Susana cerca del cielo

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Rafael caminaba por los pasillos del teatro en dirección a los camerinos, sorteando grupos de personas que charlaban animadamente, mientras hacía un rápido repaso final de los preparativos.

Resultó bastante satisfactorio: el teatro estaba hasta los topes, habían acudido periodistas de los principales medios y cada cual había ocupado su sitio sin mayores incidentes… Decoradores, tramoyistas y eléctricos habían hecho un buen trabajo y los agentes de seguridad y el personal de atención al público estaban en sus puestos, incluso los que habían tenido que contratar a última hora, al ser desbordados por el éxito de la convocatoria. Todo estaba listo, una vez más, para el comienzo del espectáculo. Se captaba la expectación en el aire, la sensación de inminencia. No era de extrañar.

Nadie quería perderse lo que tuviera que decir Susana López, la primera Santa del tercer milenio.

Susana no era oficialmente santa, por supuesto. Ningún Papa la había declarado como tal y era poco probable que tal milagro sucediese. Que siguiera viva, era un serio inconveniente para el trámite, pero no tanto como su mala relación con el Vaticano y con su enviado especial en aquel asunto, el padre Bonavides, un hombre frío y calculador al que Rafael sólo podía describir como perverso. No, a ese respecto la Iglesia Católica se limitaba a rondar en un segundo plano, intrigando discretamente, buscando el modo de conciliar lo sucedido con sus propios intereses. Estaban desconcertados, pero también absolutamente indignados. ¡Un milagro, un auténtico milagro por fin, y se planteaba semejante situación! Al menos, como decía el padre Bonavides, Susana era atea. Peor hubiera sido que practicase cualquier otra religión, que hubiese nacido siendo devota judía o musulmana o cualquier otra variante de cualquier lado, negándole a la Santa Iglesia Católica y Apostólica toda posibilidad de apoderarse de los méritos. Lo que tenían era, simplemente, lo segundo peor que podía haberles ocurrido. Pese a las presiones, aún no había emitido ningún comunicado público al respecto. Primero, querían tener controlada la crisis.

Porque, la “santidad” popular de Susana se basaba en hechos irrefutables: hacía ya mucho tiempo que había dejado de comer.

Ese fue el punto de inicio de aquella locura, aquel absurdo circo mediático en el que ambos se sentían atrapados. Al principio, ni siquiera Rafael la creyó, y eso que la conocía desde niña, que eran amigos, que habían sido amantes, que estaban tan cerca el uno del otro que casi eran capaces de leerse los pensamientos con una sola mirada… Resultaba difícil aceptar algo así, y más de alguien tan poco místico, tan terrenal, como había sido siempre Susana.

Pero, cuando ella decidió demostrárselo, no pudo negarlo.

Susana no comía “nunca”. No se alimentaba, de ningún modo. En esos momentos, llevaba exactamente un año y siete meses sin probar bocado, lo que duraba ya su singular misión apostólica carente de todo mensaje. Y, en ese tiempo, no había bajado de peso ni un gramo, su aspecto no había cambiado lo más mínimo, ni su organismo había acusado ninguna carencia.

Al margen de ese detalle, como Santa, en opinión de la mayoría, no valía demasiado. Nunca mencionaba a Dios. A ese respecto, esquivaba hábilmente las preguntas de los periodistas, y las propuestas interesadas, ya vinieran de curas, de compañías farmacéuticas, o del propio gobierno. No recaudaba fondos, no aceptaba pagos por nada. Eso, les había creado muchos enemigos y habían perdido muchas oportunidades de acumular una enorme fortuna. Pero, Susana tenía muy claro qué era lo que deseaba hacer. Y él creía que, siendo su mano derecha, su representante, ya nada podía asombrarle.

Se equivocaba.

Tres semanas antes, le había dicho que ya no bebía nada desde hacía meses. Simplemente, un día dejó de hacerlo y descubrió que no lo necesitaba. No sentía sed. No se deshidrataba. Todo seguía igual…

Rafael se detuvo un momento frente a la puerta, inspirando profundamente. Tenía la sensación de estar envuelto en algo grande, algo muy grande, pero que viajaba sin rumbo. Que todas las oportunidades que hubiera podido obtener de estar en el momento y el lugar adecuados se le escapaban de entre los dedos por no ser lo suficientemente hábil como para aprovechar adecuadamente la oportunidad. Pero, ¿qué otra cosa podía hacer? Seguir el tornado que era Susana o alejarse de su estela, no había más alternativas. Y no acababa de decidirse por ninguna de ellas.

Rogando para que no se notasen su angustia y sus deseos de salir corriendo, llamó con los nudillos un par de veces y entró en el camerino. Susana estaba sentada ante el tocador, contemplándose en el espejo. ¿Veía lo mismo que él? Una mujer alta, guapa, con una larga cabellera rubia, perdida en la veintena de una existencia que le resultaba incómoda, incluso absurda. Qué distinta, a como era antes. En otros tiempos, había sido alguien alegre, sin sombras, pero hacía mucho que…

También había dejado de reír, comprendió repentinamente Rafael, con un atisbo de pánico. Quizá, ni ella misma se había dado cuenta de ese detalle, porque no era algo tan evidente, tan imposible desde un punto de vista biológico, pero parecía haberla abandonado todo júbilo. Reír, sonreír, disfrutar simplemente con las pequeñas oportunidades que cedía la vida… Aquello no podía seguir así, no era… natural. Se miraron a través del espejo. No pudo leer su expresión. Rogó para que ella no pudiera leer la suya.

– ¿Estás lista? Ha llegado la hora… – se había prometido mil veces no hacerlo, no preguntar, pero lo hizo: – ¿Qué va a pasar hoy, Susana?

Ella suspiró mientras se ponía en pie. Apoyó una mano en el bolsillo de la sencilla túnica blanca que vestía.

– Que va a acabar por fin todo esto – su boca se curvó en un gesto amargo – Estoy cansada, Rafael. No me gusta lo que veo, ni lo que oigo. Me llaman bendita, mentirosa, elegida, falsa… – le estudió de reojo, con curiosidad – ¿Qué crees que soy? ¿Una Santa? ¿Un monstruo?

Un monstruo hermoso y triste, pensó él.

– Nunca debiste empezar con todo esto – se le escapó. Y, una vez dicho, parecía más fácil seguir. Hizo un gesto con la mano, abarcando el camerino, el edificio, el teatro de burlas e ilusiones que esperaba más allá de la puerta – Estas cosas son para ganar dinero, Susi. Todo el mundo piensa que te has hecho inmensamente rica. Pero tú no quieres ni eso. No sé qué quieres. Nunca lo he sabido – ella no contestó – ¿Cómo vas a acabarlo?

– Voy a hacer algo… drástico. Radical. ¿Estás conmigo? – Rafael dudó un instante. Las pupilas de Susana atraparon un reflejo de luz – He dejado de dormir.

– ¿Qué?

– Que he dejado de dormir. El mes pasado me pregunté qué ocurriría, si dejaba de hacerlo. Me quedé mirando al techo toda la noche y… nada cambió. No estaba cansada. No he dormido ni un segundo en este tiempo. Me siento igual que siempre – hizo una mueca – Vacía…

Rafael apretó los labios, pensando en la maleta que esperaba en su habitación del hotel. Últimamente ya nunca la deshacía, ni aun cuando se quedaban más de tres días en algún sitio; siempre la tenía preparada y lista para escapar, para irse muy lejos de todo aquello. Quería hacerlo, pero…

Un monstruo hermoso y triste

– Estoy contigo – aceptó finalmente. Una última oportunidad, para los dos. O para él mismo, comprendió de repente. Ella podía vivir sin comer, sin beber, sin alegría y sin soñar. Seguro que también podría vivir sin amor. Pero Rafael no. Es eso, se dijo amargamente, claudicando – Haz lo que debas hacer.

Ella asintió. Salieron del camerino y se separaron junto a las escaleras. Casi flotando en aquella vaporosa túnica, Susana le miró por última vez y se dirigió hacia el acceso al escenario. La ovación con la que fue recibida por el público logró estremecer el edificio hasta sus cimientos, y golpeó a Rafael mientras entraba en su palco. Desde allí, tuvo una vista completa del auditorio. La multitud se agitaba como un oleaje embravecido, las voces y sus mensajes entremezclándose caóticamente…

– ¡Santa Susana! ¡Cúrame, cúrame!

– ¡Monstruo! ¡Aberración! ¡Hereje!

Susana avanzó hasta el centro del escenario, hacia el punto donde convergían los tres focos principales. Allí, el blanco de su túnica llegó a resplandecer con un fulgor casi irreal y su cabello rubio se volvió oro luminoso.

Rafael contuvo la respiración.

Jamás había estado más bella. Jamás había parecido menos humana.

Todos callaron, sobrecogidos por la fuerza de su presencia y, en el largo minuto de intenso silencio que casi hizo estremecer el teatro por la tensión, ella les contempló con gravedad.

– ¿Soy acaso la prueba irrefutable de la existencia de Dios, como aseguran algunos? – preguntó. Su voz, alta y clara, resonó en cada rincón del auditorio, captando por completo toda atención – ¿Soy una Santa? ¿O soy un monstruo? – sacó lo que llevaba en el bolsillo. Rafael tuvo que esforzarse para distinguirlo y entonces parpadeó: una galleta – Yo os lo diré: ¡soy un fraude! – el silencio se hizo todavía más profundo; se tiñó de asombro, de incertidumbre, y también de un principio de hostilidad – ¿Que no me alimento? ¡Ridículo! ¡Durante todo este tiempo sólo he sido una mentira! ¡Un engaño con el que poder enriquecerme, como hacen tantos otros falsos profetas, esos que predican el amor al pobre desde sus inmensos palacios! ¡Pero yo no voy a justificarme, ni siquiera pediré disculpas! ¡Si estoy aquí, es para despedirme con una verdad, ya que os he insultado con mis embustes! ¡Escuchadme atentamente: la fe es el arma más peligrosa usada por unos seres humanos contra otros ¡A menos que se pruebe lo contrario, sin posibilidad alguna de duda, deberíais considerar que la vida es una oportunidad única! ¡Única! ¡No permitáis que otros os la arrebaten a cambio de promesas inciertas sobre dudosos reinos del más allá, sobre todo si es para someteros y controlaros mientras ellos deciden qué y cómo deben hacerse las cosas, sin comportarse según lo que predican! ¿Queréis mi opinión? Es esta: Dios no existe. Nunca ha existido, ningún Dios, jamás – se llevó la galleta a la boca – Los dioses sólo son una excusa para los monstruos…

El disparo, una especie de silbido seco, resonó con fuerza en el pesado silencio del auditorio. Rafael pegó un brinco, viendo aparecer un agujero negro, muy negro, en la frente de Susana. La sangre surgió a chorro, los ojos se entornaron, como viendo algo colosal, algo que estaba ya más allá de este mundo.

Susana se desplomó en un revuelo de blancos puros y rojos intensos…

Sin pensárselo dos veces, Rafael saltó desde el palco. Cayó en uno de los pasillos laterales del patio de butacas, empujando a varios espectadores y siendo casi arrollado a su vez. En ese momento, resultaba imposible avanzar por allí directamente hacia el escenario. El disparo había desatado la histeria colectiva y todo el mundo corría en dirección contraria, hacia las salidas. Ni siquiera se molestó en intentar pararles o pedir calma; las personas ya no eran personas, eran simples animales cegados por el deseo de conservar la vida y se pisaban unos a otros, intentando huir entre alaridos de espanto.

Rafael se movió por la fila de butacas, buscando el pasillo central, bastante más ancho que los otros. Mientras esperaba a que pasase lo peor de la embestida, miró hacia los palcos del fondo, tratando de localizar la posición del francotirador, aunque sin demasiadas esperanzas porque ya imaginaba que a esas alturas era un intento inútil.

Imposible distinguir nada con sentido. Demasiadas sombras forcejeaban por todas partes.

Y, entonces, sintió la repentina tensión a su espalda, llegando como una ola repentina, pesada y sofocante, desde el escenario…

Se volvió, lentamente, temiendo ver lo que iba a ver, y deseando verlo.

Susana, con gesto aturdido, se estaba levantando del suelo. El círculo de la bala seguía en su frente; al girar la cabeza, contemplando a los que la habían acudido a su lado para intentar ayudarla y que ahora retrocedían fascinados, aterrados, pudo verse el agujero de salida, mucho más grande. La sangre se coagulaba sobre su rostro, sobre el oro de su cabello manchado de masa cerebral destrozada, sobre la blancura nívea de la túnica.

Una visión espantosa, terrorífica…

– No soy una santa – gimió Susana. Miró a su alrededor, buscando. Al ver a Rafael, sus ojos se llenaron de súplica. Pero él no podía ayudarla – No soy un monstruo…

© Yolanda Díaz de Tuesta


TERCERA ÉPOCA

Año: 2009

Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported

(II PREMIO IX CERTAMEN DE USUARIOS BUBOK. tema: Monstruos y Dioses)

TEXTO MEJORADO

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Acabemos con el bipartidismo

yolandap

Comentario de Díaz de Tuesta

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Suelo escribir los domingos, pero este martes se merece un comentario especial.

Hoy, se ha aprobado la llamada Ley Sinde por una mayoría aplastante de políticos siguiendo las líneas indicadas por sus respectivos partidos. PSOE, PP, CIU, acostumbrados a mantener el poder demasiado tiempo, han incurrido en la soberbia de pensar que ellos y solo ellos son la voz del país sin que vayan a tener que sufrir ninguna consecuencia. Al contrario, seguramente el PP se frota las manos, sonriendo mientras empuja, como que no va con él, al PSOE al precipicio de su destrucción. Si no está el PSOE, piensa, estoy yo. ¡Estos tontos son de olvido rápido y además no tienen más opciones! Rajoy ya se siente presidente, como ha comentado en algunos medios. A la tercera, va la vencida. Y el PSOE, abrumados todos por la crisis de la que seguramente no hubieran podido salir en cualquier caso, corren a asegurarse los futuros puestos de trabajo privados, con sueldazos a sumar a las injustas pensiones que se van a llevar.

Han creado la CENSURA. Sin hacer caso de las peticiones reiteradas de los ciudadanos, sin hacer caso de los principios de libertades y garantías que acordamos en la Constitución, sin hacer caso de nada más que de sus intereses privados.

Me gustaría creer que no nos engañan, a ninguno. Que internauta o no, todos ciudadanos, estamos viendo cómo un gobierno ha decidido que le compensa legislar contra la Constitución. Que viendo o no cine, leyendo o no libros, escuchando o no música, todos nos percatamos de como el “otro” partido acostumbrado al poder (algo forzado artificialmente porque el bipartidismo es tan bueno para el negocio como lo son tener sólo 40 Principales y ni uno más), ha basado su estrategia en un argumento apuntalado en el engaño y la manipulación, por el que deberían  retirarles el título y obligarles a volver a la Universidad, donde quizá alguien sea capaz de enseñarles que no se puede jugar con la letra de la ley para vulnerar el espíritu de la Constitución.

Y, en definitiva, que todos sabemos que nos están vendiendo.

Porque, lo que subyace en todo este asunto, como bien nos consta a todos, es defender los intereses de grupos privados, especialmente los amigos del gobierno (como son amigos todos los que tienen poder y dinero, lo han dejado bien claro), las grandes empresas que basan su riqueza en derechos de propiedad intelectual y su estrategia en la manipulación y control de los medios.

Es así, y de ninguna otra manera: el negocio de estos cuatro millonarios no podía convivir con el progreso por lo tanto, frenamos el progreso, atamos la sociedad. Esto, no es demagogia. La demagogia es hablar del autor y del electricista para justificar la ley Sinde. La demagogia es quejarse del todo-gratis evitando que el mercado se transforme en las condiciones que las nuevas tecnologías permiten, “porque mi amplio bolsillo, acostumbrado a otros niveles, no va a llenarse al mismo ritmo” y, por tanto, me parece bien, a mí, progre de antaño, que se instaure la censura en el país.

El objetivo de esta polémica, que no de la ley, es doble: desviar la atención del injusto cobro del CANON que  recaudan para una empresa privada y que deberían haber retirado pero mantienen a toda costa (nos están robando, día a día, a todos, llamándonos ladrones mientras lo hacen), y desvirtuar por completo la función judicial, un DERECHO FUNDAMENTAL, buscando minusvalorar la capacidad de la justicia de oponerse a sus decisiones partidistas.

Los jueces no decían lo que ellos querían.

Bien, han movido ellos: han quitado los jueces. Parecía increíble, inconcebible imaginar algo así pero, claro, los lobbies tienen demasiado poder y los políticos demasiada ambición.

¿Qué haremos los ciudadanos al respecto?

Me decían en Twitter hace poco que tanto discutir por la ley Sinde no tenía sentido.  Que temas como la Reforma Laboral o la Educación eran más importantes. A mí, esos planteamientos no dejan de sorprenderme: desde el momento en que un gobierno no respeta los DERECHOS FUNDAMENTALES de sus ciudadanos, las tropelías que pueden llegar a hacer en cualquier materia que toquen, pueden ser… pues como la ley Sinde. Meternos la censura por la fuerza, a la espera de la famosa ACTA que pende como un cuervo de mal aguero. Transgrediendo las bases mismas de nuestra Democracia.

En serio, todo lo demás, es secundario.

Está claro que, en todos los terrenos, el nepotismo y el amiguismo es la práctica política fundamental que sufrimos los ciudadanos. Algo a lo que parece que hay que acostumbrarse “porque sí” y contra lo que una y otra vez te queda un mal sabor de boca y la impotencia de no poder hacer nada. Contra esos delincuentes que embaucan y se ríen de las expectativas puestas en ellos no se hacen Comisiones de acción rápida, no se crean soluciones que eviten los jueces y les impongan de inmediato las duras penas que se merecen. Al contrario: aquí nadie es responsable en cuanto consigue un puesto de responsabilidad. Ahí ya puedes frotarte las manos que, hagas lo que hagas, ya nunca te pasará nada realmente malo, no responderás como el resto de los mortales. Lo único que se corresponde de verdad con la supuesta naturaleza del cargo, es el sueldo.

