La Rendija

PRIMEROS RELATOS

Año: 1983

Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported

Este relato corresponde a aquellos lejanos tiempos en los que pensaba que si las localizaciones y los nombres no eran extranjeros, concretamente anglosajones, el texto no podía ser “serio”. Consecuencias de haber crecido saturada por traducciones, en un país donde pocas veces se ha respetado y potenciado la propia cultura en los ámbitos editoriales, grandes maquinarias de traducción. Todavía hoy en día, en ciertos géneros, si eres escritor y escribes en español, lo tienes claro.


espacio

En la ficha número uno de la “Sociedad de Espías Terribles”, constaba que Billie Joe Lawrence tenía diez años recién cumplidos, que era moreno, que su piel recordaba la de un sioux enfurecido, que sus ojos negros eran tan impresionantes como los de un oso, y que su altura era de un metro veinte, calculado a ojo.

Billie Joe sólo tenía un contrincante en la sociedad, un espía de sangre tan helada como un cubito de hielo, de mente tan sagaz como la de un zorro, y de características fisiológicas similares a las suyas, por lo que tenía que en alguna ocasión se hiciera pasar por él. Los únicos factores favorables a Billie Joe eran que ese peligroso enemigo tenía el pelo un poco más caro, medía escasamente un metro, y tenía tres años menos, dato importantísimo, ya que se tenía que ir antes a la cama y generalmente dejaba las misiones sin terminar.

Billie Joe y Dan jugaban a los espías bastante a menudo, sobre todo después de ver una de las innumerables series que echaban continuamente por televisión. Para facilitar las cosas, establecieron su centro de operaciones en el viejo garaje abandonado que se levantaba en el jardín trasero de su casa.

Hasta que Billie Joe tuvo diez años, su padre, Lester, les tenía prohibido entrar en el pequeño edificio, porque no era seguro. Montones de cajas con las más extrañas y variadas cosas por contenido, se apilaban sin ton ni son, en un equilibrio poco menos que precario. Además, el techo estaba en malas condiciones, y aunque Lester siempre le estaba prometiendo a Rose, su esposa, arreglarlo, nunca acababa de hacerlo. Era una de esas muchas cosas que siempre se dejan para un día siguiente que a veces no llega nunca.

Pero el día en que Billie Joe cumplió los diez años, recibió la absoluta posesión del pequeño y reformado garaje. Por fin Lester había tenido tiempo, y se sintió orgulloso de ello al ver el rostro feliz de su hijo. En un pequeño acto, que incluía la entrega de unas llaves relucientes atadas por una cinta de cuero a un trozo de madera que representaba a R2-D2, se decidió por completo el paso de propiedad del padre al hijo.

(yo te entregaré las llaves del… ¿cielo?, ¿infierno?)

Billie Joe estableció definitivamente allí su “Cuartel Secreto”, donde el resto de los espías de la sociedad, o sea, su hermano Dan, no tenían fácil acceso. Llenó las paredes de pósters: Luke Skywalker y Han Solo se codeaban con los últimos modelos de motos y coches. La princesa Leia miraba sonriente a Superman, que volaba en dirección a una enorme grúa de los muelles. Billie Joe estaba orgulloso de la decoración y no hizo mucho caso del gesto de desagrado que puso Rose la primera y última vez que entró allí. A su edad ya había aprendido que las madres eran unas criaturas muy extrañas, empeñadas en poner flores o cuadros de aburridos puertos pesqueros por todas partes.

En un pequeño escritorio al lado de la ventana

(no estás solo, no estás solo, no estás solo al lado de la ventana, chico)

situó sus libros de aventuras, colocados en enormes y ordenados montones, para saber dónde estaba cada cual en el momento preciso. Decidió también escribir él las aventuras que se le ocurrían tan a menudo. Antes lo había intentado, pero las palabras se negaban a salir cuando se encontraba ante un papel en blanco. Quizá ahora, en su silencioso dominio, consiguiese realizar su sueño. Dejaría a dan con un palmo de narices cuando le presentase su obra “Mensaje Interceptado”, protagonizado por su héroe David Easton.

Permanecía horas enteras imaginando intrigas, creando situaciones peligrosas y arriesgadas, y luego tratando de pasarlas al papel. De vez en cuando permitía la entrada de Dan, bajo sacro juramento de que jamás repetiría nada de lo que viese u oyese dentro del Cuartel Secreto, y juntos se enzarzaban en las más divertidas misiones.

Pero lo que más le gustaba a Billie Joe era estar solo y mirar cada uno de los rincones de su palacio una y mil veces, regocijándose con la sensación de pertenencia. Era la primera vez que tenía algo realmente valioso, fuera de serie. Sin embargo, a pesar de esa costumbre de investigar a fondo el pequeño garaje, tardó mucho tiempo en descubrir la rendija.

Ya había observado que Lester había cambiado toda la madera del techo y del suelo. En lugar de la antigua, astillada y ennegrecida, que Billie Joe recordaba de sus secretos vagabundeos, había ahora estrechas y blanquecinas tablas bien prensadas, casi hasta la exasperación. Pero cerca de la ventana

(no estás solo)

surgía de pronto la pequeña rendija,

(no estás solo)

como burla ante el afán del hombre, en este caso Lester, de no dejar ninguna abertura

(no estás solo al lado de la ventana, chico)

por la que pudiese llegar a filtrarse la humedad y la hierba.

Billie Joe la observó en silencio el primer día, consciente de la protesta que representaba, escarbó con el dedo el segundo y la amplió un poco el tercero con la pequeña navaja que sustrajo de la caja de herramientas de Lester. Como la rendija permanecía impertérrita ante sus manejos, dejó de interesarle y la abandonó. Esto ocurrió el cuarto día. Luego se olvidó totalmente de ella hasta una semana más tarde.

