Publicando Romántica en España 2

He esperado un tiempo para continuar con esta serie porque, precisamente en el momento en el que estaba escribiendo el primero, se estaban dando unos cambios claros en el panorama editorial romántico de mi país.

Como dije entonces, antes, hasta hace pocos años, no se publicaba nada que fuera producto autóctono. NADA. No era que fueras buena o mala, era que no entrabas por las vías tradicionales, la traducción organizada entre editoriales, no tenías nada que hacer. Desde el fin del reinado de Corín Tellado hasta la llegada de un nuevo milenio, si eras española, en España, lo tenías claro. Resultaba más fácil publicar los grandes nombres anglosajones avalados por la publicidad exterior. Sigue leyendo

Misterios íntimos (Trazos secretos 2), no se publicará hasta que se cumplan las 3000 ventas del primero

Escribo este comentario sobre todo para aquellos que me preguntan cuándo saldrá MISTERIOS ÍNTIMOS, la continuación de TRAZOS SECRETOS.

Pues… no lo sé. Lo cierto es que no depende de mí. Como quizá recuerden algunos lectores, al final de la novela indiqué que solo publicaría la segunda parte cuando se hubiesen realizado 3000 ventas de la primera en Amazon.

Puede parecer un número alto, pero de verdad no lo es, teniendo en cuenta las lecturas en Wattpad (realmente, por el interés demostrado, parecía que en pocos meses podría alcanzarse esa cifra) y el largo tiempo que me llevó escribirla. Pero, en fin, si seguimos como hasta ahora, me temo que el asunto está difícil. Me da mucha pena, porque creo que es una buena historia y que se me da bien el género romántico, pero las cosas son como son, y yo también tengo que amortizar tiempos, es la vida ;DD

Y es que, pese al éxito en Wattpad, pese a que es una novela que suele gustar mucho, me está costando enormemente abrirme camino con ella. Claro, yo lo entiendo: llega la autora y dice “mi libro es estupendo“, y se oye el eco en un lugar vacío, porque todos huyen.

Interesar a lectoras, así, en frío, está muy difícil. Generalmente la gente tiene listas de libros a la espera, porque se le acumulan, además de estar mirando las próximas novedades (de publicaciones extranjeras en su mayoría, megapublicitadas por grupos poderosos, con mucho dinero) y esperando que salgan al mercado. En esas condiciones, no sirve de mucho pedir que te lean. No te conocen, así que, normal.

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El mejor amigo del Banco

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Yo era muy joven cuando se produjo en España el gran cambio de una dictadura de cuarenta años a la democracia actual, si es que situaciones como la del juez Garzón no son el síntoma claro de que, realmente, cambiar, cambiar, no ha cambiado nada gran cosa (tema que, por su importancia, merece un comentario por sí mismo).

Lo recuerdo como una época efervescente, en la que todo el mundo estaba feliz, sediento de libertad. Entonces y desde entonces, me creí realmente aquello de que desde ese momento el país lo dirigía el pueblo, los millones de ciudadanos que vivían en él, todos, del más poderoso al más humilde, en igualdad de condiciones. Que, dejando atrás los oscuros tiempos del Golpe de Estado que acabó con la legítima República, de la guerra y sus largas consecuencias, entrábamos en una nueva fase, ascendiendo un nuevo peldaño en la evolución social. Más sabios, más solidarios, mejores.

En ese entorno (aún doloridos por los duros tiempos de la dictadura, temerosos de que se repitiese la situación), entendí, como tantos, que se hicieran normas para proteger hasta el extremo a los políticos que iban a “representar” al pueblo. Algo que nos vendieron muy bien, fácil, tras todo lo ocurrido, y que, cómo no, se ha pervertido hasta el absurdo de planteárselo todo como el político tuviera derecho a alguna clase de respeto superior al del ciudadano.

O sea, si un político de puestazo (porque, obviamente, la justicia no es ciega ni entre ellos, vete a meterte con uno de los de arriba y verás) y yo discutimos, yo me tengo que callar, porque es una personalidad que me representa y yo no soy nadie.  Él tiene que tener un sueldo de impresión y una jubilación vergonzosa, y yo conformarme con vivir del viento (este testimonio es espeluznante), porque me representa y tiene que estar bien pertrechado para varias vidas, no vaya a ser. Es impune, la corrupción nos ahoga y no pasa nada, se cubren unos a otros, incluso de bandos distintos, en un “hoy por ti, mañana por mí”. Si le pego, quizá hasta tenga un agravante, por pegarle a mi representante (y rima).Y si ambos estamos en peligro, él, como mi representante, tiene antes derecho a una escolta que yo, que sólo soy la ciudadana ignota que no pinta para nada más que para pagarle el sueldo con mis impuestos…

No sé por qué nadie se plantea que es absurdo que el representante (servidor de) tenga mayores privilegios y consideraciones que el representado (aquel que, se supone, es el importante, el que da sentido a todo).

Pero, viendo cómo se organiza el mundo, lo sorprendente es sorprenderse.

Bien forrado de privilegios, el político del momento se hizo “profesional” (a qué hemos llegado, sí, una profesión, dejémonos de tonterías de querer mejorar el mundo y de ideales), se agrupó en partidos, al estilo tradicional, que no dejan de ser grandes empresas políticas que tuvieron muy claro desde el principio que ellos hacen política para ganar poder y dinero en una carrera en la que todo vale, por lo que no tienen principios ni patria ni ley, y que la publicidad es la madre de todos los logros.

