Díaz de Tuesta
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Trazos Secretos

- Trazos Secretos
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Sinopsis
Richard Arlington y Ana Cruz-Ortega se conocen en Madrid, en una fiesta que termina de forma trágica, con nefastas consecuencias para su futuro. Vuelven a verse años después, y sus destinos parecen condenados a chocar. Él, busca venganza. Ella, una salida, un escape, a la terrible situación en la que se encuentra..
Texto de muestra
– ¿Quién era esa mujer? – le preguntó Ana, sentada a su lado. Richard alzó la mano, para saludar a un conocido que pasaba también en coche, en dirección contraria. El hombre correspondió al saludo, pero su esposa apartó el rostro.
– Ya os presenté. ¿No me oíste? Se llama Margaret.
– No me refiero a eso. Se te estaba comiendo con los ojos, mientras cuchicheabais en un rincón. ¿Ha sido tu amante?
– Eres muy perspicaz, tesoro.
– No me llames así. Sabes que odio que me llames así, o cariño, o querida, o preciosa. Resulta ridículo, y falso.
– ¿Falso? ¿Por qué? – simuló estar genuinamente sorprendido – Eres preciosa, eres mi querida, te tengo un cierto cariño y eres, sin duda, la más valiosa de mis pertenencias. No creo haber mentido en nada.
Ana bufó.
– Eres odioso. Y si vuelves a decirle a alguien que mi padre no pintó nada bueno, te arañaré la cara de tal forma que no podrás volver a salir de tu casa en un año. Así, al menos, no vendrás a imponerme tu presencia.
– ¿Por eso estás enfadada? Lo lamento, pero no puedo decir nada de la pintura de tu padre. Jamás he visto un cuadro suyo. Todos los habías pintado tú. Y más te hubiera valido no haber aprendido a hacerlo nunca.
Ella frunció el ceño y se concentró en el entramado escocés de la manta que llevaba sobre las rodillas. Cuando, al cabo de unos momentos, volvió a mirarla, tenía un aire tan triste que Richard sintió una punzada de culpa, pero la anuló, la arrancó de raíz, como siempre. ¿Qué otra cosa podía hacer? Bajar la guardia no sólo hubiese supuesto una locura, si no una traición que no era capaz de asumir. La única forma de seguir adelante, de justificar un poco aquel placer malsano que sentía cuando la tenía cerca, simplemente como en ese momento, o desnuda entre sus brazos, era mostrarse arrogante y dominante, sin permitir que olvidase que era merecedora del castigo. Si al menos no se sintiese tan vulnerable. Si no se fundiese como cera ante sus caricias…
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