Año 795. Jacobo Wender

TERCERA ÉPOCA

Año: 2009

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(Anotaciones sobre el tema a lo largo del año 795)

Ha sido terrible, terrible, TERRIBLE. Los ha matado a todos. Ya no queda ningún miembro de la Orden de las Santas Aguas en Aisildur.

Yo ya sabía que habían vuelto a su antigua tarea, he colaborado con ellos incontables veces, ¿por qué no iba a hacerlo?. Desde que la Hermandad de Shû cayó bajo la bota katanyan, y la Orden de las Santas Aguas se reestructuró en la clandestinidad, son los únicos en los que he podido confiar realmente, pese a no estar de acuerdo en algunas de sus decisiones. Han buscado permanecer separados, en pequeños núcleos independientes, en un intento de protegerse. La caída de un grupo, no provocaría la caída de toda la Orden. En sí, tiene cierta lógica, pero, por lo que me dijo mi mentor, el anterior Owend’Aruum, esos núcleos actuaban de forma demasiado independiente en ocasiones. Últimamente, tal como me contó su líder de Aisildur, Bartolomé La Guardia, apenas mantenían algún contacto anual, para comprobar que seguían existiendo.

Pero, esa división, además de una protección era un problema, aunque no supieran verlo. Cada grupo estaba derivando por su cuenta, y estaban olvidando que, todos ellos, formaban en su origen parte de una única misión, misión que ahora había recaído por completo en este pequeño grupo de Aisildur. El resultado es, o era, que estaban perdiendo retazos de la historia completa.

Supongo que ya no importa. Los de Aisildur están ahora todos muertos.

Bartolomé tenía razón, la Iglesia de Arianna se toma con poca seriedad la custodia de la cripta. No es desidia, es ignorancia. No se enfrentó con el problema antes, y no recuerda el miedo, el pánico sufridos, y lo que costó conseguir la victoria. Como consecuencia, tras un ligero interés inicial, ha dejado de comprobar los sellos y el mecanismo que permite el movimiento continuo de las aguas. No fue un gran problema. Los de la Orden han seguido cuidándolo, a riesgo de ser descubiertos, desde que encontramos el paso desde el templo de Arianna. Se supone que hay entradas desde otras criptas, pero no hemos encontrado ninguna, una pena. Bien saben las Runas que la propia fortuna de los Wender se ha visto muy reducida a costa de comprar polvo de Kayx para poder pasar por las diversas secciones de las catacumbas.

El grupo de Aisildur eran tres, Bartolomé, Julio Ramos, y Melchor Méndez. Y aunque estaban decididos a entregar sus vidas por la santa causa, no todos eran igual de fuertes.

No sé cuándo consiguió Baltasar atravesar las barreras mentales de Bartolomé. Eligió bien, desde luego. Como jefe del grupo, era el más capaz, el más fuerte, y el más decidido, pero… no sé. Supongo que su fe empezaba a quebrarse. Tenía demasiadas dudas, era un hombre demasiado infeliz. Toda su familia había muerto, estaba solo, se preguntaba qué sentido tenía el haber vivido… Vino a mí en alguna ocasión, charlamos, pero está claro que no fui de gran ayuda.

Aún me pregunto si fue una intuición natural, o mi condición de Owend’Aruum, la que me impulsó a acudir anoche a las catacumbas. Encontré el cadáver de Melchor Méndez en las escaleras, apuñalado por la espalda. Julio Ramos estaba en uno de los largos pasadizos, intentando controlar la marea de sangre con la que se iba su vida, surgiendo el profundo tajo que atravesaba de lado a lado su vientre. Me miró, aunque en un primer momento pensé que no podía verme, cegado por el dolor.

– Detenle… – dijo, sin apenas aliento – ¡Jacobo, rápido!. ¡Párale antes de que cometa una atrocidad…!.

El corazón me dio un vuelco dentro del pecho. Desenvainé la espada mientras recorría los últimos metros hacia la cripta de Baltasar. No tenía Kayx, había olvidado llevar la bolsita de polvo que guardaba en casa para las catacumbas, así que arrojé rápidamente uno de mis anillos. Una antigüedad, de Kayx, muy valiosa, imbuida de poderosas magias. Daba igual, hubiera dado toda la fortuna Wender, y los fondos secretos de los Owend’Aruum con tal de abrir aquella puerta. Si aquel loco conseguía su objetivo, estábamos acabados.

