Trazos Secretos

Trazos Secretos. Romántica. Díaz de Tuesta

  • Trazos Secretos
    N° de páginas: 616
    Tamaño: 150×210

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Sinopsis

Richard Arlington y Ana Cruz-Ortega se conocen en Madrid, en una fiesta que termina de forma trágica, con nefastas consecuencias para su futuro. Vuelven a verse años después, y sus destinos parecen condenados a chocar. Él, busca venganza. Ella, una salida, un escape, a la terrible situación en la que se encuentra..

Texto de muestra

 

—¿Quién era esa mujer? —le preguntó Ana, sentada a su lado. Richard alzó la mano para saludar a un conocido que pasaba también en coche, en dirección contraria. El hombre correspondió al saludo, pero su esposa apartó el rostro. Ni siquiera se molestó en simular que no les había visto. Richard tomó nota, para comentárselo a sus abogados. Seguro que había más de un modo de conseguir que se mostrase menos arpía la siguiente vez que se cruzasen.

—Ya os presenté. ¿No me oíste? Se llama Margaret. Aunque tú deberías referirte a ella como lady Margaret, en el caso de que tuvieras que hacerlo, claro. No se me ocurre razón alguna.

—¿No? Se te estaba comiendo con los ojos, mientras cuchicheabais en un rincón. —Como él no dijo nada, su disgusto aumentó. Tardó un par de minutos en formular directamente la pregunta—. ¿Ha sido tu amante?

—Eres muy perspicaz, tesoro.

—No me llames así. Sabes que odio que me llames así, o cariño o querida o preciosa. Resulta ridículo y falso.

—¿Falso? ¡No! ¿Por qué? —fingió estar genuinamente sorprendido—. Eres preciosa, eres mi querida, te tengo un cierto cariño y eres, sin duda, la más valiosa de mis pertenencias. No creo haber mentido en nada.

Ana bufó.

—Pues tú eres odioso. Y si vuelves a decirle a alguien que mi padre no pintó nada bueno, juro que te arañaré la cara de tal forma que no podrás volver a salir de tu casa en un año. Así, al menos, no vendrás a imponerme tu presencia.

—¿Por eso estás enfadada? Lo lamento, pero no puedo decir nada de la pintura de tu padre. Jamás he visto un cuadro que fuera suyo. Todos los habías pintado tú. —Su tono varió, ya no había ninguna broma, sino un enfado cortante, cuando añadió—: Y más te hubiera valido no haber aprendido a hacerlo nunca.

Ella frunció el ceño y clavó los ojos en el entramado escocés de su falda. Cuando, al cabo de unos momentos, volvió a mirarla, tenía un aire tan triste que Richard sintió una punzada de culpa, pero la anuló, la arrancó de raíz, como siempre. ¿Qué otra cosa podía hacer? Bajar la guardia no solo hubiese supuesto una locura, sino una traición que no era capaz de asumir. La única forma de seguir adelante, de justificar un poco aquel placer malsano que sentía cuando la tenía cerca, simplemente como en ese momento o desnuda entre sus brazos, era mostrarse arrogante y despótico, sin permitir que ninguno de los dos olvidasen que eran merecedores de un castigo.

Si al menos no se sintiese tan vulnerable. Si no se fundiese como cera ante sus caricias…

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