Un hombre racional


Un hombre racional
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El conde de Aranda trató de mantenerse inexpresivo mientras hacían pasar a José Cadalso a su despacho, escoltado por dos hombres de su guardia. “Tiene nombre de muerte arrancada”, le había dicho una gitana en la calle, muchos años antes. “Tiene nombre que rezuma espanto y te dejará como herencia algo que no deseas: dudas”. “Qué tonterías”, pensó entonces el muchacho que era Aranda, porque incluso siendo tan jóvenes él y el propio siglo, se jactaba ya de ser un hombre de su época, un hombre que había despertado del sueño pegajoso de lo crédulo y sólo se guiaba por la luz de la razón.

Pero cuando, tanto tiempo después, conoció al militar y escritor José Cadalso, a cuenta de un caballo del que se había encaprichado, recordó la profecía con repentino miedo. Nunca se lo había contado a nadie, aún no sabía por qué, ni qué causa le llevó a intimar tanto con aquel hombre, estando advertido de semejante forma por el destino. Fuera como fuese, no permitió que ese lastre supersticioso le afectara: en vez de alejarse, le dio su amistad, animándole a frecuentar su casa muy a menudo. “Supongo que no he podido evitarlo”. En la pobre España que le había tocado en suerte, aplastada por el peso de tanta y tanta superstición, idiotizada por las garras de tanto clérigo ambicioso, José Cadalso era una de esas pocas personas, cultas y sin miedo a usar su inteligencia, que realmente podían comprenderle. Le sentía como alguien muy semejante y le apreciaba. Ambos eran españoles afortunados: la suerte les había permitido viajar, habían podido sacar la cabeza del profundo agujero en el que había caído España, naufragando a la deriva tras la pérdida del gran imperio, y habían podido contemplar realmente cómo era el mundo, con todos los grandes cambios que se estaban sucediendo.

Cierto que, por eso mismo, volver a casa, a la amada patria, resultaba más difícil. Constreñirse, someterse. Ponerse unas botas demasiado pequeñas, eso era regresar a España. Aranda lamentaba cada día la oscuridad en que avanzaba torpemente su país, la negrura provocada principalmente por la sofocante sotana de la Iglesia Católica. Y Cadalso, aunque no compartiera del todo su rechazo por lo clerical, era de los suyos. Patriota y crítico. Hombre de razón, de ciencia y método.

Aranda despidió a su gente con un gesto de la mano, sin apartar la vista de Cadalso, estudiándole con mucha atención. Tenía ya treinta años y habitualmente era un hombre firme, de expresión decidida. Su profesión de militar le daba seguridad en el trato; su faceta de escritor, esa comprensión aguda que le permitía detectar y asumir detalles del mundo, aprendiendo continuamente con ellos. Sí, el Cadalso familiar, el amigo, era alguien que tenía poco que ver con ese fantasma tembloroso que se sentaba frente a Aranda ahora. Pálido, despeinado, la ropa sucia de tierra y arrugada… Estaba claro que, aunque le habían llevado a su casa tras el inquietante asunto del cementerio, no se había cambiado ni lavado. Seguro que ni había dormido. Jamás le había visto así, antes.

Claro que, últimamente, no era el mismo. La muerte de la joven y hermosa María Ignacia Ibáñez le había hundido y Aranda podía comprenderlo. Esa sí que había sido una historia realmente terrible, uno de esos amores desventurados que sólo creías posible en escenarios o poemas. Él, José Cadalso, militar por necesidad económica y literato de prestigio. Ella, una bella actriz de gran talento, admirada incluso por la más alta nobleza. Madrid al completo sabía que María hubiera podido buscarse un amante de alto linaje y buenos dineros, y vivir de forma espléndida el resto de sus días, pero a todos había rechazado, a todos, por aquel hombre que ahora lloraba su repentina muerte.

