Díaz de Tuesta
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Un hombre racional
El conde de Aranda trató de mantenerse inexpresivo mientras hacían pasar a Cadalso a su despacho. “Veo alguien que tiene nombre de muerte arrancada”, le había dicho una gitana en la calle, muchos años antes. “Tiene nombre que rezuma espanto y te dejará como herencia algo que no deseas: dudas”. “Qué tonterías”, pensó el muchacho que era entonces Aranda, porque se jactaba ya de ser un hombre de su época, un hombre que había despertado del sueño pegajoso de lo crédulo y sólo se guiaba por la luz de la razón. Pero cuando, tanto tiempo después, conoció al militar y escritor José Cadalso, recordó la profecía con repentino miedo. Eso sí, no permitió que le afectara: en vez de alejarse supersticiosamente, le entregó su amistad, animándole a frecuentar su casa. Ambos eran españoles afortunados: la suerte les había permitido viajar desde muy pronto, habían podido sacar la cabeza del profundo agujero en el que había caído España, naufragando a la deriva tras la pérdida del gran imperio, y habían podido contemplar cómo era realmente el mundo, con todos los grandes cambios que se estaban sucediendo. Por desgracia, aquello también tenía su lado malo. Ponerse unas botas demasiado pequeñas, eso era siempre regresar… Aranda lamentaba cada día la oscuridad en que avanzaba torpemente su país, la negrura provocada principalmente por la sofocante sotana Católica. Y Cadalso, aunque no compartiera del todo su rechazo por lo clerical, era de los suyos. Patriota y crítico. Hombre de razón, de ciencia y método. Aranda despidió a su secretario sin apartar la vista de Cadalso, estudiándole atentamente. Tenía ya treinta años y solía mostrarse como un hombre firme, de expresión decidida, alguien que tenía poco que ver con ese fantasma tembloroso que contemplaba ahora. Pálido, despeinado, la ropa sucia de tierra y arrugada… Estaba claro que, aunque le habían llevado a su casa tras el inquietante asunto del cementerio, no se había cambiado ni lavado. Seguro que ni había dormido. Jamás le había visto así, antes. Claro que, el fallecimiento de aquella actriz, la joven y hermosa María Ignacia Ibáñez, le había hundido, y Aranda podía comprenderlo. Esa sí que había sido una historia realmente terrible, uno de esos amores desventurados que sólo creías posible en escenarios o poemas. Madrid al completo sabía que María hubiera podido buscarse un amante de alto linaje y buenos dineros, y vivir de forma espléndida el resto de sus días, pero a todos había rechazado, a todos, por aquel hombre que ahora lloraba su repentina muerte. ¿Podía haber historia más romántica que esa? ¿Y más trágica? Veinticinco años tenía aquella muchacha. En tres breves días de fiebre, el tifus la consumió, volviendo inútiles todos sus planes y sueños de futuro. Y destrozando a ese hombre… – ¿Cómo se encuentra, amigo mío? – le preguntó, con amabilidad. Cadalso se limitó a agitar la cabeza – Cuénteme qué ha pasado – silencio otra vez. Aranda decidió intentarlo dando un rodeo – Tengo entendido que ha estado visitando diariamente la tumba de la joven María. Comprendo su… periodo de duelo, que… – ¡No, no lo entiende! – le interrumpió Cadalso, mostrándose repentinamente agitado – ¡Vi las señales! Había un cuervo, siempre en el mismo sitio, sobre la tumba de Lope de Vega, observando. Y hacía más frío allí, a su alrededor. ¡Lo percibí el primer día y ya no pude ignorarlo! Aranda parpadeó con desconcierto. – ¿Lope de Vega? ¿El escritor? – ¡Sí! Está en el mismo cementerio – siguió, más contenido – Buscando, encontré la geometría oculta, una estrella conformada por tumbas alrededor de la de Lope, que era su centro. Contando con la punta que marcaba la de María, dibujaban un pentáculo perfecto. Todos habían muerto en un año terminado en uno. Como María, la última, ella además en un capicúa. ¡Sólo hay un año capicúa por siglo! ¿Se da cuenta? Desde la mañana, el aire olía extraño, como a azufre, a infierno. Por eso supe que había llegado el momento. Soborné al enterrador y juntos nos quedamos allí, esperando. “Pobre amigo mío”, pensó Aranda, sin saber qué decir. Había esperado lamentos y lloros de un hombre que se sentía viudo sin haberse casado, pero, ciertamente, no aquello; no del juicioso Cadalso. El dolor le había enloquecido. Tenía que conseguir devolverle al sendero de la razón. – ¿Y… qué pasó? Cadalso titubeó. – No estoy seguro. Se hizo de noche y puede que me quedara adormilado, apoyado en una lápida. De pronto, distinguí unas formas negras que se movían junto a la tumba de Lope. Varias voces recitaban algo que no entendí. El viento empezó a soplar con más fuerza, agitando los arbustos, deslizándose entre las tumbas, congelando todo lo vivo. Temblé, de frío y de pavor, porque supe que estaba ocurriendo algo que jamás hubiera podido concebir como posible. Aquella especie de cántico se extendió por todas partes, de un modo que me hizo pensar en algo húmedo y viscoso arrastrándose, reptando… Ante mi horror, la lápida de María se resquebrajó con un ruido seco, la tierra se apartó como si una mano gigantesca empujara desesperadamente desde abajo… – jadeó – No voy a protestar si su Excelencia me llama loco. Lo estoy. No sé si lo estaba ya o si