Todo empezó de una forma completamente repentina. Estaba sentado en el suelo, a unos cinco pasos de la pequeña abertura, haciendo que se estrellasen estrepitosamente dos camiones de distinto tonelaje. Hacía rato que venía escuchando intermitentemente un sonido extraño, algo así como el silbido de una máquina de vapor en pequeño.

Al principio no le había dado ninguna importancia, pero un incómodo desasosiego le asaltó de pronto, rodeándole y adhiriéndose a él, negándose a soltar su presa. Lanzó los camiones contra la pared, sin importarle la posibilidad de que se rompiesen, y caminó de un lado a otro de la habitación, como una fiera enjaulada.

Se sentía inmerso en una angustia totalmente incomprensible. Resopló y decidió ir a casa a merendar. Las meriendas de Rose eran capaces de hacer olvidar a uno cualquier malestar. En ese momento deseaba enterrar su desasosiego bajo un montón de chocolate espeso. Fue hacia la puerta

(hola, Billie Joe)

y se detuvo en seco. Habría jurado que alguien había pronunciado su nombre. Sorprendido por la llamada, más que asustado, giró en redondo y se enfrentó a la pequeña habitación, completamente iluminada por la luz del sol que entraba a raudales por la gran ventana.

Las caras, motos y coches de los pósters de las paredes le miraban amables y sonrientes, dándole a entender que de ellos no podía ni debía esperar nada malo. Los camiones volcados y las pilas informes de libros no parecían amenazadores. Estaba solo, y sin embargo

(estoy aquí, Billie Joe)

sentía que había alguien más allí, y se esforzó en buscarlo, pero no lograba verlo. Impaciente, dio una patada en el suelo, aunque enseguida lo lamentó al recordar que eso sólo lo hacían los niños pequeños.

Una nube formada por un polvillo fino y luminoso se alzó en un lugar cercano a la ventana.

Billie Joe se acercó poco a poco. Era la rendija con la que había estado jugando hacía siglos. El robar la navaja le costó un castigo, y eso no podía olvidarse. Pero la rendija era ahora un poco más grande, como si la hubiesen estado ampliando a sus espaldas. Irritado, se inclinó

(por fin me has encontrado)

y escuchó el susurro que surgía de la oscuridad del pequeño agujero. Casi parecían palabras. Billie Joe decidió arriesgarse.

- ¿Hay alguien ahí?

- (por supuesto, muchacho valiente)

Ahora sí que lo había entendido, incluso comprendía de algún modo que no había el menor asomo de maldad o amenaza en el tono de aquella voz. Tan sólo el deseo de conversar, de dejar la fría soledad que, intuía, reinaba bajo las tablas del garaje.

- ¿Cómo te llamas?

- (yo ya no tengo nombre. ¿Cómo te gustaría llamarme?)

- No lo sé – Billie Joe se sintió incómodo. No le gustaba aquello de hablar con alguien que no tenía nombre – Si al menos pudiese verte…

- (quizá algún día, Billie Joe, quizá algún día)

- Pero al menos dime si eres chico o chica… – el polvo se agitó bajo el impulso de algo que se parecía enormemente a una carcajada. Sin embargo, ningún sonido llegó hasta él – ¿No vas a contestarme?

- (¿no te doy miedo, Billie Joe?)

- ¿Por qué ibas a dármelo? No me has hecho nada.

- (muchas personas temen a los muertos, chico)

- Oh. ¿Y tú estás muerto?

- (claro, Billie Joe. Muerto y bien muerto)

El muchacho reflexionó sobre el asunto. Realmente era algo tan novedoso que no sabía qué hacer. Tenía edad suficiente como para comprender que los muertos estaban muertos, que se los enterraba y se los comían los gusanos, como pasó con la abuela Harriet. ¿Por qué, entonces, estaba oyendo aquella voz

(profunda y áspera, sonidos del averno, palabras de los muertos, odio, odio, odio, ansia de sangre fresca, de vida)

suave, culta y educada?

Otra cuestión era el porqué no tenía miedo, pero suponía que igual que había personas buenas y personas malas, como la bruja de la ferretería, habría muertos buenos y muertos malos. De pronto le invadió una profunda tristeza por aquel muerto bueno.

- Realmente, lo siento – acertó a decir.

- (yo ya no. Lo sentí al principio, mientras moría, pero ya no)

- ¿Y por qué estás entrado debajo de mi garaje?.

- (porque, cuando me enterraron, esto era un bosque)

- ¿Era bosque?. ¿Y por qué no te llevaron a un cementerio?.

Nueva carcajada silenciosa, pero esta vez sí tuvo respuesta.

- (porque fui asesinado, Billie Joe, y la persona que me mató escondió mi cuerpo en el bosque)

- ¿Asesinado? – casi gritó Billie Joe – ¡Pero… pero eso es terrible…!.

- (quizá. Un poco. Ya no importa)

- ¿Quieres que se lo diga a la policía?.

- (para qué. No van a devolverme la vida)

- Pero encerrarán al malvado – insistió el chico.

- (Billie, la venganza es algo de lo que sólo disfrutan los vivos, por mucho que se diga. Además, el hombre que me mató lleva muchos años muerto)

Billie Joe iba a contestar cuando la voz de su madre rasgó el pesado silencio de la tarde.

- ¡Biliie!. ¡Billie Joe!. ¡A merendar!.

- (te llama tu madre, chico)

- Sí.

