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La bufanda de la señora Martín
TERCERA ÉPOCAAño: 2004 Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported La señora Martín era portera, y estaba muy orgullosa de su profesión. Llevaba casi cincuenta años ocupándose del mismo edificio, que en otros tiempos era bastante céntrico, pero ahora quedaba en las afueras. Las calles, el barrio, la ciudad al completo, y ella misma, se habían vuelto más grises juntas, acusando el paso del tiempo casi sin darse cuenta; compartían arrugas y recuerdos, y una idéntica visión del futuro, algo pesimista. En su opinión, era una pena cómo estaba cambiando todo, sobre todo en lo relacionado con su profesión. Ya no quedaban muchos porteros en la ciudad, porteros humanos, de los auténticos, de los de siempre, los que habían custodiado vidas y haciendas desde la más remota antigüedad. La gente los había ido sustituyendo por ese absurdo invento que no servía para nada, ese ciego panel de botones que no discriminaba entre un visitante y otro. Lo único que tenía que hacer, cualquiera que quisiera entrar a un portal, fuera ladrón o repartidor de publicidad, era pulsar varios botones a la vez, dando un manotazo despectivo. Alguno, seguro, abriría sin preguntar. Y los demás, también, respondiendo instintivamente a la palabra mágica de “Publicidad”, aunque no la quisieran, y refunfuñasen al hacerlo. La señora Martín, por el contrario, preguntaba qué querían a todos los desconocidos. Si la respuesta era “Publicidad”, sus cejas se unían sobre su nariz aguileña. – ¿Alguien la ha pedido, específicamente? – preguntaba con fría hostilidad. El mensajero de turno, claro, se quedaba muy sorprendido. – Eh… pues no. – Pues, entonces, ya puedes llevarte tus papelotes a otra parte – replicaba ella, señalando la gran puerta de hierro y cristal del portal. – Oiga, señora, que sólo intento ganarme la vida. – Lo mismo dicen los narcotraficantes – contestaba, agitando su escoba, porque odiaba enormemente aquella respuesta – Y si vamos a eso, yo también intento ganarme la vida, hijo mío, pero no por ello voy a molestarte a tu casa, ni a llenártela de basura. Ala, aire, aire. Un abuelo de la señora Martín había sido militar, y parte de su aplomo debía haberle llegado genéticamente, porque sabía plantar cara, y pocas veces se le ponían insolentes. Por lo demás, era una mujer bastante agradable. Se pasaba el tiempo haciendo punto, interminablemente, jerséis y bufandas de todo tipo, realmente preciosos, que regalaba a los vecinos en sus cumpleaños, y en Navidad. Tenía buena memoria, así que saludaba amistosamente a los familiares y amigos habituales. Cuando se daba el caso de que el vecino en cuestión no estaba en casa, solía invitarlos a esperar en su pequeño cubículo, tomando una tacita de manzanilla, que era lo único que le sentaba bien a su estómago, ya muy delicado. No era, pues, una persona muy mala, aunque tampoco lo era muy buena. Era, sencillamente, una persona normal. Cuando el señor Pérez, del quinto B, enfermó, lo sintió mucho, e incluso lloró en su portería, a solas. Pudiera parecer un exceso, pero hay que tener en cuenta que se conocían desde hacía casi cincuenta años, y habían visto juntos cómo cambiaba el mundo. Además, en otros tiempos, cuando la señora Martín era joven, y bastante bonita, hubo un día en que sus ojos se cruzaron, y ambos… se vieron de otro modo. Siendo él casado, y ella una muchacha decente, todo había quedado en aquella mirada, pero era el único hombre con el que había sentido algo así, y nunca podría olvidarlo. Cuando se quedó viudo, diez años atrás, la señora Martín tuvo esperanzas de que diese algún paso, pero no lo había hecho, y ella era demasiado señora, y demasiado chapada a la antigua, para tomar la iniciativa. Hubiera sido bonito compartir, al menos, aquellos últimos años… Pero, él se había limitado a seguir su vida de siempre. La única salvedad era que le había entregado una copia de la llave de su casa, por si la necesitaba para algo. La señora Martín la había cogido y la había guardado en un cajón, con otras que le habían dado otros vecinos cautos. En aquellos diez años, no la había necesitado, no había habido ninguna urgencia, ninguna excusa… Se había limitado a mirarla, con tremenda nostalgia y buenas dosis de desilusión. Y, ahora, el señor Pérez agonizaba en su quinto B, olvidándose del mundo, y ella guardaba la puerta, como siempre. Las cosas hubieran podido seguir así, y acabar como tantas otras historias, sin sorpresas y sin nada destacable por lo que ser recordadas. Eso hubiese sido lo lógico, lo que todos, incluso ella misma, esperaban. Pero, una noche, la señora Martín estaba sentada en su banqueta, en su lugar de siempre, haciendo punto, la imagen habitual que había ido marchitándose