¿Podía haber historia más romántica que esa? ¿Y más trágica? Veinticinco años tenía aquella muchacha. En tres breves días de fiebre, el tifus la consumió, volviendo inútiles todos sus planes y sueños de futuro.

Y destrozando a aquel hombre…

– ¿Cómo se encuentra, amigo mío, ha dormido algo? – le preguntó, con amabilidad. Cadalso agitó la cabeza. Aranda esperó aún un momento. Nada. Apoyó los codos en el escritorio y entrecruzó los dedos – Me han dicho que ha intentado desenterrar a su joven amada. Fue una locura. Lo sabe.

– No es cierto, pero ¿qué más da? – musitó Cadalso. Al menos, era algo. Pero, luego, añadió: – Tampoco su Excelencia va a creerme. Y poco me importa ya, nada.

– No diga tonterías. Para empezar, soy su amigo, intentaré ayudarle en lo que pueda. Y no hable como si no le importara vivir o morir. Entiendo su dolor, pero no debe dejarse llevar por él. A ella no le hubiera gustado – aquello siempre funcionaba. Cadalso le miró con ojos llenos de dolor – Cuénteme qué ha pasado – silencio. Aranda decidió intentarlo dando un rodeo – Tengo entendido que ha estado visitando diariamente la tumba de la joven María. Pensé decirle algo, pero lo cierto es que entiendo su… periodo de duelo. Entiendo que tiene que llorarla. Estaba en el comienzo de su relación y la perdió demasiado bruscamente…

– ¡No, no lo entiende! – le interrumpió Cadalso, mostrándose repentinamente agitado – ¡Vi las señales!  – Aranda parpadeó – Había un cuervo, siempre uno, siempre en el mismo sitio, sobre la tumba de Lope de Vega, observando.

Aranda parpadeó con desconcierto.

– ¿Lope de Vega? ¿El escritor?

– ¡Sí! Está en el mismo cementerio – siguió, más contenido – Buscando, encontré la geometría oculta, una estrella conformada por tumbas alrededor de la de Lope, que era su centro. Contando con la punta que marcaba la de María, dibujaban un pentáculo perfecto. Todos habían muerto en un año terminado en uno. Como María, la última, ella además en un capicúa. ¡Sólo hay un año capicúa por siglo! ¿Se da cuenta?

– Eso no…

– Vi tres piedras negras junto a la tumba de María – prosiguió Cadalso. Seguramente ni le había oído – Tres piedras pulidas, puestas en triángulo. Recorrí el lugar y comprobé que también había otras junto al resto de las tumbas, todas, rodeando a Lope. Cuando pasaba por donde hubieran debido proyectarse las líneas que unían la figura geométrica, noté en los tobillos un ligero cosquilleo, algo que me ponía los pelos de punta y que… – su mirada perdió intensidad, como si contemplara algo lejano, en el tiempo o en el espacio – No sé. Desde la mañana, el aire olía extraño, como a azufre, a infierno. Por eso supe que había llegado el momento. Soborné al enterrador y juntos nos quedamos allí, esperando.

Pobre amigo mío”, pensó Aranda, sin saber qué decir. Había esperado lamentos y lloros de un hombre que se sentía viudo sin haberse casado, pero, ciertamente, no aquello; no del juicioso Cadalso. El dolor le había enloquecido. Tenía que conseguir devolverle al sendero de la razón.

– ¿Y… qué pasó?

Cadalso titubeó.