- (debes ir. Siempre hay que obedecer a las madres)

- ¿Tú te acuerdas de la tuya?.

Billie fue consciente del doloroso silencio que le envolvió de pronto.

- (sí, ahora está conmigo, y eso es maravilloso. La echaba tanto de menos, sufrió tanto… Vete, anda)

Mientras Billie se levantaba alguien golpeó sonoramente con los nudillos en la puerta del garaje. La voz de un niño, impaciente, les llego desde el exterior.

- ¡Billie Joe, muévete!. ¡Rose nos llama a merendar!.

- ¡Ya voy, Dan! – respondió Billie un poco irritado. Pasaron unos segundos hasta que oyó los pasos ligeros de su hermano, alejándose hacia la casa. Seguramente había tenido la oreja pegada a la puerta, tratando de descubrir qué hacía su hermano mayor allí encerrado.

- (¿quién era ese niño?)

- Mi hermano Dan, ¿no le conoces?. Viene muchas veces aquí a jugar.

- (no, no le conozco, me acordaría de él. He captado un gran poder psíquico, una mente extraordinariamente sensible. Si no ha percibido mi presencia todavía, no tardará en hacerlo. Pero ahora debes irte, Billie)

Todavía sorprendido por la revelación sobre Dan, Billie Joe abrió la puerta, pero en el último momento un temor extraño se apoderó de él. Se volvió de nuevo y miró hacia la rendija.

- ¿Seguirás aquí cuando vuelva?.

Ahora casi pudo oír el suave tintineo de una alegre carcajada.

- (pues claro, Billie Joe. Prometo no moverme de aquí)

Los días pasaron velozmente para Billie Joe, ahora que tenía aquel amigo invisible. Charlaba con él durante horas, se contaban historias, proponían acertijos e incluso comenzaron a escribir juntos la novela de espionaje, aunque Fantasma, como había decidido llamarlo, sabía poco o nada del tema. No era de extrañar, porque le confesó que había sido asesinado poco después de finalizada la Guerra de Secesión.

Billie tenía bastantes problemas para conseguir mantener apartado a su hermano Dan del garaje. No creía que hubiese captado la presencia de Fantasma, pero el pequeño Danny sospechaba que algo extraño ocurría allí, porque antes Billie Joe no acostumbraba a encerrarse durante días enteros. Además, Dan le había oído hablar, y que algo

(¿voces?: ¿Susurros?)

le contestaba.

Una tarde en que Billie Joe tuvo que ir a hacer un recado, Dan se acercó al garaje, dispuesto a inspeccionarlo. Cuando estaba a unos veinte pasos de la puerta de entrada, algo pasó por delante, una especie de sombra que le rozó un segundo y le hizo experimentar un frío mortal. Parpadeó aturdido, y cuando reaccionó, “aquello” ya no estaba, pero no dudó ni por un momento de que había existido. Igual que no dudó del hecho de que “aquello” no pertenecía a su mundo.

Más asombrado que asustado, Dan empujó la puerta del garaje y se felicitó por el raro acontecimiento de que no estuviese cerrada con llave. Seguramente se le pasó a Billie Joe.

Entró

- (hola, pequeño Dan)

e inmediatamente le pareció oír que las voces le daban la bienvenida. Había algo grato en aquel lugar, algo que inspiraba paz y calma. Dan se sorprendió, porque era una sensación totalmente distinta a la que había experimentado fuera.

- (¿vienes a hacerme una visita?)

Dan descubrió que el murmullo venía de algún lugar cercano a la ventana. Lentamente se acercó, observando receloso la decoración, tan conocida, pero que en esos momentos encontraba extraña.

- (tranquilo, Dan. Estoy aquí)

El niño inclinó la cabeza, bajó la mirada, y

- (por fin. ¿Querías hablar conmigo?)

descubrió la rendija.

- ¿Quién eres? – preguntó, asombrado.

- (tu hermano me llama Fantasma, y creo que eso es justo lo que soy. ¿Tú tampoco me tienes miedo?)

Dan sonrió, un poco envanecido.

- No – respondió. Sus ojos se separaron un segundo del pequeño agujero y miraron hacia el jardín, al otro lado de la ventana, donde algo amenazador andaba suelto – A ti no.

- (ya veo. Dime, Dan, ¿qué es lo que te está atemorizando?)

- No lo sé – dijo Dan sinceramente – No sé lo que es. Mientras venía hacia aquí, algo ha pasado por mi lado, algo frío y tenebroso… no sé. Contenía tanta maldad que me dejó helado hasta los huesos.

- (tranquilízate, Dan. No te hará daño. Todavía no, al menos)

- ¿Y tú cómo lo sabes, Fantasma?.

- (precisamente porque soy un fantasma. Has de saber que tu mundo y el mío son lugares totalmente separados, distintos, pero aún así, pueden comunicarse. Nosotros, los muertos, podemos ir a tu mundo, y vosotros, los vivos, podéis venir, aunque no os lo recomiendo. No vale la pena acelerar las cosas. lo que te ha ocurrido es que acabas de percibir a… alguno de los nuestros, gracias a tu extraordinaria sensibilidad)

- Pero en eso había algo malo. Era auténticamente maligno – recalcó, por si no había quedado claro.