Controlar millones de mentes supone grandes gastos. Y para pagar esa publicidad, para comprar ese “estar ahí”, consiguiendo sus buenos sueldos y poder, para hacerse ricos en un tiempo meteórico, empezaron a hipotecarse. Total, a ellos, a cada uno en concreto, con su paso fugaz por la vida política, poco les importa el asunto a la larga, como quede el país o como quede nadie. Los intereses, los pagan con sangre de los ciudadanos: sus derechos, su futuro, su estabilidad…

Fue un primer paso, sigiloso, en el que, en ese sueño utópico de la nueva democracia, el pueblo empezaba a quedar en un segundo plano a efectos prácticos. Según nacía el sistema, estaba condenado, porque arrastraba todos los viejos vicios y los antiguos intereses.

Es inútil negarlo: siempre, siempre, los más ambiciosos de entre los seres humanos se han aprovechado de que, la mayoría, sólo queremos vivir en paz.

En esta época moderna, el sistema social varió. Los que ganaban más a través del desangrado social lento y disimulado (ya no cuela como antes el “aguántate, naciste pobre, trabaja hasta reventar en este valle de lágrimas, que luego irás al cielo”, hay que buscar alternativas), tomaron el control y se les unieron los que siempre habían tenido el control y vieron las ventajas de aprovechar el momento.

Engañándonos con un supuesto poder y atándonos con una supuesta prosperidad, poco a poco nos convirtieron a todos en otro tipo de esclavo: esclavo del consumo acelerado, centrado únicamente en nacer, crecer, reproducirse, envenenarse con una hipoteca, comprar casa, comprar coche, ir de vacaciones todos a la vez, cambiar de coche, comprar nuevo capricho, y otro, y otro, y pide un microcrédito para poder irte otra vez de vacaciones o comprar el material de colegio de los críos… y morirse, intentando dejar las menos deudas posibles.

Ahora, el intento de controlar a los demás no pasa por actuar como el antiguo noble o el terrateniente, o “gentes de buena familia”, con sus viejas justificaciones, ahora la idea es el control mediante las finanzas.

El fondo del entramado económico mundial, enreadado una y otra vez sobre sí mismo (lobbies, holdings, corporaciones…), termina en el mismo punto: lo ideal es ser banquero y mantener a toda la humanidad endeudada.

La publicidad ha tenido mucha importancia en el sistema. Se ha visto durante años “lógico” que el Banco te atraque. Tú vas y pides dinero y, entonces, empiezas a sufrir pagando unos intereses a gusto de la casa, con sistemas que te marean y varían y nunca puedes estar seguro de qué van, para lo cual avalas con tu alma y el alma de cuantos quieran pedir. La cuestión es… ¿a qué vas? Ah, a lo que te ponen en el otro platillo de la balanza. Que si no vas, no tienes piso, no tienes coche, no tienes la vida que te enseñan en los anuncios de televisión. Pero, es que esa vida es una utopía, es falsa, como es falso que las grandes empresas existan para felicidad y alegría de sus empleados.

Desde el momento en que no se ponen topes al ansia de crecimiento del aparato económico de los que realmente importan, el resto de la humanidad está condenado. Porque, riqueza, hay 10, y si entre cuatro se quedan con 8, los demás, todos los demás, tenemos que sobrevivir con 2.

Hace ya tiempo había que haber empezado a decir que, lo mismo que fumar es perjudicial para la salud, lo es el tratar con los Bancos. Un gobierno responsable debería haber tomado medidas legales que cortasen por lo sano sus comportamientos poco éticos y las actividades antisociales de todo negocio, por mucho “es una empresa” que se quiera esgrimir como argumento. A mí me gustaría pensar que en algún remoto futuro (antes de que toda vida en este bonito planeta desaparezca por cualquiera de los problemas que se van a suscitar por el comportamiento desaforado de esos de siempre), se pueda llegar de verdad a una Democracia Real, que ponga a cada cual en su sitio y que legisle en la línea de considerar un delincuente de la peor especie a cualquiera, cualquiera, que considere que un Derecho Privado Patrimonial está por encima de un Derecho Fundamental. Que un negocio está por encima de una persona. Que alguien puede esclavizar y martirizar a otro, sorbiéndole la vida para lucrarse, aprovechándose de un mal reparto de la riqueza.

Este sistema económico que arrastramos porque el que tuvo retuvo y no sólo quiere seguir reteniendo sino que quiere tener más, pero aparentando que somos prósperos todos, es tan engañoso como el asunto de la pirámide. Llega un momento en el que quiebra. Y ha quebrado, desembocando en esta grave crisis.

Dejando al margen el hecho de la manipulación mediática que conduce a despistar del auténtico origen de la crisis (poco se habla ya de la actuación de los bancos y de lo que se han reído los banqueros, que viven a todo lujo con el dinero de los ciudadanos), o del hecho de que no se ha arreglado nada hasta el momento, no se solucionaron las causas, sólo se ha hecho una componenda insuflando dinero público para salir del paso (los que hablen de que cobramos intereses y, por tanto, no hay problema, por favor, véanse el vídeo EL GOLPE DE ESTADO DE LOS BANCOS, así algo nuevo aprenden), ocasionando que, simplemente, sigamos de mala manera hasta una segunda e inevitable crisis (de nuevo remito al vídeo), todo esto ha servido para poder ver, en el agitar social, las orejas del lobo.

Hemos podido comprobar para quién trabajan los gobiernos del mundo. Para quién, los grandes partidos.

Sorpresa. No era para el ciudadano.

El político es el mejor amigo del Banco.

A esto hemos llegado, aunque muchos nos hemos empezado a dar cuenta de pronto y hace nada, gracias a Internet, que nos permite saber, organizarnos y tomar medidas.

Gracias a Internet. Repito

Por eso, la defensa de Internet es una lucha tan importante y por eso quienes dicen que hay cosas más importantes que echar abajo la Ley Sinde o proteger la Red de los intentos intervencionistas que se están organizando a nivel mundial, se equivocan de medio a medio.