– No lo sé. No estoy realmente seguro. Quizá me quedé dormido, a un lado, apoyado en una lápida. Me despertó el viento, y una voz… Era la voz de María, creo. Un sollozo – tembló – En cualquier caso desperté. Había luz cerca, unos candiles, y vi unas formas negras que se movían junto a la tumba de Lope, cubiertos a la manera antigua, con grandes capotes y sombreros chambergos – Aranda asintió, indicando que comprendía; se estaba refiriendo a la indumentaria que había sido prohibida en edicto municipal por propiciar atropellos de forma anónima o el llevar armas escondidas, y que había servido de excusa para el llamado Motín de Esquilache, que tanto Cadalso como él habían tenido que sufrir. En realidad, como bien sabían ambos, la causa de toda aquella violencia había sido el hambre, la ofuscación de un pueblo desesperado – Tenían palas, iban a desenterrarle. Se oyó un fuerte trueno, aunque en el cielo no había nubes, ninguna, sólo un inmenso manto de estrellas. El viento empezó a soplar, agitando los cipreses, deslizándose entre las tumbas, congelando todo lo vivo. Temblé, de frío y de pavor, porque estaba ocurriendo algo que jamás hubiera podido concebir como posible. Empecé a oír algo, un sonsonete. Uno de los hombres estaba de pie, a un lado, recitando algo que leía en un libro. Hablo muchas lenguas, Excelencia, usted bien lo sabe, pero no era ninguna de ellas. Incluso así, supe que se trataba de alguna especie de ritual.

– Me permitirá que…

– Deje que termine. Deje que termine y luego diga lo que quiera, si ese es su deseo. Nadie mejor que yo para entender lo que está pensando, Excelencia. Lo que yo he visto esta noche, lo que he vivido, no encuentra explicación en el mundo de lo racional. No del todo, al menos, como no la había tenido la muerte de María. No me diga que fue tifus – le cortó, cuando Aranda abrió la boca para protestar – No me lo diga. No es cierto. Fueron tres días infernales y yo estuve a su lado. No sé qué la mató, pero estoy seguro de que no fue… de este mundo.

– Está desvariando. Lo sabe. No puede creer ese absurdo.

– ¿Qué hacían entonces esos hombres allí? ¿Qué significaban los signos, qué implicaba el ritual?

– Pero, ¿por qué María? Puedo entender que alguien desquiciado pudiera intentar despertar al gran Lope de Vega. Pero, mi querido amigo, no puedo imaginar qué podría haberles inducido a matar a su amada y usarla como… bueno, como extremo en alguna clase de estrella diabólica.

– Yo se lo diré: María era hermosa, tenía talento, tenía encanto, y rechazó a señores de gran abolengo, prefiriéndome a mí. ¿Recuerda ese Marqués que la rondó en el mes de febrero, tras el fracaso de mi obra? – María había interpretado el papel de condesa de Castilla en Don Sancho García, obra de Cadalso. La estrenaron en el Teatro de la Cruz y apenas duró unos días. Fue un espectacular fracaso, pero eso no les importó. Estaban demasiado enamorados – No tengo la más mínima duda de que era él, era su voz, recitando el Ritual – se masajeó las sienes, angustiado – No consigo recordar su nombre, ni el país… Algún lugar centroeuropeo, creo, pero se me escapa…

– Yo a él no le recuerdo, lo siento. Sé que la joven María tuvo siempre muchos admiradores, pero no sé exactamente a quién se refiere.

– No importa. Yo se lo digo, era él. No sé si le guiaba alguna causa o fue por puro despecho, pero la infectó con alguna clase de endemoniada enfermedad y luego allí estaba, intentando… – tembló – Aquella voz se extendía por todas partes, rozando las lápidas, reptando por la tierra, sudario de tantos muertos. Tenía a la vista la tumba de María, pero por el sonido supe que también en los otros extremos de la estrella estaban siendo violentamente sacudidos. Las lápidas se resquebrajaron, la tierra se apartó como si una mano empujara desesperadamente desde abajo. No voy a protestar, si su Excelencia me llama loco. Lo estoy. No sé si lo estaba antes de entonces o si enloquecí en ese momento, pero ningún mortal puede quedar impasible ante una visión semejante. La luna estaba llena y parecía supurar niebla más que luz, y alteraba incluso los sonidos. No sabía qué hacer. Lo único que me importaba era lograr que dejaran en paz los restos de María. Por eso, sacudí al enterrador, que boqueaba espantado a mi lado, y le pedí que avisara a la ronda…

– ¿Fue usted? – preguntó Aranda, sorprendido. Cadalso asintió.

