aunque deslizara también la insinuación de si, como mujer separada, sola, estaba disponible, si deseaba iniciar algo. Y era un hombre tan atractivo…

Dijo, al despedirse, que la llamaría…

¿Qué es lo que anhela Corín Tellado?

La cadena la atrapaba, como aquella oscuridad. Negro estéril, negro irrespirable, incapaz de concebir ni generar nada…

Encendió la luz.

La habitación se iluminó, deslumbrándola, rodeándola con sus mil detalles familiares. Los muebles, elegantes y clásicos, las viejas fotos del tocador, los cuadros de la pared… La cama, el gran lecho vacío, frío, hostil, al que estaba condenada. Qué irónico parecía todo, si lo pensabas bien. Aquel dormitorio era como su vida: muchos detalles, esplendor de luces, prosperidad aparente, creatividad, pero, en lo importante, vacía. Totalmente vacía.

Guardó el bolso y los guantes y se estaba quitando el abrigo cuando vio que había un paquete encima del tocador. Qué extraño. Por lo general, todo el correo se lo dejaban en el despacho. Ah, pero ponía “Urgente”. Rápidamente, lo abrió, con manos temblorosas, sospechando de qué se trataba. La esperaba, llevaba días esperándola, preparándose para ella, pero aún así, se sorprendió por la intensidad de la oleada de amargura.

Era el manuscrito de su última novela, uno de sus pequeños intentos creativos, de su forcejeo contra la cadena: el protagonista de aquella historia encontraba el amor pero se quedaba ciego. Un detalle trágico incrustado en la trama, cruelmente original, dándole mayor dramatismo. Por fin no era todo perfecto, no era un aséptico decorado de cartón piedra, previsible y con moralina.

Había numerosas indicaciones en los márgenes. Y una nota, sobresaliendo entre las páginas, que gritaba en grandes trazos rojos:

¡OPÉRALO!

Así. Orden imperiosa de los que sujetaban la cadena, los que imponían tema y estilo. Y, según el ritmo vertiginoso que exigían a la hora de escribir, esos cambios implicarían alguna noche en vela, si quería entrar en plazo… Tras lo sucedido en la entrevista, descubrió que no se sentía con ganas de seguir permitiéndolo.

Llena de ira, Corín fue al despacho, dejó la nota sobre la mesa y se sentó ante la máquina. Introdujo una hoja en el carro, y empezó a escribir:

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Se había quedado definitivamente ciego. No veía, no vería; tras tantas decepciones, empezaba a asumirlo.

Pero no le importó habitar aquella negrura densa, aquel vacío muerto de color, porque había descubierto el olfato, y podía sentirla al llegar, captando ese maravilloso perfume de violetas que le era tan propio. Y se asombró con el tacto, capaz de percibirla en la distancia, estremeciendo su piel. El oído existía para captar aquella risa maravillosa que llenaba de luz su oscuridad.

Y el gusto, el gusto… Quería besarla…

–Hablaré con la compañía –dijo ella. Era azafata. Las azafatas eran solteras, siempre. Una mujer casada no podía estar todo el día de un lado a otro, como si no tuviera un hogar que atender– Quizá quieran hacer una excepción, dado que estás ciego. ¡Y, si no, no nos casaremos! –exclamó, con firmeza– ¡Viviremos nuestro amor libremente! ¡No tenemos por qué rendirle cuentas a nadie! Te quiero –oh, la voz amada, surgiendo de la negrura, pronunciando las palabras amadas– Eso no cambiará jamás…

——————–

–¿Mamá?

Corín se sobresaltó. Al girar bruscamente hacia la puerta, la nota salió volando, dio un par de vueltas en el aire, y cayó al suelo, entre su hija y ella. Las grandes letras rojas, escritas con fuerza y rabia, quedaron a la vista.

¡OPÉRALO!

Una línea.

Una frontera, entre ella y la niña.

Una premonición.

