Díaz de Tuesta
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Ya voy, querido Smithy…
PRIMEROS RELATOSAño: 1983 Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported Este relato corresponde a aquellos lejanos tiempos en los que pensaba que si las localizaciones y los nombres no eran extranjeros, concretamente anglosajones, el texto no podía ser “serio”. Consecuencias de haber crecido saturada por traducciones, en un país donde pocas veces se ha respetado y potenciado la propia cultura en los ámbitos editoriales, grandes maquinarias de traducción. Todavía hoy en día, en ciertos géneros, si eres escritor y escribes en español, lo tienes claro. No sabía en realidad la dirección que había tomado, pero intuía que eso carecía de importancia. Una cálida brisa acarició su rostro, y Smithy sintió cómo lo atravesaba sin lanzar siquiera el suave suspiro que producía al mecer las ramas de los árboles cercanos. Siguió caminando. No, caminando no, pues aunque algo le impedía mirar hacia el suelo y le obligaba a mantener los ojos en alto, sabía que no tenía piernas, que todo su ser era transparente, etéreo e incorpóreo. Y también sabía, para su pesar, que estaba siendo atraído por alguna razón a aquellos barros de las afueras de la ciudad. Una pared de piedra se alzó ante él. La idea de que tenía que traspasarla surgió de improviso (tienes que atravesarla, Smithy) pero no fue una sorpresa. Dejándose llevar por la brisa, Smithy atravesó la pared. No sintió absolutamente nada, lo cual le extrañó. Sin embargo, pronto olvidó ese detalle. La razón de su vagar solitario se alzaba ante él. Un cartel viejo y deteriorado indicaba: OFICINA DE CORREOS. Smithy se preguntó qué querría decir todo aquello. Conocía la zona. Se encontraba en los barrios del puerto, donde la miseria y el eterno olor a pescado parecían entremezclarse hasta formar un todo único de degradación. El edificio de correos, el más importante de la zona, de una sola planta y pintado con un gris falto de inspiración, exhalaba un aire de rutina y de abandono que distaba mucho de ser, siquiera, interesante. Entonces Smithy se dio cuenta de dos cosas. La primera fue que descubrió que era de día cuando segundos antes “flotaba” en una noche neblinosa, sin estrellas. Donde antes reinaba la quietud de la oscuridad, ahora mandaba el ruido y el jolgorio propio de los barrios de la periferia. Smithy vio que una mujer con un gran cesto de verduras caminaba hacia él. Intentó apartarse, pero sus reflejos fueron lentos, y la mujer estaba demasiado cerca. Cerró los ojos y esperó el encontronazo, pero no pasó nada. Smithy se volvió sorprendido y la vio alejarse en dirección al mercado. Entonces recordó que él sólo era una sombra, y comprendió que ella se había limitado a traspasarla. La segunda cosa de la que se dio cuenta fue de que sabía exactamente la hora y el día en que se encontraba. Era el once de abril, a las diez de la mañana. Desorientado, sin saber qué demonios hacía allí ni adónde ir, miró a su alrededor. ¿Qué le había atraído a aquel decrépito edificio? (sí, Smithy, ¿qué te ha atraído hasta aquí?) Estaba pensando en tratar de deslizarse hacia la parte del puerto cuando una terrible explosión hizo que la oficina de correos se elevase más alto de lo que nunca hubiera podido soñar. Voló convertida en miles de fragmentos compuestos de piedra, hierros, carne… Cientos de gritos histéricos atravesaron el aire de la mañana y se enredaron en los jirones de humo que se alzaban desde el edificio en llamas. Varias personas, héroes anónimos, acudieron a ayudar, pero sólo pudieron contemplar impotentes cómo lo consumía todo el fuego. Smithy intentó acercarse, pero de