– Por supuesto. Ellos eran varios, yo uno. Ellos dominaban fuerzas que yo apenas podía concebir. Necesitaba ayuda, y era el modo más rápido. Según se alejó Lorenzo, el enterrador, me puse en pie, dando gritos. Los hombres se detuvieron. Corrí en su dirección, desenvainando. Dos de ellos cubrieron rápidamente a su amo, que retrocedió y se perdió entre las sombras del cementerio, con el resto. Eran buenos espadachines, pero se entretuvieron lo justo para dar tiempo al escape. Luego, también corrieron ellos. Fue verlos y no verlos. En cuanto los perdía de vista un instante, ya no estaban.

– No sé… – empezó Aranda, pensando que ya no

– Volví junto a la tumba – musitó Cadalso – El ataúd estaba a la vista. Habían pintado algunos símbolos en la tapa, no sé cuándo, no los recuerdo del día del funeral… Pasé una mano, borrándolos. Bien sabe que no creo en Dios más de lo que creo en el Diablo, pero anoche era capaz de creer en cualquier cosa. Y lo fui más cuando, mientras borraba esos símbolos, algo golpeó violentamente el ataúd “desde dentro”. ¡Blom!. Una vez. Lo miré horrorizado. ¡Blom!. Una segunda vez. Casi podía ver en mi mente el rostro muerto de mi amada, los ojos muy abiertos, contemplando la oscuridad de la tumba. ¡Blom! Una tercera vez. La madera crujió. Sé que iba a abrirse, sé que estaba a punto de abrirse y mostrarme algo que… algo que no quiero siquiera imaginar. Pero, entonces, llegó la ronda. Sólo me vieron a mí, junto a la tumba…

– Comprendo. ¿Eso es todo? – Cadalso asintió – Sabe usted que puede haber una explicación lógica para lo ocurrido. Es más, le diría que “la hay”. De otro podría creer muchas cosas, pero usted… amigo mío, usted no es un español cualquiera, usted ha bebido de la fuente pura de la razón en otros países, su mente ha podido crecer en libertad. No puede dejarse intimidar por la superstición y lo absurdo. Afirme los pies en el suelo, ¿lo nota? Es lo real. Es lo único que existe. Por eso debemos cuidarlo.

– Algo golpeó…

– Amigo mío, cuando sea capaz de reflexionar, comprenderá que es el dolor el que le ciega. Y lo que ha ocurrido puede ocasionarle muchos perjuicios. Nadie puede ya impedir que se hable de lo que usted ha intentado esta noche, pero debemos paliarlo en lo posible. Diremos que fue… por amor. Eso es. En realidad, no es del todo mentira. Que intentó desenterrar a su amada…

– No fui yo…

– Cállese. Estoy intentando ayudarle, le agradecería que me lo pusiera lo más fácil posible, porque a fe mía que lo tengo ya bastante complicado. Sabe cómo puede tomarse esto la Iglesia. Si no lo organizamos bien, esos malditos heraldos de la ignorancia y el sinsentido caerán sobre usted y no podrá salvarle ni el propio Jesucristo vuelto a la vida, porque no respetan nada, ni a su propio supuesto Dios. Así que, diremos que, en un rapto de locura, intentó desenterrarla, que fue detenido en el acto, entrando en razón. Pero, aún así, voy a desterrarle de Madrid. Vaya otra vez a Salamanca, por ejemplo. Deje que pase el tiempo, que se cure su corazón. Deje que las cosas se tranquilicen. Y tiene que escribir algo que avale todo esto. No sé, usted es un buen escritor, quizá una obra de teatro, una novela, algo que implante en todos la idea de que lo sucedido bien puede ser una confusión. Cuéntelo, como si no fuera real. En la memoria de las gentes todo se entremezclará y recordarán lo que deseamos que recuerden: que sólo es un argumento de novela.