a lo largo de aquel medio siglo, y que pronto se desvanecería en el pasado. Sus manos se movían incansables, moviendo ágilmente las agujas. Apenas había luz, y sus ojos no eran los de antes, ciertamente, pero no la necesitaba, tan acostumbrada a aquella labor que llevaba a cabo mecánicamente. Eran casi las ocho, y dudaba sobre si dar por concluida su jornada laboral. La cena la estaba esperando en su minúsculo piso del ático, y esa noche ponían una película de amor, de las que le gustaban, de las que la hacían soñar que seguía siendo una jovencita, y teniendo una oportunidad. Lo único que la retenía allí era que estaba terminando la bufanda, apenas le quedaba rematar el extremo, y quería hacerlo esa misma noche, para dar por terminada aquella etapa de su vida. Todo eran etapas, todo empezaba y concluía dentro de un ciclo continuo… Mientras pensaba en estas cosas, la puerta del portal se abrió. En un primer momento, a la escasa luz del aplique de la pared, no vio a nadie. Pero, ¿cómo había podido abrirse la puerta?. Estaba cerrada con llave, siempre la cerraba a partir de las siete, porque conocía bien su trabajo, y los peligros que llegaban con la noche. Detuvo el entrechocar de las agujas, y miró detenidamente a su alrededor, escrutando las sombras a través de los gruesos cristales de sus gafas. Cuando por fin lo vio, estaba ya junto al ascensor. Era un hombre, o quizá una mujer, no pudo estar totalmente segura, pues aunque alto, y de hombros anchos, tenía una larga cabellera oscura que se agitaba suavemente a su espalda. Estos jóvenes…, pensó, recordando la pulcritud con la que siempre había llevado recortado el cabello el señor Pérez. Qué buen mozo había sido. Incluso ahora, seguía resultando tremendamente atractivo. De haber estado sola, quizá se hubiera perdido en los senderos del pasado, desde los que un hombre alto, guapo, moreno, la miraba de una forma especial que le hacía vibrar el corazón. Le sucedía, a veces, cada vez más habitualmente, por la sensación de pérdida inminente que tenía de continuo. Pero, no estaba sola. La figura, enfundada en un abrigo negro, o quizá una capa, pulsó el botón del ascensor. – ¿Puedo saber a qué piso va? – le preguntó la señora Martín, dejando a un lado las agujas y poniéndose en pie. Dudó sobre la conveniencia de coger la escoba. La figura se volvió hacia ella. Tenía un rostro pálido, de pómulos marcados y ojos sombríos. – Al quinto – replicó, con una voz sorprendentemente musical. Ni siquiera en su forma de hablar mostraba un sexo concreto, pero no fue eso lo que la intrigó. La señora Martín arqueó una ceja. En el quinto sólo vivían los Ibáñez, que estaban de vacaciones, y el señor Pérez. Quizá fuera a visitarle a él. Desde luego, tenía toda la pinta de un abogado. – ¿Al quinto A, o al quinto B? – siguió preguntando. El desconocido, o desconocida, sonrió. Eso sí pudo verlo, porque tenía los dientes muy blancos, como los suyos, aunque posiblemente él, se decidió finalmente por el término masculino, no los metía en un vaso todas las noches. – Al quinto B, señora Martín. Vengo a… visitar al señor Pérez. La señora Martín no se sintió impresionada por el hecho de que aquel tipo supiera su nombre. Estaba más ocupada en tratar de confirmar que aquel golpe helado que había sentido, al recibir la sonrisa, significaba lo que ella pensaba. Consideró la posibilidad de preguntarlo, pero, por alguna razón, la respuesta no parecía demasiado importante, quizá porque ya la conocía. No recordaba haber experimentado nunca miedo, de modo que no estuvo segura de si aquella incomodidad, aquella sensación de vulnerabilidad, se correspondía con ése término. Pero era una sensación vaga y difusa, que no tenía tanta fuerza como la costumbre de proteger a los vecinos de cualquier clase de visita no deseada. Y, sin duda, aquella era la menos deseada de todas. – Lo siento, no puedo dejarle pasar. Vuelva en otro momento. Mañana le preguntaré al señor Pérez si desea verle. – No deseará verme – afirmó él, con sencillez. La señora Martín captó un lejano eco de tristeza – Por muy cansado, por muy debilitado que esté un ser humano, nunca quiere verme. A veces dicen que sí, pero no es cierto. Lo que desean, en realidad, es que las cosas hubieran sido de otro modo. La señora Martín dudó, más que nada por la pesadumbre que emitía la voz del individuo. Durante un instante, se limitó a mirarle, y él la miró a ella, dos seres muy distintos, pero cuyos destinos estaban irremediablemente enlazados. – Ambos tenemos trabajos difíciles – murmuró finalmente. Él asintió. – Así es. Y un problema, en este momento, por lo que parece. Yo necesito entrar. – Y yo debo impedirle el paso. – Sabes que si me lo propongo, no podrías evitarlo – dijo, tuteándola repentinamente – Adela, hay visitas que ni tú puedes