Los diputados y senadores que han votado contra el sentir de todos se vanaglorian, con toda seguridad, de haber actuado “como era debido” frente a una sociedad que… ¿perdón? ¿Políticos actuando al margen de la sociedad? ¿Cómo se llama eso?

Si los partidos no representan al pueblo, porque esos grandes lobbies de la comunicación, el entramado económico que los catapultan con su masiva publicidad, son los que mandan, ¿dónde está la democracia?

A pesar de todo, por muy negro que lo veamos, tenemos una opción. Tras tantos años de dictadura, aquí ni Dios quiere parecer el tirano, no descaradamente. Se juega en el juego de “votemos” que somos muy demócratas hasta que les tocáis la cartera a los que dicen qué leer, qué ver, que escuchar, y votamos a los grandes porque son los que ponen más autobuses y regalan más cosas. Regalos envenenados, a ver si aprendemos a reconocerlos.

Quizá va siendo hora de que les demos a los políticos de este país una lección sobre quién manda. Recordarles que están a nuestro servicio, no a la inversa.

Acabemos con el bipartidismo.

 

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EL MAL MENOR

yolandap

Comentario de Díaz de Tuesta

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No es un título muy original, lo sé, pero resultaba más que apropiado, creedme. Y es que mucha gente ha hablado en estos días respaldando la ley Sinde, con opiniones para todos los gustos y alguna que otra argumentación asombrosa.

Algunos, es cierto, la defienden directamente y sin mayores complicaciones. Por ejemplo, David Bisbal, que debió decir en la radio algo como que “en este país hay demasiada libertad de expresión” (sin comentarios). O Miguel Bosé (de verdad que siento traerle a colación, me encanta su música, pero no puedo pasarlo por alto), que escribió en el Twitter: “Desde aquí mi apoyo total e incondicional a la Ley Sinde. Ya era hora. Y de paso que conste mi vergüenza hacia todos aquellos políticos que intentan canjear nuestros derechos contra otros beneficios que nos lesionan profundamente. A ellos vaya mi desprecio”.

Cierto que muchos de estos interpretes musicales, cabeceras de venta de los más grandes negocios editoriales (los que peligran, realmente), hablan a veces precipitadamente, impulsados por el lógico enfado contra aquellos que hacen negocio con el fruto de su trabajo, dejándoles al margen. Frustración que, como siempre digo, entiendo perfectamente.

Pero, ¿nos entienden ellos, a los ciudadanos de a pie?

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Porque, curiosamente, la frase “que conste mi vergüenza hacia todos aquellos políticos que intentan canjear nuestros derechos contra otros beneficios que nos lesionan profundamente”, es lo que podría decir cualquier persona, por el beneficio que le han dado una y otra vez en el pasado (periodos larguísimos de la ley de propiedad intelectual contrarios a la riqueza cultural del país, canon aberrante con el que se castiga preventivamente de un delito a toda la sociedad y se entrega el dinero recaudado ¡¡¡a menuda asociación privada!!!…) y que pretenden seguir dándole en el futuro (imponiendo sistemas anómalos de dirimir los conflictos, como el que prevé la ley Sinde, creado única y exclusivamente para sujetar la red y esquivar las Sentencias que han venido dictando los jueces, contrarias a los intereses de “la industria de los derechos de propiedad intelectual”…), a él y a los que se dedican a su privilegiada profesión, frente al resto de los ciudadanos del país.

Esos (y otros cantantes que se están ganando muy mala fama, como Alejandro Sanz, quien además parece tener cuentas pendientes con Hacienda) representan el extremo duro del movimiento pro–ley Sinde, los que más ganaban y, por tanto, están más dispuestos a todo con tal de salirse con la suya.

“Presiono aún de darse el caso de que, para proteger MI NEGOCIO, toda la sociedad tenga que retroceder pasos de gigante hacia un control gubernamental totalmente antidemocrático.”

Demagogia no falta. Pongamos por ejemplo lo dicho por Fernando Savater en un artículo reciente en el que defiende la ley Sinde como algo lógico en el desmán de este nuevo salvaje oeste que es la red, llena de forajidos. Discrepo con él en muchas cosas, como les pasa a otros. Supongo que, cuando nos tocan la cartera, todos nos volvemos ciegos y sordos pero, lamentablemente, no mudos.

O sin lamentaciones, que aquí todo el mundo debe tener derecho a decir lo que quiera, al menos de momento.

El señor Savater habla del gobierno casi como si fuera algo a lo que hay que resignarse porque somos demasiado díscolos como para poder organizarnos de mejor manera. A mí se me ocurre que, simplemente, es una forma de organizarnos. En cualquier caso, a estas alturas de nuestra civilización, debería hablarse siempre de una sociedad que se organiza “a sí misma” a través de un gobierno y de unas leyes que “emanan de ella” y son como “ella desea” y que deben ser aplicadas siempre y en todo caso POR LOS JUECES, no por el gobierno.

Que, ojo, no siempre se da en la práctica, en eso el señor Savater tiene razón. Ahí están las tiranías y dictaduras de toda clase. Podemos poner como prueba la mismísima ley Sinde (no la llame “antidescargas”, señor Savater, que es mucho más, si no, no estaríamos discutiendo aquí): el gobierno actúa, saltándose a los jueces, en respuesta a otros intereses que, evidentemente, no son los sociales. Son intereses particulares de una élite que tiene la suficiente fuerza como para pretender imponer su voluntad sobre todos.

Dice Fernando Savater: “No cabe duda de que las leyes contra las descargas ilegales se abrirán paso también, gradualmente, junto a otras que impidan abusos autoritarios de los censores.” Abusos… Autoritarios… Censores. Qué fuerte leer algo así, a estas alturas de la vida. La censura es imparable, pero no preocuparse que seguro que esos mismos que la forzaron para “su beneficio patrimonial privado” se preocuparán de evitar los excesos. Pues… me resulta un tanto increíble. Si puedo opinar, prefiero que, de salida, no haya ninguna censura. Que los interesados en seguir cobrando de tal o cual modo busquen otros medios para llegar al malo de megaupload

Dueño de Megaupload

Dueño de Megaupload. Imagen obtenida desde el blog de Lorenzo Silva

sin molestarme a mí en mis libertades, faltaría más. Y, si no son capaces, que cambien ellos el negocio o se extingan. Es ley de vida.

Una vez que el gobierno, apoyándose en una élite, hace oídos sordos a la sociedad y los jueces, y actúa por su cuenta, la tiranía está servida.

Todo esto resulta inquietante para el espectador social sacrificado, el ciudadano que pasaba despistado por aquí y no disfruta de los beneficios del reparto pero sí se ve obligado a callar la boca. Porque, a cuenta de esto, todo negocio en internet está gravemente amenazado. Toda crítica es susceptible de respuesta censora. A todo. Por todo. A su gusto, porque todo es interpretable y seguro que todo puede llegar a vulnerar patrimonialmente algo.

Sinceramente, viendo eso, como ciudadana no puedo aceptar sin preocuparme, y mucho, que alguien diga que la ley Sinde es «un parche que se puede poner y que es mejor que ninguno», como ha hecho Lorenzo Silva en un artículo reciente. Si es que lo dijo, claro, porque, como luego explica en su blog privado, las cosas no fueron como las presenta el periodista responsable del artículo del periódico ABC. Que si cortaron frases e ideas, que eso no era así, que si no está nada contento con el resultado…

Aún así, Lorenzo Silva habla de “ciberfascismo” en su blog, y sigue viendo la sociedad (pues es la sociedad la que habla a través de su actuación en internet, mal que les pese) como un enemigo, un animal asilvestrado al que domesticar para que vuelva a ser obediente y haga las cosas como ellos quieren. Los cuatro autores que respaldan y firman el comunicado, lo intentan. Y no dejan de tener una parte de razón, como la tenían los músicos, aunque, seamos serios, afirmar que no seguir sus pautas para comprar sus libros es despreciar la cultura, es cuanto menos pretencioso. A ver, que nos entendamos: leer es cultura, escribir es cultura. Vender libros NO es cultura, es negocio. Y si no escriben ellos, otros escribirán, seguro. Y puede que hasta bien, aunque no lo crean ni ellos ni el señor Savater.

La solución no puede pasar por imponer mecanismos de censura, sino viendo cómo replantear el negocio para que el autor pueda seguir viviendo de ello dignamente (concepto relativo según el entendimiento de cada cual, me temo) en un medio en el que el pago por copia ya no es posible.

Que cambien ustedes su modelo de negocio, ese es realmente el mal menor, señores. El otro, la censura, es el mal enorme y por completo inaceptable. Uno afecta a derechos privados patrimoniales, el otro a derechos fundamentales. Si ganan las élites, si imponen su modelo de negocio por la fuerza y a costa de lo que sea, este país no será el que decían que era.

Menos mal que, pese a lo que dice Fernando Savater, no todos los “artistas rentables” (tiene tela el término y el planteamiento de los “no rentables” como seres rastreros y rencorosos) entran en el mismo saco. Por ejemplo, en Twitter, Alejandro Sanz le mandó un mensaje al escritor Juan Gómez–Jurado (defensor de “querer escribir y comer de ello”, ambas cosas amenazadas por la ley Sinde, como ha explicado en sucesivos mensajes del Twitter y en un artículo muy recomendable) soltándole una perla del tipo “si tienes huevos, da tus libros gratis”.

La respuesta, ha sido inmediata: ¡zas!, en toda la boca, que se dice.

Juan Gómez–Jurado ha puesto su novela “Espía de Dios” en descarga gratuita para distintos soportes, con la única petición de que, si gusta, se entregue 1 euro a “@savethechildren”.

Desde ese momento, la sucesión de donaciones ha sido imparable y en cantidades muy superiores a ese euro solicitado, incluso por gentes que ya habían comprado el libro en papel o que no disponían de dispositivos de lectura para los formatos que se publicaban. ¿Por qué? Porque Juan Gómez–Jurado sí ha establecido una cercanía con sus clientes y sus clientes responden comprendiendo que él también tiene que ganarse la vida. Es un autor que sabe adaptarse a las nuevas normas que pide la sociedad (en qué cabeza cabe pretender que sea la sociedad la que se adapte a las normas de un sector privado…) y seguir las nuevas reglas que impone el mercado: cómprame si quieres, léeme en cualquier caso, siempre, del modo que sea, porque eso es lo que de verdad me hará prosperar.

Tiempo al tiempo. Yo aventuro que los usuarios irán tomando conciencia de la situación y del peligro que corren sus derechos, como me pasó a mí en su momento y actuarán en consecuencia, como votantes y clientes que son.

Así, es de imaginar que compraremos las obras de unos y, sin embargo, no compraremos las de otros, aquellos que vieron apropiado hipotecar nuestros derechos a cambio de, ellos, vivir mejor.

Que, de verdad, sin “ese” libro se puede vivir. Y sin “ese” disco, más. Y sin “esa” película, ni te cuento. Y, en todos los casos, en todos, los ciudadanos seguiremos disponiendo en la red de un caudal inmenso de cultura del que poder disfrutar en nuestro tiempo de ocio.

Es de pura lógica. Hablar de más siempre perjudica. Y optar por los “males menores” a costa de las libertades ajenas, también se paga.

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LEY SINDE: ÉLITES PROTEGIENDO ÉLITES

yolandap

Comentario de Díaz de Tuesta

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Está semana, el relato que os ofrezco (en un máximo de 1700 palabras, como siempre) será de terror, puesto que voy a hablar de la ya tristemente famosa ley Sinde, ese apartado sigilosamente situado al final de la Ley de Economía Sostenible y creado única y exclusivamente para poder eludir la decisión habitual de los jueces en el tema que toca.

Que nadie se equivoque: pese a lo que puede verse en los medios de comunicación controlados por las grandes compañías mediáticas, la guerra en la que estamos inmersos los españoles no va de “desaprensivos internautas” contra “talentosa gente de la cultura”, no. Va de élites protegiendo élites frente a todos los demás y frente a quien sea, a niveles impensables para el ciudadano de a pie, con un violento forcejeo entre un progreso social que hubiese debido ser imparable por su propia naturaleza y una industria basada en modelos de mercado obsoletos que utiliza un gobierno para tratar de mantener su estatus privilegiado.

stop-ley-sinde1Porque, aunque muchos parezcan incapaces de entenderlo (en realidad, se diría que no quieren hacerlo, de otro modo es incomprensible, no parece un gran esfuerzo mental), como apunta un estudio jurídico más que recomendable (la Ministra y sus ayudantes deberían sentarse a leerlo y, de paso, estudiar algo de Derecho, ya que se meten a hacer una ley en este país), los derechos de propiedad intelectual son derechos privados de naturaleza patrimonial. Por lo tanto, es por completo inmoral pretender equipararlos a intereses dignos de protección reforzada, como sí lo son el orden público, la seguridad pública, defensa nacional, la salud o la infancia, y los derechos fundamentales. No puede plantearse de ningún modo que, para que un señor pueda mantener su más que próspero negocio como siempre, los demás tengamos que aceptar unas restricciones en nuestros derechos.

Que de eso se trata, todo esto. De eso y nada más.

La famosa “industria”, esa que se ha aprovechado durante años de subvenciones a dedo en este país porque “el cine ERA cultura” (que ya no, cuidado, ahora es un negocio que pretende robarle el ciudadano yonqui, como tuvo a bien decir un representante del grupo. Ahora, las cartas sobre la mesa, o pagas, o no tienes derecho al producto), está presionando al límite para imponer su voluntad y su cartera sobre toda la sociedad. No asume que las cosas son distintas y los contratos deben escribirse de otro modo. Su modelo de mercado, perpetuado a lo largo de los años en un cómodo control absoluto de la creación y distribución de sus contenidos con el que nos maleaba a todos a su antojo (¿cuántos años tardó “La guerra de las galaxias” en ser vista en las televisiones? ¿Cuánto, “Lo que el viento se llevó?”… o, a otro nivel ¿quién fue el último al que le devolvió el dinero tras cobrarle por un bodrio que habían publicitado a bombo y platillo como gran película del año?), se ha visto golpeado por la realidad del progreso. Y debe cambiar, o morir como buen dinosaurio. Pero de ningún modo debe afectarme a mí en el ejercicio de mis libertades.

Eso, es lo que ha olvidado por completo el gobierno, un gobierno (“socialista”, que se dice… bueno, en fin) que, asombrosamente, no se posiciona con la sociedad para la que, supuestamente, trabaja. Al contrario, sólo parece importarle que las mismas personas que se estaban enriqueciendo en el pasado (y a las que tanto debe por favores propagandísticos, entre otras cosas), sigan enriqueciéndose en el futuro, del modo que más pueda convenirles, creando para ello los mecanismos de control que sean pertinentes.

Si es necesario, incluso al margen de los jueces. Quitándose máscaras. Entrando a saco con el saco. Demencial.

Se escudan, claro, en la protección de la propiedad intelectual y, más allá todavía, en “el autor”. Que, realmente, es el único que podría tener algún derecho moral a algo en este asunto, no los muchos intermediarios que pretenden seguir aferrados a su estela, forzándonos a todos a seguir pagándoles sus desorbitados sueldos y los de sus abogados.

Obviamente, entre los autores hay gente razonable, pero muchos cantantes, escritores y gentes del cine (“autores”, en general) han aplaudido organizadamente la ley Sinde, agrupándose en torno a algo lamentable que se autodenomina “Coalición de Creadores”. Nombres conocidos, gente que hubieras esperado que se plantearan las cosas de un modo más liberal, más cercano a la sociedad y menos decepcionante. Es una pena que no hayan sabido ver más allá de su bolsillo inmediato o de la frustración natural que puede derivarse de contemplar cómo otros, ajenos a su círculo, se enriquecen con su trabajo. Eso, puedo entenderlo perfectamente, claro que sí.

Pero, es que, es un hecho: existe internet y el control de la distribución es prácticamente imposible, a menos que se ataquen libertades de otros, de todos. Hay que asumirlo y, si no se asume, es que se están priorizando cosas que no deberían ni de lejos entrar en cuestión. Si hay que elegir entre primar unos derechos u otros, los que deben bajar la cabeza son los privados de carácter patrimonial, señores. Sin más vueltas. Y aquellos que están dispuestos a aceptar que todos caigamos bajo la censura (gobierno, coaliciones de creadores del tipo que sea, empresarios de la industria…), tendrán que asumir la censura social.

Por supuesto, lo ideal sería no entrar en insultos, aunque no es cosa sólo de uno de los bandos, como parecen plantear algunos. Yo, que aspiro a vivir algún día de mis obras, soy más de la opinión mesurada de Juan Gómez–Jurado (menos mal que hay autores como él, o como Isabel Coixet o Álex de la Iglesia, que sí reflexionan y comprenden lo inaceptable de algo como la ley Sinde) cuando dice que hay que asumir los cambios y buscar nuevas soluciones. Pero nuevas. No forzar las viejas bajo el pisotón guiado de la bota de un gobierno que actúa forzado por empresarios de un negocio extinto, a espaldas de su pueblo.

Definitivamente, los autores que tanto aplauden y se comprometen con una ley pro–censura deberían tener muy presente que, para perdurar en el nuevo modelo de negocio, en el que no se puede pretender cobrar “por copia”, sino “por fama”, va a ser imprescindible buscar de salida el agrado de sus clientes y la comprensión social para la profesión. Debe buscarse la empatía, no aumentar el abismo que separa las partes del conflicto, que es lo que está pasando. Cada vez más y más, con comportamientos como el de la SGAE, odiada y rechazada por sus prácticas que pudieran ser interpretadas como mafiosas, en connivencia con el gobierno. ¿En ese marco, realmente se puede esperar otra cosa que la total indiferencia del usuario por si cobra o no cobra alguien perteneciente a una élite privada para la que se estableció una tasa pública (¡y llamándonos a todos presuntos ladrones!)? El propio canon, ilegal, inmoral, y aún implantado por la fuerza pese a las respuestas de los tribunales, ha llevado a eso: si me consideran ladrón de salida y me cobran preventivamente por robar, entonces ya no hay delito. Me he ganado el poder copiar lo que me dé la gana.