Esto no va de la película de uno o del libro del otro. No va de la canción de “moda a la fuerza” por decisión de la discográfica o del cantante millonario que teme no ser tan millonario. No, todo esto es secundario, se debaten, sí, son un problema, sí, pero el asunto va mucho más allá.

A nivel político, a nivel económico, a nivel social, Internet ha llegado para cambiarlo todo: es la que nos está permitiendo darnos cuenta a velocidad prodigiosa de que estamos atrapados en  una Democracia que no lo es (orgánica, la llaman) con pocos partidos políticos principales (así se crea la ficción democrática pero, a la vez, cuantos menos sean, mejor para mantenerlos controlados) hipotecados hasta el infinito y más allá con los Bancos. Convertidos en un mecanismo de gobierno de los poderosos y de engaño y contención del pueblo. Un sistema en el que los ciudadanos somos poco más que un mareaje de fondo, pero no quien decide.

Nosotros somos algo a lo que se espera poder manipular con la cantidad suficiente de dinero, como siempre se espera poder comprarlo todo. La propaganda masiva, cómodamente basada en el control de los medios de comunicación, es básico a la hora de dominar esas millones de mentes, haciendo posible la gran mentira: “Vivimos en una Democracia y esto es lo que hay. Vota A o B,  con nuestras condiciones de listas cerradas, sistema de votación, etc, o no votes, porque sería un voto inútil”. El sistema de listas cerradas, el sistema de escrutinio, todo está pensado para proteger el status quo de la situación.

No se quiere cambios ni sorpresas: los dos grandes partidos son los más hipotecados, los que más deben y se deben a otros. Los que realmente mandan.

No se dice, claro, pero se ve en los destalles: el establecimiento de sistemas claramente contrarios a ley y moral, como es el Canon, para beneficiar a una empresa privada en concreto, o el rechazo del cambio en la Ley Hipotecaria, que hubiera supuesto que el banco no se queda con todo, menos con el alma de un pobre individuo que no consiguió reunir lo suficiente como para terminar de pagar lo que ya llevaba largo tiempo pagando.

Te quedas sin piso, pero con las deudas. Y con las explicaciones del Presidente que te dice que, es que tiene que defender al Banco, no a ti. Porque bla, bla, bla, tu prosperidad depende del banco. Pues acabáramos. Estamos listos entonces.

¿De quién es la culpa? Pues, sinceramente, de todos un poco. De los banqueros, que carecen de escrúpulos y sólo saben sumar y sumar sus beneficios, sin importarles la gente. De los políticos, sus mejores amigos, como lo son los perros de los hombres. Son a los que les dejan jugar con los huesos de los ciudadanos sacrificados en el proceso, engordando con ellos a cambio de proteger la mansión, y les rascan tras las orejas, si se portan bien.

Buen trabajo, sin necesidad de dar explicaciones si no se trabaja, buen sueldo, desmesurado frente a los que establecen para los demás, excelentes jubilaciones inmerecidas, como si los demás fuéramos ciegos y no nos percatáramos de ese hecho vergonzoso…

Pero también es culpa nuestra, de los ciudadanos. No se puede vivir en la autocomplacencia, en la alegría de Babia, pensando únicamente en conseguir un trabajo, para poder pedir una hipoteca, para poder comprar un piso, para comprarse un coche, para pedir un segundo préstamo, para irse de vacaciones… etc, etc, etc. Se ha asumido (porque los bancos lo han propiciado, ciertamente) que era algo normal vivir endeudado una y otra vez. Obviamente, si no se hace, no se puede llegar a tener cosas… por esa vía. Pero si en vez de seguir el camino impuesto por unos que retienen la riqueza y la usan para robar lentamente a toda una sociedad, se exige una mayor justicia social, a imponer por los políticos, auténticos políticos que respondan ante el pueblo, no ante los otros, quizá también podríamos tener algo.

O no. Quizá descubramos que no han cambiado tantas cosas desde aquella vez en que los que podían se ocuparon de retomar el control masacrando cuanto fuera necesario. En todo caso, mejor vivir una realidad dura que una ilusión que se va resquebrajando. Para ello, claro, hay que luchar.

El problema es la decepción: nos han traicionado tantas veces que ya dudas de todos y sospechas que la solidaridad no es la virtud más generalizada entre el ser humano. Pero, al menos, sí que es verdad que se está extendiendo y tenemos que aprender y educarnos entre unos y otros.

Para eso, es fundamental Internet. Con la red, con sistemas como Twitter, la sociedad está despertando, la información fluye de forma continua y se saben realmente las cosas, no como quieren presentar otros los hechos, no. Como son en realidad.

Que, fuera de ahí, la manipulación de información es innegable. Si no, vean esta noticia en el periódico de un bando y, asombroso, en el del otro.

Como ciudadanos, debemos tener mayor memoria. Ahora la tenemos. Es Internet. Ella nos ayudará a recordar lo que reveló y significó Wikileaks, lo que han hecho los grandes partidos en nuestra contra (rechazo cambios Ley Hipotecaria, Canon o la Ley Sinde, con la absoluta burla que implica todo ello al sistema judicial, por ejemplo) y gracias a ella sabemos (que no gracias a los medios de comunicación intervenidos por las grandes editoriales) que, en la lejana Islandia, se ha plantado cara a los Bancos y se ha enviado a la cárcel a banqueros, como se merecían.

No se les ha dado más dinero, no. No se les ha dejado en sus puestos, no. No se les ha apoyado, en su crisis. ¿Estamos locos? QUE HAN ROBADO EL DINERO DE LOS CIUDADANOS. Y el país no sólo va a salir adelante sino que va a salir reforzado. Sin ladrones y sin deudas de otros. (*)

(*) Por lo que parece, no es así, la situación en Islandia no es tan bucólica como se comentaba. Tampoco es que sorprenda mucho, lo asombroso hubiese sido que realmente pudieran quitarse a banqueros y políticos de encima, escapando a las iras de los acreedores internacionales. Pero, en todo caso, sirva esto como ejemplo de la importancia que tiene la red para la transmisión de la verdad.