impedir. – Ah, lo sé, lo sé – le estudió, calibrando su carácter. Neutro, como su tono, triste, como su eco. Tremendamente solitario – Pero mi trabajo es controlar esa puerta, y no creo que vayas a ponerte agresivo con una pobre vieja. – Supongo que no – se estremeció, como sacudido por un viento frío, y emitió una risita entre dientes – Demonios. No sé qué hacer. Jamás me había visto en una situación semejante. – ¿Tienes frío?. – Siempre tengo frío – admitió él. Se encogió de hombros – Siempre. La señora Martín le observó. Pálido y helado, y tremendamente solo. Debía ser una existencia realmente triste. – Espera un momento – le dijo, y volvió a su portería. Sólo tuvo que terminar el remate, y la bufanda estuvo lista. Tenía un color bermellón muy alegre, con una cenefa de verdes, blancos y azules. Volvió con ella, y se la tendió – Esto, alejará un poco el frío. Es lana buena. Verás que te resulta muy útil. El individuo miró sorprendido la bufanda. – ¿Intentas negociar conmigo, mujer?. ¿Con una bufanda?. Te advierto que ha habido Emperadores que me han ofrecido sus imperios y sus hijas, hombres sumamente sabios que me ofrecieron todo su inmenso conocimiento, otros, enormemente ricos, que me ofrecieron cuanto tenían. No sirvió de nada. Yo nunca negocio. – ¿Negociar? – la señora Martín arqueó las cejas, dudando sobre si ofenderse o no – Qué idea tan absurda. No, qué va, es sólo un regalo. Estás helado de frío, y yo he terminado esta bufanda. Me parece a mí que lo lógico es que la uses. Durante unos momentos, el individuo no se movió. La expresión de incredulidad derivó hacia otra, un regocijo absoluto que le provocó una carcajada. – No me lo puedo creer – dijo, cuando la risa menguó. Extendió una mano y cogió la bufanda. Sus dedos largos y pálidos acariciaron la suave lana – Jamás, nadie me había hecho un regalo. Gracias. Es realmente fabulosa – debía serlo, porque en su mano los colores brillaban con mayor intensidad, y la señora Martín supo que aquella bufanda, existiría por siempre. El individuo la miró, miró la prenda, y tomó una repentina decisión – Un año, Adela. Dentro de un año, volveré, y me lo llevaré, y nada, absolutamente nada, podrá impedirlo – ella asintió, agradecida. El individuo se dirigió hacia la salida. Se puso la bufanda, atándola con dos nudos, acariciándola con algo de maravilla, y abrió la puerta del portal. En el último momento, se detuvo – Y, si me hicieras caso, aprovecharías este año. Hay cosas en la vida que, si te las pierdes, no tiene mucho sentido que hayas vivido. No dijo nada más, y tras saludarla con un último gesto de cabeza, se fue, una figura ya no tan oscura, iluminada por el bermellón y el resto de los colores de la bufanda. La señora Martín se quedó inmóvil unos instantes, asimilando el consejo. Luego, cogió la llave del quinto B, cerró la portería, y subió en el ascensor. Mientras usaba la llave, se preguntó si el señor Pérez se la habría dado por alguna razón en concreto, muy distinta de la excusa que había alegado. Quizá llevaba diez esperando aquella visita… Tantos instantes perdidos, se dijo tristemente la señora Martín. Avanzó por el pasillo, que estaba prácticamente a oscuras, sólo iluminado por el resplandor de una lamparilla del salón. Allí estaba el señor Pérez, sentado en un sillón, mirando al frente, con expresión vacía. Al verla, sus ojos se iluminaron, y lanzaron un destello de ansiedad. – Adela… – susurró, atragantado por una fuerte emoción, y ella supo que la hubiera reconocido de cualquier forma, a pesar del tiempo, a pesar de la enfermedad, a pesar de cualquier cosa – Adela, por fin. La señora Martín se preguntó cómo demonios había conseguido que la vida se le escapara de aquella manera. Demasiados convencionalismos, demasiado ocuparse de las apariencias y sumirse en la aturdidora rutina del día a día. Tenía gracia que hubiese sido la Muerte quien le hubiera llamado la atención sobre la necesidad de vivir antes de que fuera demasiado tarde. Aunque, pensándolo bien, supuso que ésa era su mayor función, mayor incluso que la de arrastrar a las personas al ciclo continuo de la existencia. Quizá, aquel encuentro, había tenido un sentido… Caminó hacia el señor Pérez y se arrodilló a su lado. Le abrazó por la cintura, con fuerza, apoyando la cabeza en su pecho. Él también la envolvió entre sus brazos, y se sintió confortada por su calidez. La señora Martín, que siempre había mantenido las distancias, se sorprendió al reconocer su aroma, su tacto, su calor, y al saber que siempre, siempre, había estado esperando ese momento. – Tenemos un año, Diego – dijo, sintiéndose feliz. Se preguntó si la Muerte tendría un poco menos frío con aquella bufanda. Eso esperaba – Todo un año, para nosotros. . |
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