pronto volvió a rodearle la oscuridad y se sintió lanzado hacia arriba, arriba, cada vez más alto, y lo invadió el pánico, el temor a dejar de ascender y caer, así que cuando comenzó el descenso no pudo evitar lanzar un grito de terror. (adiós, Smithy, adiós) Un sudor frío cubría su cuerpo. Tenía el pijama empapado y las sábanas desprendían un desagradable olor a rancio. Las apartó con repugnancia y se sentó trabajosamente en el borde de la cama, de donde estuvo a punto de caer. Odiaba aquellas pesadillas. (¿son pesadillas, Smithy?) La mujer del cesto el chico de los periódicos el barbero que afilaba su navaja bajo los gratificantes rayos del sol la muchacha de mejillas sonrosadas (¿son simples sueños, Smithy?) No. Él sabía que todo era real. Ya le había ocurrido otras veces. Soñaba con acontecimientos que no tardaban en convertirse en realidad. Durante unos segundos sopesó la idea de contárselo a las autoridades, pero luego la rechazó. No quería que le tomasen por loco. Unos golpecitos suaves en la puerta le sacaron de su abstracción. - Smithy – murmuró la voz almibarada de Herbie, con el acento arrastrado de su ciudad natal – Smithy, ¿te encuentras bien? ¿Puedo pasar? Te traigo el vaso de leche – anunció como si con ello dispusiera del más valioso de los salvoconductos. - Pasa – respondió malhumorado Smithy. El cuerpo bajo y regordete de Herbie apareció en el umbral, y Smithy volvió a sentir el mismo desagrado de siempre ante la vista de aquel sujeto calvo y untuoso. Años atrás se había asociado con él por una simple cuestión de negocios, pese a que sintió un rechazo hacia aquel sujeto desde el principio. Hoy día seguían unidos por inercia, pero el rechazo se había convertido en repugnancia. - Está templadita – dijo Herbie, acercándose y tendiéndole un vaso lleno de leche hasta el borde – Te ayudará a dormir. - ¿A dormir? – Smithy le miró, buscando la ironía en los ojos acuosos y descoloridos. Estaba seguro de que Herbie le odiaba más de lo que estaba dispuesto a mostrar – No necesito dormir, gracias. - De todas formas… Cuando Herbie salió de la habitación, Smithy se quedó contemplando el líquido blanco del vaso. ¿Y si aquella pequeña rata de Herbie había echado veneno en la leche? Durante unos segundos de indecisión, el miedo comenzó a cebarse de nuevo en él, como un lobo con su presa. Se levantó y se dirigió hacia el cuarto de baño para vaciarlo en el lavabo. Sólo cuando estaba a punto de hacerlo recapacitó. “No”, pensó. “Herbie no me mataría nunca así. Él quiere quedarse con el ciento por ciento del negocio, y envenenándome sólo conseguiría una celda en prisión. No, él intentará algo distinto, algo por lo que no puedan culparle”. Dudó. “Un accidente”. Entonces, se quedó rígido. Olvidando que llevaba todavía el vaso lleno, volvió a la habitación y se abalanzó sobre el calendario (¿qué vas a hacer, Smithy?) Nueve de abril, cuatro treinta de la madrugada…. (¿qué te propones?) Smithy sonrió. Pasaron dos días en los que Smithy se sorprendió varias veces mirando fijamente a Herbie, con una mezcla de alegría y satisfacción que ni siquiera a su torpe socio le pasó inadvertida. - ¿Por qué estás tan contento, Smithy? - Por nada, por nada, Herb. (si tú supieras, pequeño y gordito Herb) Las horas iban pasando enloquecedoramente lentas, arrastrándose, negando su cooperación a Smithy. Pero finalmente se acabó el día diez. Smithy oyó las campanadas del reloj de la plaza mientras limpiaba el mostrador. Doce campanadas, cada una con una promesa, una esperanza. Se estaba sonriendo a sí mismo a través del espejo de la pared, cuando oyó unos golpes en la puerta del local. - ¡Está cerrado! – gritó, y luego murmuró – ¡Qué