enloquecí en ese momento, pero ningún mortal puede quedar impasible ante una visión semejante. La luna onduló, y dio la impresión de supurar niebla en vez de luz, una sustancia que lo cambiaba y alteraba todo, incluso los sonidos. El enterrador salió corriendo. Yo me puse en pie y corrí también, pero hacia aquellas figuras oscuras, desenvainando y dando gritos. Un acto absurdo y temerario; me salvó que ya no estaban, no pude encontrarlas. Posiblemente habían concluido lo que tenían que hacer y se habían ido. Regresé junto al ataúd de María y descubrí que habían pintado algunos símbolos en la tapa, no sé cuándo pudieron hacerlos, no los recuerdo del día del funeral… Pasé una mano temblorosa, borrándolos. Y, entonces… Guardó silencio y casi dio la impresión de que todo en el mundo se detenía con él. Aranda contuvo el aliento. – ¿Entonces…? – Bien sabe que creo en esas cosas tan poco como usted, Excelencia, pero juro que, mientras borraba esos símbolos, algo golpeó violentamente el ataúd “desde dentro”. ¡Blom! – Cadalso dio con el puño sobre el escritorio. Aranda abrió mucho los ojos, sobrecogido a su pesar – Una vez, deteniendo mi corazón. Lo miré horrorizado, paralizado… ¡Blom!. Una segunda vez. ¡Blom! Una tercera, y yo seguía sin poder moverme. La madera crujió. Supe que iba a abrirse, supe que estaba a punto de abrirse y mostrarme algo que… algo que no quiero siquiera imaginar. Pero, entonces, llegó la ronda y el instante pasó, y aquel ambiente mágico perdió toda fuerza. Sólo me vieron a mí, junto a la tumba… – Comprendo – la voz de Aranda sonó estrangulada. Tuvo que carraspear – ¿Eso es todo? – cuando Cadalso asintió, se tomó unos minutos para serenarse y ordenar sus ideas – Bueno, sabe usted tan bien como yo que hay una explicación lógica para lo ocurrido, aunque todavía no la conozcamos. Deje que aventure una posibilidad, la más probable. Usted vio muerta a su amada. Usted, que ha leído a los mejores filósofos y eruditos de nuestra época, que es un hombre inteligente… ¿Qué le dicta su entendimiento? – Cadalso le miró, atormentado – Exacto. Le dice que, en su dolor, puede haber perdido el juicio hasta el punto de intentar desenterrarla en alguna clase de trance. Todo eso de Lope y el ritual claramente es un delirio forjado por su mente para quitarse la culpa de semejante horror. Cuando sea capaz de reflexionar… – No fui yo… – Cállese. Estoy intentando ayudarle, le agradecería que me lo pusiera lo más fácil posible. Sabe cómo puede tomarse esto la Iglesia. Si no lo organizamos bien, esos malditos heraldos de la ignorancia y el sinsentido caerán sobre usted y nada podrá salvarle de un escándalo que puede arruinar su carrera. Así que, diremos que intentó desenterrar a su joven María por pura locura amorosa, pero que no llegó a hacerlo porque fue detenido antes de lograrlo, entrando inmediatamente en razón. Y sería bueno que escribiese algo que se asemeje a lo que ha ocurrido, quizá una obra de teatro, una novela, algo que implante en todo aquel que lo lea o vea, la idea de que lo sucedido anoche puede ser simplemente una ficción. Pero deje descansar en paz a Lope, no lo mencione, hombre – Cadalso asintió, cabizbajo – Ahora, váyase, tiene que dormir. Mañana hablaremos. Hizo sonar la campanilla y su secretario entró de inmediato para acompañar a Cadalso a la salida. No tardó en regresar, con aire preocupado. – ¿Sabemos ya qué demonios ha ocurrido? – le preguntó Aranda. El secretario titubeó. – Según me han informado, la tumba de Lope de Vega estaba efectivamente vacía y también han sido profanadas otras. El capitán Cadalso tiene razón, formaban un pentáculo y por lo que… parece, se ha realizado alguna clase de magia negra, hay restos de elementos habituales en esas prácticas – se miraron mutuamente, durante un incómodo instante de silencio – He dado órdenes de que se tomen las medidas necesarias para eliminar todo rastro de lo sucedido esta noche. Constará que su Excelencia ha hecho una generosa contribución a la Iglesia para la restauración de varias tumbas, entre ellas la de Lope. Así que, efectivamente, no había sido un delirio, alguien había hecho algo esa noche… Bueno, eso no implicaba necesariamente nada, la brujería existía desde tiempos inmemoriales. Ojo de lagarto, lengua de serpiente… Un montón de tonterías, nada realmente útil ni científicamente cierto. Pero no estaba el cadáver de Lope… ¿Y qué? Podía haber desaparecido desde el principio, o ser robado en el largo tiempo que llevaba muerto. Pero… No era eso lo que importaba, sino el qué, el cómo. ¿De verdad se iba a quedar sin buscar “la explicación lógica” de aquel enigma, diciéndose simplemente que la magia no existía y que, por tanto, no merecía la pena investigar el asunto? Jamás. Irónicamente, no sería lo científico. – Que preparen mi coche – ordenó – Voy a examinar personalmente el cementerio. Probablemente sólo se topara con más incógnitas. Pero, no tenía más remedio. Era un hombre racional, un hombre de su siglo. Podía convivir con las dudas, pero jamás podría esconderse en la ignorancia. CUARTA ÉPOCAAño: 2011 Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported (I PREMIO XLV CERTAMEN DE USUARIOS BUBOK. tema: El Siglo XVIII) |
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