TERCERA ÉPOCA
Año: 2009
Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported
(VI PREMIO VI CERTAMEN DE USUARIOS BUBOK. tema: El Ego)
– ¡A cenar!
Era Nochebuena, y la voz de doña Juana repiqueteó por la casa, alegre como una campanilla navideña. De inmediato, los huéspedes de la pensión empezaron a pasar al comedor, arrastrando varios siglos entre todos, y un buen número de achaques. No en vano eran personas de edad, que llevaban, en su mayoría, mucho tiempo allí alojados: el señor Bartolomé, su hermano don Hilario, y la señorita Fulgencia, concretamente, eran los más antiguos; estaban allí desde antes de nacer la nieta de doña Juana, la pequeña Petra, que contaba ya doce años. Sólo Ángel Jifero, el huésped más reciente, con sus tres meses escasos compartiendo el mismo techo, hizo caso omiso a la llamada.
En realidad, ni siquiera la había oído. Sus ojos seguían fijos en el periódico que había estado leyendo en el sillón junto a la chimenea. Una tonta foto navideña ocupaba la portada, encabezando un artículo más ñoño aún, de ser posible. Sólo en una nota minúscula, junto al siempre presente anuncio de la Ferretería Barrios, se mencionaba que ese año, por primera vez en medio siglo, el Matarife de Chambona no había dejado su sangrienta felicitación a la ciudad…
Don Ángel apretó los dientes, lleno de rabia. ¡Pero qué panda de inútiles! ¡Mira que dispuso cuidadosamente las pistas, como cada Navidad! ¡Mira que lo dejó todo listo para que localizasen el cuerpo justo en Nochebuena, para que todos supieran que ÉL seguía allí, como año tras año, siempre más listo, más astuto, siempre un paso por delante de todos! Incluso, esa misma mañana, había tomado un café con el comisario López, el principal encargado de la investigación de los asesinatos, y se había ocupado de comentar el tema, insinuándole discretas pistas…
López. ¡Ja! ¡Qué decepción! En un primer momento, cuando se corrió la voz de que enviaban un investigador de gran prestigio desde la capital, don Ángel había llegado a pensar que, quizá, podría tratarse de un semejante, un igual, otra mente preclara atrapada, como él, en aquel inmenso océano de entendimientos retardados. Alguien con quien poder hablar de frente, de tú a tú, disfrutando juntos de la broma íntima. La idea había resultado tan… consoladora. De alguna manera, antes de conocerle personalmente, y en los primeros momentos de su relación, hasta había llegado a sentirse un poco menos solo.
¡Qué equivocación! López había demostrado ser tan tarugo como todos. ¡Un año después, no sólo seguía sin sospechar de él, sino que hasta le consideraba su amigo! ¡Qué cruel decepción! ¡Qué terrible era, tener que vivir en un mundo que, claramente, no estaba a su altura!
Frustrado, Don Ángel apretó los puños, arrugando inconscientemente los bordes del periódico.
– ¿Don Ángel? – la voz le sobresaltó, pero se jactaba de haber aprendido a controlar férreamente sus emociones. Doña Juana, le estaba sonriendo – ¿No me oyó? La cena ya está dispuesta…
– Oh, sí, claro – cerró el periódico, lo dejó en la mesita, y se puso en pie, cómodo con la personalidad del amable caballero, algo tímido, que conocían en aquel sitio. Le devolvió la sonrisa, cortésmente – Permítame que le diga que está especialmente encantadora esta noche, mi querida señora.
– ¡Usted siempre tan galante! – replicó ella, mientras le precedía hacia el comedor. Los demás ya habían ocupado sus sitios – Pero se lo agradezco de corazón, bien sabe Dios que, a partir de cierta edad, cualquier halago es bien recibido – volvió a sonreír, coqueta, retocándose el moño. Don Ángel tenía muy claras sus intenciones; al fin y al cabo, él también era un cazador. Pero, a diferencia de Juana, no solía cazar en el propio terreno…
Se detuvo, con la mano en el respaldo de la silla.
Claro, ¿por qué no? Quizá era justo eso lo que necesitaba López, y también aquella ciudad de mierda, una buena sacudida, algo que la hiciera temblar hasta los cimientos. Además, debía reconocer que empezaba a aburrirse con “El Juego”. Al principio resultaba divertido, y, luego, al llegar López, recuperó parte de la vieja emoción… Pero hacía mucho que se había vuelto monótono, tedioso, carente de todo desafío. Ya no tenía aliciente… Año tras año le había quedado claro que estaba solo, una mente brillante, privilegiada, atrapada y desperdiciada en un mundo de necios…
Don Ángel sonrió, tomando la decisión. Ese año, Chambona tendría dos regalos de Navidad, se merecía dos regalos de Navidad, el que ya esperaba, blancura envuelta en nieve, y el que prepararía esa misma noche, al acabar la cena. Más riesgo. Más diversión.