La cadena se tensó de tal forma que creyó que se asfixiaría allí mismo. ¿Cómo había podido pensar que había una salida, una escapatoria? Ridículo. Tenía dos hijos, y una apariencia de independencia que mantener… ¿Qué podía hacer una mujer como ella en el mundo que le había tocado, en ese mundo de hombres, ese terreno agrio y maléfico, si no tenía algo de poder? En buena parte estaba atada por su propia culpa, por sus propias decisiones erróneas. Nunca debió casarse, no así, no por despecho. Ahora, sus hijos no tenían un padre, ella no tenía un marido, estaba sola, estaba sola, mil veces al día tenía que repetirse que estaba sola, que la vida se le escapaba de entre los dedos, que su carne estaba muerta, sus labios secos, su lecho vacío y, para colmo, su corazón quería sangrar textos que nadie le permitiría escribir.

Alzó los ojos, y se encontró con los ojos asustados de su hija.

–¿Mamá, estás bien?

–Sí, cariño, perfectamente –recogió la nota, y la arrojó sobre la mesa, como con indiferencia. Incluso logró sonreír– Lo siento. ¿Te he despertado?

–No te preocupes. Pero, como no sueles usar la máquina de noche… –Cierto, pensó Corín sorprendida. Con aquel arrebato de soberbia de escritora herida, se había olvidado de todo y de todos. Incluso de lo más importante de su existencia, algo que estaba muy por encima de aquello que tanto dolía: sus hijos. Y los había perturbado con el ruido del destrozar la cadena, sin darse cuenta de que también era la cadena que protegía su pequeña familia. De otro modo, en su mundo de hombres, en su decorado enemigo, nunca hubiera podido separarse con tanta rapidez y facilidad, ni vivir con tal independencia.

–Perdona –no sabía qué decir, como tantas veces ante el folio en blanco…– Tenía que… arreglar una cosa.

–Esta tarde te vi triste… –su hija se acercó, y la besó en la mejilla. Beso de hada que curaba corazones sangrantes, que inspiraba nuevas fuerzas y lo justificaba todo. Todo. ¿Cómo había llegado a pensar que no había amor en su vida? Absurdo. Lo respiraba cada día, vivía inmersa en la emoción más intensa, más profunda, más grandiosa, que podía llegar a sentir una mujer. Estrechó a su hija con fuerza, transmitiendo cosas que ninguna palabra era capaz de expresar. Cuando la dejó, y se miraron, la niña sonreía. Ojos sabios, sonrisa sabia, como si hubiese visto la cadena, y comprendiese su significado– Gracias, mamá.

Su hija salió del despacho. Corín agitó la cabeza. Se sentía demasiado cansada, demasiado confusa por aquel maldito periodista, que seguramente sí usó un tono irónico mientras se planteaba seducir a una separada famosa, para jactarse por la conquista, y ver qué podía sacar de semejante aventura.

Maldito mundo de hombres, maldito mundo agreste y hostil…

Iba a irse a la cama, harta de todo, pero se fijó en el papel arrugado.

¡OPÉRALO!

Si no escribía aquellos párrafos, al día siguiente tendría menos tiempo para las novelas que debía entregar, y ya estaba casi fuera de plazo. No podía arriesgarse, necesitaba aquel respaldo…

Pero al menos, como su personaje, ya no estaba ciega. Si aquel periodista llamaba, le diría que no. Como a todos.

Sacó el folio de la máquina y puso uno nuevo.

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A pesar de las escasas expectativas, el doctor Martín decidió intentar la operación. Fueron largas horas de angustia, en las que ella permaneció de pie en la atestada sala de espera del hospital, pegada a la pared, sin moverse, rezando una y otra vez el rosario. ¡Tenían que curarle! ¡Tenían que conseguirlo! ¡Si no, no podrían casarse! ¡Carecían de dinero, y ella tendría que continuar trabajando! Y, las azafatas, no eran mujeres casadas, nunca. Eran jóvenes solteras, a la espera de encontrar el amor, y su auténtico destino: la felicidad de un hogar bien cuidado.

Estaba rezando un nuevo Ave María, cuando un límpido rayo de luz cruzó en diagonal la ventana, iluminando de lleno al doctor Martín, que se acercaba con una sonrisa resplandeciente.

–¡Ha sido un milagro! –dijo.

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© Yolanda Díaz de Tuesta

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