Y, como dice la sabiduría popular: quien roba a un ladrón, tiene mil años de perdón.

Hay que ser tremendamente torpe, mucho, para crear algo como la ley Sinde, y muy ingenuo para pretender que sea socialmente aceptada nunca. Ni esta, ni ninguna otra vía que lleve a la censura, por mucha presión y muchos chantajes que planteen las fuerzas de “la industria”. Lo peor que ha podido hacer el grupo de mentes pensantes que poco pensaron al redactarla, es dar pie al “pirata” a protestar y decir “¡atención todos, que vulneran nuestros derechos!”, provocando el rechazo social contra el que sufre el robo y una reacción normal contra el evidente intento de censura. Porque, sí, es verdad, otra vez vulneran nuestros derechos.

Una última reflexión, para los autores que han firmado ese manifiesto respaldando la ley Sinde o, al menos, para los que realmente quieran dialogar y no cerrarse en banda para ganar dinero a costa de lo que sea. Con un acto así, con una aberración como la ley Sinde, se han abierto puertas que jamás hubieran debido abrirse. Puede parecer que compensa, para vivir mejor en el momento o para no sentirse robados en sus beneficios; pero la situación creada, o que se pretende crear, tarde o temprano nos afectará a todos, en todos los ámbitos de la vida.

El gobierno, presionado por un grupo empresarial que no obtenía los resultados deseados en los tribunales, se ha colocado por encima de los jueces para beneficiar económicamente a un sector privado a costa de los derechos de toda la sociedad. Y es de imaginar que, si se sale con la suya, no será la única vez que lo haga. Sólo la primera.

A veces puede parecer que supone un buen negocio vender las libertades, pero nunca lo es.

¿Quieren los autores (“autores”, no resto de profesiones intermediarias que se han vuelto parasitarias y que nadie tiene por qué verse obligado a mantener, y que son el auténtico problema en este asunto) proteger sus derechos “patrimoniales”? Bien, perfectamente legítimo: que acudan a los tribunales, que para eso están. Y si los tribunales no les dan la razón será que, sencillamente, la sociedad, que es quien decide qué es delito y qué no (la voluntad de la sociedad, no la de ningún gobierno, que debería limitarse a gestionar o de lo contrario entramos en la tiranía), ha decidido que el camino debe ser otro y, por tanto, las alternativas a buscar para salvar su negocio deben ser otras.

Como ciudadanos, todos, absolutamente todos (incluso las élites, aunque se sientan por encima de la ley), estamos viviendo una situación lamentable. Un aborto forzado a seguir vivo, como es la ley Sinde, supone un enorme retroceso para lo que hasta ahora se definía como un Estado de Derecho Democrático y Social. Veremos a dónde nos lleva.

Se avecinan tiempos interesantes, que dirían los chinos. Otros que saben bien cómo amordazar la red y sujetar al ser humano.

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San Juan surgido del pozo

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Pablo llegó tarde a la misa, pero no se sintió culpable. Bastante hacía con estar allí. Incluso entró en la iglesia, pese a que había jurado, poco antes de empezar la guerra, que jamás volvería a pisar una. Eso fue en el funeral de su padre, el día en que decidió que no habría suficiente sangre derramada en el mundo como para sentirse satisfecho. Sangre y destrucción, y muerte, y agonía.

Llegó una guerra. Qué apropiado.

Hacía mucho frío allí dentro. La luz del sol irrumpía por las grandes vidrieras de los laterales envolviendo la nave en un aura dorada, pero no conseguía calentar el hielo intenso que supuraban aquellas piedras. Pensó que, más que un templo, el lugar parecía un mausoleo, la tumba de un dios muerto desde hacía mucho. Y aquellas gentes que atestaban sus rincones, aquellas mentes crédulas que inclinaban las cabezas y susurraban rezos, se empeñaban en creer que seguía vivo, pero lloraban en sus corazones por la pérdida. Déjalo estar, Pablo, se dijo, al ver que Juan le miraba desde el fondo, desde el altar, con la Sagrada Forma entre las manos.

Aunque habían sabido el uno del otro, hacía años que no se veían, desde el día en que empezó la guerra y cada uno eligió un bando. El reencuentro fue un momento extraño. Se estudiaron el uno al otro, buscando las diferencias. No había tantas. Eran hermanos, habían crecido juntos, se conocían lo máximo que una persona podía conocer a otra y, en cierta medida, Juan seguía siendo el de siempre; él también.

Tuvo la impresión, la absoluta certidumbre, de que ambos estaban pensando en aquel lejano día, cuando eran pequeños y Juan se cayó al pozo.

Pablo tosió, sin poder contenerse. Así era la tisis, la nueva dueña de sus alientos; rompió bruscamente la magia que les había unido casi sin darse ni cuenta y el momento pasó. Juan siguió con su ritual y Pablo miró a los lados, buscando un asiento donde acomodarse. Los bancos estaban totalmente llenos, algo sorprendente en un pueblo tan pequeño. Reconoció algunos rostros, gentes de la localidad o de aldeas cercanas, pero en su mayor parte eran totalmente desconocidos. Así que era cierto que las misas del padre Juan habían empezado a atraer la atención de feligreses de otras zonas. Se ha vuelto loco, pensó. Juan estaba jugando con fuego, reconociendo públicamente aquellas habilidades. ¿Sería por eso que le había llamado? Una carta, tras tanto tiempo, y tan escueta. “Ven a verme. Es importante”. Nada más. Por supuesto, había ido.

Fuera el que fuese aquel que surgió del pozo, seguía siendo su hermano.

Pensó quedarse de pie, pero se sentía tremendamente cansado y le dolían mucho el pecho y la pierna. Estaba hecho una ruina, una de esas muchas ruinas creadas por la guerra, como un edificio de paredes rotas a cuyo través hubiese pasado un tanque destrozándolo todo. Al final, si que había habido sangre suficiente en el mundo para atragantarse, para llenarse de asco y más, y todo aquello le había dejado un legado imborrable: la tuberculosis que acabaría matándole, una rodilla destrozada en combate que le atormentaría mientras viviese, y unos dientes rotos durante su estancia en la cárcel, en una de las muchas palizas sufridas tras la derrota, que le hacían cecear de forma ridícula.

Era mejor no pensar en ello. Apoyado en su bastón, cojeó hasta uno de los últimos bancos, en el que había algo de espacio, y sus ocupantes se arrimaron unos a otros cuando se lo pidió en un susurro. Incluso lo hizo Evaristo el Lanas, el hijo de puta más fascista de la localidad. A reconocerse mutuamente, hubo un titubeo lleno de tensión. Evaristo le fulminó con la mirada, pero se contuvo, seguramente porque era el hermano de Juan. Y en otros tiempos Pablo hubiese entrado a discutir, indignado, pero ya había empezado a acostumbrarse a cerrar la boca sobre sus dientes rotos. Todo estaba perdido, ya nada importaba. Se apoyó como pudo en el pequeño espacio que le dejaron los ganadores. No estaba cómodo pero, al menos, estaba sentado.

Contempló cómo Juan daba la comunión. La gente se aglomeraba en el pasillo central, organizándose pacientemente en filas. Hombres y mujeres, gentes de todas las edades: ancianos, pocos jóvenes, algunos niños… Y Pablo veía que todos, aunque no lo pareciera, aunque no lo reflejaran sus cuerpos, estaban enfermos, tan enfermos como él. Venían ensordecidos por el retumbar de la guerra y soñaban con tener un alma que les ofreciese algún consuelo, algo que diera sentido a seguir adelante en medio de semejante horror. Juan era el foco de su esperanza. Les alentaba a participar en aquel absurdo ritual caníbal y, de vez en cuando acariciaba una cabeza.

Resplandecía de amor, como siempre.

No, como siempre no.

¿Era otro, cuando lo sacó del pozo, tras aquella experiencia espantosa en la que bajó a buscarle como pudo y cargó con él hacia la luz? Qué frías estaban la oscuridad y el agua allí dentro, tanto como el aire en esa iglesia, aunque su hermano resultó mucho más fácil de rescatar en aquel entonces. Cuando lo dejó sobre la hierba pensó que estaba muerto, tan pálido, tan helado… Pero Juan abrió los ojos en respuesta a sus voces, y escupió el agua de aquel extraño bautismo y le miró de otro modo.

En la iglesia, tanto tiempo después, el hombre en que se había convertido provocaba a su vez grandes cambios. Avanzaban hacia el altar criaturas sumidas en el miedo, la desesperación, la angustia, agonizando en una enfermedad física y espiritual; y regresaban a los bancos seres distintos, personas completas, con una sonrisa en los labios que alcanzaba la mirada. Pablo reparó en que cada vez hacía menos frío en la iglesia. La tumba del dios se iba transformando en un hogar de seres vivos, y seres inmensos, porque inmensa era su esperanza.

Alguien gritó que se había curado; una madre lloraba abrazando a su hijo; un anciano veía por primera vez el rostro de sus nietos…

Pablo suspiró, desalentado. Aquello, era solo el principio. Si Juan seguía haciendo esas cosas de forma tan evidente, el Vaticano tomaría medidas. Se lo llevarían a Roma y lo convertirían en un nuevo San Juan. Un San Juan surgido del pozo y de la guerra, que reforzaría todavía más a los vencedores, porque dirían que Dios les bendecía en su victoria con uno de sus mayores elegidos.

No quería desesperarse más. No quería. Ya no tenía sentido hacerlo.

De momento, la situación todavía estaba controlada. Juan terminó la misa y despidió a sus feligreses, que fueron abandonando la iglesia sin mayor alboroto. Al final, sólo quedó Pablo, sentado en su banco. Juan le volvió a mirar, desde la distancia, y se acercó.

– Me alegro de verte, hermano – le dijo. Pablo asintió.

– Me pediste que vinieras y he venido – vio que Juan se fijaba en sus dientes rotos, vio la compasión y la pena. Apretó los puños – Era lo menos que podía hacer. Te debo la vida. Gracias – añadió, con sinceridad. De no ser por su intervención, seguiría en la cárcel o ya estaría muerto. Juan agitó la cabeza.

– No más que yo a ti, ambos lo sabemos – se miraron a los ojos – Todo sucede por decisión divina.

– Sí, bueno… – no tenía ganas de entrar en la discusión de siempre – ¿Qué quieres?

Juan se sentó a la contra en el banco que Pablo tenía delante, apoyando los brazos en el respaldo.

– Verás, me han pedido que vaya a Roma – Por supuesto, pensó Pablo. Allí estaba, lo que temía – Discretamente, sin armar más alboroto del que ya se ha creado con los últimos acontecimientos. El Santo Padre quiere verme.

– Era de imaginar – replicó, tratando de disimular su enfado – Te dije mil veces que reservases esos… alardes para ti mismo.

– No son alardes. Nunca lo has entendido, Pablo, pero porque no quieres entenderlo. Sería ostentación si fuese algo hecho por mí mismo y lo hiciese para mi propia satisfacción. Pero no es algo que haga yo, es algo que viene de Él – señaló con un dedo hacia el techo –, destinado al bien del mundo. Si el Señor me ha otorgado unas capacidades, es para mejorar la situación de todos, no para mi familia y amigos. Compréndelo, estaba obligado a hacerlas públicas.

Pablo entrecerró los ojos.

– La verdad, no sé si pecas de humilde o de idiota. Ah, perdón, que tú no pecas. Para eso vine yo al mundo, para compensar – Juan no dijo nada, aunque fue evidente que le molestó el comentario. Pablo se cruzó de brazos – Bueno, tienes que ir a Roma para que te aplaudan y te canonicen. ¿Y? ¿Por qué me has llamado?

– Quiero que vengas conmigo.

Pablo arqueó las cejas.

– ¿Yo? ¿En Roma? ¿En el Vaticano? – no pudo evitar una carcajada – Estás de guasa, hombre. No podría contenerme. Quemaría hasta los cimientos ese nido hipócritas que simulan estar de lado de los pobres y necesitados pero son la maza de miedo y servidumbre que golpea al ritmo que indican los ricos. Baja la cabeza, obedece, humíllate, que ya tendrás una vida mejor. Ahora que la tengan otros, tú no. Joder, con un poco de suerte, también haría arder a ese Dios del que tanto se os llena la puta boca. Ese cabrón que permite que el mundo sea un lugar atroz en el que tantos inocentes sufren.

– ¡Pablo! – Pablo calló, pero porque le dio un acceso de tos. Tosió, tosió y tosió, hasta escupir un grumo repugnante de sangre en el pañuelo. Juan esperó en silencio, mirándole con pena – Estás tan lleno de odio que no eres capaz de ver la realidad. Él permite…

– No me hables del libre albedrío. No se te ocurra, Juan, es el argumento más retorcido, hipócrita y ridículo con el que me he topado, es lo que me faltaba – lo dijo con tanta firmeza que su hermano guardó silencio, apretando los labios – No es momento de una discusión teológica. En realidad, no hay nada de lo que tengamos que hablar. No voy a ir. Me alegro por ti, de veras. Supongo que ese es el mundo que te gusta y vas a tener un buen sitio en él. Vas a vivir como el Dios al que sirves y como los hombres a los que sirves. Si quieres hacerme un último favor, intenta mejorar las cosas para los que nada tienen, en lo que puedas. Yo no tengo nada que hacer aquí. No, desde hace mucho.

– Estás pensando en padre…

– Siempre pienso en padre, siempre, para compensar que tú jamás le has dedicado ningún recuerdo.

– Eso es injusto.

– ¿Ah, sí? Yo pienso en él. Y en ese hijo de puta del cura Anselmo, denunciándole en medio de un sermón que, si de verdad existe un Dios, le habrá condenado a los infiernos. También pienso en la cuneta en la que encontramos a padre… Pienso mucho en eso – dudó, apartando la vista, avergonzado – Ya ves, no soy mejor que tu dios. No fui a la guerra por mejorar las condiciones de vida de nadie, fui buscando venganza.

– Lo sé. ¿La encontraste?

Pablo negó con la cabeza. Apoyó el bastón, para ponerse en pie. Un martirio para su rodilla.

– Será mejor que me vaya.

– Espera – Pablo se detuvo – Tienes que venir conmigo, hermano. Recuerda que todo esto empezó contigo – iba a protestar, pero Juan no lo permitió – Me acusas de humildad, pero tú pecas de soberbia. Recuerdas tan bien como yo el pozo. Recuerdas que caí y tú me sacaste – se miraron en silencio – Sabes tan bien como yo lo que pasó realmente.

– Te saqué a tiempo. Te grité. No sé…

– Estaba muerto, Pablo. Y, tú, me trajiste de nuevo a la vida. El Señor actuó a través de ti.

Pablo parpadeó. Durante un momento, no supo qué decir.

– Te has vuelto loco.

– No. Siempre lo he sabido. Y tú también. Yo no era así, antes, no tenía… – alzó las manos, maravillado – esto. Esta capacidad inmensa que inunda mi alma como un río continúo. Tú me lo diste, junto con la nueva vida. Soy un vínculo entre Dios y la humanidad. Pero lo soy gracias a ti.

– No me jodas, Juan. No sé por qué tienes tanta fe, pero sabes que yo no tengo ninguna. Ninguna en absoluto. Pienso que eres tú que… – agitó la cabeza, desalentado, sin saber cómo verbalizar aquello – No sé, tienes algo. Me pregunto si eres realmente humilde o si te empeñas en crear a Dios por alguna otra causa, pero el caso es que lo inventas, le atribuyes lo que tú haces. A mí no me incluyas en tus locuras. Ni siquiera recé. ¡Ni siquiera pensé en un puñetero dios! – Juan lanzó una carcajada – ¿De qué cojones te ríes?

– De ti. De nosotros. Estamos atrapados en un juego absurdo, hermano. Piensas que soy humilde por creer que es Dios quien actúa, y no yo. Y yo pienso que eres infinitamente soberbio porque crees que me resucitaste tú solo, sin intervención divina.

– No estabas muerto.

– Sí, claro que lo estaba – se adelantó bruscamente y apoyó una mano en la rodilla de Pablo – Y tú, precisamente tú, no puedes dudar de ello.

Hubo un momento de dolor intenso, un calor infinito que empezó en su rodilla y se extendió por todo su cuerpo, quemando sus pulmones, abrasando su boca. Pablo gritó y se agitó bruscamente, intentando apartarse, pero Juan afirmó el contacto, no le permitió huir. El bastón cayó al suelo, con un golpe seco y las imágenes oscilaron a su alrededor como cera derretida. Luego, casi de inmediato, nada. No había presión en su pecho, ni tormento en la pierna. Tenía todos los dientes.

Juan le miró, con una sonrisa en los labios.

– Ha sido Dios – dijo.

– Has sido tú.

– Me resucitó el Señor.

– ¡Te resucité yo! – le apartó la mano de su rodilla, de un golpe – ¡Yo grité como un loco tu nombre, golpeando la tierra con los puños! ¡No recé ni una puñetera vez! ¿Te queda claro? ¡No pasó ningún jodido dios por mi cabeza! – se quedó paralizado. Sí, lo había admitido, al final lo había hecho. Juan había estado muerto. Recordó el miedo intenso, junto al pozo. El pequeño Juan, pálido, con los labios y los ojos azulados… No respiraba, no tenía pulso. Demasiado tiempo en el pozo, donde lo encontró flotando bocabajo, en el agua oscura y fría. Pero había vuelto a respirar tras llamarle tantas, tantas veces. Luego, había pensado volver a intentarlo, en el campo de batalla, ante cuerpos destrozado de amigos muy queridos. Así le habían encontrado más de una vez, tenso, las manos extendidas, los ojos desbocados en por el espanto, cegados por el rojo intenso de la sangre que lo salpicaba todo. Nunca se había atrevido a hacerlo pero, en su interior, en un rincón aterrado de sí mismo, sabía que aquellos cadáveres hubiesen respondido a su llamada – No quería decir eso. No estabas muerto. Yo…

Juan rió, divertido. Se puso en pie.