- (en mi mundo hay más odio, más depravación, más tristeza y más miseria que en el tuyo, Dan. No me entiendas mal, también hay más luz. Hay más de todo, todo resulta más… intenso. Son mundos muy distintos, y muy lejanos. Si Billie Joe y tú me oís y me sentís es porque yo quiero que así sea, pero ese ser dañino… es lo que llamamos “vimur”, un muerto que ha conseguido la suficiente cantidad de ectoplasma como para ser proyectado en tu mundo. Seguramente anda buscando un cuerpo en el que reencarnarse. Él no desea que tú le percibas, y sin embargo, lo has notado, no sé si felicitarte o compadecerte. Ten cuidado, podrías llegar a convertirte en un ser sin mundo)

- ¿Ser sin mundo?. ¿Qué es eso?.

- (una especie de vagabundo que no puede encontrar su casa. En realidad, no la tendrías, ni en ese mundo, ni en este)

- Eso sería terrible.

- (por eso te digo que tengas cuidado)

- ¿Y de qué forma podemos los vivos ir a tu mundo?.

- (te la diré, aunque te advierto que no debes emplearla más que en una situación desesperadísima. Tan sólo tienes que hallar un lugar que algún fantasma haya empleado como punto de conexión porque debajo esté su cadáver…)

- ¿Tú estás enterrado aquí abajo?.

- (sí, este punto puede funcionar. Sólo tienes que aspirar fuerte. En la respiración está la base de la vida. Es una de las cosas que os diferencian de nosotros, que no necesitamos oxígeno. Así que ya sabes: para entrar, aspirar, para salir, expirar… en el buen sentido, claro)

- Claro. Si no, nos quedaríamos ahí.

- (exacto. Eres un chico listo. Debes tratar de olvidar lo que sentiste en el jardín. Puede que no vuelva a ocurrirte nada así. De otra forma, no le des importancia)

- De acuerdo.

Estaba en un amplio y soleado prado, totalmente cubierto por una espesa y mullida alfombra de césped verde, salpicado de pequeñas flores amarillas. Dan estaba a su lado, riendo alegremente. Billie Joe pensó que la situación era absurda, ese lugar no existía en realidad. Con esa cualidad ilógica de los sueños, apareció una puerta en medio del campo. Surgió de la nada.

Billie Joe intentó acercarse, pero descubrió sorprendido que no podía moverse. Veía sus piernas, embutidas en unos descoloridos vaqueros, y, más lejos, sus pies desnudos. Podía sentir el frescor del rocío, la suavidad de la hierba, la cosquilleante caricia de una pequeña flor mecida por la brisa, pero

(oh, dios mío)

no podía moverlos. Asustado, miró a la derecha, donde estaba Dan. Sin embargo, ahora no lo vio

(oh, oh, dios mío)

y giró la cabeza de nuevo hacia la puerta, víctima de una dolorosa premonición. Dan estaba allí. Ya no reía, pero tampoco estaba serio. Billie Joe pensó que jamás había visto una expresión semejante. Danny extendió su mano

(carpo, metacarpo, falange proximal, falange distal…)

y, lentamente, muy lentamente, giró el pomo. La puerta se abrió sin ruido. De su umbral surgió

(una bestia rugiente)

la más completa oscuridad. Dan se volvió hacia él. Había súplica en su mirada, y Billie Joe intentó ayudarle, pero continuaba sin poder moverse. Dan se internó en la espesa negrura y Joe se sintió intensamente solo. El prado perdió toda su luminosidad, la hierba se tornó áspera, reseca, y las flores se convirtieron en cardos. Notó su pinchazo y gimió, pero no pudo apartar el pie.

La puerta había desaparecido, y Dan con ella. En lo alto, oscuridad, a sus pies, hierba chamuscada y

(dolor)

cardos punzantes. Billie Joe lanzó un grito de desesperación.

Se despertó bruscamente, asustado por los gemidos que él mismo producía. Tenía el pijama empapado de sudor; con desgana, apartó la sábana y se sentó. Un escalofrío recorrió su espina dorsal. Dan no estaba en la pequeña cama gemela que había al otro lado de la habitación. Impulsado por un oscuro presentimiento, Billie Joe se asomó a la ventana, desde la que se veía el jardín trasero. Una sombra furtiva lo cruzaba en ese momento.

- Dan – susurró Billie Joe. Saltó al suelo

(frío)

y pisó uno de los coches de juguete de Dan,

(dolor)

por lo que cayó pesadamente al suelo. Escuchó unos segundos, para cerciorarse de que Lester y Rose no se habían despertado. No oyó ningún ruido y se animó a levantarse, calzarse las zapatillas, ponerse la bata, y salir corriendo, pero en silencio.

Cuando llegó al jardín, vio que Dan extendía la mano

(carpo, metacarpo, falange proximal, falange distal…)

hacia el pomo de la puerta del garaje, la abría sin esfuerzo aunque él estaba seguro de haber echado la llave, y entraba en la oscuridad del pequeño edificio. Había en todo aquello algo familiar que Billie Joe no acababa de comprender. Dan se volvió un momento y

entonces, a pesar de la negrura que los rodeaba, Billie Joe captó el reconocimiento en los ojos de su hermano.

Vio que Dan se internaba en el garaje y se dispuso a seguirlo. Dio dos pasos y se detuvo. Acababa de oír algo, un ruido extraño y desconcertante.

Miró hacia atrás y vio que dos sombras se estaban introduciendo sigilosamente en su casa por una de las ventanas del piso bajo.

Billie Joe dudó unos segundos. Sabía que pasaba algo en el garaje, algo malo, pero lo mismo ocurría en su casa. ¿Hacia dónde ir?. Lágrimas de desesperación acudieron a sus ojos mientras permanecía de pie en el jardín, en medio de la noche, irresoluto, un niño de diez años que
descubría súbitamente en sus manos los finos hilos del destino, y no sabía qué hacer con ellos.