Eso es lo que realmente temen los poderosos, a eso se deben las estrategias para controlar la red, secundadas por empresarios  de distintos negocios afectados básicamente por la libertad de copia, como los relacionados con derechos de autor y por los gobiernos. El Banco chasquea los dedos, azuza a su perro, y el partido político corre a cumplir sus deseos. O eso, o le arrastra a la bancarrota. Dignos representantes de la democracia orgánica que no representa sino que utiliza y engaña, se están movilizando para intentar controlar la red. Y lo conseguirán, si no actuamos de inmediato, despertando del falso sueño de comodidad en el que nos sumieron los Bancos durante tanto tiempo.

Y es que, una vez te parece “aceptable” que se censure la red, una vez que encuentras admisible anular Derechos Fundamentales de la Humanidad, las causas y las excusas dan lo mismo: en el futuro, una minoría decidirá qué ve, escucha y aprende la mayoría. Y ya no sabremos la verdad.

Evidentemente, un cambio que conduzca a arrebatar el poder a los poderosos es difícil, pero no imposible. Situaciones como la de Islandia dan esperanza, incluso a pesar de que ya sabemos que no tiene el alcance que se le suponía. No podemos olvidar que tenemos una ventaja: puesto que han querido jugar con las reglas del juego que les justifican moralmente, los poderosos están atados al designio de las urnas. A menos que den pucherazo, claro, algo que quizá se puedan plantear en algún momento pero que ya no es tan fácil.

Controlar, dominar, engañar, ya no les es tan fácil.

Gracias a Internet.

Defiende tus derechos. La cosa ya no va de advertir, pedir, amenazar. No tienen ningún sentido plantear una negociación con ningún tema. Hay que echarles, para conseguir una Democracia Real.

NO LES VOTES. Ni PP, ni PSOE, ni CIU.

Pero vota, vota a otros, que no votar les beneficia. La cuestión no va de justificar o no con tu voto algo, porque el sistema se justifica a sí mismo, y se alegra de que te quedes fuera. Una abstención alta será algo que comenten con expresión contrita dos días, pero fuera de cámara se frotarán las manos, para repartirse el pastel, que es lo que les importa, y a la semana estarán gobernando como si hubiese votado todo el mundo.

Yo te animo a que busques conscientemente una Democracia Real.

Vota cualquier otra alternativa que te prometa de verdad defender “tus” derechos y que no haya demostrado mentir, como pasa con estos, y hazla viable.

Acabemos con el bipartidismo

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Suelo escribir los domingos, pero este martes se merece un comentario especial.

Hoy, se ha aprobado la llamada Ley Sinde por una mayoría aplastante de políticos siguiendo las líneas indicadas por sus respectivos partidos. PSOE, PP, CIU, acostumbrados a mantener el poder demasiado tiempo, han incurrido en la soberbia de pensar que ellos y solo ellos son la voz del país sin que vayan a tener que sufrir ninguna consecuencia. Al contrario, seguramente el PP se frota las manos, sonriendo mientras empuja, como que no va con él, al PSOE al precipicio de su destrucción. Si no está el PSOE, piensa, estoy yo. ¡Estos tontos son de olvido rápido y además no tienen más opciones! Rajoy ya se siente presidente, como ha comentado en algunos medios. A la tercera, va la vencida. Y el PSOE, abrumados todos por la crisis de la que seguramente no hubieran podido salir en cualquier caso, corren a asegurarse los futuros puestos de trabajo privados, con sueldazos a sumar a las injustas pensiones que se van a llevar.

Han creado la CENSURA. Sin hacer caso de las peticiones reiteradas de los ciudadanos, sin hacer caso de los principios de libertades y garantías que acordamos en la Constitución, sin hacer caso de nada más que de sus intereses privados.

Me gustaría creer que no nos engañan, a ninguno. Que internauta o no, todos ciudadanos, estamos viendo cómo un gobierno ha decidido que le compensa legislar contra la Constitución. Que viendo o no cine, leyendo o no libros, escuchando o no música, todos nos percatamos de como el “otro” partido acostumbrado al poder (algo forzado artificialmente porque el bipartidismo es tan bueno para el negocio como lo son tener sólo 40 Principales y ni uno más), ha basado su estrategia en un argumento apuntalado en el engaño y la manipulación, por el que deberían  retirarles el título y obligarles a volver a la Universidad, donde quizá alguien sea capaz de enseñarles que no se puede jugar con la letra de la ley para vulnerar el espíritu de la Constitución.

Y, en definitiva, que todos sabemos que nos están vendiendo.

Porque, lo que subyace en todo este asunto, como bien nos consta a todos, es defender los intereses de grupos privados, especialmente los amigos del gobierno (como son amigos todos los que tienen poder y dinero, lo han dejado bien claro), las grandes empresas que basan su riqueza en derechos de propiedad intelectual y su estrategia en la manipulación y control de los medios.

Es así, y de ninguna otra manera: el negocio de estos cuatro millonarios no podía convivir con el progreso por lo tanto, frenamos el progreso, atamos la sociedad. Esto, no es demagogia. La demagogia es hablar del autor y del electricista para justificar la ley Sinde. La demagogia es quejarse del todo-gratis evitando que el mercado se transforme en las condiciones que las nuevas tecnologías permiten, “porque mi amplio bolsillo, acostumbrado a otros niveles, no va a llenarse al mismo ritmo” y, por tanto, me parece bien, a mí, progre de antaño, que se instaure la censura en el país.