– Recapacita, Pablo. Examina todo en tu interior, sin prejuicios, con la debida modestia. Sabes bien que los hombres no hacen milagros y eso fue un milagro, y lo que yo hago, también. Siendo así las cosas, ¿seguro que no queda un poco de espacio para Dios en tu corazón? – Pablo no contestó. Casi se le había olvidado respirar. Juan suspiró – Me voy dentro de dos semanas. Si cambias de idea, ponte en contacto conmigo. Ojalá sea así. Puedo ayudarte a formar parte de todo esto. Tomarías los hábitos, como yo, y juntos borraríamos todo recuerdo del pasado – se refería a su participación en el bando perdedor, claro – Serías un hombre nuevo y con un gran futuro dentro de la Iglesia. En otro caso… ya sabes que siempre puedes buscarme, si me necesitas.

Pablo le vio alejarse y desaparecer por la puerta de la sacristía. ¿Un espacio para Dios? De no sentirse tan triste, se hubiese echado a reír. Miró el altar, y el gran retablo dorado que hubiera podido alimentar a tantos pobres en lugar de halagar la ambición de unos cuantos hipócritas. Pensó en el asesinato de su padre a manos de esos fascistas, en las muchas atrocidades que había visto durante la guerra; en la victoria, inaudita, inadmisible, de los que creían que había clases diferentes de personas y que muchos estaban en el mundo para humillarse sirviéndoles; en la derrota de la única causa justa en aquel conflicto, la de aquellos que creían en la libertad, en la igualdad, y en compartir.

Fijó los ojos en el Cristo. No podía creer en él, por mucho que se esforzase, no podía hacerlo. Ningún padre podía alegar el libre albedrío para justificar el permitir que sus hijos se fusilaran unos a otros en los muros de los cementerios. Para dejar que tantas mujeres y niños murieran por la violencia y el hambre. No, era evidente que estaban solos, librados a su suerte. Dios no existía, sólo era una idea difusa, bastarda de la superstición y el miedo.

Aquel milagro…

En menudo lío estaba. ¿Había resucitado él a Juan? ¿Y si había sido así? ¿Acaso era tanta soberbia aventurarlo? ¿Para poder vivir en paz, tendría que bajar la cabeza sumisamente y atribuirle el mérito de lo ocurrido a un poder superior, como hacía su hermano? Con total probabilidad. Aquellos buitres no consentirían compartir ese supuesto don divino y menos con alguien a quien no podían controlar. Le pondrían piadosamente en su lugar, a golpes, de ser necesario. Le recordarían que debía ser modesto y aprender a conocer y respetar sus límites.

La alternativa estaba clara, Juan lo había dicho: si aceptaba, tendría un gran futuro. No más hambre, no más necesidades, no más vergüenza y desaliento.

¿Podía terminar así su guerra? ¿Traicionando todo aquello en lo que creía para convertirse en uno de los vencedores? Pues no pensaba permitirlo. Que se jodieran la humildad y todas las virtudes, tantas veces pateadas por quienes las usaban de bandera. No compartiría aquello ni con Dios. Él lo había hecho y sólo él. Era suyo.

Antes de levantarse se inclinó y recogió el bastón, aunque lo dejó en el asiento del banco. Ya no lo necesitaba, se sentía mejor que nunca. Pensó en el flujo de la doble corriente que se creaba siempre alrededor de Juan. Había llegado a él hecho una ruina humana, sintiéndose como los restos escupidos de una guerra que sólo le había dejado cansancio y amargura, y salía convertido en alguien muy distinto. Ya no le molestaba la rodilla, ni sentía presión en los pulmones, ni ceceaba, ni le dolía tanto todo lo perdido.

Pero salió de la iglesia jurándose no volver a pisar una, jamás.

© Yolanda Díaz de Tuesta


CUARTA ÉPOCA

Año: 2011

Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported

(I PREMIO L CERTAMEN DE USUARIOS BUBOK. tema: La Humildad) - TEXTO MEJORADO

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Esclavos de la rueda eterna

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Supongo que es verdad que soy extraña. Qué le voy a hacer, no es culpa mía. Por más que lo he intentado, jamás he podido seguir el ritmo de los demás. Son todos tan ordenados, tan concienzudos, tan seguros de lo que quieren y de estar exactamente en el lugar que les corresponde… Mirándoles, se diría que nada ajeno a lo esperado puede llegar a afectarles. Atrapados en su rueda eterna y vertiginosa, la mayor parte nacen, crecen, se reproducen, se envenenan con una hipoteca y mueren, dejando gusanos y olvido como única herencia de su breve e inútil paso por el mundo.

Los veo grises. Los veo huecos. No tienen vida.

Apuesto a que ustedes, los que van a leer esto, nunca se han dado cuenta. Pueden vestir de blanco, como me han vestido a mí, como visten todos en este infierno al que me han arrastrado, pero estoy segura de que pertenecen por completo al mundo gris. Y, en él, nadie mira más allá de sus narices en las falsas calles de decorado. Lo sé bien. Siempre me ha gustado pasear, silenciosa y sin rumbo, deslizándome sobre las olas de lenta desesperación que forman los sueños muertos mientras dibujan arabescos sobre el asfalto o las baldosas de las aceras. A pesar de los colores intensos de mis emociones, que escapan por los poros de mi piel como barras de luz sólida, nadie ha parecido percatarse jamás de mi presencia. Absolutamente nadie, en la multitud de pieles vacías que siempre se mueven rítmicamente a mi alrededor, de un lado a otro, ordenadamente empecinados en sus tareas inútiles. A veces me han dado miedo. No miran “de verdad”. No ven “lo auténtico”. No sienten “realmente”.

A diferencia de ellos, yo, sola, terriblemente sola, cuando regreso a casa, a mi reducto de vorágine, me siento en el suelo, en una esquina, ocultando la cabeza entre las rodillas, entre los brazos, y me pregunto qué sentido tiene todo. Ninguno.

Mi casa. Quiero irme a mi casa. Allí me siento a salvo. Es mi territorio, mi fiel reflejo, con sus oscuras manchas de humedad en las paredes, su madera dañada por la polilla, sus cortinas ennegrecidas por el tiempo… Jamás he podido tener limpia la cocina, nunca, mira que me he esforzado a veces, pero siempre queda algo sucio en algún lado; además, al momento de recogerla me desespera porque aparecen otra vez platos por lavar, en una sucesión infinita… Qué agónico resulta fregar lo que sabes que tienes que volver a limpiar una y otra vez. Pero me arreglo, siempre he sabido encontrar soluciones. Por ejemplo, para ganarme la vida, mi aversión a los horarios se solucionó dedicándome a leer el futuro en las cartas por teléfono, aunque nunca me he comprado una baraja. ¿Para qué iba a necesitarla? No tengo ninguna fe en el sistema y puedo mentir impunemente a las voces anónimas que preguntan por sus destinos igual que otros mienten simulando ver algo en una tarjeta decorada con una torre que se derrumba, herida por un rayo. ¡Ciegos! ¿Cómo pueden ser tan superficiales, tan infantiles? Las preguntas siempre han girado sobre las mismas cosas: amor, trabajo, salud… Y yo veía sus auténticos futuros, lo realmente importante, pero me he callado sus muertes inevitables, su solitario miedo en ese último segundo, el único en el que serán por fin tan conscientes como yo, antes de no ser nada.

En todo caso, algo tenía que hacer, es cierto que no puedo plegarme a ningún horario. Para mí, el tiempo rige de otro modo. Es un concepto sin sentido, algo que se disipa tanto en los extremos de mi mente que ni existe. Yo no tengo reloj, hace mucho que dejé de usarlo, desde… desde el día en que lo rompí contra una columna, en un patio, tras un grito, sobre un charco de sangre y vómito…

Detalles, detalles y mucho odio…

Da igual. Es uno de los temas de los que no quiero hablar. Lo único que importa es que no tengo reloj y me agobia profundamente la idea de tener que hacer cosas concretas, en momentos impuestos, por razones absurdas. Y supongo que por eso me ha fascinado siempre contemplar cómo esas sombras sólo aparentemente sólidas cumplen unos horarios con tacto de hierro, esclavos unos de otros y de sí mismos. Suben y bajan las calles, entran y salen de negocios, arrancan y aparcan sus coches, siempre con prisas, como si fuera realmente importante llegar en un tiempo concreto a alguna parte… Sus pequeñas mentes sin imaginación ni esperanza sólo aspiran a formar parte de los engranajes de la gran rueda del mundo y se pierden en las grises huellas de su ilusoria realidad. Jamás analizan la auténtica situación ni se plantean las cosas. No se dicen, por ejemplo, “vamos a romper la rueda”. Algunos aseguran odiar su vida, y con razón, pero no hacen nada por cambiarla.

Yo tampoco, durante mucho tiempo. Pero porque no sabía cómo. Luego sí. Y, lo más importante, nunca dejé de buscar el modo. Nunca me dejé arrastrar por la rutina del mundo, nunca permití que me cegaran los cuatro listos que nacieron con más suerte o menos escrúpulos. No me creo que las cosas deban ser “así” por algún orden superior ni por alguna necesidad última.

No puedo. Simplemente, no puedo, porque soy puro caos y caos consciente, además, masa convulsa que se filtra por los rincones y empapa las paredes, haciendo estallar las lámparas, bramando cosas sin sentido en el aire acondicionado. Soy tan inmensa, que no entro en este cuerpo, ni en este mundo, ni en esta realidad. Los siento como un traje asfixiante varias tallas menor. Ya me lo probé, cuando salí de la infancia y traté de encajar, como veía encajar a todos, y sé que me moriría de volver a intentarlo. Es duro ser como soy en un mundo ordenado, tan necesitado de rutinas para poder seguir rodando a gusto de unos pocos. Es terriblemente duro estar vivo y consciente en medio de una multitud de seres sin mente propia, que raramente se plantean su propia existencia. La gigantesca rueda de lo cotidiano les alza en sus giros, les eleva en sus vueltas, y a mí me aplasta bajo su peso.

¿Me entiende alguien? ¿Habrá otros como yo en el mundo? Seguro que sí. Seguro que algunos aprovechan este conocimiento para manipular las masas y vivir mejor mientras puedan. Otros, vamos a la deriva y nos hundimos con nuestros escrúpulos. ¿Somos pocos, somos muchos?

Me siento tan sola… Sola e invisible. Inútil. Da igual haber estado, que no.

Por eso tomé esa decisión: tenía que hacer algo, como fuera, lo que fuera. Tenía que quemarles con el color de mis emociones, desgarrarles con mis gritos de desesperación. Tenía que convulsionar como fuera la corriente eterna de seres sin nombre ni destino, romper el círculo de rutina ordenada y tediosa en que se movían, provocar una catarsis. Que me vieran, aunque sólo fuera una vez.

De ese modo, yo no generaría, también, gusanos y olvido.

Yo sé que no estuvo bien, o que no hubiera estado bien de ser reales esos seres. Pero no lo eran, ¿lo entienden? Estaban huecos. Eran grises. Eran zombis. ¿Qué más da? ¿Por qué me hacen escribir estas cosas, por qué me obligan a pensar en ellas? ¿De verdad creen que pueden ayudarme? No lo creo. No quiero recordar, porque la mente se me enreda en esas largas calles de cartón piedra, en los rostros fantasmagóricos de rasgos desconocidos.

Quieren que lo diga, pero yo no quiero… No quiero, no quiero…

¿Debo hacerlo?

Era un supermercado, sí. Un lugar luminoso, de blancos tan blancos como este fulgor que nos rodea, aunque tenía también toques de rojo. Por eso lo elegí, porque era apropiado, me llamaba. Había espumillón por todas partes, y bolas de navidad colgando de ramas de acebo, y sonaban villancicos a través de los altavoces. Mientras caminaba por allí, silenciosa e invisible, recordé cuánto me gustaban, en otra época, cuando me sentía viva y los míos estaban vivos. No, no quiero hablar de ellos. La gente se va, lo llaman morir, y aún no lo entiendo. Todo era distinto cuando no me encontraba tan vacía, perdida como una marioneta rota en las sombras. Recuerdo que cantábamos, reíamos, nos mirábamos, nos tocábamos…

Hace tanto tiempo que no toco a nadie, que nadie me toca a mí… Sólo el espejo. El frío, frío espejo, en el que pongo la mano para intentar sentirme menos sola, en el que busco mis ojos porque son los únicos que responden con emoción a mi presencia…

Había muchas figuras en el supermercado, es verdad. Pero todas eran criaturas grises moviéndose por los pasillos llenos de productos, llenando convulsivamente cestas. No vieron el cuchillo hasta que la carne se agrietó mostrando secretos, hasta que la sangre salpicó por todas partes, empapando las latas de espárragos. Las cajas de galletas. Las botellas de lejía. Las bolsas de patatas fritas…

Me convulsioné en los gritos de espanto; me derretí en los pasos apresurados que iban en todas direcciones, repentinamente sumidos en mi caos infinito y arrollador; respiré a pleno pulmón en el miedo que volvía denso el aire.

Quería romperlo todo, destrozarlo todo. Pintar de rojo y muerte el mundo gris.

No sé cuantas sombras eliminé. Unas eran grandes, otras pequeñas, unas tenían voces graves, otras más agudas… Da igual. Obtuve mi recompensa: sus ojos muertos adquirieron el brillo de la vida, y me miraron. Me miraron fijamente, rompiéndose con mis colores, apartándome de los gusanos y del olvido.

Un pitido lo envolvió todo en alarma y pánico y me trajeron aquí, a este lugar que no quiero conocer, a esta mesa en la que no quiero sentarme, y a este folio en el que me han pedido que escriba cuanto recuerde, yo, que no quiero recordar nada. Todo es blanco: mi ropa, el lugar, la mesa, el folio. Y yo me pregunto, realmente, si en este infierno fantasmagórico encontraré una salida.

Aquí todo lo rige el sonido seco de un reloj. Y, aunque blancas, aunque no se muevan, aunque agonicen lentamente babeando en un rincón, las sombras siguen siendo sombras.

© Yolanda Díaz de Tuesta


CUARTA ÉPOCA

Año: 2010

Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported

(4º PREMIO XLIX CERTAMEN DE USUARIOS BUBOK. tema: Caos)

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“La Línea”, elegido mejor relato del último trimestre de 2010

La LíneaLa revista Más Literatura ha iniciado últimamente la buena costumbre de hacer una reseña y una entrevista al autor del mejor relato del trimestre, en opinión de los lectores de Bubok. Se vota sobre un listado formado por los relatos ganadores de cada quincena, y en esta ocasión uno de mis textos ha sido el elegido. Es verdad que, habiendo ganado el certamen tres veces seguidas (batiendo un récord en el tiempo que lleva el concurso), tenía yo una cierta ventaja: tres de los siete relatos que competían eran míos.

La Línea | Gólgota | Un hombre racional

De ellos, salió victorioso La Línea. Y victorioso de forma aplastante, casi duplicando al siguiente en el listado. Algo por lo que, obviamente, debo sentirme tan orgullosa como agradecida. Sin los lectores que me apoyaron y que me dieron sus votos y sus palabras de aliento, tanto esfuerzo no tendría mucho sentido. Gracias, de verdad, a todos ;D

Salvando el hecho de las limitaciones que impone el certamen (1700 palabras, por ejemplo), o que a veces un relato es más o menos flojo pero puede funcionar en un momento dado, La Línea tiene buen arranque, es un texto limpio y la intriga resulta interesante. Le sigue Gólgota que, en algunos aspectos, me parece mejor. En último lugar queda Un hombre racional, que cumplió bien, y como relato tiene su interés, pero no está a la altura de los otros.

Os invito a leer cuantos queráis. Y a opinar lo que mejor os parezca. Si os entretienen, se habrá cumplido su objetivo.

Y aprovecho también, como no, para desearos un muy Feliz Año Nuevo. Que el 2011 os llene de felicidad ;DD

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Incidente en la Terminal 5

terminal-5

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Blanco Futuro. Así dijo llamarse el miembro del FLCT (Frente Luminoso contra la Teleportación) que habían sorprendido justo cuando provocaba la avería. Maldito cabrón: por su culpa todo el sistema se colgó por completo en pleno proceso, causando la duplicación de casi trescientos usuarios y la pérdida de uno, un tal Jesús Sánchez, electricista de tercera, al que todavía no habían localizado por ningún sitio.

Si no podemos recuperar su información, si se ha desintegrado por completo, lo tenemos claro”, pensó Rebeca Goyri, Directora de la Terminal 5 de Remota, la empresa de transportes más importante del planeta. Una duplicación era algo que siempre entraba dentro de lo posible y a ese respecto todo estaba perfectamente reglamentado. El usuario aceptaba la posibilidad por contrato, asumiendo que toda copia tendría prohibido perturbar la paz del original. Remota, respaldada por potentes compañías de seguros, se comprometía a ofrecer un trabajo vitalicio al clon, el Estado le daba documentación apropiada y se le recolocaba en otro lugar, lo más alejado posible del punto de origen, con otro nombre, en una variante de la clásica protección de testigos. Por lo general, con eso, quedaban todos contentos.

O relativamente, como bien sabía Rebeca. Ella misma, era un duplicado desde hacía siete años y recordaba perfectamente la sensación terrible que tuvo cuando aquellos hombres uniformados con los trajes grises del Servicio de Seguridad de Remota se acercaron a ella para indicarle que sí, que la transferencia se había realizado, que no era que ella se hubiese quedado en el mismo sitio mientras su familia se iba. Ella también se había ido. Le costó tanto aceptar esa idea asombrosa… Se tiró horas llorando en un despacho frío y anónimo.

Y, en definitiva, tampoco le había ido tan mal en esos años; siempre había sido una persona trabajadora y responsable y había ascendido rápidamente dentro de la compañía. Ahora, dirigía una de las Terminales de nivel medio, tenía un bonito apartamento y un gato, vehículo privado y Pase VIP–Remota de trayectos largos, completamente gratuito, para viajar a cualquier parte del universo conocido durante el resto de su vida aunque, después de lo ocurrido, pocas ganas le habían quedado de ir a ninguna parte.

