Vida sin Alma

TERCERA ÉPOCA

Año: 2009

Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported


ANOTACIONES DE BALTASAR DUQUET

No es cierto, se puede negociar, al menos yo lo conseguí. ¡No soy culpable! ¡Qué podía hacer! Aún siento el frío abriéndose paso como un cuchillo… Días y días, caminando en aquel extraño paisaje de agujas de piedra. No había un norte, no había un sur, el sol se detuvo en algún momento, no supimos cuándo, y permanecía quieto, muy quieto, en lo alto, tras las nubes, sólo cambiando para apagarse repentinamente, sumiéndose en una noche tan oscura, que no era ni noche. Era nada…

– Ya no está el mundo… ya no está el mundo… – susurraba Elvio, el joven guía. Llevaba demasiado tiempo con fiebre. Días y días bajo la tormenta. Casi vuelvo a verle, a la escasa luz de una pequeña lámpara de aceite, la última que nos quedaba. Estaba azulado, los labios y las ojeras de un tono oscuro y terrible, los ojos brillando de forma anormal. Para entonces, había perdido un pie, se puso tan negro como aquella noche muerta, y tuvimos que cortárselo. Ni siquiera le dolía, se rió, diciendo que tenía la impresión de tener una pata de palo. Ya había empezado a enloquecer.

Miré la oscuridad. Más allá de donde podíamos ver, de donde llegaba el amarillento círculo de luz de la lámpara, ya no estaba el mundo. Le creí.

Daba igual, ya no podíamos seguir. Estábamos demasiado agotados, famélicos, rotos… Nos habíamos metido en una cueva y, durante todo el día siguiente, observamos la nevada, sabiendo que se nos acababa el tiempo. Elvio murió al llegar una nueva noche. Ya no estaba el mundo. Ya no estaba él. Sólo quedábamos Rodolfo, el otrora orondo dueño de los carros en los que trasportábamos las provisiones, y Fausto, mi viejo amigo, ese loco bardo que me recordaba Aisildur con sus relatos y sus canciones, pero que ya no pronunciaba palabra alguna.

Y yo, claro. También quedaba yo…

– Vamos a morir – dijo Rodolfo, con un sollozo. Le miré, casi sin interés, por lo que decía – Vamos a morir.

– ¿No lo habéis oído? – dijo Fausto, entonces, sorprendiéndonos. Se irguió, junto a la entrada de la cueva, observando con fijeza el cielo, como si quisiera descubrir algún gradiente en aquel negro absoluto.

– ¿El qué?

Fausto siguió inmóvil, rígido, unos segundos. Luego se relajó, agitando la cabeza, confuso…

– No lo sé. ¡No lo sé! Pero ha pronunciado mi nombre…

No insistí. Supuse que no conseguiría sacarle nada más coherente. Nos envolvimos como pudimos, juntándonos para darnos calor. Un instante antes de apagar la lámpara, miré el cuerpo de Elvio, a varios metros, al fondo. Algo pasó por mi mente. Era hambre, pero me negué a darle ese nombre. Soplé la llama, y nos envolvieron las sombras.

Horas después en aquel lugar sin horas, me desperté, con un sobresalto. Fausto no estaba. No pude verle, era todo oscuridad, pero intuí su movimiento, supe que estaba balanceándose rítmicamente en la entrada de la cueva. Temiendo que hubiera problemas, quizá alguna fiera rondando, encendí la lamparilla y me arrastré hacia él.

– ¿Qué ocurre?- pregunté. No esperaba, realmente, una respuesta. Fausto, el bullicioso Jarana de Aisildur, se había vuelto tan silencioso… Pero sí, habló. Era su voz, aunque la encontré distinta. Más profunda, más segura. Había menos miedo, menos desesperación.

– Volvió a llamarme… – susurró – ¡Volvió a hacerlo, Baltasar! ¡Me eligió! Me dijo que le dejara entrar, me dijo que me salvaría. Me prometió alejar las nieves, el hielo, y darme el mundo… – me miró, atormentado. A la escasa luz, pude ver su barbilla, cubierta de sangre. Estaba masticando algo… – Tuve que hacerlo.

No sé cuánto permanecí allí, mirándole horrorizado, antes de reaccionar. Me arrastré por la cueva y comprobé el cuerpo de Elvio. No necesité luz para saber que estaba abierto en canal, la carne roja brillando, expuesta, empapada en líquidos y fluidos parcialmente congelados. Sentí ganas de vomitar, pero no tenía nada en el estómago.

– Estás loco – dije, con esfuerzo.

– Estoy vivo – dijo él. Me miró, y supe lo que estaba viendo, su alimento, su futuro, su esperanza, y me sofocó el miedo – Viviré.

Déjame entrar”, oí entonces. “Baltasar, Baltasar… Deja que entre en ti”.

¡Nunca!,” repliqué con un sobresalto.

Pero el cuerpo de Elvio se terminó en pocos días. Fausto reía entre dientes, masticando con meditada lentitud, disfrutando de cada nuevo bocado. Rodolfo no decía nada, sólo sollozaba, y yo estaba cada vez más débil.

Supe el momento exacto en que Fausto decidió matarme. No intentó disimularlo. Cogió uno de los picos que habíamos llevado para movernos por las montañas y me miró con ojos extraviados. Yo ya sabía, para entonces, que el comer la carne de Elvio le había hecho más fuerte, más rápido. No tenía oportunidad…

Déjame entrar”, oí entonces. “Déjame entrar, Baltasar Duquet, y te salvaré”.