Suspiró, y, al hacerlo, tomó una decisión. Dan estaba en peligro, lo sabía, pero notaba la presencia tranquilizadora, aunque extrañamente lejana, de Fantasma, y esperaba que su amigo cuidase de su hermano pequeño.

Miró por última vez el garaje y comenzó a andar sigilosamente hacia la casa.

En ese momento Lester y Rose le necesitaban más que Dan.

Entró con cuidado por la misma ventana que habían empleado los dos sujetos.

Billie Joe los vio en el cuarto de estar: un par de encapuchados revolviéndolo todo en mitad de la noche.

- Ladrones – musitó. Inmediatamente se llevó la mano a la boca, pero el susto fue innecesario. No dieron muestras de haberlo oído.

Con precaución se dirigió hacia las escaleras y comenzó a subirlas. Un peldaño, dos, el tercero se lo saltó, porque conocía su crujido, un lamento triste y en medio de la noche, francamente escandaloso.

Llegó a la habitación de Lester y Rose mientras los ladrones continuaban destrozando el cuarto de estar. Abrió la puerta en completo silencio, conteniendo la respiración, pero las bisagras no chirriaron. Dejó
escapar el aire de sus pulmones muy lentamente, sintiendo un gran alivio.

En la penumbra de la habitación distinguió la gran cama en la que dormían sus padres. Avanzó de puntillas hacia el lado donde estaba Lester, y lo sacudió con cuidado.

- ¿Eh? – exclamó su padre, abriendo los ojos asustado.

- ¡Chist! – advirtió Billie Joe, mientras se llevaba un dedo a los labios.

- ¿Qué demonios quieres, Billie Joe?. Debe ser de madrugada – dijo Lester, sin hacer caso de la advertencia – Vete a la cama inmediatamente.

- Hay ladrones abajo, Lester – comenzó Billie Joe, pero el despertar de su madre lo interrumpió.

- ¿Qué ocurre, Lester? – inquirió somnolienta. Entonces vio a Billie Joe y se sentó de golpe – ¿Qué pasa, Billie Joe?. ¿Le ocurre algo a Dan?. ¿Te duele algo a ti?.

- Habla bajo, Rose – pidió el niño – En la sala hay dos tipos, destrozándolo todo. Creo que son ladrones.

- Voy a ver – informó Lester, levantándose.

- ¡No! – exclamó Rose, sujetándole del brazo – ¡Déjales, Lester!. Que se lleven lo que quieran, pero no bajes. Sería una imprudencia.

- Tengo que hacerlo, Rose. No hemos trabajado tanto para que esos dos canallas se lo lleven todo ahora.

- Entonces, yo iré contigo – decidió ella. Billie Joe se sintió orgulloso de su madre, tan guapa, joven y valiente. Quizá no fuera una opinión muy objetiva, pero era la única que le importaba.

Lester cogió la larga escopeta que pendía como adorno sobre la chimenea de la habitación y la examinó. Hacía mucho que no iba a cazar, pero le gustaba conservarla limpia y preparada, por si acaso. Ahora se
alegraba de haberlo hecho.

- Seguidme, pues – murmuró, y abrió la marcha hacia el cuarto de estar. Billie Joe le siguió, y en último lugar avanzó Rose, protegiendo las espaldas de sus hombres.

Descendieron con sigilo, evitando los lugares donde la madera crujía más. La casa estaba en absoluto silencio. Billie Joe se preguntó si los ladrones no se habrían ido ya, y lo deseó fervientemente.

Entraron en el cuarto de estar. No había nadie. Los tres miraron desolados el desorden, los sofás desgarrados, sus tripas de plumas por el suelo, los libros rotos, los cajones vaciados en un montón informe de manteles, cubiertos, trapos de cocina, cajas de cerillas, latas de conservas y un millón de cosas más.

- Oh, Dios mío – murmuró Rose, luchando contra las lágrimas.

-
Tranquilízate, Rose – dijo Billie Joe, mientras la tomaba de la mano – Yo te ayudaré a recogerlo todo. Mañan…

Se detuvo. Acababa de oír, claramente, un sonido familiar, el crujido

(de huesos al romperse)

del tercer escalón. Miró a Lester y Rose y se dio cuenta de que ellos lo habían oído también, pero que no sabían de dónde provenía.

- La escalera – murmuró, y comenzó a girar hacia la puerta. Antes de que terminase su movimiento, la lámpara del techo se encendió de golpe, cegándolos. Cuando Billie Joe recuperó la visión, se encontró frente a los dos ladrones, sonriendo malévolamente tras sus sucias caras. No llevaban máscaras, si no una pintura oscura.

- Vaya, vaya, así que es verdad que se habían despertado, Johnny – dijo uno, soltando una risita amenazadora.

- Te lo dije, Ed – contestó Johnny – Tengo el mejor oído del mundo. Estoy seguro de que ese mocoso entró en la casa detrás de nosotros.

- ¿Es verdad, pequeño? – empezó Ed. En ese momento descubrió la escopeta en manos de Lester. Dio un paso hacia el niño. Lester le apuntó directamente.

- No se acerque a mi hijo – advirtió.

Ed giró en redondo y se encaró con Johnny, mientras extendía los brazos en señal de paz.

- ¿Has oído, Johnny?. Ni que fuéramos a hacerle nada a su pequeño… – se volvió rápidamente hacia Billie Joe, lo atrajo por el cuello hacia su pecho, y le apuntó a la cabeza con una pistola antes de que Lester pudiera reaccionar.

- Mi amigo no le hará nada al niño si usted tira ese juguete – informó Johnny, evidentemente divertido.

