Una sombra en la carretera

PRIMEROS RELATOS

Año: 1981

Seleccionado en el III Concurso de Relatos del Ayuntamiento de Bilbao, 1982
Publicado en Revista Opción, 8, 1986

Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported

Este relato corresponde a aquellos lejanos tiempos en los que pensaba que si las localizaciones y los nombres no eran extranjeros, concretamente anglosajones, el texto no podía ser “serio”. Consecuencias de haber crecido saturada por traducciones, en un país donde pocas veces se ha respetado y potenciado la propia cultura en los ámbitos editoriales, grandes maquinarias de traducción. Todavía hoy en día, en ciertos géneros, si eres escritor y escribes en español, lo tienes claro.


espacio

Hacia el mediodía el calor se había vuelto completamente inaguantable. Morgan llevaba todas las ventanillas del coche abiertas, pero lo único que conseguía era una corriente de aire abrasador. Estaba totalmente empapado de sudor y se sentía adormilado, pesado, torpe.

Morgan gruñó. En ese momento lamentaba la elección de ese olvidado camino vecinal. En la carretera principal había un par de bares, al menos, que si bien no eran más que viejas tascas, servían una cerveza tan fría que quitaba la respiración. pero, claro, no podía arriesgarse a ser atrapado por los hombres de Williams antes de llegar a Las Vegas. Era mejor atravesar el desierto por un lugar alejado de la ruta habitual.

El reflejo de un rayo de sol en el limpiaparabrisas izquierdo le daño los ojos. Harto y sediento frenó en seco y tomó la botella de “White Horse” que descansaba en el asiento de al lado. La bebida estaba caliente y sintió que un río de metal líquido abrasaba su garganta y explotaba en su estómago, pero al cabo de unos minutos, gracias a la acción refrigerante del alcohol, se notó reconfortado y pudo continuar la marcha.

Sólo se detuvo para tomar un bocadillo una hora más tarde, pues tenía mucha prisa. Debía llegar a Las Vegas, la idea le obsesionaba. Si no lo conseguía, si no lograba obtener ayuda de Baxter, podía considerarse hombre muerto. Morgan había matado muchos hombres a lo largo de su azarosa vida, pero no tenía la menor gana de seguirlos al más allá.

Morgan se sentía orgulloso de su historial. Internado en el reformatorio a los seis años por apuñalar a uno de los “amigos” de su madre, había sido desde entonces huésped habitual de las cárceles y prisiones más variados. Con ochenta muertes seguras y doce probables a sus espaldas, era el asesino a sueldo menos popular y mejor pagado de California. Ahora estaría en un confortable hotel de la costa, esperando algún trabajo, de no haber sido por esa estúpida rencilla con Williams. Sólo le quedaba pedir ayuda a Baxter y acabar con aquella pequeña molestia.

Creyó oír un claxon, un sonido lejano pero claro. Miró por el retrovisor. Nada. La blanca y calcinada carretera quedaba a sus espaldas, como una enorme serpiente que descansara cómodamente al sol. Ni rastro de otro vehículo. Ni siquiera un destello en la lejanía.

Morgan trató de olvidar el incidente, pero le fue imposible. Había sido un sonido tan claro… no pudo haberlo imaginado. Además, sentía que algo iba mal, pero que muy mal, y él había aprendido a confiar en sus corazonadas. Inquieto, frenó y esperó. No ocurrió nada.

Estaba arrancando, cuando volvió a oírlo. No supo porqué, pero repentinamente tuvo miedo. ¿Y si eran los hombres de Williams?. Pero no se veía a nadie….

Al principio pestañeó, tratando de despejar la vista, creyendo que sólo se trataba de un espejismo, pero no era así. Asombrado, vio cómo una mancha negra se acercaba a una velocidad superior a la de su vehículo. Ahora oía claramente los silbidos del claxon.