El objetivo de esta polémica, que no de la ley, es doble: desviar la atención del injusto cobro del CANON que  recaudan para una empresa privada y que deberían haber retirado pero mantienen a toda costa (nos están robando, día a día, a todos, llamándonos ladrones mientras lo hacen), y desvirtuar por completo la función judicial, un DERECHO FUNDAMENTAL, buscando minusvalorar la capacidad de la justicia de oponerse a sus decisiones partidistas.

Los jueces no decían lo que ellos querían.

Bien, han movido ellos: han quitado los jueces. Parecía increíble, inconcebible imaginar algo así pero, claro, los lobbies tienen demasiado poder y los políticos demasiada ambición.

¿Qué haremos los ciudadanos al respecto?

Me decían en Twitter hace poco que tanto discutir por la ley Sinde no tenía sentido.  Que temas como la Reforma Laboral o la Educación eran más importantes. A mí, esos planteamientos no dejan de sorprenderme: desde el momento en que un gobierno no respeta los DERECHOS FUNDAMENTALES de sus ciudadanos, las tropelías que pueden llegar a hacer en cualquier materia que toquen, pueden ser… pues como la ley Sinde. Meternos la censura por la fuerza, a la espera de la famosa ACTA que pende como un cuervo de mal aguero. Transgrediendo las bases mismas de nuestra Democracia.

En serio, todo lo demás, es secundario.

Está claro que, en todos los terrenos, el nepotismo y el amiguismo es la práctica política fundamental que sufrimos los ciudadanos. Algo a lo que parece que hay que acostumbrarse “porque sí” y contra lo que una y otra vez te queda un mal sabor de boca y la impotencia de no poder hacer nada. Contra esos delincuentes que embaucan y se ríen de las expectativas puestas en ellos no se hacen Comisiones de acción rápida, no se crean soluciones que eviten los jueces y les impongan de inmediato las duras penas que se merecen. Al contrario: aquí nadie es responsable en cuanto consigue un puesto de responsabilidad. Ahí ya puedes frotarte las manos que, hagas lo que hagas, ya nunca te pasará nada realmente malo, no responderás como el resto de los mortales. Lo único que se corresponde de verdad con la supuesta naturaleza del cargo, es el sueldo.

Los diputados y senadores que han votado contra el sentir de todos se vanaglorian, con toda seguridad, de haber actuado “como era debido” frente a una sociedad que… ¿perdón? ¿Políticos actuando al margen de la sociedad? ¿Cómo se llama eso?

Si los partidos no representan al pueblo, porque esos grandes lobbies de la comunicación, el entramado económico que los catapultan con su masiva publicidad, son los que mandan, ¿dónde está la democracia?

A pesar de todo, por muy negro que lo veamos, tenemos una opción. Tras tantos años de dictadura, aquí ni Dios quiere parecer el tirano, no descaradamente. Se juega en el juego de “votemos” que somos muy demócratas hasta que les tocáis la cartera a los que dicen qué leer, qué ver, que escuchar, y votamos a los grandes porque son los que ponen más autobuses y regalan más cosas. Regalos envenenados, a ver si aprendemos a reconocerlos.

Quizá va siendo hora de que les demos a los políticos de este país una lección sobre quién manda. Recordarles que están a nuestro servicio, no a la inversa.

Acabemos con el bipartidismo.

 

EL MAL MENOR

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No es un título muy original, lo sé, pero resultaba más que apropiado, creedme. Y es que mucha gente ha hablado en estos días respaldando la ley Sinde, con opiniones para todos los gustos y alguna que otra argumentación asombrosa.

Algunos, es cierto, la defienden directamente y sin mayores complicaciones. Por ejemplo, David Bisbal, que debió decir en la radio algo como que “en este país hay demasiada libertad de expresión” (sin comentarios). O Miguel Bosé (de verdad que siento traerle a colación, me encanta su música, pero no puedo pasarlo por alto), que escribió en el Twitter: “Desde aquí mi apoyo total e incondicional a la Ley Sinde. Ya era hora. Y de paso que conste mivergüenza hacia todos aquellos políticos que intentan canjear nuestros derechos contra otros beneficios que nos lesionan profundamente. A ellos vaya mi desprecio”.

Cierto que muchos de estos interpretes musicales, cabeceras de venta de los más grandes negocios editoriales (los que peligran, realmente), hablan a veces precipitadamente, impulsados por el lógico enfado contra aquellos que hacen negocio con el fruto de su trabajo, dejándoles al margen. Frustración que, como siempre digo, entiendo perfectamente.

Pero, ¿nos entienden ellos, a los ciudadanos de a pie?

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Porque, curiosamente, la frase “que conste mivergüenza hacia todos aquellos políticos que intentan canjear nuestros derechos contra otros beneficios que nos lesionan profundamente”, es lo que podría decir cualquier persona, por el beneficio que le han dado una y otra vez en el pasado (periodos larguísimos de la ley de propiedad intelectual contrarios a la riqueza cultural del país, canon aberrante con el que se castiga preventivamente de un delito a toda la sociedad y se entrega el dinero recaudado ¡¡¡a menuda asociación privada!!!…) y que pretenden seguir dándole en el futuro (imponiendo sistemas anómalos de dirimir los conflictos, como el que prevé la ley Sinde, creado única y exclusivamente para sujetar la red y esquivar las Sentencias que han venido dictando los jueces, contrarias a los intereses de “la industria de los derechos de propiedad intelectual”…), a él y a los que se dedican a su privilegiada profesión, frente al resto de los ciudadanos del país.

Esos (y otros cantantes que se están ganando muy mala fama, como Alejandro Sanz, quien además parece tener cuentas pendientes con Hacienda) representan el extremo duro del movimiento pro–ley Sinde, los que más ganaban y, por tanto, están más dispuestos a todo con tal de salirse con la suya.

“Presiono aún de darse el caso de que, para proteger MI NEGOCIO, toda la sociedad tenga que retroceder pasos de gigante hacia un control gubernamental totalmente antidemocrático.”