falta de consideración a estas horas! Volvieron a llamar. Insistencia. - ¡Fuera de aquí, borrachos! ¡Id a dormir la mona debajo del puente! Toc. Toc. Toc. Smithy se abalanzó sobre la puerta (¿quién es, Smithy?) y la abrió de golpe (un mensajero del destino, Smithy) y vio una mujer inmensamente vieja, con el ralo cabello descolorido, metamorfoseado en duras hebras de algo parecido a la cuerda. Abría y cerraba su boca desdentada, pero Smithy no conseguía entender lo que decía, si es que decía algo. - ¿qué quiere? – preguntó abruptamente. La mujer se detuvo en sus gesticulaciones, pareció serenarse algo y lo miró fijamente. Cuando habló su voz sonó fría y lejana, como un eco. - Vengo a prevenirte, Smithy. Smithy no se sorprendió de que supiera cómo se llamaba. Cuando se es dueño de una pequeña cantina todo el mundo conoce tu nombre. Lo que sí le dejó aturdido fue el mensaje. - ¿Prevenirme? ¿De qué? – “Herbie”, pensó inmediatamente. “Esta vieja viene a decirme que tenga cuidado, que Herbie intenta matarme” – Váyase, señora. - No lo hagas – él se quedó mirándola, ahora totalmente aterrorizado – No intentes cambiar el Destino, porque él se vengará. - ¿Qué quiere decir? – balbuceó Smithy. La vieja dio un paso hacia delante, y él retrocedió. - Quiero decir que Herbie no tiene que morir mañana. No es ese su destino, y nadie es quién para cambiar el rumbo de las vidas de los demás. - Tonterías. La mujer le miró. Había diversión y regocijo en sus ojos. Smithy supo que estaba contenta por haber conseguido asustarle. - Yo ya te he advertido. Antes de que Smithy pudiera reaccionar dio media vuelta y se alejó con una rapidez inimaginable en alguien tan anciano y decrépito. - ¡Eh! – gritó Smithy, y salió corriendo en pos de la mujer. Ella dobló una esquina, y él sonrió. Se había metido en un callejón sin salida (ya te tengo, ya te tengo) y él ya le pisaba los talones. Dobló una esquina un segundo después que ella y el corazón se le encogió en un espasmo de terror. El callejón estaba vacío. La vieja se había esfumado en la noche. Después de pensarlo durante toda una noche de insomnio, decidió que se había encontrado con una pobre loca. Bien, ella sabía que él pensaba asesinar a Herbie de una forma “especial”, pero, ¿no podía ser acaso que ella fuera telépata o cualquier otra extraña cosa? Al fin y al cabo él tenía la capacidad de ver el futuro en sueños. ¿Por qué no iba a tenerla también aquella vieja? Realmente no era un peligro. Si iba a la policía a denunciarle terminaría en una clínica psiquiátrica para indigentes, donde moriría en cualquier rincón, olvidada de todos. Quién sabe, sonrió, quizá él pudiese “ver” su muerte alguna noche. Conscientemente rechazó el mensaje de advertencia y la desaparición en el callejón. Los archivó en una zona oscura y lejana de su mente, dispuesto a no volver a pensar en el asunto jamás. A las nueve y cuarenta y cinco le indicó a Herbie que se acercase a él. El hombrecillo estaba sirviendo desayunos en las mesitas del salón, pero acudió presuroso a la llamada de Smithy. - ¿Qué quieres? – preguntó solícito. - Tengo que ir a recoger un paquete, Herb – dijo más amablemente que nunca. Las rollizas mejillas de Herbie se sonrojaron, y Smithy se preguntó si realmente sería de placer, o como sospechaba, de furia controlada por el odio. - Yo iré a buscarlo. Puedo ir en cinco minutos. - No. Tienes que ir a la oficina que está cerca del puerto. Me dijeron que lo enviarían allí, no sé por qué. Toma – y le entregó una autorización para recoger un paquete a su nombre (¿qué paquete, Smithy?) y le sonrió exageradamente casi. (¿tu corazón sangrante?) después de tantos años de desdenes – Me dijeron que