No podía quejarse, desde luego; pero, seguía añorando la vida que tenía antes de esas absurdas vacaciones. Sabía que no debía regresar, que no podía perturbar la paz de la cándida y feliz Rosa López que había sido, o la de su marido, arquitecto de profesión, de apariencia severa pero hombre cariñoso en el hogar, buen esposo, buen amigo y fanático de la jardinería y los cómics. Ellos, no habían llegado a enterarse nunca y no lo comprenderían. Tenían un hijo, que en un mes y medio cumpliría diez años. Rebeca siempre lo celebraba llorando frente a una tarta de fresas como la que tanto le gustaba.

Le aseguraron que para el niño era mejor no pasar por semejante trauma y que ella podría tener muchos otros. Pero, qué ganas podía tener de construirse una nueva vida. ¿Y si volvía a ocurrir lo mismo…?

Rebeca apartó aquellos pensamientos. No era momento para lamentarse y, por más que le pesase personalmente, la duplicación era algo que podía suceder. Pero la desintegración sin retorno era una cosa muy distinta, algo inusual y enormemente grave. La base del éxito de Remota se apoyaba por completo en la confianza que los usuarios depositaban en ella y se extremaban las medidas, con sucesivos volcados de datos, creando copias de seguridad en cada micro–segundo durante la transmisión. Según se decía, uno podía duplicarse, pero no desaparecer. Eso, nunca. Si el asunto de Jesús Sánchez se filtraba y llegaba a la prensa, podía llegar a crear una alarma social considerable, de consecuencias imprevisibles. Quién podía decirlo, con la cantidad de miedo adecuado, la gente podía considerar volver a los antiguos medios de transporte, más lentos y menos seguros pero también menos temibles. Si ocurría eso, Remota quebraría de inmediato, se sumiría en una ruina repentina y total. A Rebeca no le interesaba mucho el destino de los accionistas, pero sí su propia carrera. Allí estaban su casa y su futuro, no tenía nada más. Si todo se hundía a su alrededor, ella se iría a pique también.

Y, el culpable de todo aquello la miraba ahora con una sonrisita irónica que la estaba poniendo de los nervios. Blanco Futuro era un hombre delgado, con barba cuidada, cejas espesas, ojos negros y expresivos; hubiera podido parecer un profeta de la antigüedad de no ser por el mono naranja de técnico Clase B de Remota que vestía, su disfraz para acceder a las instalaciones. Menudo bellaco. Tras ser sorprendido, intentó escapar, pero le capturaron antes de llegar al nivel de superficie del edificio. Los guardias de seguridad de Remota le arrastraron a la sala de detención en la que se encontraban en esos momentos, un pequeño espacio de cristal ahumado y metal, aséptico y vacío a excepción de una mesa y un par de sillas desangeladas, donde, bajo la fría luz de un foco, se asustaba habitualmente a sobones y carteristas.

Blanco Futuro era algo muy distinto, el primer criminal con todas las letras que ocupaba el lugar. Le tenían convenientemente esposado, anclado a la mesa, mientras le interrogaban y evaluaban la situación. Carlos Navas, el Jefe de Seguridad de la Terminal 5, estaba también presente, apoyado en la pared, junto a la puerta. Rebeca había evitado mirarle, como siempre, mientras pensaba que era la vez que más tiempo habían estado juntos en la misma habitación, desde la fiesta de Año Nuevo, en la que terminaron desnudos y sudorosos en su despacho. Navas había intentado hablar con ella varias veces, pero Rebeca no podía enfrentarlo. No en ese momento.

– Tus amos y tú matáis gente cada día – sentenció por enésima vez Blanco Futuro, mirándola con aquellos ojos inquietantes – A cientos, a miles…

– Oh, no, líbranos de la mierda de vuestro ideario – replicó Navas – Nosotros no matamos gente, imbécil, eso lo dejamos para tarados como tú. Nosotros sólo la transportamos de un sitio a otro.

– Mentira – las pupilas negras giraron hacia él – Lo digas como lo digas, la destruís, Navas. Lo que surge al otro lado del trayecto no es más que una triste copia de lo que fue y lo sabes – técnicamente, era correcto, aceptó Rebeca. Al fin y al cabo, el procedimiento de transporte consistía en un escaneado con posterior desintegración. Toda la información que constituía la persona era entonces enviada a velocidad luz y reconstruida en otro sitio. No se trataba de un proceso instantáneo, como se vendía en publicidad. Todo seguía dependiendo de la distancia. A la Terminal 1001, situada en las bases mineras de la Luna, se llegaba en un segundo, mientras que a la Terminal 10001, situada también en bases mineras, pero en el Titán de Saturno, el viaje duraba alrededor de una hora, y eso en el mejor momento de alineación planetaria – El que era, ya no es, el que era, ya no está – insistió Blanco Futuro, más profeta enajenado que nunca – Y nadie, nadie, puede reconstruir un alma, ni siquiera vosotros. Mucho menos, vosotros. Se pierde, muere.

Rebeca bufó, suplicando internamente por un poco de paciencia.

– Dime dónde está el alma y la teleportaré.

– ¿Tú lo preguntas? ¿Precisamente tú, que eres una mera copia, un defecto, el resultado de un lamentable error? – Rebeca se sonrojó a su pesar – Lames el culo de los que te crearon porque no tienes nada más, Goyri. Y arriesgarías cualquier cosa, a cualquiera, por seguir con tu sucedáneo de vida. No sabrías reconocer algo espiritual aunque te golpease en todo el rostro con una maza sagrada.

Navas hizo una señal al guardia. El forzudo le dio un puñetazo a Blanco, rompiéndole el labio.

– Seguro que tú sí reconocerás ese puño, si tiene que volver a golpearte –  dijo Navas, enfadado – Ahora, repito: ¿quién te dio las claves?

Nada, ni caso. Rebeca estaba buscando cómo replantear el asunto cuando sonó su comunicador. Le hizo una seña al guardia para que no quitara ojo del terrorista religioso y contestó, mientras asentía a Navas, cuyo comunicador también había empezado a pitar casi de inmediato y estaba saliendo para hablar en el pasillo – ¿Sí? Rebeca Goyri.

– Señorita Goyri, llamamos de Presidencia – instintivamente, Rebeca se sentó con la espalda más recta – Hemos recibido su informe.

– Sí, señor. Decidí enviarlo lo antes posible.

– ¿La cifra se confirma? ¿Doscientos noventa y ocho duplicados?

– Sí, señor. De ellos, al menos una docena son niños, de modo que habrá que recurrir al apartado cuarto de la norma trescientos diez y ocuparse de su mantenimiento y educación hasta su mayoría de edad.

– Comprendo. Y el señor… Jesús Sánchez, ¿ha aparecido?

– Todavía no, pero es pronto. Seguro que…

– Sí, comprendo que, ahora mismo, están todos ustedes trabajando con la mayor diligencia para solucionar el problema – la amabilidad del tono alarmó a Rebeca – Pero espero que entienda que este asunto es extremadamente grave, en todos los sentidos. Estamos pasando por un periodo de crisis económica mundial. La empresa no puede asumir los gastos de lo ocurrido.

– Comprendo, señor – murmuró Rebeca, pensando en los grandes coches del Consejo, sus mansiones, sus lujosos yates… No sólo podían asumir esos gastos sino que, si lo desearan realmente, podrían erradicar por completo la pobreza y el hambre del mundo. Pero, claro, no querían. El juego no resultaba divertido si algunos no estaban lo bastante desesperados como para hacer cualquier cosa a cambio de un sueldo miserable. Como decía Martínez, el Responsable de Área Continental, un individuo repugnante, si todo el mundo tenía dinero suficiente como para ir de cliente a un bar, ¿quién iba a poner las copas?

– Lamentándolo mucho, vamos a tener que recurrir al procedimiento Omega. Me entiende, ¿verdad? – la mente de Rebeca se deslizó por la Normativa que había estudiado tantas veces, llegando a la parte escrita tras una línea roja y se sintió incapaz de responder. Al otro lado de la mesa, Blanco Futuro sonrió con más amplitud – El atentado nunca ha ocurrido. Reúna a los clones y proceda a su eliminación.

– Pero, señor, son… hay niños.

– Sólo son clones. Copias. Errores de proceso. No olvidemos que los niños auténticos están en el lugar de destino, dedicados a sus asuntos y sin enterarse de nada.

– Señor… – dudó, pero lo dijo – Le recuerdo que yo también soy una duplicación.

Hubo un momento de silencio al otro lado. Luego, el tono fue comedido.

– Eso, podría solucionarse. Ambos sabemos que sólo hay duplicación cuando existen dos sujetos idénticos, por culpa de un error en la transferencia. Y nos han informado de cuánto echa de menos su hogar, a su marido, a su… hijo. Es una situación que lamentamos profundamente. Si responde a nuestras necesidades, señorita Goyri, no dude de que nosotros responderemos a las suyas. Será única. Y podría usar su propio nombre y regresar a su casa.

Rebeca pensó en la Rosa López que había sido. La que seguía siendo, allá en la casa con el pequeño jardín, con un esposo y un hijo que la querían. Y el perro, Sugus. Se preguntó si Sugus la reconocería a ella, si reconocería el olor de Rebeca Goyri.

– ¿Me está diciendo que…?

– No estoy diciendo nada. Pero tenga en cuenta que ha llegado a una importante encrucijada en su vida. Si sigue nuestro camino, le prometo una identidad completa – esperó un poco. Como Rebeca no dijo nada, su interlocutor asumió que estaba de acuerdo. De todos modos, debió decidir que había que reforzar el asunto con un toque de amenaza – Elimine todos los obstáculos y asegúrese de que no queda rastro alguno de lo ocurrido en los informes de la Terminal 5. Recuerde que es usted la responsable última de todo. Si algo de esto se filtra, será su cabeza la que ruede.

– Comprendo… ¿Qué hago con el terrorista?

– ¿De qué terrorista me habla? Nunca ha habido ningún atentado, señorita Goyri.

La comunicación se cortó bruscamente. Rebeca apagó el comunicador y mantuvo la mirada de Blanco Futuro.

– Sólo sois copias – dijo el fanático – Cuerpos sin alma. Máquinas biológicas sin espíritu santo.

– Y tú eres un hijo de puta – se volvió hacia la puerta cuando entró Navas. Por su cara, pudo imaginarse que sus problemas no habían hecho sino aumentar – ¿Qué ocurre? No, mejor no me lo digas. Ahora mismo no puedo afrontar nada más – se frotó las sienes – ¿Sabes lo que quieren que haga?

– Claro que lo sé. Me acaban de ofrecer tu puesto – Rebeca parpadeó – ¿En qué mundo vives? Despierta, Rebeca. En cuanto des las órdenes, serás la única en pagar por semejante crimen. La historia oficial será que lo hiciste actuando por tu cuenta, intentando ocultar tu error. Y, tras asesinar a toda esa gente, yo te hice detener.

– Pero… lo negaría todo.

Navas lanzó una carcajada.

– Cariño, ¿qué dices? Lógicamente, siendo más culpable que Judas, intentarías huir. Y tendrías un lamentable accidente, cayendo por una ventana, o algo así – Rebeca le miró horrorizada – Han dejado esa parte a mi libre creatividad.

– Sois la hostia – rió Blanco Futuro – Y eso que, tú, no eres una copia.

– No, amigo. Yo soy un imbécil totalmente original y tú una escoria común de lo más común –se pasó una mano por el pelo, mascullando una maldición y, luego: – La pregunta que debemos hacernos ahora es si hay algún héroe en esta sala…

– Navas… – empezó ella, aunque ni sabía qué iba a decir.

– Calla. Deja que piense, que no sé cómo vamos a salir de esta. Aunque supongo que no hay muchas opciones – titubeó un momento y luego activó su comunicador – Soy yo. Pincha ahora, no podemos esperar más. Te digo que no. Lo comprenderás en cuanto veas la información. Está todo. También te voy a enviar grabaciones de mi móvil y los duplicados. Sí – miró al fanático – Mmm… Bueno, espero que eso no fuera imprescindible, porque ha desaparecido. Sí, parece ser que finalmente consiguió escapar. Bien – cortó. Miró a Rebeca – Listo. En pocos minutos todo se hará público. Es lo único que puede salvarnos ahora mismo. Remota tiene que caer.

Rebeca le miró anonadada. Tardó casi medio minuto en reaccionar.

– Lo tenías preparado.

– No exactamente. O no de este modo. Pero sí que tenía mis contactos – se dirigió a los guardias – Llevad a este canalla a la cinta de salida. Procedimiento Omega.

– ¿Qué? – por primera vez, Blanco Futuro perdió la sonrisa – ¡No puede hacer eso! ¡Es un asesinato!

– ¿En serio? Pues es exactamente lo que buscabas para casi trescientas personas. Te jodes.

– ¡Pero yo tengo alma! – gritó, mientras le arrastraban a la puerta.

– Eso espero, de verdad – replicó Navas – Así se pudrirá en el infierno – esperó un segundo hasta estar solos y miró a Rebeca – Tú y yo tenemos una conversación pendiente desde Año Nuevo, Rebeca, no creas ni por un segundo que lo olvido, pero supongo que ahora mismo tampoco es el momento. Hay un montón de gente esperando que les digamos qué va a ocurrir con ellos y tenemos que sacarles de aquí – le tendió la mano – Vamos, Rebeca Goyri. Si te parece podemos…

– Soy Rosa – dijo ella, sintiendo que aquello le quemaba la boca según salía – Rosa López. Trabajo de secretaria en una agencia de viajes y me gusta la cocina y leer. Tengo un marido, y un hijo, y un perro llamado Sugus.

Navas agitó la cabeza.

– No, Rebeca, aún no lo has entendido. Rosa López ya existe en alguna parte, feliz, ignorante de todo esto. Seas quien seas, no eres ella, porque no sólo importa cómo lo ves tú o cómo lo sientes tú. Ante los ojos del mundo, apareciste repentinamente hace siete años. Puede parecer injusto, puede ser terrible, pero es así, y es inútil luchar contra los hechos. Y tal como yo lo veo, lo mejor en estas circunstancias es intentar salir adelante, sin golpearse la cabeza una y otra vez contra el mismo muro. Rebeca Goyri existe, existe por sí misma, y debería tener también la oportunidad de buscar su propia parcela de felicidad. A mí, al menos, me gustaría… – ella suspiró y tomó su mano. Navas sonrió – Vamos, ven. Es el último día de la Terminal 5. Hagamos bien nuestro trabajo.

© Yolanda Díaz de Tuesta


CUARTA ÉPOCA

Año: 2010

Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported

(2º PREMIO XLVII CERTAMEN DE USUARIOS BUBOK. tema: Ciencia Límite)

Amanece. El sol está tiñendo de oro las aguas del mar y me ilumina, aquí en lo alto, azotada por el viento húmedo. Tengo los pies firmemente afianzados sobre un metal que siento frío y fugaz. Sé que esos hombres tan extraños me miran, divididos entre la esperanza y el horror, pero yo sólo tengo ojos para el mar. ¡Parece tan colosal, tan inmenso! Hogar de dioses y espíritus, según dicen, y aquí está, esperándome. Siempre ha estado aquí. Y yo tenía que llegar.

Antes, no lo sabía. Si caminé hasta la costa durante semanas, fue porque me habían contado que, en las tierras que quedaban al otro lado del mar, se comía tres veces al día. ¡Tres! Ni mi madre ni yo podíamos creerlo. “¡Exageraciones!”, nos dijimos. Quizá dos, más probablemente una… Pero, aún así, decidimos que merecía la pena intentar el largo y penoso viaje. Ambas pertenecíamos al grupo de los que conocen la angustia de ver caer la noche sobre un día en el que no has tenido absolutamente nada que comer. Para nosotras, saber que habría algo seguro, al menos una vez, ya nos parecía suficiente milagro.

Ni la tierra, ni el mar, ni los hombres, podían suponer un obstáculo en mi camino.

– Llegaré, madre – soñé en voz alta, intentando no ver que ella no lo creía – Llegaré, y arrancaré un futuro de ese paisaje extraño.

Dejé atrás una hija que no dejaba de llorar y una madre que ya no podía hacerlo. A veces, en el largo camino, temblando de angustia y de frío, creándome de la nada una y otra vez en cada paso, me pregunté si era una mujer valiente. La verdad, no lo creo. Me atemorizan los dioses que viven en la espesura, los espíritus que nunca descansan y todo lo que no soy capaz de ver en la oscuridad. Pero tuve que ver morir a mi esposo por la guerra y a mi hijo menor por el hambre, y mis ojos se quemaron con esas imágenes. Hay cosas que ya jamás podrán asustarme.

Alcancé el mar con llagas en los pies sólo para descubrir que, en la ciudad costera, se hacinaban otros muchos como yo, deseando exactamente lo que yo quería. Recuerdo haber pensado que había olas en el mar y había olas en tierra, formadas por una inmensidad de seres que se mecía continuamente de un lado a otro, sin rumbo ni esperanza, sin principio ni fin, arrastrados por una insoportable marea de desilusión. Éramos náufragos en el océano del mundo, cargados con un eterno lastre de hambre y miedo. Y todos nos sentíamos asfixiados, empujados por la desesperanza de la nada que nos perseguía muy de cerca, comprimidos contra aquella frontera líquida que nos separaba del mundo soñado.

Se hablaba de los que lo intentaban y no lo conseguían…

A mí, que nunca antes había visto el mar, me pareció hermoso y temible. Quizá porque no sabía nadar, me amedrentaba más que cualquier otro de los obstáculos que me había encontrado en el camino, pero no quería demostrarlo. Me acerqué a la orilla. Era la hora del crepúsculo y el cielo destilaba rojos intensos sobre aquella gran masa de agua. Supuse que allí, en el rumor de aquellas olas, debían habitar espíritus muy fuertes. Tuve que recordarme una y otra vez que quien ha visto la sangre de su hombre mezclada con el barro del mundo, ya no le teme a nada.

– No te atrevas, mar. No te atrevas – le dije, desafiante, apretando los puños. El último obstáculo, mi adversario definitivo. No consentiría que me detuviese. Por mi madre. Por mis hijos, los vivos y los muertos. Por el recuerdo de mi esposo y por mí misma, lo cruzaría y conquistaría, y llegaría al otro lado.