Demagogia no falta. Pongamos por ejemplo lo dicho por Fernando Savater en un artículo reciente en el que defiende la ley Sinde como algo lógico en el desmán de este nuevo salvaje oeste que es la red, llena de forajidos. Discrepo con él en muchas cosas, como les pasa a otros. Supongo que, cuando nos tocan la cartera, todos nos volvemos ciegos y sordos pero, lamentablemente, no mudos.

O sin lamentaciones, que aquí todo el mundo debe tener derecho a decir lo que quiera, al menos de momento.

El señor Savater habla del gobierno casi como si fuera algo a lo que hay que resignarse porque somos demasiado díscolos como para poder organizarnos de mejor manera. A mí se me ocurre que, simplemente, es una forma de organizarnos. En cualquier caso, a estas alturas de nuestra civilización, debería hablarse siempre de una sociedad que se organiza “a sí misma” a través de un gobierno y de unas leyes que “emanan de ella” y son como “ella desea” y que deben ser aplicadas siempre y en todo caso POR LOS JUECES, no por el gobierno.

Que, ojo, no siempre se da en la práctica, en eso el señor Savater tiene razón. Ahí están las tiranías y dictaduras de toda clase. Podemos poner como prueba la mismísima ley Sinde (no la llame “antidescargas”, señor Savater, que es mucho más, si no, no estaríamos discutiendo aquí): el gobierno actúa, saltándose a los jueces, en respuesta a otros intereses que, evidentemente, no son los sociales. Son intereses particulares de una élite que tiene la suficiente fuerza como para pretender imponer su voluntad sobre todos.

Dice Fernando Savater: “No cabe duda de que las leyes contra las descargas ilegales se abrirán paso también, gradualmente, junto a otras que impidan abusos autoritarios de los censores.” Abusos… Autoritarios… Censores. Qué fuerte leer algo así, a estas alturas de la vida. La censura es imparable, pero no preocuparse que seguro que esos mismos que la forzaron para “su beneficio patrimonial privado” se preocuparán de evitar los excesos. Pues… me resulta un tanto increíble. Si puedo opinar, prefiero que, de salida, no haya ninguna censura. Que los interesados en seguir cobrando de tal o cual modo busquen otros medios para llegar al malo de megaupload

Dueño de Megaupload

sin molestarme a mí en mis libertades, faltaría más. Y, si no son capaces, que cambien ellos el negocio o se extingan. Es ley de vida.

Una vez que el gobierno, apoyándose en una élite, hace oídos sordos a la sociedad y los jueces, y actúa por su cuenta, la tiranía está servida.

Todo esto resulta inquietante para el espectador social sacrificado, el ciudadano que pasaba despistado por aquí y no disfruta de los beneficios del reparto pero sí se ve obligado a callar la boca. Porque, a cuenta de esto, todo negocio en internet está gravemente amenazado. Toda crítica es susceptible de respuesta censora. A todo. Por todo. A su gusto, porque todo es interpretable y seguro que todo puede llegar a vulnerar patrimonialmente algo.

Sinceramente, viendo eso, como ciudadana no puedo aceptar sin preocuparme, y mucho, que alguien diga que la ley Sinde es «un parche que se puede poner y que es mejor que ninguno», como ha hecho Lorenzo Silva en un artículo reciente. Si es que lo dijo, claro, porque, como luego explica en su blog privado, las cosas no fueron como las presenta el periodista responsable del artículo del periódico ABC. Que si cortaron frases e ideas, que eso no era así, que si no está nada contento con el resultado…

Aún así, Lorenzo Silva habla de “ciberfascismo” en su blog, y sigue viendo la sociedad (pues es la sociedad la que habla a través de su actuación en internet, mal que les pese) como un enemigo, un animal asilvestrado al que domesticar para que vuelva a ser obediente y haga las cosas como ellos quieren. Los cuatro autores que respaldan y firman el comunicado, lo intentan. Y no dejan de tener una parte de razón, como la tenían los músicos, aunque, seamos serios, afirmar que no seguir sus pautas para comprar sus libros es despreciar la cultura, es cuanto menos pretencioso. A ver, que nos entendamos: leer es cultura, escribir es cultura. Vender libros NO es cultura, es negocio. Y si no escriben ellos, otros escribirán, seguro. Y puede que hasta bien, aunque no lo crean ni ellos ni el señor Savater.

La solución no puede pasar por imponer mecanismos de censura, sino viendo cómo replantear el negocio para que el autor pueda seguir viviendo de ello dignamente (concepto relativo según el entendimiento de cada cual, me temo) en un medio en el que el pago por copia ya no es posible.

Que cambien ustedes su modelo de negocio, ese es realmente el mal menor, señores. El otro, la censura, es el mal enorme y por completo inaceptable. Uno afecta a derechos privados patrimoniales, el otro a derechos fundamentales. Si ganan las élites, si imponen su modelo de negocio por la fuerza y a costa de lo que sea, este país no será el que decían que era.

Menos mal que, pese a lo que dice Fernando Savater, no todos los “artistas rentables” (tiene tela el término y el planteamiento de los “no rentables” como seres rastreros y rencorosos) entran en el mismo saco. Por ejemplo, en Twitter, Alejandro Sanz le mandó un mensaje al escritor Juan Gómez–Jurado (defensor de “querer escribir y comer de ello”, ambas cosas amenazadas por la ley Sinde, como ha explicado en sucesivos mensajes del Twitter y en un artículo muy recomendable) soltándole una perla del tipo “si tienes huevos, da tus libros gratis”.

La respuesta, ha sido inmediata: ¡zas!, en toda la boca, que se dice.

Juan Gómez–Jurado ha puesto su novela “Espía de Dios” en descarga gratuita para distintos soportes, con la única petición de que, si gusta, se entregue 1 euro a “@savethechildren”.