Sólo quedaba elegir la víctima…
– Le he servido un poco de vino – le dijo el señor Bartolomé, sentado a su izquierda. A su derecha, la señorita Fulgencia lanzó una risita estúpida. Qué mujer. Por lo que sabía, había sido maestra, llevaba veinte años jubilada, y nunca se había casado. Quizá por eso seguía adoptando las maneras virginales de una niña, que, en su caso, resultaban ridículas. Vieja tonta. Matarla no tendría esfuerzo, ni mérito… La descartó.
– Es una pena que no tenga usted ninguna familia, don Ángel – comentó doña Juana, mientras empezaba a pelar una gamba, sin darse cuenta de que se estaba decidiendo su destino. No, ella no. Si ella moría, cerrarían la pensión, y se sentía cómodo en aquel sitio, se había acostumbrado rápidamente a él. Era tan discreto, tan oportunamente retirado… Esperaba seguir allí durante mucho tiempo – Porque, me dijo que no tenía a nadie, ¿no?
– Absolutamente a nadie, mi estimada señora – repuso, y agitó la cabeza, en un gesto lleno de fingida pesadumbre – Desde que mi querida Emiliana falleció, me he quedado muy solo en el mundo. Hace ya años que no paso una Nochebuena así, con compañía.
– Claro, claro – convino don Bartolomé, limpiándose la grasienta barbilla con la servilleta. Don Ángel pasó una mirada rápida sobre él y sobre su hermano, don Hilario. Sólo en contadas ocasiones había utilizado hombres en “El Juego”. No le gustaban. No disfrutaba con su olor, ni con su sabor… – Y dijo que tampoco tiene amigos, ¿no?
– Me temo que, los pocos que hice, ya fallecieron – sonrió y le hizo un guiño a la pequeña Petra, que le miraba con cara de boba desde su sitio, a la derecha de doña Juana. Ésa, decidió, casi arrebatado por el deseo de tocar una carne tan tierna y aromática. ¡Con ella se le ocurrían juegos que llevaba tanto tiempo sin jugar…! Se sorprendió al pensar en ello, al recordar aquella niña de largas trenzas que lo desencadenó todo con un grito, medio siglo antes. Tenía unos ojos tan negros, era tan blanca la nieve… Se sintió excitado, sólo de pensarlo. Carraspeó, colocándose la servilleta sobre el regazo – Por eso me alegra tanto estar aquí.
– Es comprensible – don Bartolomé alzó su copa, don Hilario le imitó. Las damas hicieron lo mismo – ¡Se nos ha olvidado brindar! ¡Siempre brindamos, en Nochebuena!
– Feliz Navidad… – don Ángel también levantó la copa. Hubo un confuso entrechocar de cristales sobre la mesa, todos sonriendo y felicitándose. Probó el vino. Era mejor que el que solían servir a diario, pero no mucho más. Y estaba mal conservado, tenía un regusto ligeramente amargo – Me alegro mucho de compartir estas fiestas con ustedes.
– Usted no podía faltar. ¡Y, menos, mañana! – sonrió doña Juana – Siempre comemos juntos, en Navidad.
Por alguna razón, aquella frase, le puso nervioso. O quizá no fue la frase, sino el tono, o el modo en que le estaba mirando. No sólo ella, todos, descubrió entonces, sorprendido. Todos le estaban mirando, mientras el comedor parecía contraerse y derretirse por los bordes de su visión, distorsionándose, confundiéndose líneas y formas, disolviéndose los colores una y otra vez sobre sí mismos. Don Ángel se estaba preguntando qué demonios pasaba, cuando la mesa se levantó repentinamente, estampándole el plato de sopa en la cara. Tardó un segundo en comprender que era él quien se había caído de bruces. La copa escapó de entre sus dedos, rodó lentamente, derramando el vino sobre el delicado mantel, dibujando un reguero tan rojo que parecía sangre…
– Espero que este año haya calculado mejor la dosis, señor Bartolomé – oyó decir a la señorita Fulgencia – Sabe que no me gusta nada que le dé sabor a la carne.
Y, luego, mientras se perdía definitivamente entre las sombras, la voz infantil de Petra, enojada y anhelante:
– ¡Este año, yo quiero muslo!
© Yolanda Díaz de Tuesta
|
Pingback: Concurso de Usuarios Bubok « Díaz de Tuesta