- ¡Suelta a mi hijo! – gritó Rose, lanzándose sobre Ed, pero éste se apartó a tiempo, arrastrando consigo a Biliie Joe.

- Quieta, Rose – pidió Lester.

- Eso es, amigo, que se quede quieta. Estate quieta, Rose – dijo Ed entre balbuceos. En ese momento Lester se dio cuenta de que estaban tratando con un loco. Bajó la escopeta, y después de dudar unos segundos, la tiró.

- Muy bien, muy bien, muy bien. Ahora, caminad hacia la chimenea, caminad – ordenó Johnny mientras recogía el arma caída. Ed soltó a Billie Joe y Rose le abrazó antes de que cayese al suelo.

Poco a poco los tres habitantes de la casa retrocedieron hacia la chimenea. Lester golpeó sin darse cuenta los restos del leño que habían quemado ese día y una pequeña nube de hollín se elevó bruscamente y se extendió por la alfombra, depositando cientos de partículas negras.

- Es una pena, Johnny, una pena. Una auténtica pena, pero vamos a tener que matarlos, ¿no crees?. Sí, sí, sí, vamos a tener, a tener que hacerlo.

- ¡No! – protestó Rose – ¿Por qué…?.

- ¡Chist!. Silencio, rose, silencio, silencio – ordenó Ed – Obedece a tu maridito. La culpa es vuestra. Si no os hubieseis despertado, no habría pasado nada. Si el mocoso éste no nos hubiese estado espiando, nos hubiéramos ido sin más, pero, tiene una nariz muy larga y unas orejas grandes, ¿verdad, hijo?. Así pues, tenemos que silenciaros. Lo lamento mucho – añadió, pero en sus ojos brillaba una loca sonrisa.

- Alguien viene por el jardín – anunció Johnny con el ceño fruncido. Como si lo hubiesen ensayado mil veces, los dos hombres se pegaron a la pared, a ambos lados de la ventana, de tal forma que no se los podía ver desde
fuera.

- Silencio – dijo Ed en tono amenazador – Silencio absoluto, y ni un solo movimiento.

- El que intente algo será el primero en lamentarlo – añadió Johnny.

Durante unos momentos no vieron nada, pero oyeron ruido de pasos. Un segundo más tarde el rostro de Dan aparecía en la ventana. El niño estaba pálido, parecía descompuesto y asustado. Los observó un instante y la
sorpresa fue alterando los cansados rasgos de su rostro.

Iba a gritarle que se fuera, pero entonces

entonces vio a Billie Joe, de pie en medio del jardín. Durante un segundo pensó en pedirle ayuda, pero se detuvo. La llamada de Fantasma parecía demasiado apremiante y débil como para detenerse a dar explicaciones.

Entro en el garaje y sin dar la luz se dirigió al lugar donde estaba la rendija.

No le fue difícil hallarla porque emitía una luz suave y amarillenta, que le recordó la llama de los cirios de la iglesia.

De pronto, su temor se acrecentó.

Se inclinó sobre el pequeño agujero, iluminado por el brillo de otro mundo, y aspiró. Lo hizo con tanta fuerza que creyó que le iban a estallar los pulmones. Un súbito mareo se apoderó de él, sintió que caía y extendió los brazos para evitar el choque con el duro suelo de madera
del garaje.

Pero no había suelo, tan sólo una niebla lechosa que lo envolvió de pronto y lo lanzó al centro de un torbellino multicolor. Dan intentó gritar, pero la niebla se introdujo por su boca abierta, impidiéndolo.

Se dio cuenta de que continuaba con los brazos extendidos cuando chocó con un suelo de tierra y piedra gris. Se salvó de golpearse violentamente la cabeza, pero no de recibir multitud de contusiones.

Se levantó penosamente. El pantalón del pijama estaba desgarrado a la altura de la rodilla derecha, y el agujero mostraba una herida de feo aspecto.

- ¡Oh! – gimió, y el eco se lamentó mil veces por él – (¿dónde estoy?) – inquirió en voz alta, y el eco propagó la pregunta por el túnel que se abría en ambas direcciones. Las sombras se desvanecían ante la misma luminosidad que había visto en la rendija – (estoy en el mundo de los muertos) – musitó, y esta vez el eco guardó silencio, temeroso de esas palabras.

- (¡Ayúdame, Dan!) – percibió de nuevo. Era la llamada que lo había despertado, arrancándole de un tranquilo sueño.

Dan avanzó por el túnel, preguntándose adónde iría a dar. Una o dos veces pasó algo volando sobre él, rozando su cabello, y cuando se lo tocó vio que estaba impregnado de una sustancia viscosa y blanquecina.

Mil seres distintos se arrastraban por el túnel, huyendo eternamente de la fluorescencia dorada del túnel. Dan intentó reconocer alguno de esos animales. Se hubiese sentido feliz de haber visto siquiera una rata, pero lo más aproximado a algo así que encontró, era un bicho negro
con dientes largos y brillantes, como los de los vampiros de las películas, y pequeños ojillos rojos.

- (¿dónde estás, Fantasma?) – llamó en voz alta, pero ya no obtuvo respuesta. Aceleró el paso, rogando porque aquel fuese el camino correcto.

De pronto el túnel se abrió en una enorme sala, profusamente iluminada. Dan titubeó durante un segundo, sorprendido. El suelo, las paredes, y la alta cúpula repleta de aquellas cosas voladoras, eran de tierra y piedra gris. Un mundo triste y deprimente.

Entonces vio que no estaba solo. En la sala había tres hombres, y dos de ellos habían acorralado al tercero contra la pared.