Desde ese momento, la sucesión de donaciones ha sido imparable y en cantidades muy superiores a ese euro solicitado, incluso por gentes que ya habían comprado el libro en papel o que no disponían de dispositivos de lectura para los formatos que se publicaban. ¿Por qué? Porque Juan Gómez–Jurado sí ha establecido una cercanía con sus clientes y sus clientes responden comprendiendo que él también tiene que ganarse la vida. Es un autor que sabe adaptarse a las nuevas normas que pide la sociedad (en qué cabeza cabe pretender que sea la sociedad la que se adapte a las normas de un sector privado…) y seguir las nuevas reglas que impone el mercado: cómprame si quieres, léeme en cualquier caso, siempre, del modo que sea, porque eso es lo que de verdad me hará prosperar.

Tiempo al tiempo. Yo aventuro que los usuarios irán tomando conciencia de la situación y del peligro que corren sus derechos, como me pasó a mí en su momento y actuarán en consecuencia, como votantes y clientes que son.

Así, es de imaginar que compraremos las obras de unos y, sin embargo, no compraremos las de otros, aquellos que vieron apropiado hipotecar nuestros derechos a cambio de, ellos, vivir mejor.

Que, de verdad, sin “ese” libro se puede vivir. Y sin “ese” disco, más. Y sin “esa” película, ni te cuento. Y, en todos los casos, en todos, los ciudadanos seguiremos disponiendo en la red de un caudal inmenso de cultura del que poder disfrutar en nuestro tiempo de ocio.

Es de pura lógica. Hablar de más siempre perjudica. Y optar por los “males menores” a costa de las libertades ajenas, también se paga.

LEY SINDE: ÉLITES PROTEGIENDO ÉLITES

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Está semana, el relato que os ofrezco (en un máximo de 1700 palabras, como siempre) será de terror, puesto que voy a hablar de la ya tristemente famosa ley Sinde, ese apartado sigilosamente situado al final de la Ley de Economía Sostenible y creado única y exclusivamente para poder eludir la decisión habitual de los jueces en el tema que toca.

Que nadie se equivoque: pese a lo que puede verse en los medios de comunicación controlados por las grandes compañías mediáticas, la guerra en la que estamos inmersos los españoles no va de “desaprensivos internautas” contra “talentosa gente de la cultura”, no. Va de élites protegiendo élites frente a todos los demás y frente a quien sea, a niveles impensables para el ciudadano de a pie, con un violento forcejeo entre un progreso social que hubiese debido ser imparable por su propia naturaleza y una industria basada en modelos de mercado obsoletos que utiliza un gobierno para tratar de mantener su estatus privilegiado.

stop-ley-sinde1Porque, aunque muchos parezcan incapaces de entenderlo (en realidad, se diría que no quieren hacerlo, de otro modo es incomprensible, no parece un gran esfuerzo mental), como apunta un estudio jurídico más que recomendable (la Ministra y sus ayudantes deberían sentarse a leerlo y, de paso, estudiar algo de Derecho, ya que se meten a hacer una ley en este país), los derechos de propiedad intelectual son derechos privados de naturaleza patrimonial. Por lo tanto, es por completo inmoral pretender equipararlos a intereses dignos de protección reforzada, como sí lo son el orden público, la seguridad pública, defensa nacional, la salud o la infancia, y los derechos fundamentales. No puede plantearse de ningún modo que, para que un señor pueda mantener su más que próspero negocio como siempre, los demás tengamos que aceptar unas restricciones en nuestros derechos.

Que de eso se trata, todo esto. De eso y nada más.

La famosa “industria”, esa que se ha aprovechado durante años de subvenciones a dedo en este país porque “el cine ERA cultura” (que ya no, cuidado, ahora es un negocio que pretende robarle el ciudadano yonqui, como tuvo a bien decir un representante del grupo. Ahora, las cartas sobre la mesa, o pagas, o no tienes derecho al producto), está presionando al límite para imponer su voluntad y su cartera sobre toda la sociedad. No asume que las cosas son distintas y los contratos deben escribirse de otro modo. Su modelo de mercado, perpetuado a lo largo de los años en un cómodo control absoluto de la creación y distribución de sus contenidos con el que nos maleaba a todos a su antojo (¿cuántos años tardó “La guerra de las galaxias” en ser vista en las televisiones? ¿Cuánto, “Lo que el viento se llevó?”… o, a otro nivel ¿quién fue el último al que le devolvió el dinero tras cobrarle por un bodrio que habían publicitado a bombo y platillo como gran película del año?), se ha visto golpeado por la realidad del progreso. Y debe cambiar, o morir como buen dinosaurio. Pero de ningún modo debe afectarme a mí en el ejercicio de mis libertades.

Eso, es lo que ha olvidado por completo el gobierno, un gobierno (“socialista”, que se dice… bueno, en fin) que, asombrosamente, no se posiciona con la sociedad para la que, supuestamente, trabaja. Al contrario, sólo parece importarle que las mismas personas que se estaban enriqueciendo en el pasado (y a las que tanto debe por favores propagandísticos, entre otras cosas), sigan enriqueciéndose en el futuro, del modo que más pueda convenirles, creando para ello los mecanismos de control que sean pertinentes.

Si es necesario, incluso al margen de los jueces. Quitándose máscaras. Entrando a saco con el saco. Demencial.

Se escudan, claro, en la protección de la propiedad intelectual y, más allá todavía, en “el autor”. Que, realmente, es el único que podría tener algún derecho moral a algo en este asunto, no los muchos intermediarios que pretenden seguir aferrados a su estela, forzándonos a todos a seguir pagándoles sus desorbitados sueldos y los de sus abogados.

