Susana cerca del Cielo

TERCERA ÉPOCA

Año: 2009

Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported

(II PREMIO IX CERTAMEN DE USUARIOS BUBOK. tema: Monstruos y Dioses)


Rafael hizo un rápido repaso final, que resultó bastante satisfactorio. El teatro estaba hasta los topes, habían acudido periodistas de los principales medios y cada cual había ocupado su sitio sin mayores incidentes… Todo estaba listo, una vez más, para el comienzo del espectáculo. Se captaba la expectación en el aire, la sensación de inminencia. No era de extrañar.

Nadie quería perderse lo que tuviera que decir Susana López, la primera Santa del tercer milenio.

Susana no era oficialmente santa, por supuesto. Ningún Papa la había declarado como tal. Que siguiera viva, era un serio inconveniente, pero no tanto como su mala relación con el Vaticano y con su enviado especial en aquel asunto, un hombre frío y calculador al que Rafael sólo podía describir como perverso. No, la Iglesia Católica rondaba, intrigando discretamente, buscando el modo de conciliar lo sucedido con sus propios intereses, pero aún no había emitido ningún comunicado público al respecto. Primero, querían tener controlada la crisis.

Porque, la “santidad” popular de Susana se basaba en hechos irrefutables: había dejado de comer.

Ese fue el punto de inicio de aquella locura, aquel absurdo circo mediático en el que ambos se sentían atrapados. Al principio, ni Rafael la creyó, y eso que la conocía desde niña, que eran amigos, que habían sido amantes, que estaban tan cerca que casi eran capaces de leerse los pensamientos con una sola mirada… Resultaba difícil aceptar algo así, y más de alguien tan poco místico, tan terrenal, como Susana.

Pero, cuando ella decidió demostrárselo, no pudo negarlo.

Susana no comía “nunca”. No se alimentaba, de ningún modo. En esos momentos, llevaba exactamente un año y siete meses sin probar bocado, lo que duraba ya su singular misión apostólica carente de todo mensaje. Y, en ese tiempo, no había bajado de peso ni un gramo, su aspecto no había cambiado lo más mínimo.

Al margen de ese detalle, como Santa, en opinión de muchos, no valía demasiado. Nunca mencionaba a Dios. Esquivaba hábilmente las preguntas de los periodistas, y las propuestas interesadas, ya vinieran de curas, de compañías farmacéuticas, o del propio gobierno. No recaudaba fondos, no aceptaba pagos por nada. Eso, les había creado muchos enemigos y habían perdido muchas oportunidades de acumular una enorme fortuna. Pero, Susana tenía muy claro qué era lo que deseaba hacer. Y él creía que, siendo su mano derecha, su representante, ya nada podía asombrarle.

Se equivocaba.

Tres semanas antes, le había dicho que ya no bebía nada desde hacía meses. Simplemente, un día dejó de hacerlo y descubrió que no lo necesitaba. No sentía sed. No se deshidrataba. Todo seguía igual…

Rafael se detuvo un momento, inspiró profundamente, rogando para que no se notasen su angustia y sus deseos de salir corriendo, y entró en el camerino. Susana estaba sentada ante el tocador, contemplándose en el espejo. ¿Veía lo mismo que él? Una mujer alta, guapa, perdida en la veintena de una existencia que le resultaba incómoda, incluso absurda. Qué distinta, a como era antes. En otros tiempos, había sido alguien alegre, sin sombras, pero hacía mucho que…

También había dejado de reír, comprendió repentinamente Rafael, con un atisbo de pánico. Quizá, ni ella misma se había dado cuenta de ese detalle, pero parecía haberla abandonado todo júbilo. Reír, sonreír, disfrutar simplemente con las pequeñas oportunidades que cedía la vida… Aquello no podía seguir así, no era… natural. Se miraron a través del espejo. No pudo leer su expresión. Rogó para que ella no pudiera leer la suya.

– ¿Estás lista? Ha llegado la hora… – se había prometido mil veces no hacerlo, no preguntar, pero lo hizo: – ¿Qué va a pasar hoy, Susana?

Ella suspiró mientras se ponía en pie. Apoyó una mano en el bolsillo de la sencilla túnica blanca que vestía.

– Que va a acabar por fin todo esto – su boca se curvó en un gesto amargo – Estoy cansada, Rafael. No me gusta lo que veo, ni lo que oigo. Me llaman bendita, mentirosa, elegida, falsa… – le estudió de reojo, con curiosidad – ¿Qué crees que soy? ¿Una Santa? ¿Un monstruo?

Un monstruo hermoso y triste, pensó él.