Dan los miró sorprendido. Eran personas, pero no lo eran exactamente. El niño podía ver sus rostros, su ropa, incluso el barro de las botas que calzaban, pero no como se ve normalmente. Aquellos hombres estaban
formados de algo blanco, humo o niebla, de aspecto lechoso y compacto, pero en continuo movimiento ondulante.

- (socorro, Dan) – oyó que le gritaba el hombre acorralado. Entonces, supo que aquel era su amigo del otro mundo.

- (ya voy, Fantasma) – respondió. Se lanzó corriendo hacia ellos mientras se preguntaba qué podía hacer él frente a aquellos seres de aire tan siniestro.

No tuvo que pensarlo mucho. Al oír que alguien gritaba a sus espaldas, los dos hombres niebla giraron en redondo. El odio de sus ojos se transformó de pronto en miedo, un pánico tal que asustó al propio Dan.

- (¡un vivo!) – gritaron, casi al unísono.

- (¡es repugnante!) – dijo el más alto, mientras retrocedía a toda velocidad hacia la boca del túnel. El otro estaba paralizado por el terror, y tardó unos segundos en seguirle, gritando de espanto. Dan se volvió hacia Fantasma, preguntándose si también él iba a huir, pero éste se limitó a sonreír.

- (gracias, chico) – dijo con aquella voz tan conocida para Dan. Frunció el ceño y su sonrisa se hizo un poco más traviesa – (rayos, pues sí que resultáis desagradables los vivos. Claro que supongo que a vosotros os ocurrirá lo mismo con nosotros. Eso me parece recordar)

- (no) – repuso Dan – (no me pareces desagradable. Sólo extraño)

- (oh, no, no) – rió Fantasma – (lo que estás viendo es mi ectoplasma)

- (ectoplasma) – repitió Dan, asombrado – (¿eso es el alma?)

- (más o menos. El alma hecha materia, visible, puedes llamarlo así. No sé. Es  esa parte, esa energía que nos caracteriza, y que perdura después de la muerte. Eso es lo que estás viendo ahora. Pero si tuviera que ir a tu mundo, no podría presentarme así, si no con un cuerpo, ¿comprendes?)

En ese momento Dan se puso muy pálido y giró la cabeza de un modo extraño, como si acabase de recibir un impacto.

- (¿qué pasa, Dan?) – inquirió Fantasma, preocupado.

- (algo ocurre en mi casa) – susurró el chico, con voz entrecortada.

- (entonces, ya sabes lo que tienes que hacer)

- (sí. Expirar)

- (si… y, Dan)

- (¿qué?)

- (supongo que no hace falta decirlo – en la voz de Fantasma había preocupación – Si necesitas ayuda, no dudes en llamarme)

- (seguro, amigo. Quizá lo haga antes de lo que piensas. Ha sido un placer conocerte de todas formas) – añadió, sintiéndose un poco tímido.

Fantasma sonrió y se acercó a él. Dan no pudo dejar de pensar en cuánta belleza había en aquella ondulante acumulación de niebla.

- (no, Dan, no, el placer ha sido mío. Créeme si te digo que sin tu ayuda yo ahora no existiría. Sería simplemente un cadáver, un cuerpo… Los muertos vivimos por nuestro ectoplasma, sin él, somos un montón de huesos. ¿Qué crees que es lo peor que le puede pasar a un vivo?)

- (no lo sé) – respondió Dan, un poco aturdido.

- (yo te lo diré. Lo peor que le puede pasar a un vivo es que le roben la vida, que lo maten) – suspiró – (lo peor que le puede pasar a un muerto es que le roben el ectoplasma. Esos bandidos de los que me has salvado intentaban robarme el mío para…) – dudó – (para reencarnarse, para
apoderarse de un cuerpo vivo. Si vamos a tu mundo, tenemos que usar un cuerpo, como te dije. Con nuestros ectoplasmas movemos nuestro cuerpo, aunque esté muerto. Pero, si queremos vivir realmente, mezclarnos con la gente, tenemos que conseguir más ectoplasma, o sea, robarlo a otros. De esa forma podemos imponernos a un vivo y anular su espíritu usando su cuerpo) – viendo la palidez del muchacho, decidió terminar – (será mejor que te vayas, hijo. En tu mundo te esperan, y te necesitan)

El niño y el fantasma se estrecharon las manos, y, al hacerlo, se juraron amistad eterna. Luego Dan expulsó el aire de sus pulmones hasta casi vaciarse por completo.

La niebla y el torbellino multicolor le rodearon de nuevo y jugaron con él, lanzándole a un espacio infinito donde dio vueltas vertiginosamente, sin poder detenerse. Cuando al fin todo acabó, se encontró tirado en el suelo del garaje.

Le rodeaba una profunda negrura. Ya no salía aquella luminosidad de la rendija, se preguntó a qué se debía ese cambio, que no terminaba de gustarle.

Poco a poco, dolorido, lleno de contusiones, se puso en pie, se dirigió hacia la puerta del garaje, y salió.

Cruzó lo más rápido que pudo el jardín sumido en sombras. La luz de la sala estaba encendida, y una de las ventanas abiertas, pero eso no era raro. Muchas veces, si no podían dormir, sus padres bajaban al salón y leía, disfrutando de la quietud de la noche. Tampoco era  extraño que la ventana estuviese abierta, porque hacía bastante calor.

Aún así, haciendo caso de su instinto, se acercó con precaución y se asomó a ver qué pasaba. El oscuro presentimiento se había agudizado, aumentaba,
de hecho, a cada paso.

