Díaz de Tuesta
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PRIMEROS RELATOSAño: 1983 Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported Este relato corresponde a aquellos lejanos tiempos en los que pensaba que si las localizaciones y los nombres no eran extranjeros, concretamente anglosajones, el texto no podía ser “serio”. Consecuencias de haber crecido saturada por traducciones, en un país donde pocas veces se ha respetado y potenciado la propia cultura en los ámbitos editoriales, grandes maquinarias de traducción. Todavía hoy en día, en ciertos géneros, si eres escritor y escribes en español, lo tienes claro. Cuando Jake entró en su casa, cerró la puerta, echó el cerrojo y apoyó una silla contra el pomo, aunque hacía ya varias horas que había despistado a la policía. Con cuidadoso nerviosismo, dejó su botín sobre la destartalada cama de matrimonio, último vestigio de una boda interesada y una convivencia difícil (hacía tiempo que Ruth se había escapado con un tipejo de Chicago, un representante de quesos o algo así), y puso el televisor para escuchar las noticias. Sí, allí estaba. Se había cometido un robo en la mansión Belleforth, uno de los más arriesgados e inteligentes de los últimos tiempos. El ladrón había burlado tres sistemas de seguridad y había huido impunemente con media docena de cuadros de elevado valor. Jake sonrió. ¿Arriesgado? Sí. ¿Inteligente? También. ¿Guapo? Indudable. En realidad era un hombre absolutamente contento consigo mismo, y más esa noche. Sintiendo una especie de satisfacción paternal sacó los lienzos de la bolsa en la que los había transportado y se dispuso a contemplarlos. Había tres retratos de mujer, uno de varón, una vista marítima, y una magnífica pintura de la mansión Bellefort… La mansión Bellefort. Jake abrió los ojos, sorprendido. Allí no estaba el cuadro de la mansión, sino uno de la vieja casa de los suburbios donde él se encontraba en esos momentos. Sí, aquel era su barrio, y aquella era su casa. ¿Cómo demonios…?. Encendió las dos lámparas para cerciorarse de que no se equivocaba. No, allí estaba el canalón roto, el desvencijado buzón cuyo poste torcido se inclinaba visiblemente hacia la derecha, la puerta y las persianas pintadas de rojo chillón, todas cerradas, aunque una de las ventanas, exactamente la que tenía él a su derecha, la de esa habitación, dejaba traspasar unos cuantos rayos de luz. Debía haberse equivocado de cuadro. Frunció el ceño. Creía recordar que la pintura de la mansión Bellefort estaba colgada en la entrada, y fue la primera que cogió. Imposible, esa extraña confusión. Y, sin embargo… Jake se encogió de hombros. Era inútil romperse la cabeza con esas cosas. El cansancio lo dominaba, y no tenía ganas de pensar. Estaba ya el sol en lo alto cuando un ruido lo despertó. Se sentó de golpe en la cama, aún enredado en las fibras del sueño maravilloso que acababa de tener. Tambaleándose, llegó a la ventana y miró hacia la calle. Un coche había pasado a toda velocidad y había arrancado el viejo buzón. Jake no se molestó. Nunca recibía correspondencia y en muchas ocasiones había pensado quitar de allí ese trasto que sólo servía para tropezarse con él al pasar. El anciano Mr. Wells, su vecino, se inclinaba en ese momento para recogerlo. Una sensación de incomodidad le embargó. Aquel hombre siempre tenía que aparecer por todas partes, dispuesto a ayudar con una sonrisa de buen samaritano. Mr. Wells miró hacia arriba, pero Jake se apartó a tiempo de la ventana y el anciano no pudo verle. Renqueando, se alejó calle abajo. Jake se dirigió a su cama, con la intención de continuar su sueño. Al pasar, lanzó una mirada a los cuadros. Cuando se estaba arropando con la manta sintió un escalofrío, y rápidamente volvió junto a las pinturas. Unas gotas de sudor empezaron a deslizarse por sus sienes. Sí, allí estaba. Era un cambio muy sutil, pero que a él no podía pasársele por alto. La noche anterior recordaba haber visto pintado el buzón, con su poste ladeado y su pintura descascarillada. Ahora, estaba en el suelo, roto, igual que en la realidad. Jake dio un paso atrás, confundido, pero antes de que pudiese reaccionar, otro detalle atrajo su atención. Recordaba la ventana a través de cuya persiana se escurrían multitud de hilos luminosos la noche anterior, esa misma ventana que, a su derecha, ahora dejaba entrar la luz del sol a raudales… igual que en la casa de la pintura. Jake se inclinó sobre el cuadro. Había comenzado a alarmarse. No podía comprender lo que estaba sucediendo. Le había parecido ver que algo se movía en la diminuta ventana. Con precaución acercó su rostro a la pintura. Sí, algo, una mancha, quizás… El joven abrió el cajón superior de la cómoda y sacó una lupa. Ahora algo le arrastraba irremisiblemente, no podía detenerse. Tenía que descubrir qué era lo que le pasaba. Con nerviosismo volvió junto al cuadro y se dispuso a examinarlo. Lo vio casi enseguida, aunque la luz del sol disminuyó notoriamente en ese momento. Aterrorizado, se dio cuenta de que la diminuta mancha no era otra cosa que un hombre inclinado sobre un cuadro, observándolo detenidamente. Un hombre vestido con un pijama azul de rayas. Un hombre que, incomprensiblemente, era él mismo. Con una punzada de comprensión y un miedo que iba ascendiendo en oleadas hasta convertirse en algo insoportable, Jake se volvió hacia la ventana, y allí vio lo que ya se esperaba: un ojo enorme, enorme, que lo observaba. Y en el umbral de la muerte, cuando el corazón pareció estallarle dentro del pecho porque ya no era capaz de soportar tanto horror, Jake se dio cuenta de que en aquel ojo gigantesco y monstruoso no había ni amenaza ni cólera, si no simple y auténtico miedo. |
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