En pocos segundos la mancha se colocó justo detrás de él. Entonces Morgan se dio cuenta de que aquella macha negra era semejante a la proyectada por un coche… pero, ¿dónde estaba el coche?. Una alarma empezó a resonar dentro de su cabeza. La sangre se agolpaba en sus sienes, y empezó a abrir y cerrar las manos, aferrándose al volante.

Su arraigado instinto de conservación hizo que apretara con fuerza el acelerador, tratando de huir de “aquello”. Pronto se dio cuenta de que era imposible. La sombra le seguía como si un coche deportivo se hubiese pegado a sus talones. Ahora oía también risas y gritos, como si un grupo de quinquis le persiguiese.

(”Bert, vamos a hacerle nuevo el coche a ese tipo!”. “¡Vale, Eddie, también hagámosle nueva la cara!”)

La sombra aceleró hasta ponerse a su altura. Entonces dio un viraje brusco y se lanzó contra el “Pontiac” de Morgan. Sin acabar de creérselo, Morgan se aferró al volante, sintió cómo derrapaban las ruedas y cómo intentaban lanzarlo fuera de la carretera con una fuerza asombrosa. Ante sus desorbitados ojos surgió una abolladura en la cubierta del “Pontiac” provocada por el coche invisible.

Morgan creía estar soñando, ¡pero era un sueño tan real!. El calor, el sudor, el polvo… y aquella abolladura en su viejo vehículo. Hasta el claxon y las lejanas voces eran clara y contundentemente reales.

(”¡Mira, Bert, quiere correr un poco!”. “¡No te preocupes, Eddie, no llegará muy lejos!”)

Pasaron unos segundos eternos. La adrenalina inundaba el organismo de Morgan, la sangre golpeaba en sus sienes y el corazón le dolía al latir. Aquellos malditos se habían propuesto arrojarle fuera del camino y no estaba dispuesto a ponérselo fácil.

Entonces les adelantó. Apretó hasta el fondo el acelerador y se lanzó ciegamente por la carretera, con la única idea de escapar. Cuando miró a su izquierda, la sombra había desaparecido. Inquieto todavía, miró por el retrovisor. Nada, ni rastro.

Cinco kilómetros más adelante, Morgan frenó. Asustado aún, se cercioró una vez más de que nada ni nadie lo seguía. Entonces se permitió descansar. Cruzó los brazos sobre el volante y apoyó en ellos la cabeza. Un calor inaguantable le rodeaba, se pegaba a él como una fina película que se adhiriese a su piel. Grandes manchas de sudor oscurecían su fresca camiseta de algodón.

Cuando miró el reloj no pudo evitar una exclamación de disgusto. Eran las cuatro y media, y si no aceleraba no llegaría a Las Vegas antes de que oscureciese. “Tengo miedo de la oscuridad”, pensó, y no pudo por menos de reír a carcajadas, porque él siempre trabajaba de noche. La risa se llevó los últimos restos de tensión. Convencido de que había sido víctima de alguna clase de alucinación, arrancó. Instintivamente, se negó a mirar el lado donde la abolladura clamaba a agritos que todo había sido real.

No había pasado mucho tiempo cuando volvió a oír el claxon. Morgan presionó el acelerador sin mirar hacia atrás. En pocos segundos, la sombra le había alcanzado de nuevo. Con otro brusco viraje, el coche invisible se lanzó sobre el “Pontiac”. Morgan lanzó un grito de auténtico terror. Resistió durante algunos segundos las embestidas de aquella locura, pero al final nada pudo hacer. Súbitamente pareció que el suelo se elevaba para recibirle en un suave colchón de tierra, el cielo bailó un rock rápido, y después todo fue oscuridad.

Morgan abrió los ojos.

Durante unos segundos se sintió desorientado. Le dolía todo el cuerpo y no recordaba nada. El “Pontiac” se había salido del camino y estaba incrustado en un enorme montículo de arena. Intentó abrir la puerta del vehículo pero no pudo. El dolor le aguijoneaba como un millar de finas alfileres. Dirigió una triste mirada al cercano camino. Entonces, vio, y recordó.

