Año 850. Martín Wender

TERCERA ÉPOCA

Año: 2009

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(anotaciones a lo largo del año 850)



He conseguido recopilar información sobre Arturo Owender.

El Owend’Aruum de su época, se distinguió por una gran energía e inteligencia. Bueno en los negocios, bueno en la caza nocturna que rige nuestras vidas. Todo bia bien, hasta la aparición repentina de una dama perteneciente a la más lustrosa nobleza, según afirmaba. Natalia Duquet. Todos la conocieron como La Hexena, por su peculiar forma de hablar y por las historias que los miembros de su séquito contaban. La acompañaba una hermosísima dama, Tamjira du Mourier, de la que algunos sospechaban pudiera ser una iniciada en la Hechicería Roja.

Deseosa de hacer negocios e instalarse en Aisildur, Natalia Duquet solicitó la ayuda de Arturo Owender. En su diario, mi antepasado ya deja claro que piensa que se trataba ella misma de una revenante. Le siguió el juego, mientras buscaba el momento de eliminarla. Supongo que ella pensaba exactamente lo mismo.
Que yo sepa, sólo se vieron dos veces, una, en público, en una reunión en palacio. La segunda ocasión…

A partir de entonces, la vida de Arturo Owender se transformó del todo. Su carácter se convirtió en malsano, hostil hacia todos los que lo rodeaban, excepto ante la misteriosa dama Hexena, a la que visitaba asiduamente, para la que le faltaban elogios. Nada ajeno le importaba, toda su atención se dirigía a la Hexena y sus oscuros negocios, a la par que comenzaron la desaparición de personas, especialmente mujeres e hijos de campesinos y criados. Los familiares decían que los fallecidos les visitaban por las noches y querían devorarles.

El Owend’Aruum había caído, nada tenía ya sentido, no parecía haber esperanza…
Pero entonces intervino alguien, de quien se dice pertenecía a una Orden misteriosa, una Orden que se movía por los subsuelos de Aisildur como se mueven sus aguas. Se llamaba Santiago Meneses, y, por lo que dicen que dijo, era amigo de Arturo Owender, pero no, de la criatura en que se había convertido.

Arturo Owender fue bien vigilado por Meneses y su grupo. Debían tenerlo informado de cada movimiento, cada palabra y cada sospechoso acto llevado a cabo por tan aberrante personaje. Por otro lado, investigó cada una de las desapariciones y reconoció los signos que tantas veces lo habían convencido de la existencia de seres no muertos. No importaba nunca en qué país o cultura se producían las desapariciones o los ataques. Las marcas del vampiro siempre estaban presentes.

Santiago Meneses localizó a algunos desaparecidos, unos, muertos, otros en proceso de transformación. Algunos se salvaron con transfusiones de sangre hechas a tiempo, otros, en secreto, hubieron de ser decapitados por haber bebido la sangre negra de sus captores. Y hubo muchos, docenas de ellos, de los que jamás se supo, de los que nunca se encontró resto alguno.

En sus escritos, Meneses lamenta su fracaso al no poder encontrarlos y exterminarlos a todos.

Sí supo que Arturo Owender y aquella misteriosa dama hexena eran los responsables de todos aquellos crímenes. Con ayuda de sus colaboradores, tendió una celada a Arturo Owender, en una cripta abandonada del cementerio de Aisildur. Allí fue destruido. El mismo Meneses lo decapitó, henchido de ira. Cuando sus ayudantes llegaron, ya había incinerado el cuerpo, y lo encerraron en un cofre con cadenas, arrojándolo al río. No era tan poderoso como Baltasar Duquet. Había sido convertido por un ser menor. No era necesario que se le sepultara en un movimiento continuo de las aguas, en una tierra consagrada y vigilada.
Sus objetos, fueron distribuidos. Entre ellos, asombrosamente, se encontraba la Umbra, el terrible arma mencionada en el Pergamino Thalakho. Dos partes materiales, una inmaterial, tal como transmiten las antiguas crónicas. En el templo de Arianna del cementerio de Aisildur se custodió la negra punta, mientras que sus flecos, la inquietante borla de adornos escarlata, semejante a un reguero de sangre, quedó bajo la custodia del líder de la Hermandad de las Cinco Estrellas.

De la dama hexena, nadie más supo nada.

© Yolanda Díaz de Tuesta

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