Las olas murmuraron en respuesta algo que no pude entender. Soy gente de tierra seca, de polvo, de sol despiadado. Nunca he comprendido otros lenguajes.

Supongo que se burlaba de mi arrogancia, porque pronto descubrí que para los que nada teníamos había pocas opciones y todas quedaban fuera de mi alcance. No disponía ni de la documentación ni de los medios para viajar legalmente. Hasta para vivir en el día a día tuve que olvidarme por completo de mí misma y trabajar en un burdel cercano al puerto, lo único que logré encontrar tras dar tumbos por todos lados, arrastrada en aquella marea.

Empezaba a hacerme a la idea de que nunca saldría de allí, cuando conocí a Ahmed. ¡Creía que yo era guapa! Eso casi me hizo sonreír, pensando en tantos instantes en los que se quedó mi posible belleza; mirando hacia atrás, casi podía verla, como jirones de ropa destrozada en las zarzas de un camino. Pero agradecí aquel rayo de ilusión y le escuché mientras hablaba del barco que iba a levar anclas, de la oportunidad única. Él pensaba subir de polizón con un par de compañeros. Yo no dudé ni un segundo. Me fui con ellos.

Era de madrugada cuando nos deslizamos en el barco, cuatro sombras encogidas por el temor a ser descubiertas…

No merece la pena hablar del inicio del viaje. No teníamos casi luz, pero hubiera dado lo mismo: nadie se atrevía a mirar a los ojos a los demás, para no ver su miedo reflejado. Todo vibraba y se oía continuamente un bramido de fondo, una mezcla de ruido de motores y el eterno rumor del mar. A veces, yo ponía las manos en la gigantesca pared de metal que me separaba de aquella bestia y trataba de sentirlo más cerca. Me preguntaba si estaría furioso con nosotros por haber burlado sus límites, por habernos atrevido a cruzarlo sin permiso de mortales o inmortales.

No sé en qué momento se detuvieron los motores. Yo estaba dormida y fue Ahmed el que me despertó. Dijo que los otros dos habían ido a investigar. De pronto, oímos gritos y movimiento, seguidos de pasos, muchos pasos, invadiendo la bodega. Debían haber descubierto a nuestros compañeros y nos estaban buscando. Corrimos, separándonos entre los gigantescos montones de carga. Yo me escondí bajo unos sacos y contuve la respiración. No me encontraron pero sí a Ahmed. Oí sus gritos, y golpes. Se lo llevaron.

Al cabo de un rato, me arriesgué a salir de mi escondite. Nuestras cosas no estaban en su sitio por lo que, tras pensarlo bien, me dirigí a la escalera. No me engañaba: lo mejor, dadas las circunstancias, era entregarme. Tenía más posibilidades de sobrevivir al viaje estando con mis compañeros encerrada en algún sitio, que allí sola, a oscuras y sin víveres ni agua.

Salí al exterior, al olor a mar, al sabor salado de la brisa, en algún punto cerca de la borda. Desde allí me deslicé por un lateral, siguiendo las voces. No entendía el lenguaje de los hombres del barco, aunque sí supe que estaban furiosos. Ahmed pedía clemencia, suplicaba aterrado. ¿Qué ocurría? Cada vez más asustada, rodeé la pared de un castillete y pude ver el grupo, justo en el momento en que dos marineros arrojaban por la borda a uno de nuestros compañeros. Ahmed forcejeaba con otros tres, pero le golpearon en la cabeza con una barra de hierro y corrió la misma suerte.

No me lo podía creer. No me podía mover.

– ¡Eh! – oí entonces. Sobresaltada, miré a un lado y me topé con el rostro iracundo de otro marinero. Los demás también dieron gritos y fueron de inmediato hacia mí. Intenté huir como pude, corriendo enloquecida por aquel barco inmenso que tan hostil me parecía pero, como era de suponer, terminaron cerrándome el paso, arrinconándome contra la borda.

Entonces, para mi sorpresa, se detuvieron. Formaron un semicírculo a mi alrededor, pero no se acercaron más. Todos me miraban con expresiones perdidas entre la ira y el espanto, los ojos deslizándose entre los míos y mi vientre, ya abultado por la curva de una nueva vida.

Las voces. Las voces dando vueltas en el aire empapado de mar…

– ¡Por Dios! ¡No podemos hacerlo! ¡Eso no!

– ¡Ya conoces la ley! ¡Con ella aquí, no tenemos seguro, y si la llevamos con nosotros nos caerá una multa que no podremos afrontar, como poco! ¡Y si la llevamos de vuelta, lo perderemos todo!

– ¡Son leyes estúpidas, criminales!

– ¡Díselo al que las redactó en un despacho!

– ¡Hay que echar fuera al intruso! ¡No tenemos más remedio!

– ¡Está embarazada!

– ¡También lo está mi hija! – el que dijo eso se dirigió hacia mí, mirándome con ira e impotencia. Contemplé el rostro asustado de un viejo enfrentado a la miseria, aterrado por la misma nada de la que yo había llegado huyendo – ¿Te das cuenta de la situación en la que nos has puesto, niña? ¡No puedo perderlo todo!

Yo no entendía sus palabras, pero la desesperación que transmitían sus ojos era hermana de la que vivía en mi interior. Sentí una pena inmensa, por ellos, por mí: todos en aquel barco éramos seres atrapados.

– Oh, no, diablos – susurró el viejo – No te pongas a llorar…

Estaba tan cansada, tanto… Ya era hora de aceptar que no conseguiría cruzar hasta las tierras de la abundancia. Y que tampoco podía regresar. Si lo hacía, tendría que enterrar allí este nuevo hijo, porque a nadie iba a importarle el destino de un niño famélico más entre el oleaje humano de los oprimidos; y a mí me esperaban el burdel, el hambre, la enfermedad y una muerte solitaria en la ciudad de la Gran Marea, la que devoraba los sueños y escupía pesadillas.

El mar bramó, el inmenso mar que estaba por todos lados, en el aire, en el viento, en aquel olor maravilloso que azotaba mi pelo…

Y entonces, entendí lo que me decía, lo entendí de verdad. Me esperaba, aquel era mi destino.

Por eso, me subí a la borda. Por eso, estoy aquí…

Amanece. Siento el metal bajo los pies, el viento húmedo azota mi cuerpo; el mar me observa, el cielo calla.

– ¡No! – grita el viejo, y hasta se adelanta para tratar de impedir lo que él mismo había querido hacer momentos antes. Pero yo salto.

Salto hacia el mar, sin miedo. Ahora conozco su idioma.

No te atrevas, mar.

No te atrevas…

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En la gran marea

gran-marea

Amanece. El sol está tiñendo de oro las aguas del mar y me ilumina, aquí en lo alto, azotada por el viento húmedo. Tengo los pies firmemente afianzados sobre un metal que siento frío y fugaz. Sé que esos hombres tan extraños me miran, divididos entre la esperanza y el horror, pero yo sólo tengo ojos para el mar. ¡Parece tan colosal, tan inmenso! Hogar de dioses y espíritus, según dicen, y aquí está, esperándome. Siempre ha estado aquí. Y yo tenía que llegar.

Antes, no lo sabía. Si caminé hasta la costa durante semanas, fue porque me habían contado que, en las tierras que quedaban al otro lado del mar, se comía tres veces al día. ¡Tres! Ni mi madre ni yo podíamos creerlo. “¡Exageraciones!”, nos dijimos. Quizá dos, más probablemente una… Pero, aún así, decidimos que merecía la pena intentar el largo y penoso viaje. Ambas pertenecíamos al grupo de los que conocen la angustia de ver caer la noche sobre un día en el que no has tenido absolutamente nada que comer. Para nosotras, saber que habría algo seguro, al menos una vez, ya nos parecía suficiente milagro.

Ni la tierra, ni el mar, ni los hombres, podían suponer un obstáculo en mi camino.

– Llegaré, madre – soñé en voz alta, intentando no ver que ella no lo creía – Llegaré, y arrancaré un futuro de ese paisaje extraño.

Dejé atrás una hija que no dejaba de llorar y una madre que ya no podía hacerlo. A veces, en el largo camino, temblando de angustia y de frío, creándome de la nada una y otra vez en cada paso, me pregunté si era una mujer valiente. La verdad, no lo creo. Me atemorizan los dioses que viven en la espesura, los espíritus que nunca descansan y todo lo que no soy capaz de ver en la oscuridad. Pero tuve que ver morir a mi esposo por la guerra  y a mi hijo menor por el hambre, y mis ojos se quemaron con esas imágenes. Hay cosas que ya jamás podrán asustarme.

Alcancé el mar con llagas en los pies sólo para descubrir que, en la ciudad costera, se hacinaban otros muchos como yo, deseando exactamente lo que yo quería. Recuerdo haber pensado que había olas en el mar y había olas en tierra, formadas por una inmensidad de seres que se mecía continuamente de un lado a otro, sin rumbo ni esperanza, sin principio ni fin, arrastrados por una insoportable marea de desilusión. Éramos náufragos en el océano del mundo, cargados con un eterno lastre de hambre y miedo. Y todos nos sentíamos asfixiados, empujados por la desesperanza de la nada que nos perseguía muy de cerca, comprimidos contra aquella frontera líquida que nos separaba del mundo soñado.

Se hablaba de los que lo intentaban y no lo conseguían…

A mí, que nunca antes había visto el mar, me pareció hermoso y temible. Quizá porque no sabía nadar, me amedrentaba más que cualquier otro de los obstáculos que me había encontrado en el camino, pero no quería demostrarlo. Me acerqué a la orilla. Era la hora del crepúsculo y el cielo destilaba rojos intensos sobre aquella gran masa de agua. Supuse que allí, en el rumor de aquellas olas, debían habitar espíritus muy fuertes. Tuve que recordarme una y otra vez que quien ha visto la sangre de su hombre mezclada con el barro del mundo, ya no le teme a nada.

– No te atrevas, mar. No te atrevas – le dije, desafiante, apretando los puños. El último obstáculo, mi adversario definitivo. No consentiría que me detuviese. Por mi madre. Por mis hijos, los vivos y los muertos. Por el recuerdo de mi esposo y por mí misma, lo cruzaría y conquistaría, y llegaría al otro lado.

Las olas murmuraron en respuesta algo que no pude entender. Soy gente de tierra seca, de polvo, de sol despiadado. Nunca he comprendido otros lenguajes.

Supongo que se burlaba de mi arrogancia, porque pronto descubrí que para los que nada teníamos había pocas opciones y todas quedaban fuera de mi alcance. No disponía ni de la documentación ni de los medios para viajar legalmente. Hasta para vivir en el día a día tuve que olvidarme por completo de mí misma y trabajar en un burdel cercano al puerto, lo único que logré encontrar tras dar tumbos por todos lados, arrastrada en aquella marea.

Empezaba a hacerme a la idea de que nunca saldría de allí, cuando conocí a Ahmed. ¡Creía que yo era guapa! Eso casi me hizo sonreír, pensando en tantos instantes en los que se quedó  mi posible belleza; mirando hacia atrás, casi podía verla, como jirones de ropa destrozada en las zarzas de un camino. Pero agradecí aquel rayo de ilusión y le escuché mientras hablaba del barco que iba a levar anclas, de la oportunidad única. Él pensaba subir de polizón con un par de compañeros. Yo no dudé ni un segundo. Me fui con ellos.

Era de madrugada cuando nos deslizamos en el barco, cuatro sombras encogidas por el temor a ser descubiertas…

No merece la pena hablar del inicio del viaje. No teníamos casi luz, pero hubiera dado lo mismo: nadie se atrevía a mirar a los ojos a los demás, para no ver su miedo reflejado. Todo vibraba y se oía continuamente un bramido de fondo, una mezcla de ruido de motores y el eterno rumor del mar. A veces, yo ponía las manos en la gigantesca pared de metal que me separaba de aquella bestia y trataba de sentirlo más cerca. Me preguntaba si estaría furioso con nosotros por haber burlado sus límites, por habernos atrevido a cruzarlo sin permiso de mortales o inmortales.

No sé en qué momento se detuvieron los motores. Yo estaba dormida y fue Ahmed el que me despertó. Dijo que los otros dos habían ido a investigar. De pronto, oímos gritos y movimiento, seguidos de pasos, muchos pasos, invadiendo la bodega. Debían haber descubierto a nuestros compañeros y nos estaban buscando. Corrimos, separándonos entre los gigantescos montones de carga. Yo me escondí bajo unos sacos y contuve la respiración. No me encontraron pero sí a Ahmed. Oí sus gritos, y golpes. Se lo llevaron.

Al cabo de un rato, me arriesgué a salir de mi escondite. Nuestras cosas no estaban en su sitio por lo que, tras pensarlo bien, me dirigí a la escalera. No me engañaba: lo mejor, dadas las circunstancias, era entregarme. Tenía más posibilidades de sobrevivir al viaje estando con mis compañeros encerrada en algún sitio, que allí sola, a oscuras y sin víveres ni agua.

Salí al exterior, al olor a mar, al sabor salado de la brisa, en algún punto cerca de la borda. Desde allí me deslicé por un lateral, siguiendo las voces. No entendía el lenguaje de los hombres del barco, aunque sí supe que estaban furiosos. Ahmed pedía clemencia, suplicaba aterrado. ¿Qué ocurría? Cada vez más asustada, rodeé la pared de un castillete y pude ver el grupo, justo en el momento en que dos marineros arrojaban por la borda a uno de nuestros compañeros. Ahmed forcejeaba con otros tres, pero le golpearon en la cabeza con una barra de hierro y corrió la misma suerte.

No me lo podía creer. No me podía mover.

– ¡Eh! – oí entonces. Sobresaltada, miré a un lado y me topé con el rostro iracundo de otro marinero. Los demás también dieron gritos y fueron de inmediato hacia mí. Intenté huir como pude, corriendo enloquecida por aquel barco inmenso que tan hostil me parecía pero, como era de suponer, terminaron cerrándome el paso, arrinconándome contra la borda.

Entonces, para mi sorpresa, se detuvieron. Formaron un semicírculo a mi alrededor, pero no se acercaron más. Todos me miraban con expresiones perdidas entre la ira y el espanto, los ojos deslizándose entre los míos y mi vientre, ya abultado por la curva de una nueva vida.

Las voces. Las voces dando vueltas en el aire empapado de mar…

– ¡Por Dios! ¡No podemos hacerlo! ¡Eso no!

– ¡Ya conoces la ley! ¡Con ella aquí, no tenemos seguro, y si la llevamos con nosotros nos caerá una multa que no podremos afrontar, como poco! ¡Y si la llevamos de vuelta, lo perderemos todo!

– ¡Son leyes estúpidas, criminales!

– ¡Díselo al que las redactó en un despacho!

– ¡Hay que echar fuera al intruso! ¡No tenemos más remedio!

– ¡Está embarazada!

– ¡También lo está mi hija! – el que dijo eso se dirigió hacia mí, mirándome con ira e impotencia. Contemplé el rostro asustado de un viejo enfrentado a la miseria, aterrado por la misma nada de la que yo había llegado huyendo – ¿Te das cuenta de la situación en la que nos has puesto, niña? ¡No puedo perderlo todo!

Yo no entendía sus palabras, pero la desesperación que transmitían sus ojos era hermana de la que vivía en mi interior. Sentí una pena inmensa, por ellos, por mí: todos en aquel barco éramos seres atrapados.

– Oh, no, diablos – susurró el viejo – No te pongas a llorar…

Estaba tan cansada, tanto… Ya era hora de aceptar que no conseguiría cruzar hasta las tierras de la abundancia. Y que tampoco podía regresar. Si lo hacía, tendría que enterrar allí este nuevo hijo, porque a nadie iba a importarle el destino de un niño famélico más entre el oleaje humano de los oprimidos; y a mí me esperaban el burdel, el hambre, la enfermedad y una muerte solitaria en la ciudad de la Gran Marea, la que devoraba los sueños y escupía pesadillas.

El mar bramó, el inmenso mar que estaba por todos lados, en el aire, en el viento, en aquel olor maravilloso que azotaba mi pelo…

Y entonces, entendí lo que me decía, lo entendí de verdad. Me esperaba, aquel era mi destino.

Por eso, me subí a la borda. Por eso, estoy aquí…

Amanece. Siento el metal bajo los pies, el viento húmedo azota mi cuerpo; el mar me observa, el cielo calla.

– ¡No! – grita el viejo, y hasta se adelanta para tratar de impedir lo que él mismo había querido hacer momentos antes. Pero yo salto.

Salto hacia el mar, sin miedo. Ahora conozco su idioma.

No te atrevas, mar.

No te atrevas…

© Yolanda Díaz de Tuesta


CUARTA ÉPOCA

Año: 2010

Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported

(4º PREMIO XLVI CERTAMEN DE USUARIOS BUBOK. tema: Océanos y Mares)

Amanece. El sol está tiñendo de oro las aguas del mar y me ilumina, aquí en lo alto, azotada por el viento húmedo. Tengo los pies firmemente afianzados sobre un metal que siento frío y fugaz. Sé que esos hombres tan extraños me miran, divididos entre la esperanza y el horror, pero yo sólo tengo ojos para el mar. ¡Parece tan colosal, tan inmenso! Hogar de dioses y espíritus, según dicen, y aquí está, esperándome. Siempre ha estado aquí. Y yo tenía que llegar.

Antes, no lo sabía. Si caminé hasta la costa durante semanas, fue porque me habían contado que, en las tierras que quedaban al otro lado del mar, se comía tres veces al día. ¡Tres! Ni mi madre ni yo podíamos creerlo. “¡Exageraciones!”, nos dijimos. Quizá dos, más probablemente una… Pero, aún así, decidimos que merecía la pena intentar el largo y penoso viaje. Ambas pertenecíamos al grupo de los que conocen la angustia de ver caer la noche sobre un día en el que no has tenido absolutamente nada que comer. Para nosotras, saber que habría algo seguro, al menos una vez, ya nos parecía suficiente milagro.

Ni la tierra, ni el mar, ni los hombres, podían suponer un obstáculo en mi camino.

– Llegaré, madre – soñé en voz alta, intentando no ver que ella no lo creía – Llegaré, y arrancaré un futuro de ese paisaje extraño.