Yo ya había estado allí, otras veces. La cripta de Baltasar Duquet es inquietante, fría, envuelta siempre en el fulgor rojo que emite la poderosa fuerza de voluntad que permanece allí atada y constreñida. En las esquinas contrarias, formando las tumbas de piedra un perfecto triángulo, se encuentran los féretros de sus dos Sirvientes Mortales. Por lo que tengo entendido, un vampiro puede conseguirse un Siervo Mortal para realizar tareas que a él le resultan imposibles, por ejemplo, actuar bajo la luz del sol. Baltasar Duquet era tan poderoso que, según las crónicas, poseía dos Sirvientes Mortales, hombre y mujer, que le servían como leales esclavos. Nada dicen de quiénes fueron antes de encontrarse con Duquet, pero sí que algún día se desvelarán sus nombres, para asombro de vivos y muertos. Qué puede significar eso, no lo sé, y me preocupa.

Cuando entré, Bartolomé estaba inclinado sobre uno de los surtidores del mecanismo que mantiene el movimiento continuo del agua, intentando detener su flujo, primer paso para liberar al vampiro. No hice ruido, lo sé, pero supongo que Baltasar le advirtió de mi presencia, porque me miró. Tenía los ojos desencajados, y una babilla de idiota se deslizaba por la comisura de sus labios. Recuerdo que pensé que sólo era un muñeco, una triste marioneta. Un cuerpo hueco, ocupado por otro espíritu.

– Corre lejos, corre rápido, Owend’Aruum… – susurró Bartolomé, confirmando mis sospechas. Era su voz, pero no era su voluntad la que movía aquella boca, ni su mente la que me contemplaba a través de aquellas pupilas monstruosamente dilatadas. Allí estaba yo, Jacobo Wender, el Owend’Aruum de la época que me había tocado vivir, ante Baltasar Duquet, el Terror de la Noche, el miedo que corroía los cimientos de Aisildur – Da lo mismo. Cuando llegues al final de tu huida, me encontrarás esperándote…

No sabía qué hacer. Caminé a un lado, al otro, haciendo oscilar suavemente la espada, estudiando la situación, calculando ángulos, considerando respuestas. Él siguió el movimiento con los ojos. Noté la presión. Quería entrar en mi mente, aniquilarme con una agónica sensación de pánico y desesperanza. Apuntalé mi propia voluntad, apreté los puños, y desafié al vampiro.

– No voy a correr – le dije – No veo la necesidad. ¿Qué ocurre, Duquet?. ¿Tras tantos siglos necesitas que te recuerden una vez más que puedes ser derrotado?.

La furia es enemiga del control, y la falta de control provoca debilidad. Así me lo decía mi mentor, y estaba en lo cierto. Baltasar se enfureció. La presión mental disminuyó.

– Tú necesitarás muchos más para lamentar debidamente tu osadía, mortal. Soy parte del comienzo, soy parte del final. Conmigo todo termina. Soy el destino de Aisildur, no intentes oponerte – su mano se cerró sobre el tubo del surtidor, y con una fuerza titánica, mayor que la de cualquier humano, imposible en el hombre que conocí como Bartolomé La Guardia, lo aplastó, obstruyendo el paso del agua. El surtidor se detuvo.

Qué puedo decir de lo que ocurrió a continuación. No sé si fue un acierto o si estuve a punto de provocar un desastre. Simplemente, llevado por el impulso de querer impedir aquello, lancé un tajo y corté su mano, y la sangre fluyó, un chorro rojo, impetuoso, un remedo de surtidor, tiñendo de rojo las aguas. La sangre se mezcló con las ondas, girando y girando alrededor de la tumba, llegando a la piedra…

Un golpe profundo estremeció el ataúd.

Baltasar Duquet ya no era un cúmulo de cenizas pensantes, había recuperado su forma física. Y esa forma física pugnaba por abrir el ataúd desde dentro. Lo único que podía contenerle ahora era el agua. Doble movimiento de agua, el río, y el mecanismo…

Tenía que mantener el flujo, podía conseguirlo con un simple conjuro que abriera nuevamente el orificio del surtidor, pero Bartolomé no quería darme la opción. También él estaba armado, y manejaba la espada con la izquierda con una habilidad que yo sabía que no había tenido antes. Incluso consiguió encadenar un par de conjuros que me hicieron considerar la posibilidad de que no saliera vivo de aquella cripta. Nos movimos por el lugar, entrechocando las espadas, resbalando torpemente entre los canales donde el agua se movía cada vez más lentamente, más roja, más llena de sangre. podía percibirs el hambre, el ansia, de Baltasar, cada vez con más claridad, hasta estar desatadas por completo, y las respuestas mudas de los Sirvientes, bullendo en su sueño.