para las diez estaría, pero quizás tengas que esperar un poco. Yo atenderé esto. - Muy bien – y, como despedida – Ya voy, querido Smithy. Herbie se puso una anticuada chaqueta y salió caminando con su pasito rápido y nervioso. Smithy dudó unos segundos. Quería asegurarse de que todo estaba bien, de que no habría fallos. Hizo una señal a Owen Morris, que a veces le ayudaba en la barra. El joven se acercó. - Oye, Owen, ¿puedes hacerte cargo de esto un poco? Herbie ha ido a correos a enviar n telegrama y se ha dejado aquí el texto – dijo, mostrándole un papel doblado. Por supuesto, no había nada escrito en él – Voy a alcanzarle y a entregárselo, si no, no va a saber qué hacer, ya sabes cómo es. - Muy bien, señor Smithy. Smithy corrió apresuradamente por las calles en dirección al puerto y llegó a ver cómo Herbie entraba en el edificio. Comprobó el reloj. Diez menos tres minutos. Se agitó impaciente en la acera. Miró hacia la derecha y vio a la mujer con el cesto de verdura que se abalanzaba sobre él. Smithy no pudo apartarse, chocaron y las verduras estuvieron a punto de caer al suelo. - A ver si se aparta… - Mire usted por dónde va… La mujer se alejó en dirección al mercado murmurando atrocidades. Entonces, el edificio estalló. Smithy fue arrojado hacia atrás por la onda expansiva y quedó empotrado en medio de un montón de cajas llenas de basura. Sin embargo no sintió su desagradable perfume porque el aire estaba cargado de olor a fuego, humo, pólvora y carne asada. (la carne de Herbie, Smithy) Se levantó trabajosamente y se alejó de allí. Lo último que oyó fueron gritos de “¡Una bomba! ¡Una bomba!”, y la sirena de los bomberos. Durante los diez días siguientes no tuvo un momento de descanso. Cerró el local como muestra de luto y fue interrogado por plácidos policías, simples formalidades, porque no tenían ninguna sospecha. - ¿Y a qué fue el señor Herbert Thomason a esa oficina?. ¿No había otra más cerca?. (sí, Smithy, ¿por qué fue Herbie allí?) - No lo sé, agente. Creo que habló de que tenía que recoger un paquete. (mentira, Smithy, mentira. Eres un sucio mentiroso) Más tarde tuvo que ir al notario, donde se llevó la sorpresa de su vida. - Sí, señor Smithy. El señor Thomason le deja a usted, además de su parte del negocio, lo cual ya estaba estipulado en el contrato de sociedad, respecto a que si faltase uno de los socios el ciento por ciento repercutiría en el socio superviviente, pues le deja, decía, todo su dinero, que alcanza la nada despreciable cantidad de catorce mil trescientos dólares – el notario le miró con fingida pena profesional – Los ahorros de toda una vida. Smithy introdujo la llave en la puerta de la cantina con un vago gesto de pesar. Realmente lamentaba haber matado a Herbie. No había sido tan mala persona después de todo. En realidad, toda su culpa era serle tan repulsivo. Entró y cerró de golpe. Dio unos pasos hacia las escaleras, suspiró y se encogió de hombros. Bueno, ya estaba hecho, y de nada servía lamentarse. De pronto percibió un olor extraño. Miró hacia lo alto de las escaleras. Oscuridad. Ligeramente alarmado, empezó a subir. (vamos, Smithy, te estoy esperando) Creyó oír susurros entre las tinieblas. Abrió una puerta (no, Smithy, no. Frío, frío) pero no había nada. Avanzó por el estrecho pasillo (templado, templado) hasta su habitación (caliente, caliente) y entró. (te quemaste, Smithy, te quemaste) Una bocanada de aire fétido salió a recibirle. La puerta se cerró de golpe tras él y quedó en la más completa oscuridad. (aquí estoy, Smithy) (te traje el paquete) Algo apretó el botón de la luz, y, entonces, Smithy lo vio. |
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