Cadalso le miró con sorpresa y luego casi sonrió.

– Está bien, lo haré. Y, ¿sabe? Curiosamente, hay una obra de Lope que me sugiere cierta idea – Aranda parpadeó, incómodo por algo que no supo a qué atribuir – Contaré la historia. Lo llamaré Noches Fúnebres. Es como he sentido que era cada noche, fúnebre, desde que María murió.

– Llámelo como desee, pero no deje de escribirlo. El público siempre responde al argumento. En un teatro, se tiene un público reducido. En una nación, tenemos todo un pueblo, pero el principio es el mismo: implantar una idea. Vamos a alterar la verdad para ellos. ¿Ve lo importante que es la realidad? Quien la conoce y la manipula, tiene el auténtico poder – pero Cadalso ya no le escuchaba. Su mirada se había perdido en algún punto interior – Ahora, váyase. Está cansado y alterado por todo lo ocurrido. Mi coche le llevará de nuevo a su casa.

Hizo sonar la campanilla y su secretario abrió de inmediato la puerta. Cadalso asintió y se puso en pie, despidiéndose, pero se detuvo en el último momento antes de salir y se volvió a mirarle.

– Algo golpeó desde el interior del ataúd.

– Usted vio muerta a su amada. Usted ha leído a los mejores filósofos y eruditos de nuestra época, ha hablado con los hombres que han abierto los ojos a la hora de contemplar el mundo. ¿Qué le dice su razón?

Cadalso titubeó y por fin salió en silencio. Aranda cerró los ojos, agradeciendo a la suerte que todo hubiera acabado ya. Su secretario volvió a los pocos minutos, con aire preocupado.

– ¿Sabemos ya qué demonios ha pasado?

– Créame, Excelencia, no quiere saberlo – al ver la expresión de Aranda, su secretario suspiró – Según han informado nuestros hombres, la tumba de Lope de Vega estaba efectivamente vacía y también han sido profanadas otras. El capitán Cadalso tiene razón, formaban un pentáculo y por lo que… parece, se ha realizado alguna clase de magia negra, hay restos de elementos habituales en esas prácticas – se miraron mutuamente, durante un incómodo instante de silencio – He dado órdenes de que se tomen las medidas necesarias para eliminar todo rastro de lo sucedido esta noche. Constará que su Excelencia ha hecho una generosa contribución a la Iglesia para la restauración de varias tumbas, entre ellas la de Lope.

Así que, efectivamente, no había sido un delirio, alguien había hecho algo esa noche… Bueno, eso no implicaba necesariamente nada, la brujería existía desde tiempos inmemoriales. Ojo de lagarto, lengua de serpiente… Un montón de tonterías, nada realmente útil ni científicamente cierto.

Pero no estaba el cadáver de Lope…

¿Y qué? Podía haber desaparecido desde el principio, o ser robado en el largo tiempo que llevaba muerto. Pero… No era eso lo que importaba, sino el qué, el cómo.

¿De verdad se iba a quedar sin buscar “la explicación lógica” de aquel enigma, diciéndose simplemente que la magia no existía y que, por tanto, no merecía la pena investigar el asunto? Jamás. Irónicamente, no sería lo científico.

– Que preparen mi coche – ordenó – Voy a examinar personalmente el cementerio.

Probablemente sólo se topara con más incógnitas. Pero, no tenía más remedio.

Era un hombre racional, un hombre de su siglo.

Podía convivir con las dudas, pero jamás podría esconderse en la ignorancia.

© Yolanda Díaz de Tuesta


CUARTA ÉPOCA

Año: 2011

Relato ofrecido bajo licencia CC Reconocimiento-No comercial-Sin obras derivadas 3.0 Unported

(I PREMIO XLV CERTAMEN DE USUARIOS BUBOK. tema: El Siglo XVIII) - TEXTO MEJORADO

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