Golpe, golpe, golpe…. Sólo las cadenas conseguían contener la tapa de aquel ataúd, y estaban cediendo…

El agua, lenta… lenta… cada vez más lenta…

Más por suerte que por pericia, conseguí hundir la espada en el corazón de mi adversario, y oí dos gritos, casi a la vez, pero no del todo. Bartolomé se derrumbó sobre mí, en las aguas del canal. Más sangre, más ansia…

Sus ojos volvían a ser suyos. Había demasiado dolor y muerte como para pertenecer a una criatura como Baltasar.

– Avisa a los del Herzbrück… – susurró, sangre en su rostro, en sus manos, sangre fluyendo con el agua – Hay que reforzar los sellos…

Bartolomé La Guardia murió allí, entre mis brazos, en el agua casi estancada del mecanismo. Abrí el conducto del surtidor, reanudé el flujo pese a los gritos de rabia de Baltasar y a sus intentos de posesión, y me llevé el cuerpo de mi amigo, tratando de cerrar mi mente a todo lo demás.

Fuera, Julio estaba muerto. Dejé a su lado a Bartolomé.

Envié un mensaje al Herzbrück, a la sede del último grupo que quedaba en Oniria, de la Orden de las Santas Aguas.

(Anotaciones sobre el tema a lo largo del año 800)

Esta noche, tarde, han golpeado la puerta tres veces. Una visita inesperada.

Abrí yo mismo, estaba despierto aquí, en la sala secreta, el único lugar donde consigo mantenerme alejado de la presión de la mente de Baltasar. No dejo de oírle, pero es más suave, mucho más lejano, a veces hasta consigo conciliar el sueño, aunque quede atrapado en pesadillas. Si no fuera por esos breves descansos, me hubiera vuelto loco.

Por eso llegué antes que el anciano señor Macario, el mayordomo, al que vi acercarse precipitadamente, con su camisón, su ridículo gorro de dormir, y una palmatoria para iluminarse. Pobre hombre, estaba pensando yo, y que había llegado el momento de darle un retiro, con alguna pequeña casita en Aisildur donde pudiera pasar sus últimos años, cuando abrí la puerta y vi a mi visitante.

Era un hombre alto y delgado, elegante, extremadamente pálido, algo que destacaba más el traje oscuro. Sí que pensé en un primer momento que pudiera ser un vampiro, mis miedos mortales son a veces más rápidos que mis instintos de Owend’Aruum. Luego supe que no, no era un vampiro, pero sí un hexeno, y alguien con un sentido del humor muy poco imaginable en alguien así. Tal como me dijo luego, durante nuestra charla, los habitantes del Ocaso Eterno no suelen tener la piel muy tostada, precisamente.

Su nombre era Rolande, llamado Du Seuil por su cargo, un hombre agradable, de buen trato, culto y educado. Era, además, el miembro de la Orden de las Santas Aguas enviado en respuesta a mi mensaje y debido al silencio de su grupo en Aisildur. Estaban preocupados… Cuando le expliqué la situación, Rolande comprendió que nos encontrábamos al límite. No esperamos más.

La noche siguiente, le llevé a la cripta, usando el paso que hay desde los subterráneos del templo de Arianna en el cementerio. Nos colamos sin que los religiosos nos vieran, últimamente andan más asustados porque captan la mente liberada de Baltasar.

Rolande tenía una espada soberbia. En su empuñadura, con runas de Kayx, podía leerse PAX. Cuando le pregunté al respecto, me contó que era una de las antiguas espadas forjadas por los herreros de la Hermandad de Shû, durante las Santas Campañas, para los guerreros que intentaban erradicar el vampirismo. Llevaban en su aleación una cantidad de oro que, en combinación con parte de la fuerza vital del usuario, las hacía especialmente dañinas con los vampiros (pues, a pesar de lo que piensan algunos, incluso yo mismo hasta que Rolande me lo mencionó, a los vampiros no les daña la plata, sino el oro, el metal del sol).

Además de lo excelente de su factura, algunas de esas espadas eran tan soberbias que podían imbuirse en ellas magias incluso más poderosas. A esas, los usuarios solían ponerles nombre, inscribirlo con Kayx en la empuñadura. La suya decía PAX, porque deseaba PAZ a las gentes que habían sido consumidas por la hechicería roja. Me dijo que algún día me hablaría de su primer propietario, el hombre para el que fue forjada, y quien la bautizó, pero nunca hubo, luego, oportunidad de hacerlo.