Dejé atrás una hija que no dejaba de llorar y una madre que ya no podía hacerlo. A veces, en el largo camino, temblando de angustia y de frío, creándome de la nada una y otra vez en cada paso, me pregunté si era una mujer valiente. La verdad, no lo creo. Me atemorizan los dioses que viven en la espesura, los espíritus que nunca descansan y todo lo que no soy capaz de ver en la oscuridad. Pero tuve que ver morir a mi esposo por la guerra y a mi hijo menor por el hambre, y mis ojos se quemaron con esas imágenes. Hay cosas que ya jamás podrán asustarme.

Alcancé el mar con llagas en los pies sólo para descubrir que, en la ciudad costera, se hacinaban otros muchos como yo, deseando exactamente lo que yo quería. Recuerdo haber pensado que había olas en el mar y había olas en tierra, formadas por una inmensidad de seres que se mecía continuamente de un lado a otro, sin rumbo ni esperanza, sin principio ni fin, arrastrados por una insoportable marea de desilusión. Éramos náufragos en el océano del mundo, cargados con un eterno lastre de hambre y miedo. Y todos nos sentíamos asfixiados, empujados por la desesperanza de la nada que nos perseguía muy de cerca, comprimidos contra aquella frontera líquida que nos separaba del mundo soñado.

Se hablaba de los que lo intentaban y no lo conseguían…

A mí, que nunca antes había visto el mar, me pareció hermoso y temible. Quizá porque no sabía nadar, me amedrentaba más que cualquier otro de los obstáculos que me había encontrado en el camino, pero no quería demostrarlo. Me acerqué a la orilla. Era la hora del crepúsculo y el cielo destilaba rojos intensos sobre aquella gran masa de agua. Supuse que allí, en el rumor de aquellas olas, debían habitar espíritus muy fuertes. Tuve que recordarme una y otra vez que quien ha visto la sangre de su hombre mezclada con el barro del mundo, ya no le teme a nada.

– No te atrevas, mar. No te atrevas – le dije, desafiante, apretando los puños. El último obstáculo, mi adversario definitivo. No consentiría que me detuviese. Por mi madre. Por mis hijos, los vivos y los muertos. Por el recuerdo de mi esposo y por mí misma, lo cruzaría y conquistaría, y llegaría al otro lado.

Las olas murmuraron en respuesta algo que no pude entender. Soy gente de tierra seca, de polvo, de sol despiadado. Nunca he comprendido otros lenguajes.

Supongo que se burlaba de mi arrogancia, porque pronto descubrí que para los que nada teníamos había pocas opciones y todas quedaban fuera de mi alcance. No disponía ni de la documentación ni de los medios para viajar legalmente. Hasta para vivir en el día a día tuve que olvidarme por completo de mí misma y trabajar en un burdel cercano al puerto, lo único que logré encontrar tras dar tumbos por todos lados, arrastrada en aquella marea.

Empezaba a hacerme a la idea de que nunca saldría de allí, cuando conocí a Ahmed. ¡Creía que yo era guapa! Eso casi me hizo sonreír, pensando en tantos instantes en los que se quedó mi posible belleza; mirando hacia atrás, casi podía verla, como jirones de ropa destrozada en las zarzas de un camino. Pero agradecí aquel rayo de ilusión y le escuché mientras hablaba del barco que iba a levar anclas, de la oportunidad única. Él pensaba subir de polizón con un par de compañeros. Yo no dudé ni un segundo. Me fui con ellos.

Era de madrugada cuando nos deslizamos en el barco, cuatro sombras encogidas por el temor a ser descubiertas…

No merece la pena hablar del inicio del viaje. No teníamos casi luz, pero hubiera dado lo mismo: nadie se atrevía a mirar a los ojos a los demás, para no ver su miedo reflejado. Todo vibraba y se oía continuamente un bramido de fondo, una mezcla de ruido de motores y el eterno rumor del mar. A veces, yo ponía las manos en la gigantesca pared de metal que me separaba de aquella bestia y trataba de sentirlo más cerca. Me preguntaba si estaría furioso con nosotros por haber burlado sus límites, por habernos atrevido a cruzarlo sin permiso de mortales o inmortales.

No sé en qué momento se detuvieron los motores. Yo estaba dormida y fue Ahmed el que me despertó. Dijo que los otros dos habían ido a investigar. De pronto, oímos gritos y movimiento, seguidos de pasos, muchos pasos, invadiendo la bodega. Debían haber descubierto a nuestros compañeros y nos estaban buscando. Corrimos, separándonos entre los gigantescos montones de carga. Yo me escondí bajo unos sacos y contuve la respiración. No me encontraron pero sí a Ahmed. Oí sus gritos, y golpes. Se lo llevaron.

Al cabo de un rato, me arriesgué a salir de mi escondite. Nuestras cosas no estaban en su sitio por lo que, tras pensarlo bien, me dirigí a la escalera. No me engañaba: lo mejor, dadas las circunstancias, era entregarme. Tenía más posibilidades de sobrevivir al viaje estando con mis compañeros encerrada en algún sitio, que allí sola, a oscuras y sin víveres ni agua.

Salí al exterior, al olor a mar, al sabor salado de la brisa, en algún punto cerca de la borda. Desde allí me deslicé por un lateral, siguiendo las voces. No entendía el lenguaje de los hombres del barco, aunque sí supe que estaban furiosos. Ahmed pedía clemencia, suplicaba aterrado. ¿Qué ocurría? Cada vez más asustada, rodeé la pared de un castillete y pude ver el grupo, justo en el momento en que dos marineros arrojaban por la borda a uno de nuestros compañeros. Ahmed forcejeaba con otros tres, pero le golpearon en la cabeza con una barra de hierro y corrió la misma suerte.

No me lo podía creer. No me podía mover.

– ¡Eh! – oí entonces. Sobresaltada, miré a un lado y me topé con el rostro iracundo de otro marinero. Los demás también dieron gritos y fueron de inmediato hacia mí. Intenté huir como pude, corriendo enloquecida por aquel barco inmenso que tan hostil me parecía pero, como era de suponer, terminaron cerrándome el paso, arrinconándome contra la borda.

Entonces, para mi sorpresa, se detuvieron. Formaron un semicírculo a mi alrededor, pero no se acercaron más. Todos me miraban con expresiones perdidas entre la ira y el espanto, los ojos deslizándose entre los míos y mi vientre, ya abultado por la curva de una nueva vida.

Las voces. Las voces dando vueltas en el aire empapado de mar…

– ¡Por Dios! ¡No podemos hacerlo! ¡Eso no!

– ¡Ya conoces la ley! ¡Con ella aquí, no tenemos seguro, y si la llevamos con nosotros nos caerá una multa que no podremos afrontar, como poco! ¡Y si la llevamos de vuelta, lo perderemos todo!

– ¡Son leyes estúpidas, criminales!

– ¡Díselo al que las redactó en un despacho!

– ¡Hay que echar fuera al intruso! ¡No tenemos más remedio!

– ¡Está embarazada!

– ¡También lo está mi hija! – el que dijo eso se dirigió hacia mí, mirándome con ira e impotencia. Contemplé el rostro asustado de un viejo enfrentado a la miseria, aterrado por la misma nada de la que yo había llegado huyendo – ¿Te das cuenta de la situación en la que nos has puesto, niña? ¡No puedo perderlo todo!

Yo no entendía sus palabras, pero la desesperación que transmitían sus ojos era hermana de la que vivía en mi interior. Sentí una pena inmensa, por ellos, por mí: todos en aquel barco éramos seres atrapados.

– Oh, no, diablos – susurró el viejo – No te pongas a llorar…

Estaba tan cansada, tanto… Ya era hora de aceptar que no conseguiría cruzar hasta las tierras de la abundancia. Y que tampoco podía regresar. Si lo hacía, tendría que enterrar allí este nuevo hijo, porque a nadie iba a importarle el destino de un niño famélico más entre el oleaje humano de los oprimidos; y a mí me esperaban el burdel, el hambre, la enfermedad y una muerte solitaria en la ciudad de la Gran Marea, la que devoraba los sueños y escupía pesadillas.

El mar bramó, el inmenso mar que estaba por todos lados, en el aire, en el viento, en aquel olor maravilloso que azotaba mi pelo…

Y entonces, entendí lo que me decía, lo entendí de verdad. Me esperaba, aquel era mi destino.

Por eso, me subí a la borda. Por eso, estoy aquí…

Amanece. Siento el metal bajo los pies, el viento húmedo azota mi cuerpo; el mar me observa, el cielo calla.

– ¡No! – grita el viejo, y hasta se adelanta para tratar de impedir lo que él mismo había querido hacer momentos antes. Pero yo salto.

Salto hacia el mar, sin miedo. Ahora conozco su idioma.

No te atrevas, mar.

No te atrevas…

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La pena de la Joya (teatro en verso)

Esta obra la escribí para una partida de rol, UNA VISITA IMPERIAL. Suelo trabajar mucho los textos que utilizo en las partidas y creo que quedó muy graciosa (especialmente la entrada del Príncipe Errabundo, en el Acto II). Os recomiendo darle una oportunidad, entendiendo que era una obra que buscaba un planteamiento cómico de la situación.

Póngase el espectador en antecedentes: Kyra Alessandrovna es la hija del Emperador Dimitri II de Katanya (poderoso país cuyo color emblemático es el dorado, de ahí las referencias en el texto), joven hermosa y llena de gracia, aunque un tanto pagada de sí misma y artificial por el modo en que ha sido educada. A pesar de ello, es el pueblo, que la quiere, quien le ha dado el apodo de La Joya del Imperio. Pero, Kyra no es feliz en su retiro, ni partidaria de la idea de la supremacía katanyan frente a otras razas (elfos, enanos, humanos de otros países…). Además, es objeto de una confabulación encabezada por el Príncipe Drace, primo del Emperador, para poder hacerse con la corona.

Esta obra fue escrita ya hace varios años por gentes revolucionarias, para ser representada en una ocasión muy especial, informando del posible atentado…


ACTO 1


KYRA, DUEÑA.

HABITACIÓN DE TARDE DE KYRA, SALA LUJOSÍSIMA. KYRA ESTÁ DORMIDA, RECOSTADA EN UN DIVÁN, VESTIDA CON TRAJE DORADO. TODO ES DORADO Y MARFIL A SU ALREDEDOR. DESPIERTA, ESTIRÁNDOSE GRACIOSAMENTE. SE LLEVA UNA MANO AL CORAZÓN.

KYRA:
¡Oh, qué sueño tan extraño!.
El amor me consumía,
era un hombre tan gallardo…
más su rostro no veía.

¿Existirá, tendrá vida?.
¿O sólo es delirio en mis sueños?.
Y si existe… ¿me amaría?.
¿Me vería tras los velos

de mi rango?. (DUDA) No querría
que me amara, como tantos,
sólo por lo que supongo,
y nunca por lo que soy…

(SE LEVANTA, CAMINA HACIA EL CENTRO DEL ESCENARIO)

¡Ay soy tan hermosa!
¡Tan bella y primorosa!,
¡Princesa soy, que no mendiga,
yo soy el centro de toda envidia!.

La Joya del Imperio me llaman,
Y, por donde voy, me aclaman.
Dorada fue mi cuna, dorado es mi aliento,
Dorado es todo lo que yo siento…

(TITUBEA)

Pero soy buena, oh dioses,
aunque me vista con mil festones,
pagados con sangre de inferiores,
con su libertad, y sus sinsabores.

Lo que pasa es que, no conocí más,
que los muros de mi castillo.
Ventanas hay, y no existe pestillo,
Pero… no se me ocurrió mirar.

No vi, pues, el hambre del mundo,
no percibí el dolor ni la pena,
en mis cantos no entra nunca el tema,
de la pérdida o la necesidad.

(VUELVE A TITUBEAR)

Mas… eso no es totalmente cierto,
sabéis bien que en mi jaula de oro,
el silencio es un tormento,
la soledad, un martirio…

(ENTRA LA DUEÑA, POR EL FONDO, CON UN LIBRO EN LA MANO. OBSERVA A KYRA CON EXPRESIÓN MALVADA APROVECHANDO QUE ESTÁ A SU ESPALDA)

KYRA (ALZANDO LOS BRAZOS AL CIELO):
¡Pobre de mí, víctima soy!
¡La mayor víctima del Imperio!,
En mi dorada jaula, sola estoy, sola me siento,
¡Qué profundo aburrimiento…!.

DUEÑA (AVANZANDO OBSEQUIOSA, FALSAMENTE AMABLE):
¡Ya vengo a leeros un cuento!.

KYRA (VOLVIÉNDOSE APENAS, CON DESGANA):
Oh… ¿de qué va?.

DUEÑA:
¡Qué pregunta!. ¿De qué iba a ir?.
De una hermosa princesa, por cierto,
Que se peinaba en su torre.

KYRA (CON ESPERANZA):
¿No puede ser de una noble?.

DUEÑA (ESCANDALIZADA):
¡Qué idea más poco acorde,
con el rango de Su Alteza!
Sólo cuentos de la máxima grandeza,
ha de oír. Así lo indicó su padre.

(KYRA HUNDE LOS HOMBROS, VUELVE AL DIVÁN, SE SIENTA CABIZBAJA. LA DUEÑA LA SIGUE CON LA MIRADA, Y AVANZA HASTA QUEDAR TRAS EL RESPALDO)

Ni los nobles os alcanzan,
en linaje, ni en deberes.
Sois hija de Grandes Reyes,
daréis vida a Emperadores.
Portáis la Sangre Dorada…

KYRA (MIRÁNDOSE TRISTE LA MANO)
Es roja cuando me corto……
(SE ESTREMECE, LA CIERRA EN UN PUÑO)
¿Visteis a Drace mirarme?.

DUEÑA (SONRISA MALVADA):
Así es, querida niña,
¡un caballero tan guapo!.

KYRA:
El monstruo con piel de oro,
Prefiero besar a un sapo

DUEÑA (RIENDO):
Así será, y le haréis Príncipe,
y más tarde, Emperador,
(EMOCIONADA)
Y el mundo retumbará
bajo el peso de su bota.

KYRA (AL PÚBLICO, CON DESALIENTO):
Qué imagen vil, qué derrota,
para los sueños que tuve…

DUEÑA (MIRÁNDOLA CON DESDÉN):
¿Pero qué decís, Señora?.
Gastáis inútil aliento.
La sangre imperial no deja
espacio para los sueños.

KYRA:
Dejadme sola…

DUEÑA:
¿Y el cuento?.

KYRA:
Ya me conozco el final
(LA DUEÑA BUFA, Y SALE. KYRA MIRA AL FRENTE, TRISTE)
Va de una hermosa princesa,
que se peinaba en su torre.
(UN SEGUNDO DE SILENCIO)
Sola….

CAE EL TELÓN



ACTO 2


KYRA, DUEÑA, PRÍNCIPE ERRABUNDO, ESCLAVA ELFA, ESCLAVO HUMANO

KYRA, SENTADA EN SU DIVÁN, MIRA TRISTEMENTE POR LA VENTANA. ENTRA LA DUEÑA, CON GRAN JOLGORIO.

DUEÑA:
¡Alteza, alegrad ese rostro!.
¡Ved quien viene a visitaros!.

ENTRA EL PRÍNCIPE ERRABUNDO, ELEGANTE, LLENO DE ENCAJES, CON UN GRAN MOSTACHO.

PRÍNCIPE ERRABUNDO:
Yo soy el Príncipe Errabundo,
Desterrado de mi reino,
Perdí mi tierra, mi espada,
los caballos que quería,
y mil cosas que guardaba.
Tesoros mil, que riquezas,
ingentes me desbordaban,

(ALZA UN DEDO EN EL AIRE, COMO SI ALGO SE LE HUBIESE OLVIDADO)

Ah, y también perdí a mis padres,
que casi se me olvidaban.

(AVANZA CON RESOLUCIÓN Y HACE FLORIDA REVERENCIA ANTE KYRA)

He venido, oh, Alteza,
a besar tus escarpines,
Y con algunos regalos,
Hacer que tus ojos brillen.

(DA UN PAR DE PALMADAS)

¡Pasad, esclavos, en fila!.
¡Formad, ante mi Señora!.

(A LA DUEÑA, EN BAJO, MIENTRAS LE ENTREGA DISCRETAMENTE UNA BOLSA)

Que las fuerzas de su padre
necesito yo ahora.

LA DUEÑA CONTIENE UNA RISITA, GUARDA LA BOLSA. ENTRAN LOS ESCLAVOS, SE ALINEAN EN FILA. KYRA LOS MIRA SORPRENDIDA.

KYRA:
¿Quiénes son?.

PRÍNCPE ERRABUNDO (COMO QUITÁNDOLE IMPORTANCIA AL REGALO):
Oh… no son nada.
Sólo un pequeño presente,
Que traigo hasta tu morada.

KYRA CAMINA HACIA LA ESCLAVA ELFA, QUE SE MANTIENE ORGULLOSA Y DIGNA.

KYRA (AL PÚBLICO):
¡Cuán hermosa criatura!,
¡Qué rasgos más delicados!,
¡Qué perfección en sus líneas,
qué bellísimo acabado!.
(A LA ELFA)
Dime tu nombre, muchacha,

ESCLAVA ELFA: (CON ORGULLO)
¿De verdad os interesa?

PRÍNCIPE ERRABUNDO (INTERVINIENDO PRESTO):
Dadle el látigo, si no.

KYRA:
No parece buen remedio
Para tan pequeña ofensa.

PRÍNCIPE ERRABUNDO:
Pues ya se lo daré yo.

KYRA (VOLVIÉNDOSE HACIA ÉL, REGIA):
Os libraréis de rozarla,
Con el borde del sombrero,
Mi regalo es, no quiero,
Que sufra de ningún mal.

PRÍNCIPE ERRABUNDO:
Así será, mi Señora…

KYRA (A LA ELFA):
¿Conoces alguna canción
que contenga de tus bosques
los colores y el rumor?.

ESCLAVA ELFA (MIRÁNDOLA SORPRENDIDA):
Mi canto nació en el bosque
Y conoce sus senderos.
El rumor del manantial,
Es la música que siento.