¡No!”, repetí, como la otra vez. No sabía si me estaba volviendo loco, pero no quería arriesgarme. ¿Salvarme, para convertirme en algo como Fausto? Antes, prefería morir… Qué falso. No quería morir. Pero aquello me pareció una alternativa aún peor.

La voz crepitó por las paredes heladas, levantando destellos. Fausto los siguió, con recelo, sospechando que algo pasaba.

Entrégame entonces tu descendencia, dame tu linaje. No te dominaré, no permaneceré en ti. Me llevarás contigo hasta que sea el momento, y entonces, pasaré a tu estirpe

Estaba solo. Estaba lejos. En mi opinión, estaba muerto, y no tenía hijos, ni esperaba ya llegar a tenerlos. ¿Qué podía importar tal promesa?

Accedí.

No noté nada, pero tuve la fuerza necesaria para repeler el ataque de Fausto, para matarle, para empezar a devorar su cuerpo a dentelladas, arrancando la carne con violencia, con rabia, con desesperación… Poco a poco, a medida que pasaban los días, que comía y comía, me hice más rápido. Me hice más listo. Mis sentidos se agudizaron, oía mejor, veía mejor, era capaz de olfatear cualquier diferencia en el hielo.

Mi hambre creció y creció…

Rodolfo no fue una ayuda. Se quedaba mirándome con ojos vacíos, viendo lo que yo había visto al mirar a Fausto. Sabía que sería el siguiente, que me alimentaría de él, llegado el momento. Ni siquiera opuso resistencia. Como una vaca que se somete al cuchillo de su dueño, el día en que se lo ordené, se arrodilló, respirando con fuerza, y dejó que le degollara.
Miró la nieve. Manchó la nieve…

Llevaba dos días alimentándome de él, cuando me di cuenta de que el sol había vuelto a moverse. Troceé lo que quedaba de Rodolfo, hice pequeños paquetes de carne, y emprendí el camino de regreso.

Soy Baltasar Duquet. Soy yo, yo, yo, y tengo que conseguirlo…

En algún momento, perdí el sentido.

Me desperté en un poblado thalakho, en la morada de uno de los Hüküsh, los chamanes. Dijeron que tenía fiebres, aunque me consta que suponían lo que me pasaba. Wegen’Te, Wegen’Te, repetían, pero no me echaron. Extrañas gentes, esos Thalakhos. Hacen lo que deben hacer, aunque suponga grandes riesgos. Corrieron uno grande conmigo. Tenía tanta hambre… el olor de la sangre me hacía salivar, la visión de la carne de las piezas cazadas me provocaba un terrible dolor de encías, un deseo bestial e inhumano.

Estaba enfermo, y terriblemente débil, y eso me detuvo. Empleé el tiempo para elaborar un plan. Recordar la promesa hecha me torturaba. Tenía que deshacerme de aquello, tenía que entregar una víctima al Wegen’Te, y liberarme definitivamente. Por eso, en cuanto recuperé unos mínimos de control mágico, seduje a la bonita esposa del Hüküsh, y la dejé embarazada.
Nadie dijo nada. Los hijos son hijos de la tierra, hijos de la diosa, siempre bienvenidos. El Hüküsh no me lo reprochó, pero sus atenciones disminuyeron, y sus muestras de amistad. Al fin y al cabo, era humano.

Al final ya de mi recuperación, el hijo nació. Era un joven varón al que llamaron Talarion. No quise verlo. Emprendí el camino de regreso.

Pensaba que el Wegen’Te había quedado allí, en Talarion. Quizá sí, pero no del todo. El hambre remitió y llegue a olvidarla. Casi. Nunca del todo. Ya en Aisildur me casé con una dama de muy buena posición, por intereses comerciales ante todo, pero sí había algo más que me convenía: era viuda, y nunca había concebido, se decía que era estéril. No quería tentar yo a la suerte. Absurdo y lerdo.

Mi esposa me dio una hija. La recibí con resquemores, pero, en los primeros años, aprendí a adorarla. ¡Era tan hermosa, tan delicada, tan frágil! Pero, cumplió cinco años, y entonces pude verle…

El Wegen’Te. El Hambre. El Voraz.

(la letra cambia)

Qué extraño me siento al releer estas notas. Qué ridículo, qué absurdo, me parece ese hombre que fui. Me sentía tan culpable… Pero, para ser culpable, uno debe ser responsable de sus actos, y yo no fui más que una marioneta. Perdido y sin esperanza, lo intenté todo, sobre todo por Natalia. Me gasté una fortuna en los mejores médicos, los sanadores más lejanos. Los busqué en rincones recónditos.

Recuerdo que pensaba que ella crecía, y con ella crecía mi terror.

Y los elfos, una decepción más. Qué orgullosos, qué viles… algún día debo agradecerles personalmente la forma en que me rechazaron, en que miraron a mi hija, temblando de puro espanto. En cuanto termine lo que vine a hacer a Aisildur, en cuanto lo tenga, iré a Darindoree, luego a Rinkaliast, luego a Tir’Eir, y me beberé toda la sangre élfica de Oniria…

Talarion. La vida es, así, un cúmulo de sorpresas. Cuando más desesperaba, el destino puso en mi camino a Talarion, mi hijo, aquel en quién, creí, había dejado el Wegen’Te. Talarion dijo que podría hacer algo por su hermana Natalia. Talarion, que la deseó desde el primer momento, y ya la había preñado, siguiendo las antiguas reglas Arym, la Vieja Sangre se queda en la Vieja Sangre, la pureza ante todo. No sé si….

© Yolanda Díaz de Tuesta

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