En la cripta de Baltasar, Rolande mostró una sangre fría admirable. Ignoró al vampiro, sus golpes, sus gritos, sus llamadas y sus promesas. Lo único que le dijo, la única vez que se dirigió a él, fue: “He nacido entre vampiros, mi Señor, y sé perfectamente qué puedo esperar de cada uno de ellos”. Baltasar Duquet estaba ciego de furia. El caos que generaba nos afectó, sangramos por nariz, orejas, ojos… pero no pudo doblegarnos, ni impedir que hiciéramos lo que habíamos ido a hacer. Solucionamos el tema del mecanismo definitivamente (yo había tenido que ir habitualmente, para asegurarme de que todo iba bien), y Rolande recompuso el Sello mágico.

En menos de un año, Rolande consiguió reestructurar la Orden de las Santas Aguas en Aisildur, con dos miembros venidos del Herzbrück, y dos recomendados por mí.

No sé si hice bien integrándole en la sociedad de Aisildur, pero era mi amigo, y deseaba tanto que se quedara… Las cosas fueron mejor de lo que nunca pude imaginar. Se enamoró de Silvia Nalaer, y llegaron a casarse.

(Anotaciones sobre el tema a lo largo del año 801)

Rolande y Silvia han tenido una hija, una niña preciosa, Geneviève. He tenido el honor de ser su padrino.

Él sigue buscando a Umbra, insiste en que Baltasar debió traerla con él, en los tiempos remotos de los Señores de Larken. He decidido ayudarle, aunque dudo realmente de que consigamos encontrarla. Pero, eso nos dará oportunidad de pasar más tiempo juntos.

Últimamente he estado demasiado tiempo viajando y ocupado en mis asuntos. Ya va siendo hora de que me tome un respiro.

(Anotaciones sobre el tema a lo largo del año 802)

Silvia ha fallecido, un mal del hígado dicen, qué lástima, tan joven. Rolande está destrozado. Nada de cuanto le he dicho ha conseguido consolarle. Ahora todo lo que le rodea le tortura, con miles de recuerdos.

Ha decidido irse al Herzbrück, y llevarse a la pequeña Geneviève.

Me ha regalado a PAX, y yo se la entregaré a mi sucesor. Será la espada de los Owend’Aruum a partir de ahora.

(Anotaciones sobre el tema a lo largo del año 822)

He tenido noticias de mi amigo Rolande. Los dioses deben realmente estar enojados conmigo. A mi edad, podría haber muerto sin llegar a enterarme, y bien les consta a las Runas que hubiera preferido no saber nada… Total, para qué. Estoy viejo, estoy cansado, estoy lejos, estoy imposibilitado, y ni siquiera puedo hacer que el tiempo retroceda.
Rolande está muerto.

Al parecer, el año pasado cayó en una emboscada del Príncipe de los Vampiros. Däer Morgawn. Por lo que me dijeron, quería interrogar a Rolande, el glorioso Däer sabe que estuvo en Aisildur largo tiempo, y deseaba obtener alguna información al respecto (¿quizá relacionado con Umbra, o con Baltasar?).. pero, Rolande siempre fue… no sé, valiente. Decidido. Un hombre excepcional, que se ganó mi admiración y mi amistad.

Me han confirmado que Rolande se suicidó durante el interrogatorio.

Qué loco, que soberbio loco. Le recuerdo, aquella primera noche, en el umbral de mi puerta, y luego, riendo en mi salón, bromeando sobre su carencia de bronceado. Han pasado tantos años… Ojalá consiga la paz, allá donde esté.

Para conseguir la información, y como venganza, Däer ha secuestrado y vampirizado a su hija, que ya era miembro de la Orden. Pobre Geneviève. Es mi ahijada, mi responsabilidad, ahora que está sola en el mundo. Debería ayudarla, darle el descanso final de ser la única solución, pero no puedo. Estoy ya demasiado viejo, el viaje me mataría, y además, es tarde. Es demasiado tarde para ella.

No quiero matarla…

Debo dejar ya paso a las nuevas generaciones. Mi hijo menor será el siguiente Owend’Aruum, aunque tengo más esperanzas en el pequeño Arturo. Si sigue siendo el menor, llegará a ostentar el título, y es fuerte, más fuerte que su padre.

Será un gran Owend’Aruum, el orgullo de su estirpe…

© Yolanda Díaz de Tuesta

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