– Nunca debiste empezar – se le escapó. Y, una vez dicho, parecía más fácil seguir. Hizo un gesto con la mano, abarcando el camerino, el edificio, el teatro de burlas e ilusiones que esperaba más allá de la puerta – Estas cosas son para ganar dinero, Susi. Todo el mundo piensa que te has hecho inmensamente rica. Pero tú no quieres ni eso. No sé qué quieres. Nunca lo he sabido – ella no contestó – ¿Cómo vas a acabarlo?

– Voy a hacer algo… drástico. Radical. ¿Estás conmigo? – Rafael dudó un instante. Los ojos de Susana atraparon un reflejo de luz – He dejado de dormir.

– ¿Qué?

– Que he dejado de dormir. La semana pasada me pregunté qué pasaría, si dejaba de hacerlo. Me quedé mirando al techo toda la noche y… nada cambió. No estaba cansada. No he dormido ni un segundo en este tiempo. Me siento igual que siempre – hizo una mueca – Vacía…

Rafael apretó los labios, pensando en la maleta que esperaba en su habitación del hotel. Preparada y lista para escapar, para irse muy lejos de todo aquello. Quería hacerlo, pero…

Un monstruo hermoso y triste

– Estoy contigo – aceptó finalmente. Una última oportunidad, para los dos – Haz lo que debas hacer.

Ella asintió. Salieron del camerino y se separaron junto a las escaleras. Casi flotando en aquella vaporosa túnica, Susana se dirigió hacia el acceso al escenario. La ovación con la que fue recibida por el público logró estremecer el edificio hasta sus cimientos, y golpeó a Rafael mientras entraba en su palco. Desde allí, tuvo una vista completa del auditorio. La multitud se agitaba como un oleaje embravecido, las voces entremezclándose caóticamente…

– ¡Santa Susana! ¡Cúrame, cúrame!

– ¡Monstruo! ¡Aberración! ¡Hereje!

Susana avanzó hasta el centro del escenario, y les contempló con gravedad.

– ¿Soy acaso la prueba irrefutable de la existencia de Dios, como aseguran algunos? – preguntó. Su voz, alta y clara, resonó en cada rincón del auditorio, acallando rumores, captando por completo toda atención – ¿Soy una Santa? ¿O soy un monstruo? – sacó lo que llevaba en el bolsillo. Rafael tuvo que esforzarse para distinguirlo y entonces parpadeó: una galleta – Yo os lo diré: ¡soy un fraude! – el silencio se hizo más profundo; se tiñó de asombro, de incertidumbre, y también de hostilidad – ¿Que no me alimento? ¡Ridículo! ¡Sólo he sido una mentira! ¡Un engaño! ¡Pero no voy a justificarme, ni siquiera pediré disculpas! ¡Si estoy aquí, es para despedirme con una verdad, ya que os he insultado con mis embustes! ¡Escuchadme atentamente: a menos que se pruebe lo contrario, la vida es una oportunidad única! ¡No permitáis que nadie os la arrebate a cambio de promesas inciertas sobre dudosos reinos del más allá! ¿Queréis mi opinión? Es esta: Dios no existe. Nunca ha existido, ningún Dios, jamás – se llevó la galleta a la boca – Los dioses sólo son una excusa para los monstruos…

El disparo, una especie de silbido seco, resonó con fuerza en el pesado silencio del auditorio. Rafael pegó un brinco, viendo aparecer un agujero negro, muy negro, en la frente de Susana. La sangre surgió a chorro, los ojos se entornaron, como viendo algo colosal, algo que estaba ya más allá de este mundo.

Susana se desplomó en un revuelo de blancos puros y rojos intensos…

Rafael saltó desde el palco. Cayó en el pasillo entre butacas, empujando a varios espectadores, siendo casi arrollado a su vez. Todos corrían entre alaridos de espanto, se pisaban unos a otros, intentando huir. Trató de localizar la posición del francotirador. Imposible. Demasiadas sombras forcejeaban por todas partes.

Y, entonces, sintió la repentina tensión a su espalda…

Se volvió, lentamente, temiendo ver lo que iba a ver, y deseando verlo.

Susana, con gesto aturdido, se estaba levantando del suelo. El círculo de la bala seguía en su frente; al girar la cabeza, contemplando a los que la habían estado rodeando y que ahora retrocedían fascinados, aterrados, pudo verse el agujero de salida, mucho más grande. La sangre se coagulaba sobre su rostro, sobre su cabello manchado de masa cerebral destrozada, sobre la blancura nívea de la túnica. Una visión espantosa, terrorífica…

– No soy una santa – gimió Susana. Miró a su alrededor, buscando. Al ver a Rafael, sus ojos se llenaron de súplica. Pero él no podía ayudarla – No soy un monstruo…

© Yolanda Díaz de Tuesta

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