KYRA:
Canta, pues.

ESCLAVA ELFA:
No quiero.

EL PRÍNCIPE ERRABUNDO DA UN PASO HACIA ELLA. KYRA LE DETIENE CON UN GESTO.

KYRA:
¿Al menos dirás por qué?.

ESCLAVA ELFA:
Porque mi canto es ligero.
No soporta las cadenas,
No soporta el cautiverio.
Es canto de libertad,
Es la voz de un ser eterno,
Un grito que vibra libre,
Y se expande como un eco.

KYRA (PENSATIVA):
Desearía escucharlo,
¿me serviría el pedirlo?.

ESCLAVA ELFA (SE LO PIENSA):
Puesto que fuiste amable,
Librándome del castigo,
Mi canto acaricia hoy,
Las piedras de tu castillo.

LA ESCLAVA ELFA CANTA UNA CANCIÓN EN LA QUE SE QUEJA DE LA ESCLAVITUD DEL PUEBLO ELFO, Y DE LA CRUELDAD DEL IMPERIO KATANYAN.

CON LA ÚLTIMA NOTA SUSPENDIDA EN EL AIRE, LA PRINCESA SE VUELVE HACIA EL PÚBLICO, UNA MANO EN EL PECHO.

KYRA (CONMOVIDA):
Tan hermosa, tan vehemente,
tan llena de sentimiento…

ESCLAVA ELFA:
Créeme, muy poca gente
Lo diría, yo no miento.

LA PRINCESA ASIENTE. SE VUELVE HACIA EL ESCLAVO, LE MIRA, SE SOBRESALTA, SE VUELVE HACIA EL PÚBLICO.

KYRA:
¡Ay de mí!. ¡Esto me asombra!.
¿Puede ser lo que imagino?.
¿Acaso he perdido el tino,
y mi mente me traiciona?.

¿Puede ser el que, en las sombras,
creadas por mis ensueños,
me amaba con tanto anhelo,
iluminando mis horas?.

LE MIRA, BREVEMENTE, VUELVE A MIRAR AL PÚBLICO, HORRORIZADA.

¡Dioses, que se le parece!,
Aunque no pude ver su rostro,
Algo me dice que es él,
¡No puede ser!. Mas, si…

Lo es, las voces no mienten,
cuando surgen del corazón,
mi intuición, deseo loco,
llamadlo como queráis,

¡Corazón, oh, qué sofoco…!
No me traiciones ahora.
(AL ESCLAVO)
¿Quién eres?.

ESCLAVO HUMANO (MIRÁNDOLA DIRECTAMENTE):
Sólo aquel a quien oprimes.

PRÍNCIPE ERRABUNDO:
Viven los dioses, que… (SE CONTIENE)
Otro que busca el castigo.

KYRA:
Otro, que se ha salvado.

EL PRÍNCIPE ERRABUNDO OPRIME LOS LABIOS, PERO ASIENTE OBSEQUIOSAMENTE. KYRA SIGUE HACIA EL ESCLAVO HUMANO, NO SE DA CUENTA DE LA MIRADA MALÉVOLA QUE INTERCAMBIAN EL PRÍNCIPE Y LA DUEÑA.

KYRA:
Salid. Quiero hablar con él. A solas.

DUEÑA:
¡Señora!.

KYRA:
Ahora.

DUEÑA:
Será como vos digáis.

LA DUEÑA HACE UN GESTO HACIA EL PRÍNCIPE, QUE REALIZA UNA REVERENCIA TIESA Y SALE OFENDIDO, SEGUIDO DE LA MUJER. LA ESCLAVA ELFA DUDA.

KYRA:
Sal también, en las cocinas
te surtirán de manjares,
comidas de todo tipo,
de sabores perdurables.

Que incluso en este castillo
saben con seguridad,
que quien no conoce el Hambre
siente gran Felicidad.

ESCLAVA ELFA (REPITIENDO NOSTÁLGICA):
Felicidad…

Recuerdo ese sentimiento,
en la espesura del bosque,
cuando el sol de la mañana,
calentaba con su toque.

No podrás, gentil princesa,
ser el rumor de mi bosque
ni todos tus alimentos
me acercarán a ese goce.

SALE. KYRA LA MIRA.

KYRA:
No la entiendo.

ESCLAVO HUMANO:
Lógico.
Eres la Joya del Imperio.

KYRA: (VOLVIÉNDOSE HACIA ÉL)
¿Y eso lo explica?.

ESCLAVO HUMANO:
Sí.

KYRA:
¿Quién eres?.

ESCLAVO HUMANO: (SEÑALANDO HACIA LA PUERTA)
Ya le oíste, sólo un esclavo.
Alguien caído en combate,
a tus pies encadenado,
a tus designios, atado.

KYRA: (AL PÚBLICO)
¡Oh qué tristeza que siento!.
¡Maldito sueño de amor!.
¡Mi corazón traicionero!.
¡No quiero amarle, no… puedo!.

ESCLAVO HUMANO:
Eso dijo el Errabundo,
digno ejemplo de su clase,
pero yo ahora te digo:
no hay cadena que me ate,

No hay eslabón, ni castigo,
ni promesa de venganza,
que me ponga de rodillas,
ni siquiera ante tus plantas.

Muerto, pero no vencido,
en el campo de batalla.
Preso, mas no derrotado,
(REVERENCIA GALANTE)
ante tan hermosa dama.

KYRA: (ESCANDALIZADA)
¿Qué dices?.

ESCLAVO HUMANO:
Escúchame, bella Kyra:
soy el pueblo que te aclama,
ese pueblo dolorido,
por el látigo y la espada,

Soy la voz del campesino,
soy el canto del remero,
soy, el que pesca en el río,
soy el que muere de anhelo,

Anhelo de libertad,
anhelo de ser yo mismo,
el que elija donde irá,
el que escoja su destino.

Soy el grito del rebelde,
que lucha contra tu padre.
Y soy el que jamás pierde.

KYRA:
¿Jamás pierdes?.

ESCLAVO HUMANO: (ALZANDO LAS MANOS VACÍAS, IRÓNICO)
Nada tengo entre mis manos.
Nada poseo, ni pierdo.
Puedo ser un hombre libre,
o puedo ser un hombre muerto.

La elección era sencilla,
hasta este instante en el tiempo.
El pueblo que ves, te adora,
¿por qué no amas a tu pueblo?.

KYRA:
Yo… lo amo…

ESCLAVO HUMANO:
¿Puedes amarme, es cierto?.
¿Puedes amarme hasta el punto,
de respetar mis deseos?.
¿De protegerme de quienes
desean tasar mi tiempo?.

¿De dejar que me alejara,
si tal fuera mi deseo,
de permitirme un camino
distinto al de tu sendero?.

Piénsalo bien, bella Kyra,
medita bien tu respuesta.
Si consientes, yo, tu pueblo,
me dirigiré a la puerta.

En el umbral, una línea,
invisible ya me espera.
Aquí, lo que tú me ofreces,
allí, lo que el alma anhela.
Dime, ya, Kyra, ¿consientes?.

KYRA (TITUBEA):
Yo… consiento.

SE MIRAN. ÉL AVANZA CON DECISIÓN, LA TOMA EN SUS BRAZOS Y LA BESA. AL FONDO, ERRABUNDO Y DUEÑA ENTRABAN, SE DETIENEN BRUSCAMENTE, Y SE APARTAN A UN LADO OBSERVANDO CON ENOJO.

ESCLAVO HUMANO:
Has elegido, yo elijo,
quedarme siempre a tu lado.
Juntos haremos camino,
Firme sostendré tu mano.

KYRA:
Pensé que era tu deseo,
escoger muy libremente,
Y que. al escoger tú,
sería yo quien perdiese.

ESCLAVO HUMANO:
No lo entiendes, bella Kyra,
tú has roto las cadenas,
y este beso te ata a mí.
Somos como las mareas,

una va, la otra vuelve,
y en la orilla se contemplan,
Juntas, en el ancho mar,
una son, pues se desean.

KYRA:
¿Quieres quedarte conmigo?.

ESCLAVO HUMANO:
Eres la que yo he buscado
desde el principio del Tiempo.
¡Dnyookas, jamás he estado
tan cerca de lo que quiero!.

LA ABRAZA.

TELÓN



ACTO 3


PRÍNCIPE ERRABUNDO, DUEÑA. KYRA Y ESCLAVO HUMANO A UN LADO.

EL PRÍNCIPE ERRABUNDO Y LA DUEÑA AVANZAN HACIA EL FRENTE DEL ESCENARIO OBSERVANDO MALICIOSAMENTE A LOS OTROS DOS.

PRÍNCIPE ERRABUNDO (FURIOSO):
¡Todos mis planes hundidos
por culpa de un simple esclavo!.
¡Vive el Cielo que ese hombre
conocerá un fin amargo!.

Amargo como la hiel,
amargo como lo… (BUSCA, NO ENCUENTRA) amargo.
Que con mis tierras perdí
también mi vocabulario.

DUEÑA:
No es momento de palabras,
(LE DETIENE AL VERLE LLEVAR LA MANO A LA ESPADA)
ni de humor precipitado.
Es la hora de la astucia
y del filo soterrado.

PRÍNCIPE ERRABUNDO:
¿Le mataréis de un hachazo?.

DUEÑA (CON DESDÉN):
¿Es que el cerebro también
lo dejasteis olvidado?.
¿Es que acaso no entendéis
que de él se ha encaprichado?.

Todo se perderá si,
el esclavo asesinado,
la hace montar en cólera,
su genio es de mil diablos.

Si busca, encontrará,
a quien empuñó el cuchillo,
y todo se perderá,
perderemos el castillo.

PRÍNCIPE ERRABUNDO:
¿Entonces…?.

DUEÑA (PIENSA, CON EXPRESIÓN MALVADA):
El Emperador se sume
en tierras de la locura,
Drace, es su brazo fuerte,
y comparte mi postura.

Si Dimitri se perdiese,
en su triste enfermedad,
sería ella quien gozase
de una tan gran heredad.

Pero si ella muriese,
y el Imperio sin cabeza se quedase…
sería su brazo fuerte
quien por fin lo gobernase…
(LE MIRA)
¿Entendéis?.

PRÍNCIPE ERRABUNDO:
Entiendo.

SE SONRÍEN.

DUEÑA (AL PÚBLICO):
Ella será quien se suma
en el dulce sueño eterno.
Se queja de su prisión,
el escape le daremos.

Una tisana muy dulce
que esconde entre sus secretos
una flor muy, muy amarga
que promete fríos velos…

(SONRÍE)

La cabeza del Imperio
está perdiendo cordura .
Su brazo fuerte es el medio
que nos traerá la fortuna.

SE SONRÍEN.

TELÓN



ACTO 4


KYRA, DUEÑA, ESCLAVO HUMANO, ESCLAVA ELFA, DOS DRAGONES DORADOS.

LA PRINCESA RECLINADA EN EL SOFÁ, CON ASPECTO DE ENFERMA. LA ESCLAVA ELFA, SENTADA SOBRE UNOS COJINES A SU LADO, TOCA SUAVEMENTE EL LAÚD. EL ESCLAVO MIRA POR LA VENTANA CON AIRE PREOCUPADO.

ENTRA LA DUEÑA CON BANDEJA.

DUEÑA (ANIMOSA):
Esta tisana al momento
calmará vuestros dolores.

KYRA:
Tengo el rostro ceniciento
Ya no siento ni temblores.

Siempre me dices lo mismo,
siempre lo mejor espero,
pero tus dulces tisanas
solo dejan sinsabores.

DUEÑA (DE ESPALDAS A ELLOS, DE FRENTE AL PÚBLICO, ECHANDO POLVOS A LA TISANA):
¿Cómo me decís tal cosa
cuando yo tanto me esmero?.
Vamos, tomadla caliente (SE LA TIENDE)
que, si no, virtudes pierde.

KYRA VA A COGERLA CON GESTO DÉBIL, PERO EL ESCLAVO HUMANO REACCIONA Y SE INTERPONE.

ESCLAVO HUMANO:
No.
Bebedla vos.

DUEÑA (PÁLIDA):
¿Cómo osáis interrumpirme,
cómo osáis incluso hablarme?.
Ni siquiera sois persona,
no podéis impresionarme.

ESCLAVO HUMANO:
Día tras día, su brillo
palidece ante las sombras.
Tiene que ser un veneno
eso que le traes ahora.

DUEÑA (FURIOSA):
¿Cómo…?.

ESCLAVO HUMANO (TERMINANDO BRUSCAMENTE LA PREGUNTA):
… me atrevo?. Atreviéndome.
¿Que cómo oso?. Osando.
(AMENAZADOR, DA UN PASO AL FRENTE, LA DUEÑA RETROCEDE, CON LA TAZA TEMBLANDO EN SUS MANOS)
Bebe, mujer, la tisana,
O te juro que te…

KYRA (PONIÉNDOSE BRUSCAMENTE EN PIE)
¡Alto!.
(AMBOS LA MIRAN. SE DIRIGE A LA DUEÑA)
La tisana beberás.

DUEÑA (NERVIOSA):
¿Daréis crédito a esa idea?.
¿A esa mentira perversa?.
Su voz es la de un esclavo,
y vos sois una Princesa.

Una Princesa Imperial,
siempre en su sitio piensa,
Confraternizar con él
os degrada, oh, Alteza.

KYRA:
No te pedí tu opinión,
y es más, no me interesa.
Si la tisana es inocua,
una disculpa te espera.

Mas, si no es así…
(SE MIRAN, KYRA HACE UN GESTO HACIA EL ESCLAVO SIN DEJAR DE MIRAR A LA DUEÑA)
Le entregaré tu cabeza.

LA DUEÑA DUDA. TOMA LA TAZA Y LA ACERCA A SUS LABIOS, PERO EN EL ÚLTIMO MOMENTO LA DEJA CAER AL SUELO.

DUEÑA (FINGIDAMENTE APURADA):
¡Oh, cuánta torpeza la mía!.
¡La tisana he derramado!.

ESCLAVO HUMANO (CARCAJADA):
Estoy astuto este día,
porque lo había esperado.

KYRA (HACIA LA PUERTA DEL FONDO):
¡Guardias!.
ENTRAN LOS DOS DRAGONES DORADOS. KYRA SEÑALA A LA DUEÑA.
¡Prendedla!.

DUEÑA:
¡Pero qué decís, señora!.
¡No hay pruebas, no hay pecado!.
¡No hay delito cometido,
y no hay crimen perpetrado!.

ESCLAVO HUMANO:
Ya el herbolario está preso
Y, por cierto, ha confesado.
Vuestro nombre mencionó
al segundo latigazo.

Al tercero, el Errabundo,
fue también muy mencionado.
Nada queda por decir,
vuestro plan ha fracasado.

DUEÑA:
¡Mientes!.

KYRA:
¡Lleváosla!.

LOS DRAGONES COGEN A LA DUEÑA QUE GRITA Y PATALEA MIENTRAS SE LA LLEVAN.

ESCLAVA ELFA:
¡Qué extraños son los humanos!.
¡Qué escándalo se ha formado!.
(MIRANDO POR LA VENTANA)
Allí huye el Errabundo…
Oh… (SONRÍE) por fin lo han atrapado.

KYRA (SUSPIRA):
Ahora me siento mejor.

ESCLAVO HUMANO:
Esto aún no ha terminado.
(A LA ESCLAVA ELFA)
Puedes irte, eres libre.

LA ESCLAVA ELFA MIRA SORPRENDIDA A KYRA. LA PRINCESA ASIENTE.

KYRA:
Ya mi corazón ha hablado.
Regresa presto a tus bosques,
a sus bellos manantiales,
al murmullo de tus gentes,
al lado de tus iguales.

Diles que hoy Kyra entona
un cántico de esperanza,
una voz de simpatía,
una canción de concordia.

Distintos, que no inferiores,
en lo que valen, iguales
Porque. el mayor saber,
es que somos semejantes.

Todos náufragos de un mundo
sembrado de adversidades.
Para vencer y ser libres,
unir nuestras voluntades
es el camino seguro,
El que nos hace más grandes…

SE QUEDA PENSATIVA. EL ESCLAVO HUMANO Y LA ESCLAVA ELFA INTERCAMBIAN UNA MIRADA. ÉL LE INDICA DISCRETAMENTE LA PUERTA.

ESCLAVA ELFA (A KYRA, REVERENCIA):
Eres la luz de tu pueblo,
eres la guía gentil.
Recordaré, bella Kyra,
hablar mucho, y bien, de ti.

SALE. KYRA Y EL ESCLAVO SE MIRAN.

KYRA:
¿Y ahora?.

ESCLAVO HUMANO:
El destino lo dirá.

KYRA:
Tengo muchos enemigos,
Drace no se rendirá.

ESCLAVO HUMANO (TOMANDO SU MANO Y CLAVANDO UNA RODILLA EN TIERRA):
Retén el amor de tu pueblo,
y nadie te vencerá.

Piensa en las muchas gentes
que de ti dependerán.
En cuanto hagas un gesto
su futuro cambiará.

Libertad, y más progreso,
y otra vez, más libertad.
Que todo tus actos busquen
su mayor felicidad.

Son miles, y más, millones,
y con fuerza te amarán.
Lo que son y lo que fueron,
te darán lo que serán.

Forja tu gran imperio
cuidando con gran bondad
sus muchos sueños pequeños.
Serán su estabilidad.

Nadie gobierna a solas
y, quien oprimido está,
supone mala argamasa:
nada bueno forjará.

Tu pueblo espera, oh Kyra,
tener la oportunidad,
de amarte, de protegerte,
de ser tu felicidad.

KYRA (CONMOVIDA, AL PÚBLICO):
Pensaré siempre en mi pueblo.
Como lo amo, me amará.
Crearé leyes muy justas,
le daré prosperidad.

Y arrullada por sus voces,
Llenas de serenidad,
Nunca más en mi castillo
Sentiré la soledad.

CAE EL TELÓN – FIN

© Yolanda Díaz de Tuesta


TERCERA ÉPOCA

Año: 2005

Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported

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