Acercó la cara a la ventana abierta, y vio a Lester, a Rose, y a Billie Joe, en fila, juntos junto a la chimenea. Eso de por sí ya le hubiese alarmado, sobre todo la presencia de Billie, a ellos jamás les permitían estar despiertos y levantados a semejantes horas.

Pero, además, estaban muy pálidos y le pareció que en sus ojos había una advertencia. Dan no acababa de entender qué estaba ocurriendo.

Iba a hablar, pero entonces

Ed se lanzó sobre la ventana, sacó el brazo, y agarró a Dan por el cuello del pijama antes de que el chico pudiese moverse.

- ¡Mira lo que he pescado, Johnny! – gritó, alborozado – ¡Otro pequeño!. ¿Tú crees que habrá más por ahí fuera?.

- No lo sé, Ed. Pregúntaselo a él. Vamos a ver, mocoso, ¿queda alguien más ahí fuera?.

- No – balbuceó Dan, sintiendo el frío metal de la pistola que le apuntaba a la sien. Su mente

(estalló)

empezó a lanzar un mensaje de auxilio, un mensaje

(sanguinolento)

que cruzó un amplio espacio en el que reinaba la nada y llegó a un mundo extraño.

En el garaje, el suelo de madera comenzó a astillarse…

- Muy bien, chico, ponte con los demás – dijo Ed, acariciándole el pelo.

Una pequeña rendija que había junto a la ventana desapareció bruscamente al levantarse todo el suelo que había a su alrededor.

- Y, ahora, vamos a tener unos divertidos fuegos artificiales.

Una mano descarnada, cubierta de lo que en otros tiempos fue un guante de pie surgió de improviso, abriendo camino

- ¿Alguien quiere ser el primero?.

a un cuerpo compuesto por huesos y tierra negruzca. Una sonrisa

- ¿Tú, pequeño?.

parecía iluminar la calavera. Poco a poco, se irguió, se mantuvo sobre largas piernas que perdieron sus tendones hacía ya mucho. Caminando impulsado por fuerzas muy distintas, salió del garaje

- ¿Tú, Rose?.

y cruzó el jardín, lleno de fría determinación. Sus pies no hacían el menor ruido al arrastrar el cuerpo muerto

- ¿O tú, Lester?.

y no tardó en llegar a la ventana abierta. Durante un segundo, sintió nostalgia al ver una casa, la noche, la hierba. Anheló desesperadamente la vida que, largo tiempo atrás, le fue arrancada. pero allí estaban los niños, SUS niños, con sus padres. Y dos hombres barbudos, con rostros pintados de oscuro, intentaban hacerles daño.

No, Fantasma no podía permitirlo. Se asomó a la ventana

- TÚ, Lester.

y, extendiendo los brazos, tomó por el cuello a los dos hombres.

(cuellos vivos, cuellos con carne, cuellos tiernos)

El del hombre de la derecha crujió un poco, pero Fantasma no sentía piedad.

- ¡Un muerto!. ¡Imposible! – gritó Ed. Entonces sintió que se rompían sus vértebras.

Rose gritó y se abrazó a Lester, que estaba paralizado de terror. Billie Joe y Dan, observaron la escena, horrorizados, pero no por el cadáver.

- Es Fantasma… – murmuró Billie Joe.

- Ya lo sé – respondió Dan.

Fantasma sacó a los dos hombres por la ventana. Durante unos segundos siguieron oyendo los gritos de Johnny. Luego, se hizo el silencio.

- ¡Dios!. ¿Qué era eso? – exclamó Rose, mientras se dirigía a la ventana.

- ¡Cuidado, Rose! – gritó Lester – ¡Puede estar cerca!.

- No te preocupes, Lester – dijo Billie Joe – Fantasma nunca dañaría a Rose.

- ¿Fantasma?. ¿Pero qué dices?. ¿Qué era eso? ¿Y dónde ha ido? – siguió gritando Lester.

- Ha ido al garaje – respondió Dan.

- ¡Dios Santo! – exclamó Rose – ¿Quieres decir que… ESO estaba en el garaje?.

- Sí.

- Pero… – dijo Lester, anonadado – ¿Te das cuenta del peligro que habéis corrido?. ¿Esa cosa estaba allí, y no decíais nada?. ¡Pudo mataros!.

- ¿Por qué iba a hacerlo? – preguntó Dan, sorprendido – Fantasma es nuestro amigo.

- Nos acaba de salvar la vida – añadió Billie Joe.

Lester miró a Rose, desalentado.

- Tienen razón – dijo ella.

Días más tarde Lester terminó de reparar el suelo del garaje. No habían vuelto a ver aquella aparición ni a los dos desafortunados ladrones, y Lester se alegraba de ello. Sin embargo notaba en el garaje un ambiente agradable, hogareño, como si un amigo le diese la bienvenida a cada momento. Billie Joe y Dan le habían contado toda la historia, pero de no haber sido por lo que él mismo vio, no lo hubiera creído.

Había terminado el trabajo. Cansado, se puso en pie y se dirigió a la puerta. Entonces se detuvo. Dio media vuelta, avanzó hacia la ventana, y se agachó, en el punto en el que Billie y Dan le habían dicho que estaba la rendija. Ahora no había nada, la madera no dejaba ninguna salida, en ningún punto del suelo. Sacó la navaja de la caja de herramientas, y abrió una pequeña rendija entre dos tablas.

Ahora sí que había terminado.

Volvió a la puerta y extendió la mano hacia el pomo. Entonces

(gracias, Lester)

oyó una voz. No, decididamente, no había soñado. Lanzó una sonrisa hacia la rendija y contestó:

- A ti, amigo Fantasma. A ti.

© Yolanda Díaz de Tuesta

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