Obviamente, entre los autores hay gente razonable, pero muchos cantantes, escritores y gentes del cine (“autores”, en general) han aplaudido organizadamente la ley Sinde, agrupándose en torno a algo lamentable que se autodenomina “Coalición de Creadores”. Nombres conocidos, gente que hubieras esperado que se plantearan las cosas de un modo más liberal, más cercano a la sociedad y menos decepcionante. Es una pena que no hayan sabido ver más allá de su bolsillo inmediato o de la frustración natural que puede derivarse de contemplar cómo otros, ajenos a su círculo, se enriquecen con su trabajo. Eso, puedo entenderlo perfectamente, claro que sí.

Pero, es que, es un hecho: existe internet y el control de la distribución es prácticamente imposible, a menos que se ataquen libertades de otros, de todos. Hay que asumirlo y, si no se asume, es que se están priorizando cosas que no deberían ni de lejos entrar en cuestión. Si hay que elegir entre primar unos derechos u otros, los que deben bajar la cabeza son los privados de carácter patrimonial, señores. Sin más vueltas. Y aquellos que están dispuestos a aceptar que todos caigamos bajo la censura (gobierno, coaliciones de creadores del tipo que sea, empresarios de la industria…), tendrán que asumir la censura social.

Por supuesto, lo ideal sería no entrar en insultos, aunque no es cosa sólo de uno de los bandos, como parecen plantear algunos. Yo, que aspiro a vivir algún día de mis obras, soy más de la opinión mesurada de Juan Gómez–Jurado (menos mal que hay autores como él, o como Isabel Coixet o Álex de la Iglesia, que sí reflexionan y comprenden lo inaceptable de algo como la ley Sinde) cuando dice que hay que asumir los cambios y buscar nuevas soluciones. Pero nuevas. No forzar las viejas bajo el pisotón guiado de la bota de un gobierno que actúa forzado por empresarios de un negocio extinto, a espaldas de su pueblo.

Definitivamente, los autores que tanto aplauden y se comprometen con una ley pro–censura deberían tener muy presente que, para perdurar en el nuevo modelo de negocio, en el que no se puede pretender cobrar “por copia”, sino “por fama”, va a ser imprescindible buscar de salida el agrado de sus clientes y la comprensión social para la profesión. Debe buscarse la empatía, no aumentar el abismo que separa las partes del conflicto, que es lo que está pasando. Cada vez más y más, con comportamientos como el de la SGAE, odiada y rechazada por sus prácticas que pudieran ser interpretadas como mafiosas, en connivencia con el gobierno. ¿En ese marco, realmente se puede esperar otra cosa que la total indiferencia del usuario por si cobra o no cobra alguien perteneciente a una élite privada para la que se estableció una tasa pública (¡y llamándonos a todos presuntos ladrones!)? El propio canon, ilegal, inmoral, y aún implantado por la fuerza pese a las respuestas de los tribunales, ha llevado a eso: si me consideran ladrón de salida y me cobran preventivamente por robar, entonces ya no hay delito. Me he ganado el poder copiar lo que me dé la gana.

Y, como dice la sabiduría popular: quien roba a un ladrón, tiene mil años de perdón.

Hay que ser tremendamente torpe, mucho, para crear algo como la ley Sinde, y muy ingenuo para pretender que sea socialmente aceptada nunca. Ni esta, ni ninguna otra vía que lleve a la censura, por mucha presión y muchos chantajes que planteen las fuerzas de “la industria”. Lo peor que ha podido hacer el grupo de mentes pensantes que poco pensaron al redactarla, es dar pie al “pirata” a protestar y decir “¡atención todos, que vulneran nuestros derechos!”, provocando el rechazo social contra el que sufre el robo y una reacción normal contra el evidente intento de censura. Porque, sí, es verdad, otra vez vulneran nuestros derechos.

Una última reflexión, para los autores que han firmado ese manifiesto respaldando la ley Sinde o, al menos, para los que realmente quieran dialogar y no cerrarse en banda para ganar dinero a costa de lo que sea. Con un acto así, con una aberración como la ley Sinde, se han abierto puertas que jamás hubieran debido abrirse. Puede parecer que compensa, para vivir mejor en el momento o para no sentirse robados en sus beneficios; pero la situación creada, o que se pretende crear, tarde o temprano nos afectará a todos, en todos los ámbitos de la vida.

El gobierno, presionado por un grupo empresarial que no obtenía los resultados deseados en los tribunales, se ha colocado por encima de los jueces para beneficiar económicamente a un sector privado a costa de los derechos de toda la sociedad. Y es de imaginar que, si se sale con la suya, no será la única vez que lo haga. Sólo la primera.

A veces puede parecer que supone un buen negocio vender las libertades, pero nunca lo es.

¿Quieren los autores (“autores”, no resto de profesiones intermediarias que se han vuelto parasitarias y que nadie tiene por qué verse obligado a mantener, y que son el auténtico problema en este asunto) proteger sus derechos “patrimoniales”? Bien, perfectamente legítimo: que acudan a los tribunales, que para eso están. Y si los tribunales no les dan la razón será que, sencillamente, la sociedad, que es quien decide qué es delito y qué no (la voluntad de la sociedad, no la de ningún gobierno, que debería limitarse a gestionar o de lo contrario entramos en la tiranía), ha decidido que el camino debe ser otro y, por tanto, las alternativas a buscar para salvar su negocio deben ser otras.

Como ciudadanos, todos, absolutamente todos (incluso las élites, aunque se sientan por encima de la ley), estamos viviendo una situación lamentable. Un aborto forzado a seguir vivo, como es la ley Sinde, supone un enorme retroceso para lo que hasta ahora se definía como un Estado de Derecho Democrático y Social. Veremos a dónde nos lleva.

Se avecinan tiempos interesantes, que dirían los chinos. Otros que saben bien cómo amordazar la red y sujetar al ser humano.