La sombra seguía allí, proyectada por la nada. Gritos y risas roncas cargaban el aire pesado de la tarde. Se abrió una de las puertas del coche invisible, al menos eso dedujo, porque a la sombra le surgió una extraña y alargada protuberancia, y se oyó un chirrido de metal. Alguien bajó, podía ver la sombra indefinida de un hombre.

Morgan se encogió sobre sí mismo mientras veía acercarse aquel producto del averno. Ahora podía saber también dónde se encontraba el fantasma, por sus claras huellas en la arena. Frunció el ceño. Él no creía en fantasmas, pero suponía que no tenían sombra, y que no dejaban huellas, ni nada. Una frase surgió súbitamente de su memoria… “Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio…”.

De pronto, se irguió en el asiento. El hombre invisible blandía una cadena, había podido ver su sombra claramente, e incluso oía su pesado tintineo aún.

(”Ven, Eddie, el tipo está vivo, ¿lo ves?”. “Sí, Bert, siento e calor de su sangre. Ahora bajo”)

Un nuevo chirrido y otro individuo bajó del coche. Éste se acercó con más rapidez. Las risas y las voces se oían ahora mucho más cercanas. Morgan comenzó a enloquecer de terror.

(”¿Traes el hacha, Eddie?. Ah, ya veo que sí. Vamos a darle una lección”)

La cadena rasgó el aire con un agudo silbido. Aunque estaba dentro del coche, Morgan cruzó los brazos sobre la cabeza para protegerse. Oyó un crujido espantoso, el grito del metal al ser cortado limpiamente. Los ojos de Morgan casi se salieron de sus órbitas. la cadena había abierto un largo boquete en el techo del vehículo. El otro individuo atacó también y agrandó el enorme agujero.

La mente de Morgan se negó a creerlo. Se enroscó, tratando de protegerse, cerró los ojos, y se hundió en las protectoras tinieblas.

- Esto es asqueroso.

La muchacha rubia hizo un mohín de disgusto mientras apretaba el disparador de la máquina fotográfica.

- Sí, lo es. Pero, entonces, ¿por qué no se va?. Ya sabe que ustedes, los periodistas, no dejan de molestar.

La muchacha rió y siguió haciendo fotos.

- Vamos, comisario, no sea duro y dígame adónde le han llevado sus investigaciones.

El comisario observó melancólicamente el montón de hierros retorcidos que alguna vez había sido un coche, y las oscuras manchas de sangre que salpicaban arena y metal. Unos hombres trabajaban con sopletes para sacar del vehículo los restos de la víctima, posiblemente un varón, aunque aún no podía estar seguro. Demonios, para el caso, incluso podía haber más de uno.

- A ningún sitio, Lynn, a ningún sitio – murmuró – El caso es que… – el comisario dudó y volvió a examinar el lugar del crimen, frotándose la barbilla – Pero, no, no puede ser.

- ¿Qué está murmurando? – inquirió ella, mirándole. La curiosidad brillaba en sus ojos azules – ¿Ha descubierto algo?.

- No, no – el comisario agitó la mano alejando esa suposición – Es que todo tiene la marca de Los Salvajes de la Arena.

- ¿Los Salvajes de la Arena?. ¿Aquellos dos individuos que atacaban a los viajeros hace años?.

- Los mismos. Eddie y Bert, dos asesinos locos. Eran demoníacos.

- Pero, ¿no murieron? – preguntó extrañada Lynn – Sí, estoy segura, están muertos.

- Por eso digo que no puede ser.

Lynn agitó la cabeza, alejando aquellas estúpidas ideas. “Este pobre hombre empieza a chochear”, pensó. Bueno, allí no tenía nada más que hacer, y el espectáculo era muy desagradable.

Se dirigió a Las Vegas bajo un sol que parecía derramar plomo líquido sobre la tierra. En pocos minutos se encontró en medio de la nada, ni un alma en muchos kilómetros.

¿O sí?.

Entonces, creyó oír un claxon.

© Yolanda Díaz de Tuesta

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